"Cuerpos varados" de Jacinta Negueruela - Javier Lostalé


Portadas LA TRANSCENDENCIA DEL SERAutores
Por Javier Lostalé
Texto de la Presentación del libro “Cuerpos varados” en el Círculo de Bellas artes de Madrid el 20 de novéembrere de 2009

 La  obra poética de Jacinta Negueruela ,está formada por tres libros: Animal marino, La luz de Orión y Cuerpos varados, que esta noche presentamos, obra poética unida a un texto algo más que teórico, Un arte presencial. De Yves Bonnefoy a Miquel Barceló que, en fiel correspondencia con estos dos grandes artistas, el poeta francés y el pintor español , revela su concepción del acto poético como un alumbramiento de existencia a través del lenguaje, hasta el punto de disolverse éste en lo alumbrado. La palabra, tanto en  el autor de Principio y fin de la nieve, como en Jacinta Negueruela , posee el don de la encarnación, está por tanto manchada por la vida, es presencia y alienta esperanza. 

En la poesía de ambos hay igualmente una religación profunda con la naturaleza ,la práctica desaparición del presente en su aspiración a lo absoluto, una atenta escucha del misterio del ser, la búsqueda de lo primigenio, la consideración de la realidad en toda su sustancia física y espiritual  y la fe en el carácter protector de la creación poética frente a las heridas y abismos del amor, la soledad y la certeza de la muerte. Estas y otras cuestiones se reflejan en la “Poética” que encabeza Cuerpos varados , plenamente justificada si tenemos en cuenta que este libro antecede en su escritura a los otros dos publicados, y si atendemos a los principios fecundadores de toda su obra hasta el momento, que le prestan esa unidad que todo verdadero universo poético-en mi opinión-debe tener. Unidad opuesta en todo caso a uniformidad, que se funda en la función intensificadora y catalizadora de sentimientos y reflexiones desempeñada por las fuerzas de la naturaleza, especialmente marinas, determinante de su mirada cósmica , en su cordón umbilical con los orígenes y en la permanente respiración de fondo de los amantes. Y dicho esto, me sumergiré durante unos pocos minutos en las mareas íntimas de estos Cuerpos varados. 

El término varado, unido al de cuerpo, me sugiere, con la tensión simbólica y relampagueante de la poesía,  por un lado la fragilidad de quien se protege de las tempestades y, por otro, la idea del límite, del espacio acotado de una playa o de un banco de arena donde transpira terrenal la vida. Territorio mensurable que está inundado por la presencia inabarcable del mar, por su fuerza deslimitadora capaz de iluminar hasta la médula el pulso de esa vida, llámese amor, muerte, deseo, soledad, infancia u olvido. En prácticamente todos los poemas es el mar el que, en fusión con el ser, transubstanciándose en su cuerpo y en su espíritu, lo habita hasta tornarse conciencia. Y todo el libro está también lleno de la sombra latiente de alguien objeto de amor, se escucha –como antes dije- la respiración de los amantes(con el ritmo del encuentro o la arritmia del abandono).De ahí que su título  sea “cuerpos” en plural, y no “cuerpo varado”. El primer poema alude a la mudez que se produce cuando el mar se encarna en la ausencia sin perder un ápice de su poder, con lo que germina el desamparo hasta el punto de que la poeta no pueda hablar, ni nombrar, actos creadores de presencia. Sintamos el absoluto desamparo en estos versos: Sin ti vuelve el horizonte desmedido,/el viento errante ,la piedra negra./La cueva no es guarida./Mar/ausente. Este poema es una invocación al mar, a su energía conductora del más hondo conocer y sentir para que cumpla su misión desnudadora de la condición humana. Para que actúe. Detengámonos en algunos ejemplos de su actuación: El mar nos impulsa, dentro ya del libro todos participamos como protagonistas, a vivir en un pequeño ámbito o hueco todo un firmamento: el de la voz de la persona amada. A consumarnos allí. Con ese fin la vastedad marina se angosta, se oscurece y hace más táctil el silencio. De nuevo dicen los versos: En la angostura de su voz hallé mi hueco./El mar transcurre confiado en el azul/y frío oscuro de la noche./Transité sus caminos secos en la oscuridad,/agoté los pasos sin cansancio./No necesité antorchas. Tampoco quiero luz./Quiero un silencio de penumbra en este hueco,/diminuto,/e inmenso. El mar se humaniza hasta inclinarse sobre las grietas abiertas por el amor, de tanto como nos habita: Deshabitarte, mar, ya no es posible./Yo, que perdí lugares y frecuenté/tanto el estupor,/pude al fin labrar mi playa./En ella serené mi noche/ y tú, mar generoso, la lamiste/ como perro incansable ante/la herida amada. El mar  se hace temperatura del recuerdo condensándose en una gota de agua que resbala por un cristal. Sucede en París, o en cualquier otro lugar. El cristal es semejante al de otras ventanas, pero en el recuerdo, el agua, sentimos el fantasma del amado, se transforma la realidad.¿Cómo?(…) pintando la cara de olas sesgadas,/dilatando la cara de la gente,/haciéndolas temblar./Así te vi en París, alguna tarde,/persiguiendo una ola del Sena/ que me llevó hasta ti. El mar pierde la memoria después de tocar fondo para que buceemos por el olvido y su sordera, para que sepultemos lo que, creo, sigue respirando, tras desanudar tantas lianas. Otra vez escuchamos a la poeta: ¿Cómo nombrar el cuerpo que me desata, sigiloso, de/ otro cuerpo?/¿ De qué mar desmemoriado de mi invierno,/ de qué asustada grieta submarina se arranca el ancla /huida./Hoy desanudo los mil ratos de desdicha/y la desolación de una llanura se me encalla/y ya no sé por qué hacen falta tantos cuerpos para ocultar/el cadáver de uno sólo. El mar adquiere una plenitud sin memoria y es fecundado por el silencio astral del origen para que renazcamos. Un bellísimo poema lo expresa: Anduve la playa inmensa, recorrida de vientos,/prendí las algas secas del recuerdo,/me cambié la piel,/ y esperé hasta oír la voz primera,/antes de la palabra. / En ella permanezco, /en la presencia. El mar se encierra en su seno y exhala dolor, el de la pérdida convertida en búsqueda por la lunación de las preguntas. Mar que un momento se pliega al cuerpo de una dársena para acoger el cansancio de tanta búsqueda: la escritura lo trasmina: EsGalería invierno/ Yo miraba aturdida la tierra desdeñada,/la ceguera del mar, el brillo de dolor./ Oía mi voz apenas estallarse,/se esparcían los gritos, /abundaba desnuda la vida ensangrentada./¿Dónde estabas entonces, mar?¿Qué mirada detuvo tu marea dichosa?¿Dónde quedó el bálsamo tibio, la brisa alegre,/la arena ensortijada de la orilla?/Tu presencia húmeda, yo la hubiera gritado./ Se quedó mi vida en el hueco pequeño de un desierto/imprevisto./Atardecí,/ y es ahora, en la paz entreabierta,/donde mi voz, al fin, se resbala en la dársena. El mar entra en la tierra y se funde con ella  como se funden los amantes. Alienta primitivo y tiene fiebre: Nada vale/ sino enlazarse./ Y entre ensenadas de dudosa calma enfebrecida,/ trazas el círculo de la caverna, /y yo te mezo/y me abandono,/empequeñezco desdecida/ y nos dormimos,/ dejándonos vivir. Y sin abandonar el misterio que encierra el amor, su velado soplo que nos toma sin su nombre saber, el mar cobra el rostro de lo desconocido: Quisiera entregarme, mar del desconocido,/sin alertas,/no se escribe mi nombre sino en sus pasos,/en los largos paseos de su sombra./ Mar que te acercas lamiendo nuestras voces,/ son palabras secretas, /palabras como pájaros, /palabras arenosas que zozobran,/que sostienen su risa,/que se pierden,/secreto amor.

Este itinerario por la escritura  en pleamar de Jacinta Negueruela termina  sin posibilidad de retorno después de que, tras un acto de desposesión,  el mar amaneciera en su mirada  un horizonte limpio y dulce. En su mirada, porque la poesía de Negueruela está concebida desde ella ,desde una contemplación serena de la existencia que incluye la muerte. Leo el poema “Sin retorno”:Miro el mar, tan andado./ No sé de dónde vine,/quién me trajo./El mar me abrió los ojos, me los limpió/de sal, me los llenó de lluvia dulce/y eché a andar,/tan pobre el mar, tan desprovisto/que me llenó de paz las manos./ Y ahora…regresar, ¿a dónde?

Cuerpos varados es un poemario que posee una gran tensión simbólica, que la emparenta con la obra de Antonio Gamoneda. En él, como en Gamoneda, el símbolo no prescinde nunca de la realidad física que le sirve de base. Y el lenguaje, como en Ives de Bonnefoy, no es representación, sino presencia: “el nombre es la cosa y decir es hacer”. Quedémonos a solas-como diría Rosa Chacel- con estos “cuerpos varados” para descubrir, en comunión con la naturaleza, la trascendencia del ser desde su hondo temblor carnal, para habitar el misterio y el territorio de la revelación.¿No estamos hablando de la verdadera poesía? La de Jacinta Negueruela lo es. 

 Javier Lostalé