PresentaciĆ³n en Sevilla de "Vestigios" (haiku) de Manuel Junco de la Fuente


PRESENTACIÓN DE VESTIGIOS
En El gato en bicicleta de Sevilla
(6 de abril de 2017)
Por
Miguel Florián

Esta tarde tengo la enorme satisfacción de encontrarme con dos entrañables amigos: Juan Pastor y Manuel Junco. El primero, poeta y editor, fue el agente capital de que publicara mi primer poemario, Los mares, las memorias. Sin su generosa intercesión tal vez no hubieran llegado los poemarios siguientes. A Juan le debemos los lectores de poesía la generosidad de la colección Devenir que durante más de treinta años nos ha ofrecido un variado abanico tanto de la lírica española como de la extranjera (Orhan Veli, Milosz, Bonnefoy, Lundkvisk…).

Conocía a Manuel Junco hace más de veinte años en Ribadeo. Desde entonces hemos mantenido una honda amistad. Manuel, Lolo, es puertorriqueño (y español de Asturias). Ha ejercido la enseñanza como catedrático de Pedagogía en la Universidad de Puerto Rico. Vestigios es el segundo poemario que publica. Ya en 2008 apareció Esporas publicado también en Devenir.

Vestigios, el poemario que aquí nos reúne, está formado por una colección de haikus. Mi conocimiento de esta forma poética es muy limitada. Sé que es una composición poética de origen japonés que consta de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas (moras) respectivamente. Proviene del tanka o waka, poema clásico japonés compuesto de cinco versos dividido en dos estrofas (3 + 2), de la primera surgiría el haiku. Inicialmente estos breves poemas tuvieron un carácter popular, humorístico, siempre ingenioso; pero más tarde fueron adquiriendo una dimensión más espiritual, contemplativa, fruto siempre del asombro ante la naturaleza. Aunque hay precedentes que parecen remontarse al siglo VIII de nuestra era no comenzó a popularizarse hasta el siglo XII. Ya en el siglo XV encontramos figuras relevantes como la de Yumazaki Sokán:

Luna de estío:
si le pones un mango
¡Un abanico!

Haiku que habría de motivar este breve poema de Antonio Machado que podemos encontrar en las Nuevas canciones:

 A una japonesa
le dijo Sokán:
con la blanca luna
te abanicarás,
con la blanca luna,
a orillas del mar.

Pero no será hasta la aparición der Matsuo Bashô (XVI-XVII) que no alcanzará a convertirse en la manifestación de una expresión propiamente espiritual. Según el parecer de Octavio Paz “Para Bashô la poesía es un camino hacia una suerte de beatitud instantánea”. Por otra parte, el propio Bashô afirmó que el “jaiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”. Palabras que me trajeron a la memoria aquel ‘verso sencillo’ de José Martí: “En los montes, monte soy”.

Estamos ante una poesía del instante, una consagración del momento. Para Bashô el haiku es una ascesis próxima a la experiencia zen:

A la intemperie,
va penetrando el viento
hasta mi alma.

El poeta se siente parte de la naturaleza, un elemento más de ella. Canta ‘desde’, ‘en’ la naturaleza.

En la economía verbal del haiku es reconocible el estrecho vínculo entre la palabra y el silencio, mostrándose como una chispa, un dardo de luz que nos envuelve. Lo que sobrecoge del haiku es su generosa aparente parquedad, su enorme densidad, su saber prismático, sus variadas facetas que se reúnen en el corazón de la palabra, en su indecible cristal.

Escribe Manuel Junco a este respecto:

     ¿Qué es un haiku?
Leña al fuego herido,
arde el instante.

Este haiku confirma lo dicho: es esta una poesía del instante, palabra que señala, que muestra, pero no para detener lo que acontece y convertirlo en algo fosilizado, sino para ofrecerlo, ofrendarlo, mostrarlo como una dádiva.

Produce una sacudida (¿Koan?), la revelación de algo, la confirmación del misterio de saberse cosa entre las cosas. “La poesía, dijo Lezama Lima, sustantiviza lo invisible”.

Es, insisto, poesía de lo inmediato, del detalle, de aquello que aparenta ser insignificante pero que se halla pletórico de ser; ese es el venero de donde emerge la verdadera poesía: el saberse abocado, abordado, abarcado, por los seres, las ‘pequeñas cosas’ que son, al cabo, ilimitadas. Palabra que demora, que reconoce esos ápices, esos pábilos aparentemente nimios donde la realidad se inflama: la carretilla roja empapada por la lluvia (Wiliam Carlos Williams), los jaramagos de Francisco Villaespesa.

Esta especial atención no es privativa del haiku. Hay otras formas líricas que alcanzan a germinar la palabra viva (su destello, su sobrecogimiento).

Traigo, a este respecto, aquí las desveladoras palabras que G. A. Bécquer escribiera para el Prólogo a La soledad de Augusto Ferrán:

“Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura.

Hay otra natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía.

La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo.

La segunda carece de medida absoluta: adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas.

La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece.

La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso”.

José Juan Tablada (1871 – 1945), mexicano, pasa por ser el introductor del haiku en la lengua española al publicar en 1919 Un día… Poemas sintéticos. Este es un señero ejemplo:

Tierno sauz
casi oro, casi ámbar,
casi luz…

Su influencia será inmediata: Gorostiza, Villaurrutia, Paz, Borges…

En España se deja notar en poetas como A. Machado, JRJ, Lorca que, al decir de O. Paz, fue “una misteriosa alianza entre el haiku y la copla popular”.

No sin razón se ha relacionado el haiku con formas poéticas como nuestra Seguidilla, estrofa de cuatro versos de arte menor: 7a, 5b, 7c, 5b

Pero regresemos a Vestigios, el poemario que ahora se presenta. El título es ciertamente revelador:‘Vestigios’, huellas, señales, marcas en el breve discurrir de lo existente. En el devenir. Lolo acierta a atrapar con sus haikus ese instante del que hablábamos, esa comunión de la conciencia con la realidad que la sostiene, y a la que pertenece. Ese hálito quieto como una mónada que recoge en sí el universo entero.

Ello sólo se hace posible desde una mirada atenta que sin saber por qué accede a una suerte de inocencia inicial… La maravilla, el misterio de la poesía. La mirada atenta… Escribe Manuel:

Las aves vuelan
en el cosmos finito
de la mirada

…la mirada! Mirar sin las escamas del tiempo…

En sus versos aparecen las criaturas de su isla luminosa: coquí, mangle,  iguana, chango, ese curioso pajarillo de plumaje negro metálico, que a mí me sorprendió (Lolo de ofreció su nombre):

     A fruta el chango,

                               mecido en la copa

                               del tamarindo.

 

Aprovecho para leer aquí las reveladoras y oportunas palabras que escribe Francisco José Ramos en la contraportada del libro:

“En este nuevo libro, Manuel junco persiste en la expresión directa, pero sutil de una actitud meditativa para dar con el paradójico instante inasible de la poesía propia del haiku. Si la voz es el cuerpo del poema, entonces su amor consiste en entregarse de lleno al vigor de sus ritmos, a la palpitación de sus melodías”.

Y ya, para acabar, un haiku magnífico y perfecto (como tantos que encontrarán en las páginas de Vestigios):

En pleno invierno,
la memoria del árbol
es siempre verde