Texto de Joaquín Roses. Presentación de “Los oficios” en Córdoba


“El anticapitalismo neobarroco de Los oficios de Pablo Acevedo”
Joaquín Roses
Hace unas 5300 noches estábamos aquí sentados Pablo y yo, con unos años de menos y unas fierezas de más. Presentábamos Onirisma, su primer libro –el único libro de poesía al que he puesto un prólogo, de lo cual, obviamente, no me arrepiento―.
Hace unas 5300 noches la poesía de Pablo Acevedo enarbolaba el cetro de la trascendencia inútil pero necesaria frente al imperio satisfecho de la frivolidad, elevaba el refinamiento de la tradición moderna frente a la bazofia del adanismo inane, alzaba la hostia de la palabra en un oficio de tinieblas.
Quise ver en ese libro una patada joven a la poesía pontificia de los viejos jóvenes oficiales, quise ver en él una visión poética sustentada en el pensamiento como raíz ineludible de una expresividad responsable, quise ver la geografía del poder sagrado frente a los mapas infantiles de la nada. No me arrepiento de lo que quise ver... ni de lo que vi.
Onirisma (2001) era el diario de un fugitivo que iniciaba una peregrinación épica. Los oficios (Devenir, 2015) es su consagración. La larva barroca y surrealista de aquel poemario alcanza ahora los esplendores neobarrocos y anticapitalistas de una enorme bestia que anuncia un ciclo nuevo. Los oficios: libro axial.
 
Entre los dos citados, Pablo publica Cazamariposas (2006) y Estrella varada (2012), pero todo es un trampantojo, porque los poemas del libro que presentamos hoy se escriben antes, entre y después de esas dos fechas. Libro marcado por un dilatado proceso de composición, los 17 poemas de Los oficios y el ensayo que los precede, constituyen ya, para siempre, un hito fundacional de la poesía de Pablo Acevedo, poeta en plena madurez que debe liberarse ahora, sin más rémora, de sus aprendizajes y ofrecer la gran voz. Este conjunto indivisible es poética explícita y espionaje lento y demorado en las obsesiones de casi una década. Es, también, el mayor logro de unidad y coherencia aplicado a cualquiera de sus libros.
La escritura del ególatra Pablo surge de la más humilde de las virtudes: la soberbia y el orgullo de sí. Que nadie confunda eso con el solipsismo y la insolidaridad, pues solo desde la identidad del que enuncia y dice “soy” es posible interpretar la realidad, oír al propio corazón como un latido del mundo, abrazar al cadáver de milenios que sigue muriendo.
Se ha visto en Los oficios un uso meditado de las máscaras poéticas, personajes que trabajan en actividades diversas, una suerte de heteronimia o desdoblamiento del yo. Es falso. Los profesionales del libro (el sereno, el cazador, el pastor, etc.) son todos el mismo oficiante: el yo dicho que es todos los yoes (tal y como aparece el concepto en el título del ensayo inicial). Por eso los protagonistas de este libro no tienen biografía, ni fechas de nacimiento y muerte. En rigor, no hay identidad ni tiempo, porque el tiempo que corre ha olvidado al yo y su lugar central en el mundo; estos oficiantes son los olvidados en un mundo donde el humano ha sido sustituido por el cerdo, cochino amasijo de pellejo, huesos y carne, dedicado jocosamente a sus entretenimientos sin sentido para el engorde de la moneda. El poeta es un Diógenes que quiere rescatar del matadero a esos olvidados: con su lámpara de palabras y la lava de su sangre quiere ser todos los hombres y mujeres en una época que anuncia su extinción. Los oficios, un poemario revolucionario.
Las filiaciones literarias se han ido acumulando tras varias décadas de lectura en este libro de Pablo, pero el origen sigue siendo exacto: el gran romanticismo anglogermánico y sus derivaciones hasta nuestros días. El ensayo preliminar, donde se defiende la noble opción humanista del ocio frente a la plaga del trabajo, la creatividad frente al negocio, sirve de pórtico a los vagabundeos bohemios y bandarras del sujeto poético que habita los espacios sublunares. Las citas de colofón no hacen sino sancionar ese marco interpretativo; en ellas se erige un yo disidente que se niega a seguir el gusto corrompido de su época, un yo comprometido con el anhelo de perfección artística, un yo extendido en el cosmos que ambiciona un íntimo contacto con el universo, un yo desértico y solitario por su extraño uso del gran estilo, un yo aristocrático de la ética creativa. Todo al yo, desde el yo y para el mundo.
Y todo para la noche, motivo y sentido románticos por excelencia. No es arbitrario que el poemario se inicie con un poema dedicado al sereno: “Sereno en la noche del mundo”. Por cierto, ¿qué poeta actual se atreve a abrir su libro con un texto de más de 400 versos donde es tan difícil evitar el decaimiento expresivo? Pablo lo hace... y lo consigue. Pero volvamos a la noche y sus pobladores. Su presencia es constante en el resto de los poemas. “Cuando me aventuro en la noche”, dice el segundo verso de «Cinegética»; “y mi oficio es la noche”, dice también el segundo de «El pan de cada día»; “a la cepa de la noche”, dice el tercero de «Las viñas»; “o es la noche estancada”, leemos en «La mirada se enrosca en el interior de la visión»; “las noches esplendentes” aparecen en «Pastor onírico»; “la noche eternamente gira” en «El don»; “[q]ué océano habitas más allá de esta noche”, comienza «Remero de imágenes»; “hollaban el azogue de la eterna noche”, se dice en «Sueño de perro trágico»; “acertando la noche en que se oculta”, leemos en «Pitecán-tropo»; “y enmiendo las sombras de mis noches”, aparece en «Temblor»; y, en suma, no hay poema donde no figuren la noche, las estrellas, la luna o la tiniebla, desde los títulos a los versos. La excepción luminosa es el magnífico «Renacimiento del entusiasmo», donde el ciervo uránico del sol es el centro de una constelación de alegría filosófica.
Los oficios es el libro de quien ha aprendido mucho y sabe expresarlo. Con una selección léxica aristocrática, con un tratamiento arcaizante de la sintaxis y con un sostenido y aquilatado tono heroico, este poemario es la obra mayor, de momento, de quien se ha tomado con enorme responsabilidad su oficio de poeta. Pero es también la obra de quien está tocado por la ebriedad de la imagen, la mayor virtud del poeta según Aristóteles. Pese a ello, mi amigo sabe que la poesía excede los límites de la palabra, por eso cierra su poema «Cinegética» con los siguientes versos: “La palabra no es el blanco, / sino acaso / el movimiento de retroceso / de mi fusil”. Pablo Acevedo tiene muy claro, desde hace tiempo, lo que es la poesía: una misa negra, un oficio de tinieblas que él practica como doctor aventajado. El oficiante, como tantos otros que le han precedido, reivindica el carácter sagrado de la poesía que se constituye en acto de resistencia, acto de sublevación y acto de transformación en un mundo crecientemente envilecido. Como dice Pablo en la nota 16 de su ensayo preliminar, la poesía es el opuesto absoluto del capitalismo y este poemario es una muestra deslumbrante de esa batalla de tinta y sangre.
Córdoba, 30 de noviembre de 2015