‘NOMBRES, ROSTROS Y PALABRAS’ de José Manuel García


Por Ismael Alonso Álvarez

Hablar de un libro de poesía no es fácil, y menos intentar transmitir las emociones que ha sugerido a un modesto lector, como es mi caso.Hoy me siento doblemente orgulloso en este acto: por una parte, por acompañar a este enigmático Doctor en Filología Trilingüe (reconozco que casi me caigo al suelo cuando leí la solapa de la hermosa edición de este poemario); y, por otra, ejercer de presentador de un excepcional libro de poesía. Quizás debería empezar por el principio, hablarles de los poemas, de las referencias literarias, de la pulsión poética de cada composición, antes de comunicarles lo esencial. Pero prefiero empezar por el final. Me reconozco entusiasmado con la lectura de ‘Nombres, rostros y palabras’, así que tienen que comprar este libro, no ya para suplir el dinero que el autor ha perdido en cada una de las nueve huelgas que ha secundado en los últimos tiempos en la enseñanza madrileña, sino para realizar un acto de justicia poética.
Ya me ven: hoy estoy aquí para apostar fuerte. Cuando a uno le cae entre las manos un libro de cualquier clase, con el propósito de glosar unas palabras de admiración hacia el autor y su obra, siente, lo reconozco, una inquietud manifiesta: ¿Y si me he embarcado en la responsabilidad de rendir debida cuenta de una obra que no merece la pena? 

Ya les digo que no. Que sí merece la pena. Y mucho. La lectura me ha sorprendido gratamente, me ha entusiasmado, a decir verdad: me he topado con un gran poeta, que posee una poderosa voz propia con múltiples matices.

Estamos ante un excelente libro de poesía, sin duda. Por ello, y evitando en lo posible que el autor me tache de sofista, que en esto de filosofía y retórica sabe mucho más que yo, voy a intentar esbozar brevemente los valores que creo más interesantes de la obra.

 Es la poesía de José Manuel una poética de corte confesional. Rehúye el hermetismo y encuentra en la experiencia y el pasado una suerte de redención. La palabra poética se inscribe, por lo tanto, dentro de una temporalidad definida: el mundo de los recuerdos, de esos nombres y rostros que dan título al poemario y que, por medio de la palabra poética, son rescatados del olvido. Esa temporalidad es serena. Hay una aceptación resignada y tranquila del devenir temporal, en ocasiones tamizada por un tono elegíaco que recuerda al lector la poesía luminosa de Francisco Brines o de Eloy Sánchez Rosillo. Su poética resulta muy clarificadora: el poeta se reconoce atónito y extraño ante la realidad que lo rodea. Su única meta parece ser, dicen sus versos, transformar el rompecabezas de la vida (fotografías de amigos, recuerdos de la infancia) en palabras que aletean sin movimiento. No hay en José Manuel un ímpetu transcendente en un sentido religioso. Más bien, con la idea de Juan Ramón de decir “el nombre exacto de las cosas”, en ocasiones se reconoce incapaz de expresar lo indecible, fruto de una tensión que sitúa la palabra poética ante su propio abismo. 

En la primera parte del libro predomina el tono confesional, experiencial, que comentaba antes; para dar paso, en la segunda parte del poemario, a un verso más trascendente que emplea la palabra poética como forma de adentrarse en el misterio.

Permítanme que me detenga en la lectura de algunos poemas a lo largo de la exposición.

‘Nombres’, página 7.

‘Que seremos, que somos’, pág. 12, es una exposición ejemplar de esa mirada serena y luminosa ante el imperio atroz del tiempo.

Hay en la poesía de José Manuel, insisto, mucha luz, agradecida luminosidad. Pero definitivamente apegada a la tierra, sin más ansia que retener del transcurso temporal retazos hilvanados por la memoria poética. Es aquí donde encontramos al poeta en todo su esplendor, a un magnífico rescatador de instantes y vivencias compartidas. En ocasiones, el poema casi se vuelve canción. Porque en este poemario, algunos de los poemas serían magníficas letras si un cantautor avezado realizara una lectura atenta:

(Pág. 13, ‘Compañeros’).

(‘Cumpleaños’, pág. 64)

Los matices de la voz personalísima de José Manuel nos muestran una poética poliédrica. El amor recordado se revive en el poema ‘Tan lejos’ o en el magnífico ‘Celia’. Es aquí donde se manifiesta el verdadero sentido de la poesía: sugerencia, insinuación, con un léxico aparentemente sencillo pero trabajado profusamente.

(Tan lejos, pág. 11).

(Celia, pág. 15).

En ocasiones, el poeta se erige en observador curioso. Aparece entonces el José Manuel paseante, si me apuran indiscreto, para quien la verdadera aventura poética no consiste únicamente en el solipsismo interior, sino en la fusión con la otredad que representan nuestros semejantes. Buena muestra de ello la encontramos en ‘En Embajadores, Rosa’ (pág. 19); o ‘En la plaza’ (pág. 47).

Una ciudad también puede ser protagonista. Es el caso de ‘Paseo por Madrid’; el poeta parece caminar por una fotografía quieta, detenida, y se erige, en su extrañeza, como excluido de un mundo que ama pero del que se siente ajeno. ¿Dónde estaría la raíz de todo para este poeta? No en el presente, más bien en el recuerdo que todo lo purifica.

Otras veces, el poeta es espectador de su entorno inmediato, espacio que poetiza con gran maestría desde la soledad de las horas nocturnas. Así, la escritura se convierte en una forma biográfica de retener la vida, lo esencial cotidiano (‘Este día’, pág. 79).

Algunas escenas familiares se retratan con emotividad contenida, como en el excelente poema ‘Mi hija al piano’ (pág. 62). 

Al final de este poema no dejé de hacer un par de anotaciones, entusiasmado tras su lectura. Es maravilloso cómo el poeta es capaz de detener la temporalidad en unos versos redondos, exactamente precisos. Es difícil escribir tan bien con palabras tan esenciales.

Un paisaje querido, la ciudad de Aranjuez, donde vive José Manuel, se refleja en algunos poemas. Quiero destacar uno de ellos, ‘El paseo’ (pág. 40), en el que el poeta, que se desdobla en caminante y monologuista de sí mismo, un poco al estilo de Machado y sus ‘Soledades’. En este caso, el paisaje exterior del Tajo y los jardines de Aranjuez se acaban convirtiendo en paisaje interior del alma, al igual que sucedía con el poeta sevillano.

La biografía del poeta se erige en territorio propicio para evocar nombres de amigos, compañeros de pupitre en la Universidad o familiares fallecidos. Al modo de la nueva sentimentalidad que propugnara Luis García Montero y su poesía de la experiencia, José Manuel levanta acta contra la desidia del tiempo de aquello que merece ser rescatado:

-‘Aeneidos’, pág. 20. 

-‘Funesto’, pág. 39.

Sin embargo, incluso en sus poemas experienciales, el lector nota un afán de ir más allá, de tensar la palabra poética hasta su propio límite. Me recuerda este tono al mejor José Ángel Valente o a Andrés Sánchez Robayna. Y José Manuel se nos vuelve, entonces, casi metafísico, y es entonces la palabra una manera de indagar y tocar el misterio de lo insólito de la vida (‘En la exposición de estatuas’, pág. 37). 

El poeta dice en ‘La luz abierta’ (pág. 31): Abrimos la luz… / De su profundo centro / brotan en llanto / los nombres de las cosas. Sin duda, versos magníficos, que aproximan al lector a la verdadera poesía: tensión sin descanso como forma de conocimiento esencial.

Es entonces cuando esa introspección radical funde su propia poética con la naturaleza circundante (‘Alrededor’, pág. 99).

El lenguaje de este poemario es esencial: no sobra ningún adjetivo, no existe afán por adornar donde no es preciso. Se nota un prolijo e intensísimo trabajo de depuración formal. La lectura del libro no solo resulta un placer ético –el hombre frente al enigma del tiempo, la palabra como medio de indagar en lo absoluto-, sino también estético, pues hay poemas –la mayoría de verso libre- que poseen un ritmo interior prodigioso, a veces cercano a ese “sonido oscuro” con que definiera Lorca la verdadera poesía.

Me gustaría analizar y destacar otros poemas magníficos; la verdad es que cuesta resistirse a anotar o subrayar versos en cada poema. Este glosador agradece algunos homenajes que realiza José Manuel en su poemario: al inclasificable Leopoldo María Panero, a Luis Cernuda o a Edgard Allan Poe. También deja espacio para el verso tradicional, como es el caso de un poema escrito con el aliento tradicional de la seguidilla… 

Me gustaría finalizar destacando lo que creo esencial en este libro: el tratamiento sereno, a veces casi elegíaco, de la temporalidad. Se nota la formación clásica del poeta en algunos guiños a autores como Virgilio. Sin embargo, el poeta no queda como simple notario del tiempo ya inexistente; José Manuel, gracias a su excelente intuición poética, busca más allá, en el límite de la palabra y su poder evocador. Poesía de la experiencia, confesional y vivencial, sí; pero también que nos deja al borde mismo del misterio, un enigma que solo puede tocar la palabra poética a través de voces tan personales y sugerentes como la de José Manuel.