Sobre la "La mitad ignorada" de Jairo García Jaramillo


TODAS SOMOS DIFERENTES
(Texto de la presentación del libro en la Librería Enclave de Libros de Madrid)
Por Marta Sanz

AutoresSi Jairo García Jaramillo se llamase Juana González Jaral o Josefina Gutiérrez Jaén o Javiera Gaos Jacaranda tendría algunos problemas con la recepción de La mitad ignorada (En torno a las mujeres intelectuales de la segunda república). Seguramente pocas personas mejor que él son conscientes de esta circunstancia, de esta brecha, de esta desigualdad que, con un cinismo y una sutileza ejemplares, sigue empañando la mirada de la sociedad española actual. Por esta razón, a Jairo yo este texto se lo agradezco, además de como justa restauración de una nómina de artistas casi siempre olvidadas en los libros de texto, además de como rigurosísimo diagnóstico del campo cultural de un periodo efervescente de la realidad española, se lo agradezco como gesto militante. Aún hoy mucho más necesario de lo que puedan creer mentes ingenuas e incluso malintencionadas. En el prólogo de la obra, el autor define su objetivo: “tratar de bosquejar (…) un panorama general de los efectos de dominación masculina en la producción de las mujeres intelectuales que vivieron la llamada Edad de Plata española”. García Jaramillo abre el diafragma de la cámara, coloca el gran angular y para entender el mundo, contraviniendo los usos académicos actuales de la hiperespecialización –ese primer plano de la piel de un melocotón que a veces nos impide ver el melocotón en sí-, traza una panorámica no solo desde el punto de vista espacial sino también temporal. Sin embargo, si el ensayo de García Jaramillo me sobrecoge, es porque reconozco en él un estado de la cuestión aún no superado ni en el ámbito de la cultura ni en ningún otro ámbito de la sociedad española: esa mirada patriarcal que a menudo calcifica en actitudes y comportamientos machistas ejercidos, en no pocas ocasiones, por las mismas mujeres. En este sentido, quiero traer hoy aquí unas líneas, escritas para una revista pero aún no publicadas, que adquieren un significado pleno en el momento de presentar el libro de Jairo: 

“Cuando escribo una novela en la que planteo preguntas en torno a las mujeres, procuro mirar desde una perspectiva autocrítica. (…) A veces las mujeres, por miedo e incluso de buena fe, nos hemos comportado como enemigas: la proximidad de la mujer hacia sectores radicales de la iglesia motivó que, durante la segunda república española, las diputadas de la izquierda manifestaran su rechazo hacia un voto femenino que ralentizaría la transformación progresista de la sociedad. Sólo Clara Campoamor defendió ese derecho. Un tipo común de madre ha obligado a las hijas a ser complacientes, asistir a los enfermos, no pecar nunca de egoísmo. A sacrificarse y a colocar la familia por delante de cualquier cosa: la mujer que ¿libremente? elige esa opción me parece respetable. Lo que me sigue apenando es que la ociosidad o el placer nos produzcan sentimiento de culpa y que amigas, hermanas y madres hayamos sido inclementes con aquellas que renunciaron a tener hijos, bebieron en los bares y gozaron con su promiscuidad. Hemos actuado como guardianas del templo de las esencias mientras vivíamos la fantasía de una libertad de la que no gozábamos. Piensen en las heroínas de la novela de adulterio, el asfixiante mundo que las rodea. Piensen por qué la madre de Camille Claudel no pudo soportar el ansia de libertad de su hija y la enclaustró en un manicomio.”

En el estudio de Jairo García Jaramillo, se aborda la cuestión de hasta qué punto las propias mujeres podemos liberarnos de esos “sentimientos impuestos” –la expresión es de Margarita Nelken- que no se ponen en tela de juicio porque forman parte de la normalidad, de la masa sumergida del iceberg ideológico, de lo que Zizek llama “la ideología invisible”: valores, creencias naturalizadas en nuestros códigos sociales que un intelectual como García Jaramillo saca de debajo de la tierra, como un tubérculo, para mostrar que lo que se da por supuesto es una construcción ideológica interesada que suele dejar fuera de plano, en el ángulo muerto de una habitación, a la misma mitad del mundo. La perspectiva es feminista, pero de un feminismo científico y documentado, no de ese otro “feminismo” entre comillas que se confunde con la cicatería de la corrección política o con esa forma de machismo dado la vuelta que presupone que el feminismo consiste en ir a un boys a meterle un billete de cincuenta euros en el calzoncillo a un musculado estonio. Por ejemplo. En La mitad ignorada se reflexiona sobre uno de los temas que a mí más me preocupan últimamente: cómo se relaciona la realidad con sus representaciones y cómo lo hace específicamente desde una perspectiva de género. Ese ha sido uno de los impulsos de mi última novela –perdonen que me cite, pero a veces es inevitable mirarse un poco el ombligo- y ha sido para mí una sorpresa reconocer esa preocupación en este excelente ensayo de García Jaramillo, del que me ha interesado especialmente la capacidad de síntesis y la brillantez de su último capítulo titulado “Pero, ¿quién teme a Virginia Woolf? (Breve excurso final sobre el discurso femenino)”.

En La mitad ignorada se visibilizan mujeres que han destacado por su lucidez, su carácter intrépido, su creatividad, su modernidad, su talante solidario: María Teresa León, Remedios Varo, Rosa Chacel, Carmen Conde, Maruja Mallo, María Zambrano, Concha Méndez, el caso conmovedor de la artista Ángeles Santos... Y en los retratos de estas artistas, en el repaso fugaz de sus aportaciones o de sus experiencias, no se activa el dispositivo de la nostalgia, sino que se habla del pasado desde su imbricación con el presente: recuperar la memoria para aprender y no para enquistarse en ella. Desde un punto de vista político, académico, artístico…

Aún hoy a las artistas, escritoras y pensadoras –también ellos, vosotros…- que tenemos el arrojo de calificarnos de “feministas”, se nos acusa de radicalidad –a mí recientemente me han dedicado un bello epíteto “feminazi”- en una coyuntura en la que las mujeres son maltratadas y asesinadas, violentadas en puestos de trabajo donde la mayor violencia consiste en la discriminación salarial. Y aún hoy, las mujeres volvemos a ser veneno para las mujeres al pensar que la solución a nuestros problemas pasa por reivindicar el derecho a la coquetería y las armas de seducción. El valor de nuestro “capital erótico”, como dice Catherine Hakim. Estos discursos suenan a cortina de humo en países en los que el índice del paro femenino es superior al masculino y las mujeres sufren un elevado riesgo de exclusión social y pobreza. García Jaramillo trae a colación unas palabras de la pedagoga Concepción Saiz de Otero (1851-1934): “esa mal llamada emancipación (…) subvertiría la misión de los sexos. La maestra española aspira a (…) perfeccionar sus cualidades ingénitas, a rectificar los errores de su inteligencia, la ceguedad de sus pasiones y la obstinación de su voluntad, con el fin único y exclusivo de alcanzar más perfección en su género, de ser más mujer…” Lo estremecedor y lo oportuno del esfuerzo de García Jaramillo es que en esas palabras de una pedagoga de buena voluntad reconozco argumentos similares a los de la vanguardia de un pensamiento actual en torno a los problemas de la mujer que no podemos calificar más que de “reaccionarios”: es el caso de Nancy Huston que, utilizando argumentos  próximos a los de nuestro ministro de justicia –lo que hace a las mujeres “mujeres” es la maternidad-, transforma la biología en teología, recupera esas esencias que las pensadoras feministas se encargaron de deconstruir minuciosamente a los largo de más de cuatro décadas y, en el contraste entre naturaleza y cultura –Jairo se encarga de recordarnos que esa es una dicotomía marxiana o marxista-, se decanta por la primera olvidando que algunas de nuestras conquistas como especie, en efecto, pasan por la reivindicación del instinto frente a las represiones, mientras que otras se basan en la capacidad de los seres humanos para inhibir el deseo de comernos los unos a los otros; para aprender a leer; para forzar a los niños a que no se metan el dedo en la nariz; para esculpir la Victoria de Samotracia y escribir Extraños en un tren. Actos que a veces nos hacen mejores y no son naturales, y que otras veces forman una costra cultural, un peso, que se utiliza para segregar a una mitad de la humanidad y no a la otra. Genéricamente. A todas. Aunque todas seamos diferentes y nos situemos al margen de esas esencias de sensibilidad, debilidad, cursilería y lamentación (dulce, serena, justa, buena) que se encargaron de definir los griegos, Kant y los kantianos, los románticos, Ortega y Gasset y el rosario de la aurora, hombres y mujeres detentadores, en algún momento, del poder cultural y de la máquina a manivela productora de ideología. Jairo llama nuestra atención sobre este asunto. No es baladí.

Por todos estos motivos, La mitad ignorada es un ensayo muy valioso. A la valentía que supone trabajar dentro de un marco teórico deudor de las escuelas marxistas y feministas hay que sumar la contestación a todos aquellos que afirman que la vocación de “corregir” el machismo ha derivado en formas desquiciadas de hipercorrección feminista. Para avalar el interés de La mitad ignorada, también me gustaría hacer alusión a otros momentos culminantes del ensayo: su bello análisis sobre el concepto de la habitación propia de Virginia Woolf; los elogios envenenados de Cansinos Assens a Carmen de Burgos o su aterrador retrato de Victoria Kent –no se lo pierdan, págs. 85-86-; el repaso por la sabiduría como rasgo de maldad o virilización de las mujeres; o la recuperación del leitmotiv de que “lo personal es político”. A todo esto hay que añadir el rigor metodológico y la agudeza para acotar el campo sobre el que se ha querido trabajar: ese instante de la historia, esa mitad ignorada.

A Carmen Laforet le preguntaban si quería más a sus libros o a sus hijos. El periodista que le hacía la pregunta no tendría la sensación de ser un machista. Quizá incluso era una periodista emancipada que creía que ya no había motivos para luchar ni para resistir. Todavía estamos ahí. En ese punto. Jairo García Jaramillo, como hombre que estudia y restaura la memoria de mujeres olvidadas a través de  un discurso rigurosa y documentadamente feminista, se coloca al otro lado del espejo, en la antípoda perfecta, resolviendo la horrenda paradoja del machismo de las mujeres y haciendo un sano, justo y reparador ejercicio intelectual. No debería extrañarnos, pero como aún estamos como estamos, yo desde aquí le doy las gracias.