sobre "Penumbra" de Esther êñas - Javier Lostalé


Por Javier Lostalé

La lectura del segundo libro de poemas de Esther Peñas, Penumbra, el primero fue De este ungido modo, publicado igualmente por Devenir, requiere un acoplamiento pleno del lector con la escritura, la tensión anímica de quien está dispuesto a entregarse en la misma medida a lo visible y a lo invisible para habitarlo en su sustancial unidad. Por eso no es posible resbalar por el cuerpo del poema, sino que éste le

succiona hacia un centro donde todo se produce, o mejor se revela, en su total significación. Los versos son lianas que van atrapando al lector hasta comprometerlo con su propia vida, lo que comporta una clara dimensión moral. En perfecta simbiosis cohabitan en la poesía de Esther Peñas lo divino y lo humano, lo absoluto y lo temporal, la parte y el todo; y existe un desnudamiento o “penumbra” que se mueve entre la luz y la sombra. Un territorio vírgen en donde la persecución de la verdad conduce al cuestionamiento del propio ser. Hay en este poemario de Esther Peñas una energía primaria, un agua lustral, un pálpito amoroso sin género que entraña la sublimación de lo carnal, pero sin renunciar nunca al goce ni nublar la pasión: No he encontrado ni un pedazo de tu cuerpo/ entre los escombros de este amor terrible,/entre los restos de este anunciado naufragio;/ mas te busco/torpe en el desencanto,/y siento que de no tenerlo/-siquiera inanimado-/todo en mí perdería su motivo. Más allá del calambre de una piel, en Penumbra el tacto se convierte en transfiguración y en todo se toca fondo hasta conseguir que el espíritu exhale. Se trata de una obra dotada también del arder transparente propio de la sensualidad de los místicos, de su escala silenciosa y contemplativa hacia el amado-amada, desaparecida así la frontera impuesta por la condición de hombre o mujer para que se produzca en altitud y sin fisuras la comunión de los amantes, escala que en ocasiones se torna diálogo con el Ser Supremo, tan en estado físico de alma (consumado oxímoron ) que pregunta, búsqueda y deseo tienen la proximidad-asfixia de una relación amorosa. Escuchemos: /Te he preguntado/en lo desnudo del miedo/ a qué saben tus labios/ si me humedecen/el día y ni siquiera me he asomado a ellos,/ por qué te busco/ si jamás contestas, / por qué te deseo/ con el delirio de ajustar una cuenta cerrada,/ por qué necesito/ juntarte a mi mesa y rozarte los pliegues/ del vestido,/ y siempre eres tú la única contestación posible,/ tu que te recuestas en el principio/tú que cierras/-y no lo sabes-/ este primer círculo.

Penumbra es asimismo una afirmación de lo posible que se contiene en lo imposible , del vértigo entrañado en el alumbramiento del amor, una invocación del exceso y de la consumación explícita en el poema “A mademoiselle Bernal: Sea usted una mujer esdrújula/ que exceda en el paso/ y escandalice el latido. /Sin error posible,/ no una duda que hiere, /sino un deseo que se consuma./ Desnúdese de lo sufrido/(frío ya no queda)./ Záfese de cuanto fuera necesario,/ incúmplase, incluso, si procede/ resolviéndose en mujer mayúscula/ de trazo contundente, firme(…) Escoja. /Es éste el momento/ en el que el peso se encoge/ y la soga que impide no aprieta tanto./¿Acaso no merece el gozo?/ Goce. / Qué hermosa está así,/ esdrújulamente hecha tan de usted./ Sea, acaso ya es, /esa mujer de altura/ que-asombrada, rebosante-/ se deja vencer, convencer./ Convencida, pues, /escójase. Y hablando de afirmaciones hay una central que es la afirmación y aceptación íntegra del propio ser en el que la heterodoxia nunca es bandera, sino pulso, de ahí su naturaleza moral. Aceptación que es rebeldía y germen de esa luz honda que acompaña a toda verdadera liberación. No me resisto, dicho esto, a leer la estrofa final de un poema que espero que nos lea Esther, en el que radiografía las alteraciones intimas de los, las, amantes: Hermoso desvelo/ este del amor censurado,/amplio en sus territorios,/insondable de fin a principio,/sucinto en bullicios, adictivo como la pena./Ilícito, pues no osa, siquiera, decir su nombre.

 Penumbra es un poemario inclinado como un ángel de luz sobre la Palabra, el Verbo, o principio. He sentido al leerlo el sonido de un manantial que fluye por todas sus páginas y la vibración íntima del nombrar, y he experimentado la “penumbra” de ese “ saber no sabiendo” otra vez de los místicos. Penumbra es un poemario donde late el asombro, se hace carnal la espera y se nos invita a una consumación sin tinieblas; y a rendirnos también ante la belleza. Un libro solidario en el que se canta la dicha sellado a otros seres. Dice Esther Peñas: Quiero sellar/ la claridad de este tiempo/ con ellos,/ empaparles,/hacerles saber/-sin miedo a la fragilidad-/qué fértil y generosa / es su sombra/ en mi paraje. /Este tiempo sin trucos,/feliz, sin más./ Ellos,/ de nuevas,/ me lo extienden/ para que me albarde y se me impregne./ Su generosidad me conmueve. Un libro Penumbra en el que no falta el rostro del dolor y su aire de plomo, su desligamiento, ni tampoco los ausentes que nunca cicatrizan dentro de nosotros: La melancolía de los ausentes/ espesa el transcurrir de los años/ y cada vez soy menos fuerte/ para encararme a ellos y recordarme/ en qué punto les fallé, en qué instante/ que los callo me convierto en prófugo de la muerte.

No hay brillo en la poesía de Esther Peñas: todo es iluminación interior. Y el ritmo viene dado por los movimientos psíquicos albergados en cada poema, por las ondulaciones de la reflexión. Hay ascetismo en esta poesía, pero no sequedad, al escucharse siempre al fondo una brisa lírica, un tono cordial que envuelve al lector. Esther Peñas es una voz singular dentro de la poesía española última, una voz que deja una huella indeleble en el lector a través de una intraescritura moral que demuestra cómo la poesía, si verdadera, es capaz de generar conciencia y un último resplandor de bondad.