Esta noche en librería Alberti nos sentiremos acompañados por otras voces, tanto procedentes de la filosofía como de la poesía, que forman parte de la corriente sanguínea de la creación de Pablo, como son, entre otras, las de Lucrecio , Garcilaso, Góngora, Nietzsche, Heidegger, Gaston Bachelard, Novalis, Hölderlin, Rilke, Baudelaire, Gérard de Nerval, Bataille, Gerardo Diego, César Vallejo, Vicente Huidobro y César Moro.
Pablo Acevedo, que hoy nos presentará Los oficios, nació en 1977, es filólogo, Doctor en Literatura Española y también Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Además de ensayista y crítico literario, su obra poética hasta este momento está formada por Onirisma, publicada por Dauro en 2001; Cazamariposas, editada por Calima en 2006; Estrella varada, aparecida en la editorial Polibea en 2012, y el ya citado Los oficios, publicado por Devenir. Onirisma es un poemario en el que la existencia se nos muestra con toda su fuerza telúrica a través de imágenes relampagueantes, eléctricas y de un surrealismo que, como el de Aleixandre, está elaborado artísticamente y no sólo es producto de escritura automática. Cazamariposas es un libro lleno de una luz germinal, en donde cobran vida tanto lo animado como lo inanimado y la lengua es llama purificadora. Un libro que habla del amor y de la muerte, en el que existe un acoplamiento de todos nuestros sentidos a cuanto nos ofrece un mundo virginal, siempre a punto de ser concebido. En él la mariposa onírica ―escribe el poeta― «imanta los objetos / con el gozo inefable / de sus impregnaciones», más allá de la ensoñación. Se trata de un poemario dotado de un lenguaje muy transparente, de suma belleza e imágenes sorpresivas. Y, por último, Estrella varada, poemario caracterizado por su soplo romántico , su tono reflexivo y sus imágenes incandescentes, así como por su relación con el misterio y con lo trágico.
Al sumergirnos ya en la lectura del libro que en estos momentos nos ocupa, Los oficios, detengámonos unos instantes en el breve ensayo que precede a los poemas, muy iluminador para conocer la concepción de la poesía y de la creación poética que tiene su autor. La tarea de la poesía ―indica Pablo Acevedo― consiste en «indagar en las contradicciones del ser, y acaso forjar la llave con que accedamos a regiones imposibles». El mundo ―añade― «se convierte en poesía cuando se hace imagen»; y citando a Bachelard afirma que la imagen verdadera es dos veces verdad: «verdadera en su experiencia y verdadera en su impulso onírico». En otro momento nos dice: «La poesía y la filosofía son siempre hijas del reposo, de las horas contemplativas y de la energía emancipada. El móvil del filósofo es el alumbramiento de una verdad especulativa; el del poeta, el deslumbramiento que marca el límite de la conciencia y la imposibilidad del conocimiento». En cuanto al don que atesora el poeta, aquél le obliga ―según Pablo Acevedo― a «reinventar el idioma y a despertar el poder taumatúrgico del lenguaje». Y termina su lúcido texto introductorio con una afirmación que nos prepara definitivamente para la lectura: «Todo es aún posible. Todo está aún por decir».
Los oficios de este libro obedecen, por un lado, a su propia función; pero, por otro, ésta sirve de pértiga para que sea el espíritu el que se manifieste con todos sus amaneceres y ocasos, con sus insomnios y plenilunios. Es lo que sucede en el primer poema que nos habla de un sereno, que representa otra cosa, intuida en el eco de sus pasos y en el sonido de su manojo de llaves. Y es que, tal como algunos versos van repitiendo, se trata de un sereno del mundo, testigo por tanto de su propia aventura interior y de la de aquellos a quienes cada noche sirve. Existe, por tanto, una comunión entre lo interior y lo exterior. Escuchemos al poeta:
Avejentado cascarón,
¡burdo espantajo de mundanidad!:
soy el lazarillo de la soledad
y guiándola estoy por mis arrabales.
Al fondo de una calle flanqueada
por viejos edificios
y solares baldíos
(ruinosa dentadura
cariada por la usura
de los alacranes
—¡ay penoso yantar del mundo!:
roída luna
sobre el mantel del cielo—),
una mujer enciende su lámpara de anhelo,
cuyo eco resuena en la noche inextinguible,
y desliza entre sus finos dedos
las cuentas de un rosario infinito...
Entonces mi dolor da las horas en punto.
Y porque mi dolor da las horas yo las canto.
Y este porque mi dolor da las horas
se parece a la medalla de mi destino.
En ello consiste mi oficio,
mi tarea ineludible:
en celebrar también las miserias de la vida [...]
Este poema parece estar escrito andando por fuera y por dentro; poema en que el sereno va asomándose a la vida de distintos seres como «un diablo cojuelo» (por ejemplo, a la de unos amantes):
Los amantes, rezagados, me reclaman,
somnolientos y felices.
No los alumbro con mi farol
por no cegarlos:
me basta con reconocer
sus dulces liras ebrias.
Dejo que entren como amables bandidos
en el rosado portal donde nacen
el deleite,
caricias impacientes,
tiernos reproches
que apenas demoran
—cual suave aleteo
de aves en arrullo—
la prometida entrega,
mientras gírome y reanudo
el paso de mis tristes maneras.
Ya ha caído dentro de sí el sereno, que es el poeta, porque en la poesía de Pablo Acevedo, así lo creo, aparece con frecuencia el propio hecho de la escritura, el poder generador y de renacimiento que posee el lenguaje. Nos deslumbra, de tanta luz como lo vemos, en estos versos:
Abrasado por una sed de siglos,
alargo los tragos de mi petaca de tinta
¡y allá me veo!…
¡en las alturas!...
¡esquilando estrellas!…
¡limpiando de telarañas las tinieblas!…
¡o mirándome en el espejo del abismo!...
Este largo poema, titulado «Sereno», resume muy bien la fiebre contagiosa de este libro. Pero busquemos más ejemplos. En el segundo poema, denominado «Cinegética», se habla del proceso de creación poética mediante las imágenes de una cacería. En el poema tiemblan el misterio, la palabra, la intensidad, la noche del sentido (lo digo consciente de que hay una vena mística en la poesía de Pablo), lo maravilloso, la palabra fecundadora, todo lo que sucede en la gestación y alumbramiento de un poema. No lo leo porque seguramente él lo leerá. Sólo me refiero a los versos finales donde se dice que no hay blanco, sino un intento de llegar a una meta siempre desconocida. En el tercer poema, el oficio que sirve de signo de un algo que lo trasciende es el de panadero. «El pan de cada día» se titula y en sus versos el poeta juega con la simbología de la elaboración del pan para referirse a los latidos más profundos de su existencia, pues es él otra vez la propia escritura trepanando el poema, el que lo amasa:
Con estas manos enharinadas de luz
amaso lo profano y lo arcangélico.
Añádole sal de mis hierofanías,
levadura de mis vértigos ubérrimos,
centellas del asombro cuando menos,
agua de un secreto manantial.
Hiño la mezcla con púgiles voces
(beatíficos nombres de cosas
llenas y menudas)
y alojo su forma de pez inmoto
en el horno del idioma
(¡Sol de la profundidad!)
hasta cocer la hogaza tremebunda.
Y amasado el pan lo ofrece a los otros, a cada uno de nosotros, lectores:
Panadero de nociones ocultas,
con el pan ázimo de mis saudades
preparo obleas que yo mismo dispenso
cual sacerdote de imágenes
en un arrullo de párpados azules:
hostias de gozo y misterio.
[...]
Probad el bocado remoto
de mis éxtasis de luz,
de mis vigilias de panadero eterno:
este pan candeal,
que es mi dolor de cada día
y os es propicio.
En el cuarto poema, intitulado «Las viñas», aparece la Naturaleza, tan importante también en la poesía de Pablo Acevedo que, como reza la cita de Bachelard que encabeza el poema, «sueña en todos sus objetos», y cataliza asimismo ―pensamos― los sueños, la soledad, la tristeza de los humanos, hasta vaciarlos de lo accidental y llenarlos de su latido esencial. En este caso, la cosecha de uvas de que habla es la de las viñas injertadas en el alma del poeta:
Yo vendimio en largas jornadas sin cansancio
las íntimas viñas que un alto albedrí
injertó en mi alma donde el agraz madura,
regada por surtidores infinitos
y bajo un sol sin clima, pero rotundo y sabio.
Un sol, leemos interiorizándolo, sin clima y rotundo, como lo insondable. Las viñas, sinónimo de embriaguez, centellas para los sentidos, se aparean de un modo natural con el amor y con la inspiración. El amante se sube a la parra, con la inocencia y la ensoñación de todo amante, y con su aspiración de eternidad:
A veces me subo a la parra
como un tonto inmaculado,
con la escala del amor donde las aves
picotean las uvas bañadas por el sol,
y juego con mis pensamientos
cerca de las nubes.
Desde allí observo al Padre Eterno
creando el mundo a golpe de imagen;
y al Vendimiador futuro,
con su podadera de diamante
—como diría el profeta sajón─,
aguardando en la víspera del gran anhelo.
El amor y ―como dijimos― la inspiración, nunca está libre de culpa, pues compromete el ser entero:
Mas luego que rozado
por celeste rayo...
al punto que lamido
por el misterio...
¡alcanzado no más
por el centellant
bucle de la inspiración!...
sacude mi cuerpo un divino temblor
apenas impregno los labios
del acerbo mosto,
y pierdo al fin los ojos
en una ebriedad difícil:
Más temible
que lo que no vendrá…
Más amenazador
que el filo de una hoja
ebria de belleza emasculada…
Más intenso que el zarpazo
de una quimera…
Y como último ejemplo, en este itinerario tan incompleto por todos los caminos que alumbra el libro, he elegido el poema «El don», inundado ―creo― por la sombra de Blake. La poesía es ese don que Pablo ha recibido, hasta el punto de que dios / es un fenómeno de estilo:
Soy poeta porque la poesía
se realiza en mí.
Y si mi alma es la concubina
de lo inefable,
coronada mi cabeza yérguese de imágenes;
mi corazón, nimbado de secreto gozo.
La poesía se realiza en él porque, consciente o inconscientemente, se proyecta en el poema, rompe su espejo con las tensiones visibles e invisibles de su vida. Y utiliza animales e insectos para materializar, desde su capacidad simbólica expansiva y desde su misterio, lo que pertenece al espíritu. Un panal de abejas es utilizado en este caso para representar (siempre la imagen) el acto creador a través del jugo que el poeta sorbe y que presta un significado diferente a las palabras mientras escribe el poema:
Ya extraigo de la secreta celda,
sellada con los propóleos
del zángano consorte,
la jalea real de turbulentos tropos,
tan apetecida por el oso azar;
ya paladeo ese jarabe
bajo un sol jocundo y nuevo:
eclosionada larva,
melífera del más allá,
puñal beatífico,
grumo celeste...
Y la altitud y profundidad siempre buscada en la otra naturaleza, la del lenguaje, la expresa en estos dos versos: Irrumpo en el lenguaje para inundarlo/ de fuerza…, de electricidad… Nosotros añadimos que la imaginación entrañada en el lenguaje consigue dar carnalidad a lo invisible. Los versos finales resumen el poema con una transparencia que deja indemne el misterio:
Soy poeta
porque la poesía vive en mí.
Entre mis dedos sostengo
el testigo púrpura del ángel.
Un ángel cruza esta noche la Librería Alberti y la realidad se torna lunación, ese ángel que les visitará cuando en soledad lean Los oficios. Dentro de su luz renacerán.