Notas para la presentación de "Letras arrebatadas"


LETRAS ARREBATADAS
Poesía y química en la transición española.
De Germán Labrador
 
Por Mariano Antolín
 
Sí. Lo sé de sobra. Voy a empezar con un topicazo. Enseguida intentaré explicar por qué hago eso.
El tópico al que me refiero, y uno se encuentra todo el rato con él, es: “Quien puede contar los años sesenta es que no los ha vivido.”
Esos “años sesenta”, claro, son los del siglo XX. Y más en concreto, designan un ambiente enrarecido, rebelde, joven, que algunos han llamado “contracultura”, y tuvo sus primeras manifestaciones públicas por entonces. Una época que, en Occidente, se prolongó más o menos hasta mediados de 1970, y en España coincidió con el comienzo de lo que suele conocerse como Transición.
La lectura de los documentados trabajos de carácter sociológico sobre ese momento y ese ambiente de Juan Carlos Usó casi siempre me remite a ese tópico. Me pasa lo mismo con las brillantes biografías de Benito Fernández, centradas en Leopoldo Panero y Eduardo Haro, que también retratan el mundo donde vivieron esos dos poetas.
La cosa se acrecentó al leer Letras arrebatadas, de Germán Labrador, el trabajo más completo sobre esa época y esas gentes, si bien la descripción de ambientes y vidas sólo constituya un apoyo para desarrollar una teoría general de carácter literario que completa y amplia hacia otros terrenos, los trabajos de Usó y Benito.
 
En los tres casos comprendo de inmediato que el tópico tiene validez. Ninguno de ellos, por cuestiones estrictamente cronológicas, puede haber vivido esos años. Y menos que ninguno, Germán Labrador, que nació una década después de ellos. Yo que, por aquello de que la excepción pone en prueba la regla, los he vivido y los recuerdo, tengo que distanciarme de lo que me dice la  memoria —y la tengo tan buena que a veces los elefantes me vienen a consultar—, y disponerme a aceptar, normalmente con una disposición de ánimo un tanto desganada, esas visiones externas y a posteriori de lo que forma parte de mi propia biografía. Es más, de unos años de mi biografía fundamentales porque se corresponden con los de mi juventud, esa época en la que, decía André Malraux, las almas se compran y se venden. 
Es más, nunca puedo precisar si ciertos sucesos por los que pasé en aquella época —los primeros viajes de ácido, por ejemplo—me han hecho ser como soy. O si eso le sucede a todo el mundo, y su juventud, con LSD o no, le deja marcado para siempre.
Lo anterior viene a cuento, por tanto, de mi incapacidad para ser objetivo a la hora de opinar sobre unos trabajos en  los que me siento implicado, en los que aparezco y se emiten pareceres sobre mi persona y las novelas, ensayos, artículos y traducciones que he publicado. Con todo, trataré de mantenerme lo más distanciado que sea capaz; que no va a ser mucho, estoy seguro.
Vamos a ver. Letras arrebatas, el estudio de Germán Labrador sobre cierta poesía drogada española de parte de las décadas de 1970 y 1980 es el más completo, documentado, incisivo, riguroso, y también discutible —y he leído prácticamente todo lo que se ha publicado al respecto— sobre el asunto. Cuando empieza, quizá resulte un tanto abrumador el universo conceptual al que recurre. Aparecen Derrida, Deleuze y Guattari. Walter Benjamin, Octavio Paz, Ossip Maldenstan. Y luego, a lo largo de sus páginas, nunca falta la referencia precisa a los autores que, desde más o menos Thomas De Quincey, se han ocupado de la literatura drogada. 
Y no exagero. Cualquiera que uno sea capaz de imaginar —y algunos que no—, aparece en el momento apropiado y con la cita oportuna que aclara y amplía lo que se esté tratando. De ese modo, Labrador eleva una teoría disparada desde una plataforma de despegue muy sólida y bien calculada. La órbita que traza su exposición siempre se mantiene firme, sin oscilaciones. La estela que va dejando su escritura resulta brillante e ilumina espacios oscuros —y a bastantes de los que trata el libro jamás los alcanza luz—. Y, en definitiva, consigue que la atención de cualquiera a quien le interesen estas cuestiones  se mantenga centrada en la continuidad del discurso de principio a fin.
Dicho esto, y tras felicitar a su autor por haber sido capaz de construir casi 500 páginas tan apasionantes y precisas, documentadas de modo apabullante, sugerentes como pocas, doy suelta a mi resistencia a aceptar las conclusiones que se siguen de ellas. 
Haber conocido y compartido aventuras con algunos de los poetas tratados, en especial con Leopoldo Panero, y sobre todo Eduardo Haro Ibars —que fue uno de mis mejores amigos—, asistir a su lado a la génesis de parte de su obra, despierta en mí una rebeldía, injustificada lo más probable, a verlos como objeto de estudio. 
No, Germán Labrador quizá no se equivoca al incluirlos en la categoría de “poetas menores”, y su aplicación a ellos de la teoría desarrollada por Deleuze y Guattari en Kafka, por una literatura menor, resulta sumamente acertada. Sin embargo, hay algo que no he dejado de preguntarme todo el rato: ¿desde qué punto de vista se establece esa categoría en el caso concreto de Leopoldo Panero y Eduardo Haro? —no me puedo pronunciar sobre ninguno de los demás incluidos porque desconozco, o conozco poco, su obra.
Labrador se refiere a un supuesto canon literario, a un discurso dominante acerca de la transición, en donde ellos tienen sólo una cabida marginal. Es más, apunta que quizá terminen por ser olvidados.  Y en la frase final del libro desea que pueda ser posible que la disidencia no acabe necesariamente en el abismo.
Yo no encuentro que la disidencia de los poetas que trata —bueno, de dos de ellos, como dije—  haya terminado en el abismo. Que sus vidas vistas desde la distancia, y conociendo el final, se han despeñado —como, por otra parte, la de tantísimos otros que nunca jugaron tan fuerte—, dada mi implicación, parcial, desde luego, en sus proyectos literarios, me resisto a aceptarlo. Y no se trata sólo de que, como apunta Labrador, algunos valoremos su calidad de pioneros, su postura en la vanguardia. Es que bastantes de las cosas que dejaron escritas, con su mezcla de alta cultura y cultura de la calle, por muy fuera que queden de los que establecen el discurso literario dominante, continúan desempeñando la función de experimento no asumido. Y resistiéndose, como hicieron desde el principio, a que se las incluya dentro del esquema de valores de los que “transicionan pero transigen” —y cito textualmente—. Probablemente apunten a caminos sin salida, se enreden en situaciones insolubles, respondan a un deseo infantil de “quiero de lo que no hay”. 
Y sin embargo, pertenecen a una tradición literaria, la que algunos llaman “el malditismo”, de la que son antecedentes y que cuenta con seguidores. Una tradición de la que ellos fueron muy conscientes y que, en sí misma, exigía unos sacrificios, unas ordalías, en las que se ofrecieron como chivos expiatorios. Conocer el trágico resultado de su actitud no supuso una desatención a las consecuencias, sabidas de sobra, que supone asumir ese papel. Lo que pasa es que jugar en serio arrastra, lo sabían, a un final donde sólo cabe dar el siguiente paso hacia el vacío del abismo.
Por otra parte, ellos aspiraron a imponer sus criterios a la ideología dominante —de derechas o de izquierdas—. Es más, en algún momento creyeron que conseguirían ser juzgados según las reglas del juego de los que afirman que la literatura no es sólo algo para conciliar el sueño, sino un instrumento para despertar.
Pero creo que me he extendido demasiado poniendo pegas a la interpretación de Labrador, impecable en todo lo demás. Lo que pasa es que me resisto a considerar unas actitudes vitales en las que la literatura desempeña el papel de droga, similares a las de quienes se empeñan en llevar a cabo una literatura reconocida, lo que levanta de inmediato el tufo a entronización en la Academia y subvenciones de organismos oficiales.
Buscaron el reconocimiento, por supuesto, pero dentro de unas reglas ajenas a las del mundillo literario que establece las clasificaciones y las listas de admitidos o no, y determina según criterios que a lo mejor permiten el consenso, pero que son insatisfactorios para quienes, como escribió Joyce, “tratan de despertar a esta pesadilla que se llama historia.”
En cualquier caso, el interés que demuestra por su obra un libro tan deslumbrante como Letras arrebatadas, parece apuntar a que los baremos fijados por el poder literario podrían tambalearse. O en cualquier caso, cuentan con las suficientes tragaderas para asumir cualquier cosa, incluso las que los niegan.
En lo que se refiere a la presentación y análisis del ambiente donde se dieron esas obras, esos poetas, esas personas afines a ellos, sólo cabe aceptar que es perfecto. En la documentación raramente falta el dato revelador, la base de una opinión aparentemente descabellada. Quizá eche de menos —ya se sabe, yo viví aquellos años y los recuerdo— el sentido del humor perenne que acompañaba a las mayores barbaridades y actos desquiciados, desde ahora, pero que entonces resultaban el modo natural de un vivir desmesurado.
Un par de apuntes al respecto. Me ha divertido mucho que Labrador utilice el término “poética ibarsiana”. Alguna vez Eduardo Haro deliró conmigo que llegarían a decir que su estilo era “hariano”. A lo que enseguida reaccionó negativamente, porque le sonaba a “harinoso”, o, como le apunté yo, a “ario”, de los nazis.
Y hablando de “grandes pruebas del espíritu” a veces tan tratadas en la poesía de Panero, recuerdo una ocasión en que estaba con él en una cosa donde yo vivía entonces que tenía un pasillo muy largo y oscuro que llevaba a la puerta de salida. A medio camino, Leopoldo se sentó en el suelo y dijo, con esa sonrisa suya que puede helar la sangre en las venas, que no sabía si estaba preparado para afrontar la prueba espiritual que suponía recorrer los metros que faltaban para alcanzar el descansillo. Yo le convencí, porque si no me arriesgaba a que se asentase en mi casa, que un hombre como él sería capaz de eso y de mucho más. Y allí, sobre la marcha, compuso unas frases en las que exponía la dificultad de llegar al final de algo que, en definitiva, no era nada.
Me alegra, como se comprenderé, haber podido sobrevivir a aquella vorágine y ser testigo de la aparición de libros como Letras arrebatadas. Trasladan, desde fuera, claro, a un mundo que se resiste a desaparecer aunque a la mayoría de quienes lo desarmaron se lo haya tragado el basurero de la historia.
Gracias, Germán Labrador, por tu inteligencia y tu cuidado al tratar unas cuestiones que remiten a un pasado, donde, igual que ahora, la capacidad de terminar con los proyectos osados se ve machacada. Las excepciones como la tuya, ponen en prueba esa regla, y proporcionan atisbos de que no todo está perdido para siempre.
También gracias a ustedes por su atención.