Texto de de Juan José Castro Martín en la librería Picasso de Granada.Los Oficios de Pablo Acevedo


POR SI NO VUELVE A ARD
LOS OFICIOS, DE PABLO ACEVEDO
(Texto de de Juan José Castro Martín para la presentación del libro en la librería Picasso de Granada)

Siempre está lo otro, el otro, categoría o entidad que empuja al Ser a desplazarse, a moverse de su centro e iniciar un sendero, un viaje siempre a lo desconocido e inseguro. Lo habitual es la geografía de lo reconocible, el de los nombres consabidos cuyos efectos, al sonar, están calculados. Las palabras, lo otro. Ellas son, como muy bien sabe el autor, lo otro. Quien escribe es otro diferente del que quiere escribir o del que respira o vive (alienado, ocupado), aunque en raras ocasiones coinciden y en un salto mortal aparece el milagro al que se llama Poesía.

Poesía, elegir unas palabras, semántica del sonido y de la imagen, y crear sentido. Crear, elegir, eliminar. La otredad es el espacio abierto (la posibilidad, la aventura) donde se lanza un grito y responden los ecos.

No quisiera extenderme en hacer aquí una apología del hecho poético dado que el autor lo hace magistralmente en el prólogo del poemario. Voy a centrarme en una constante a lo largo no sólo de los poemas de este libro, sino también de todas sus obras anteriores: el valor de la poesía y su necesidad en la sociedad de hoy.

En su ensayo Función social de la poesía, T.S.Eliot, al tratar de dilucidar el papel de la creación poética en la sociedad burguesa europea allá por la década de los años veinte del siglo pasado, apunta tanto a la ampliación de la conciencia como al refinamiento de la sensibilidad entre los beneficios, aparte del placer estético, que la poesía reporta. Pero la función del poeta iría más allá del perfeccionamiento de los individuos que conforman una sociedad; plantea el concepto de poesía como un valor de compromiso aunque no entendido en relación con tal o cual hecho, tendencia o ideología, sino hacia la lengua misma. Establece, además, una reciprocidad con el estadio cultural de la ciudadanía, dado que la función misma de la poesía «afecta al lenguaje y la sensibilidad de una nación entera».

Mucho se ha discutido sobre los logros de la obra de Eliot en relación con su intento de acercar a la poesía la lengua viva, coloquial, real. Este hecho, muy mal entendido por un sector no pequeño de la poesía de nuestro país desde los años 50 del siglo XX, justificó la práctica degradante de la potencia imaginativa hacia un prosaísmo reproductivo en un proceso de extrañamiento y empobrecimiento progresivos de la creación poética, síntomas de la devastación espiritual actual. También en esto hace una matización en su ensayo: «Hasta cierto punto la poesía puede preservar, e incluso restituir la belleza de una lengua; también puede ayudarla a desarrollarse, a ser sutil y precisa».

En esta huida de la uniformidad discursiva y la apuesta por la subversión del lenguaje usual por otro emancipado, liberado, coincide con Octavio Paz, en su obra El arco y la lira. La idea, como se ve, está muy lejos de la simplificación o del deliberado abandono de la vivencia de liberación del discurso poético por la mera constatación realista, experiencial de un hecho. «La música de la poesía no existe separada del significado», afirma Eliot; aunque insiste en lo conversacional como el camino de la nueva poesía, no olvida, como cita en su otro ensayo La música de la poesía: «La música de la poesía, entonces, debe ser la música latente en el habla de su tiempo […] Por supuesto que no queremos que el poeta se limite a reproducir exactamente el estilo conversacional».

Y un poco más adelante del mismo texto del autor inglés, tras declarar que las interpretaciones deben tener sustento en el sentido y ritmo del poema, afirma: «no creo que la tarea del poeta sea primordialmente y siempre obrar una revolución en el lenguaje […] el ansia de novedad es tan malsana como la adhesión obstinada al lenguaje de nuestros abuelos».

Para que ustedes no se pierdan, mi deseo es deslindar lo que pueda ser la poesía y el lugar que Acevedo postula como propio desde su creación. Ya trazó desde Onirisma esa fulgurante visión del poema que deslumbró a quienes lo leímos en sus prosas y verso libre, prácticas que no encajan con la afirmación de Eliot de que «bajo la denominación de verso libre se ha escrito mucha prosa mala», sino que por su rigor y meticulosidad metafórica lo hacen más bien en la concepción moderna de la escansión rítmica.

Precisamente la poesía, el lenguaje mismo es el gran problema al que se enfrenta el poeta dado que ha sustentado todo tipo de discursos tiránicos y homicidas en la época contemporánea. Y, sin embargo, es lo que arranca al Hombre del determinismo de lo inarticulado, de los silencios que habitan la mayor parte del ser. «Gesang ist Dasein», diría Rilke en los Sonetos a Orfeo. La poesía será, como bien demuestra Acevedo, lo que se nombra a sí mismo, el intento de no ser devorado por el silencio, silencio que a pesar de todo nos devora cuanto más decimos.

Ya San Juan de la Cruz enseñó a recelar del lenguaje por su corto alcance, a rasgar su velo para ir más allá, hacia el ser auténtico a través de lo imaginativo, a través del lenguaje transmutado en imagen poética. Con la irrupción del mercantilismo hubo un proceso de perversión de los significados tradicionales sustentados en una visión de la realidad en declive que devino en la desconfianza hacia la palabra y acabó en la deriva hacia las ciencias exactas. Éstas, asumidas como único medio de conocimiento verificable, arrinconaron y rompieron el monopolio verbal sobre el mundo. Aun los filósofos, Leibniz y Spinoza a la cabeza, abandonaron la militancia de la palabra por una concepción de la Filosofía como matemática  verbal, hasta su culminación en el Tractatus de Wittgenstein. El abandono de la autoridad escrita, de la palabra, tuvo como consecuencias el recorte en el alcance de la potencia verbal y la degradación de lo poético hasta el punto de que ese alejamiento ha hecho que, en palabras del filósofo G. Steiner, «se encoja el mundo de las palabras».

Esto parece verse refrendado por esa rilkeana incomodidad humana en el mundo interpretado de la Elegía primera. El poeta se avergüenza de su discurso, lo desviste, lo esconde, lo coarta, lo diseña como un mal chiste entre lo confesional y avergonzado y cuya subjetividad está lejos de estar a la altura de las circunstancias. Al perder el sujeto no ya su medio expresivo sino su ser mismo, la fuerza aniquiladora de discurso dominante, producto alienante y alienado, subvierte la posición del yo en el mundo y lo coloca en un lugar secundario. Steiner en El abandono de las palabras afirma:

 

El instrumento que tenemos ahora en nuestras manos está, por el contrario, gastado por un largo uso. Y los imperativos de la cultura y la comunicación de masas le han obligado a desempeñar papeles cada vez más grotescos. ¿Qué cosas, fuera de las verdades a medias, simplificaciones groseras o trivialidades puede, en efecto, comunicársele a ese público de masas, semianalfabeto, que la democracia ha reunido en las plazas? La comunicación sólo puede hacerse efectiva  dentro de un lenguaje disminuido o corrupto.

 

Esto ha supuesto, claro está, un ahondamiento en esa crisis del lenguaje y sus recursos de creación, especialmente los metafóricos, disociados como se encuentran lo necesario comunicativo del sentido crítico y profundamente espiritual que pueda liberar al ser humano. A esa indigencia de la poesía se debe su acercamiento a otros discursos en busca de una nueva identidad e incluso hacia el objetivismo abstracto, el psicoanálisis o la música, con muy dispares resultados.

Como muy bien se muestra en Los oficios, la poesía es la conquista de un reino subterráneo si tenemos en cuenta otro ensayo de Steiner, El silencio y el poeta: «Poseedor del habla, poseído por ésta, cuando la palabra eligió la tosquedad y flaqueza de la condición humana como morada de propia vida imperiosa, la persona humana se liberó del gran silencio de la materia». La palabra inicia el camino del destierro de la selva y la insumisión ante el orden y ante la divinidad. «El acto de hablar que define al hombre, ¿no lo constituye también en un rival de Dios?» (Steiner). El poema es capaz de prolongar lo humano más allá de la vida, es una presunción que anticipa, que usurpa el papel sobrehumano. Por eso, en los momentos cruciales de la Historia, y más aún después de la irrupción del pensamiento único, el silencio sea para el poeta una tentación, un refugio.

            El silencio, la luz y la música son las tres aspiraciones del oficio de poeta en muy diferentes procesos poéticos. En la derrota del lenguaje y la desconfianza que suscita en la posmodernidad, son las únicas salidas, afirma Steiner, para el poeta. Tanto el balbuceo ante lo inefable universal como la persecución órfica  de una armonía universal están presentes en Los oficios como método de supervivencia y lucha de la metáfora contra la distopía funcional. Diría más, la incomprensión ante el brutal atropello del individuo y su explotación casi servil tientan en ocasiones el poemario, que sería un modo particular de esa «gramática de lo inhumano» (Steiner) cristalizada en el poema, aunque no cede ante ella con un discurso fácil, ramplón y estandarizado.

Dicho todo esto, y si aceptamos la inseparable naturaleza social del lenguaje defendida por el filósofo Th.W.Adorno, lo que quiere decir oficio, oficio de poeta (o de vivir, Pavese), habremos de tener en cuenta la descripción que en su Discurso sobre poesía lírica y sociedad hace el filósofo alemán de los mecanismos mediante los cuales el idealismo burgués gesta y luego niega esa condición social de la poesía aislándola, marginándola y creando el estigma de la evasión; frente a la torre de marfil se alzaría la falacia del compromiso, ya denunciada por Nietzsche o Baudelaire. La recepción del poema, por el contrario, garantiza su participación en lo universal, dado el carácter objetivo-social de lo lingüístico. La negación viene marcada desde la praxis social dominante, desde esa «falsa conciencia» de la ideología, como remarca Adorno, que desubica al poeta en el mundo de la utilidad: el poeta es un ocioso, un inútil, un improductivo. Sin embargo, «(la poesía) implica la protesta contra una situación social que cada individuo experimenta como hostil, ajena, fría, opresiva, y la situación se imprime en negativo en la obra».

Desde la Revolución industrial la «idiosincrasia del espíritu lírico contra la supremacía de las cosas es una forma de reacción a la reificación del mundo, al dominio de las mercancías sobre los hombres» (Adorno). Es una ruptura donde se determina y expresa lo contrapuesto a lo dominante, una rehumanización de la naturaleza para dignificarla, aprovisionarla de nuevos significados. En definitiva, es la fuerza del yo escapando a la alienación propia y natural.

Más aún, el  mismo carácter doble del lenguaje, y aquí Adorno y Paz coinciden, hace que por la naturaleza de este discurso marginal, lo objetivo no asuma lo subjetivo, sino que coincida con él, la necesidad con la libertad, un discurso que trasciende al yo y se convierte en un vivir para otro. El lenguaje no se agota en la expresión de la subjetividad, y en esa línea, ya iniciada por las estéticas del Romanticismo y del Simbolismo, es en la que se encardina la poesía de Acevedo. En palabras del filósofo de Fráncfort: «En el fondo de toda poesía lírica individual se halla una corriente colectiva subterránea».

El poeta indaga ahí, en las contradicciones del ser enfermo bajo la tiránica mirada de los otros y el hechizo del lenguaje hecho Belleza en un mundo aprisionado. Como muy bien conocía Pavese, el trabajo del poeta nace de la anormalidad, del prodigio. Debido a esto, se ve deslegitimado por un sistema cuyo discurso tiende a silenciar, arrollar, avasallar o destruir a cualquiera que cultive las virtudes espirituales contraviniendo el mito del progreso burgués.

Los oficios de Pablo Acevedo muestran las actividades del hombre como autoformadoras, donde la actividad tiene un carácter no productivo sino espiritual, de perfeccionamiento. El oficio del poeta es el más puro, soberano y no alienado por la Imago que reinvente y renombra la realidad frente a lo unívoco y gregario. Si hacemos caso a Antonio Machado, lo poético es ver, es refundar a través de la imagen poética. Imaginación y visión frente a lo meramente constatable, la vivencia frente a la experiencia.

            Acevedo es una clara anomalía, y en su obra puede descubrirse la conciencia de esa soledad. Así, en uno de los poemas del libro, «El don»:

 Soy poeta por una equivocación exacta

y por una luz evidente

 

Huétor Vega, 28 de octubre de 2015

Juan José Castro Martín