Lectura de haikus y texto de presentaciĆ³n de Manuel Junco en Sevilla


En la librería “Un gato en bicicleta” de Sevilla, el 6 de abril de 2017.
Por Manuel Junco de la Fuente

Seleccioné para leerles y comentarles diez haikus. El primer haiku que aparece en el libro dice así:

Lejana vuela
y en versos se acerca
la Poesía.

Aparece el primero en ánimos de celebrar en haiku el valor y la fuerza de la Poesía, de esa “energía secreta de la vida cotidiana” como le llamó una vez Gabriel García Márquez.
Aunque lejana vuele, al acercarse en versos, “la superficie de las cosas se transforma en un pasadizo secreto que conecta con la entraña del mundo” como señala en una entrevista el poeta español Antonio Cabrera. Dicho de otro modo, sería un pasar del “ver” al “transver”, de la imagen al pensamiento o instante poético. Para el célebre Basho, lo que el haijin (poeta del haiku) intenta o anhela es unirse a la naturaleza y compartir el gozo de la belleza con sus vecinos; y, a la vez, exteriorizar la percepción de la realidad tal cual es: efímera, huidiza, impermanente.  Por su parte, el poeta puertorriqueño José Luis Vega (en su libro El arpa olvidada, Pre-Textos, 2014) dice que la poesía “…no puede disecarse, es criatura del aire, casi un aspecto de la respiración. ¿Cómo comunicar entonces el sentido de su movimiento y el sonido de su vuelo? Pero más importante aún, ¿cómo mostrar el destino de ese vuelo? Habrá que empezar por reconocerle su valor”. 

Por otro lado, cuando consideramos el proceso de escribir un haiku, es decir, de describir una escena o de condensar una imagen lirica en palabras, hay veces que lo que lejano vuela se acerca en palabras repentinas y espontáneas; tal vez de un soplo, como por magia, “salen del alma” en forma ordenada las palabras precisas como fue el caso de este haiku madrugador:

El perro aúlla
al ver al amanecer
la luna en fuga.

Otras veces, las más, el desafío creativo requiere una labor artesanal en el ejercicio de integrar imágenes, sentimientos y pensamientos, de darle color a la contemplación, particularmente al ajustar, si se quiere, 17 sílabas en tres versos de 5-7-5 sílabas respectivamente; y así, abrirle un camino libre al lector para que amplíe y se recree en el breve poema. Según Basho, el haijin debe hacer su propio corte de la naturaleza en que se unen los varios objetos naturales en un solo plano para sugerir la relación secreta que subsiste entre ellos, y es en esa unión donde se exterioriza la sensibilidad del poeta por medio de la palabra.   

Me parece oportuno considerar la escritura de poemas breves leyendo el resumen que da el propio Ezra Pound (en su libro Gaudier-Brzeska, de 1916) del proceso de escritura de su conocido poema “En una estación del Metro” (hay estudiosos que consideran que su circulación es signo de la entrada del haiku en los EEUU). Dijo más o menos esto: “Hace tres años, al salir de la estación de metro La Concorde, vi repentinamente un rostro hermoso, y después otro y otro, y luego un hermoso rostro de niño, y luego otra mujer hermosa, e intenté durante todo el día encontrar las palabras para expresar lo que había significado aquello, pero no pude encontrarlas, o al menos no pude encontrar palabras que mereciesen la pena, o que fuesen tan hermosas como aquella repentina emoción. Esa tarde, volviendo a casa por la rue Raynouard, aún intentaba encontrar, y encontré, repentinamente, la expresión. No me refiero a que hubiese encontrado las palabras, pero me sobrevino una ecuación... no a través del discurso, sino de pequeños borbotones de color (...) Todo lenguaje poético es el lenguaje de una exploración (...) El punto del imaginismo es que no usa imágenes como ornamentos. La imagen es en sí misma el discurso. La imagen es la palabra más allá del lenguaje formulado (...) El “poema de una imagen” es una forma de superposición, una idea sobre otra. Lo encontré útil para salir de la parálisis en que me había sumido mi experiencia en el metro. Escribí entonces un poema de treinta líneas, y lo destruí porque era lo que llamamos un trabajo de “segunda intensidad”. Seis meses después escribí un poema la mitad de extenso; un año después hice la siguiente estrofa al estilo del haiku:

La aparición de esos rostros entre la multitud:
Pétalos sobre una húmeda rama negra.

Bien, ahora paso a este otro haiku. Habla de la Isla Nena: así tituló el poeta puertorriqueño Luis Llorens Torres un poema dedicado a la isla-municipio de Vieques, la cual está localizada al sureste a diez km. de Puerto Rico, entre el Océano Atlántico y el Mar Caribe. Estos versos del poema de Llorens reflejan la unión afectiva que siempre ha existido entre la isla grande y la isla nena:  

La isla madre, la isla encinta,
rompió en el mar su dolor;
la isla madre abrió su entraña
y la isla nena nació.

Pues resulta que la historia de Vieques, desde el 1898 hasta hoy, está vinculada con la Marina de Guerra de los EEUU. Ésta vislumbró pronto su potencial como escenario bélico dado su valor estratégico-militar, sus magníficos puertos, sus amplias playas y por su extensión territorial de 34 x 5 km. Las maniobras navales (bombardeos, ejercicios anfibios, campamentos expedicionarios, y otros) comenzaron en el año 1935 en las ¾ partes del territorio que expropiaron y ocuparon como campo de tiro y almacenaje de municiones. Tras arduas luchas y grandes sacrificios el pueblo de PR logró paralizar las maniobras y sacar la Marina de Vieques en mayo del año 2003. Ni hablar de los daños ecológicos, arqueológicos, económicos, turísticos y de salud causados. Al día de hoy, aún se espera por la limpieza de explosivos en el territorio ocupado. El grito de “Paz para Vieques” sigue vivo. Con este trasfondo, leeré ahora el haiku.

La Isla Nena
navega entre dos mares
con plomo a bordo.

Veamos este otro haiku.

Al rojo vivo
-encancaranublado-
el cielo en marzo.

Pues aquí hay color, el del fuego; un deseado corte del tiempo, marzo, en el Caribe mes ventoso, de cielos limpios y noches estrelladas, de árboles en vísperas de flor; y a veces, un cielo encancaranublado de tarde, es decir, nublado y encantado, al rojo vivo, una bella manta de muchas nubes pequeñas en forma de cuadros que juntos siguen la huella del sol en alegre descenso hacia otro lado del mundo. Curioso, este trabalenguas tomado de la tradición oral caribeña.

Y ahora este otro.
De marzo en marzo,
pasan las jorobadas
por Isabela.

Ya sabemos que en los trópicos no hay propiamente “estaciones” (referente clave del haiku japonés, el kigo o “palabra estación”), pero sí procesos y ciclos. Uno de estos emocionantes ciclos es el de las ballenas jorobadas, las cuales emprenden un viaje anual de unos 6000 km. desde las frías aguas del Atlántico Norte en invierno hacia Puerto Rico y la República Dominicana. Estas aguas cálidas les son idóneas para reproducirse y parir las crías que concibieron en su visita anterior. Prefieren las aguas de la costa aledaña a Rincón, pueblo al oeste de Puerto Rico, “cuna de las jorobadas”. Aquí los machos se lucen con su repertorio de canciones y sus saltos acrobáticos para ganar el favor de las hembras. Y ocurre en marzo y abril que éstas pasan a lo lejos por el pueblo costero de Isabela, en el noroeste de la Isla. Frente a Rincón quedan un tiempo, por Isabela sólo pasan. Es preciso poder verlas para describirlas o “cantarlas”. “Todo haiku es una cierta “instantánea visual”, y asimismo una escuela de “como mirar”, como bien señala don Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala en el prólogo de la antología de haiku contemporáneo en Español Un viejo estanque (Editorial Comares, 2013, Granada). En fin, entre el tiempo y el espacio, las ballenas, la mirada.

Paso a este otro; primero, el comentario. El pterocarpus es un árbol hermoso, grande, del sur de Asia que fue introducido en P.R. hace casi 100 años por su valor ornamental, su sombra y su madera. Los vemos en parques, calles y espacios abiertos en general. Tiene una copa amplia, redonda con ramas largas colgantes. Se distingue en la primavera por sus racimos de flores fragantes, amarillas, menudas, muy vistosas que caen blandamente como el orvallo (llovizna de Asturias). Lee así:

¡Lluvia amarilla!
Se desploma el cielo
del pterocarpus.
 

Y ahora este otro haiku.

El guaraguao
en vuelo extravagante…
Son los pitirres.

El guaraguao (vocablo Taíno, de los primeros pobladores de la Isla) es un ave rapaz de gran tamaño que pertenece a la familia de los halcones. Cuando vuela cerca del nido de otras aves algunas lo atacan para alejarlo. Su atacante más conocido es el pitirre, ave pendenciera pequeña que lo acosa y lo ataca en parejas a bastante altura. A veces hay que fijarse bien para poder distinguir el vuelo acrobático de los pitirres. Lo que se percibe claramente es el vuelo irregular del halcón. En P.R. decimos “cada guaraguao tiene su pitirre” cuando vemos que un sujeto grande y poderoso es atacado y vencido por otro más pequeño. Simboliza resistencia ante afanes de dominio.

Paso a este otro.

Canta, ¿quién canta?
En las noches boricuas
co-quí sin pausa.

Toda persona que ha visitado la Isla seguramente ha escuchado sonidos nocturnos intermitentes producidos por una minúscula rana (símbolo de P.R.) que allá le llamamos coquí: nombre onomatopéyico recibido por las alegres dos notas altas en timbres variados con que llaman los machos a las hembras. Hay quienes el canto les produce insomnio, pero a los boricuas nos encanta.

Y ahora este otro.

De piedra y sal,
elogia el horizonte
la escultura.

En el año 1990, se erigió en el cerro Santa Catalina de la ciudad de Gijón la impresionante escultura Elogio del Horizonte realizada por el escultor vasco Eduardo Chillida. Si desde dicho cerro -una atalaya abierta al borde de un acantilado- es todo un banquete contemplar el mar desde la costa hasta el horizonte, también nos parece que la escultura es alabable vista desde el mar. El día en que se inauguró, Chillida expresó que  “su verdadero significado le será dado por el tiempo y por la gente”. Y entre la gente, como ven, los poetas, quienes a veces se valen de “versos dados” para formar sus propios poemas.

Por último este haiku…

La hoja rueda
de la mano del viento
calle abajo.

Desde el punto de vista del haijin, ¿por qué asombrarse al ver esa “ocurrencia fortuita”? ¿Qué relación especial, qué unión puede haber entre la hoja, el viento y la calle; entre el sujeto lírico y la realidad en que se refleja? ¿Habrá algo que ver al través de esas palabras sencillas que le dan forma al poema?

Es un hecho que en un determinado momento le llamó la atención que el viento soplaba una hoja por la superficie de una calle y decidió animado tomar nota de ello. Quizá sintió el viento en su piel, escuchó la hoja al rozar el suelo, y la vio moverse calle abajo. Quizá intuyó que ese instante era irreducible pues la hoja se desprendió de un árbol de alguna especie, la calle tendría un nombre y miles de huellas, el viento cesaría de soplar; la escena era definitiva, una cosa singular que acontecía. Además, quizá sintió melancolía al verse reflejado en la hoja por los giros y los límites de la vida. En aquella escena había una resonancia.

En fin, como nos dice el filósofo Francisco José Ramos en su libro La significación del lenguaje poético (Ediciones Antígona, Madrid, 2012), “Leer un poema es adentrarse en su verdad. Pero se trata de una verdad instantánea, fulgurante, cuya única huella es la memoria de su contraste, el devenir de su contradicción: el surgir y cesar momentáneos que clama por el recuerdo porque desaparece para siempre. Lo que vuelve es la oportunidad del momento, pero no ese momento. Y sin embargo es gracias a esta evanescencia que el poema se sostiene en su verdad: en la ficción que convoca el encuentro de lo real”.

De un modo lírico transmite esta idea el poeta Miguel Florián en estos versos (del poema Piedras blancas):…Quiero volver

al instante que escapa (lo acaricio
y me huye) hacia su mar.