Sobre “Épica de raíles” de Verónica Aranda


Sobre “Épica de raíles” de Verónica Aranda
Por María Antonia Ortega

En este nuevo libro, titulado con mucho acierto ÉPICA DE RAILES quizá para acentuar el valor y la importancia que tiene un trayecto largo y a ser posible lento, que no consista solamente en salvar la distancia entre dos puntos, el de partida y el lugar de regreso, Verónica Aranda probablemente ha escogido ahora la etapa del Wanderjahre, o del peregrinaje, dentro del itinerario de aprendizaje del Bildungsroman.

Reúne distintas etapas o jornadas por lugares, no sólo del subcontinente asiático, de India, sino también de Centroamérica y de América del Sur, discurriendo por distintos tiempos, climas y geografías que confieren a los poemas un cierto exotismo y orientalismo muy bien recuperados para la sensibilidad actual, volviéndola a orientar, (dentro de lo posible y sin ofender a los sabios dioses inspiradores de la prudencia, una virtud clásica injustamente olvidada en el día de hoy a pesar de ser muy bella), hacia los viajes no organizados, hacia la aventura y el sentido de la peripecia. Y vemos que hay paisajes nuevos muy sugerentes como el de los bambudales; es decir palabras que nos suenan más nuevas; y también, dentro del mismo camino así iniciado, algunos ecos del mejor Pierre Loti, combinándose sorpresa con erotismo, un erotismo nuevo e intenso que recorre este libro, y que parece que se ejerce incluso sobre el propio libro convertido en objeto, sujeto e instrumento de placer.

¿Pero cuál es aquí el verdadero destino del viaje emprendido? Porque nos inquietan mucho los siguientes versos: “Toda patria es exilio/ y nadie puede acariciar sus ruinas/ ni pintar sus fachadas ocre siena./ El Ulises de hoy/ atraviesa la nieve/ y evoca, vagamente, a una hilandera”.

¿Se trata en todo caso del regreso a una patria universal y añorada, como Grecia? No sólo a la

de Platón, sino también a la de Safo.

Podríamos más bien inclinarnos por la conclusión de que el regreso que aquí se pretende es a la CAPITAL DEL RECUERDO alejandrina de Kavafis, recreada por la obra genial de Lawrence Durrell: El Cuarteto de Alejandría.

Entendemos que aquí se viaja sobre todo para después poder recordar y ejercitar la memoria, dar a través de ella vida definitiva a las cosas, y devolverlas quizá a su verdadero ser y naturaleza, reconociéndose además la fusión existente, desde los tiempos más remotos, y sobre todo desde Grecia, entre poesía y memoria, la cual no puede ser sustituida completamente por la de nuestros ordenadores, pues ello significaría la destrucción de la poesía. Por el contrario es necesaria la subsistencia del Arte de la Memoria que se teje en este libro, escrito a la vez tanto por Ulises como por Penélope.

Y siendo una Épica, como su título reza, y habiendo de dar cuenta de las hazañas de los héroes, aquí incluye muchas de las cuales son protagonistas figuras femeninas: “Alguien afina un arpa./ De un granero en ruinas/ llega luz estancada./ Y todo lo que gira en torno al vínculo,/ ramas del alcornoque/ que plantó la matriarca/ hace más de cien años,/ persisten en la luz/ tenue de un junqueral./ Tuvo dieciséis partos/ y su fertilidad fue tan precisa/ como la arcilla azul o los regatos,/ como su nombre griego/ o sus ojos de cuco./ La mujer más anciana de la aldea (…)”. “Conocí a una mujer en Rishikesh/ que buscaba el consejo de un asceta./ Tendió la ropa en azoteas lúgubres/ y escapó de sí misma, de la selva/ en un expreso lento./ Le despertó el frescor de los magnolios/ en las gargantas donde nace el Ganges./ Ató cada renuncia a un hilo rojo”.

Estamos ante una obra serena pero estremecida, de la cual esperamos que siga creciendo independiente de las modas, y que sólo sea podada por los poetas inmortales, incandenscentes.

MARÍA ANTONIA ORTEGA
En Madrid, a 26 de Diciembre de 2016