"El último hombre sobre la tierra" de Lorenzo López Serrano - Clara Janés


II PREMIO BLAS DE OTERO VILLA DE BILBAO 2009
 
Francisco López Serrano
EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE L TIERRA
Nos hallamos ante un libro inteligente y bien escrito, que ofrece una visión del mundo muy definida a través del sujeto que en él se expresa, el poeta. Este poeta tiene un nombre, Francisco López Serrano, y a tenor de los títulos de los otros libros que ha publicado hasta ahora en este campo Ars Moriendi, Un funesto deseo de luz, La afable vecindad de la muerte, La caricia de un sueño, La sombra de Dios, podemos casi con certeza decir que se halla en la línea tan hispánica del desengaño de la vida. 
En la obra que nos ocupa, un bajo continuo, que es la pregunta por la realidad de la realidad, aunque no lo haga él evidente, aglutina los textos –ya que no todos son poemas estrictamente-, diría yo, en dos partes, una podría equivaler al desengaño y la otra al engaño o ilusión -pero no, no hay que decir ilusión, que sería mencionar la “maya” hindú, cuyo carácter no es declaradamente negativo.  El último hombre sobre la tierra, en cambio, lo situaría yo dentro de la negación, una negación casi nihilista.
Al engaño pertenecería la primera mitad, aquella menos tajante en cuanto a la ausencia absoluta de solución de la existencia, y que está escrita con alta calidad poética. Luego, a partir de la página 34 de la obra, empiezan a aparecer, mezclados con los poemas, interesantes textos en prosa –no poética, sino más bien confidencial con una sabia trama informativa de cuestiones que atañen a la ciencia, en general a la física, con eficaz empleo de sus palabras- que nos van llevando al último callejón sin salida. La primera mitad, pues, dotada de vuelo del ritmo y la hermosa construcción del poema, oculta el fondo de oscuro rencor que surge al final y lleva al libro a caer en una suerte de agujero negro –algo probablemente buscado, ya que el logro literario suele consistir en la unión de fondo y forma-.
La dicha o el gozo, para este poeta, que se presenta de entrada emulando a Odiseo, sería una aventura pero con la conciencia de poder regresar.  Y sin embargo “el instante lo es todo”, es decir, el regreso es mera hipótesis, válida sólo en ese instante en el que, de todos modos, hay demasiado tiempo para la eternidad. Sí sólo el instante cuenta, se pregunta el lector, ¿por qué el poeta desea la huída, que, con todo, le resulta imposible pues en este universo “la velocidad de escape es nula”? Sin duda porque detecta que toda la realidad está en él y él llega a reconocerse como su propio maltratador. Pero, de hecho, lo material le entorpece, el dinero es omnipotente como el creador, la noche –al contrario que para el místico- es generadora de esterilidad, en ella el amor se reabsorbe, y su muerte es lo que descubren los amantes, mientras el asfalto genera impotencia. El poeta desea pues desnudarse de recuerdos y entregarse así a la muerte, el instante, paradógicamente, definitivo, en tanto la agonía es lo único que sucede como debe ser. Un fondo de desdicha espera siempre, transforma la ilusión en veneno. Y ante la pérdida de sentido de las cosas, una vez más la pregunta por la realidad subyace en lo escrito. Entonces podría recurrirse al fantasma, pero éste sólo sirve para conjurar el horror al vacío. La única realidad, viene a decirnos cada verso, está, de hecho, en el “yo”.
Los conceptos de la física empiezan a tomar cuerpo más concreto en la obra llegados a este punto. Claramente el Principio de Incertidumbre se apodera del poema “La luz”, y el ser-no-ser de la teoría cuántica del titulado “El fin del mundo”. Parece que al contrario de otros líricos, sea Vyasa, autor del Mahabharata, o Antonio Gamoneda, que hablan uno y otro de la vida como de un “accidente” entre inexistencia e inexistencia, o también como el mismo  Gamoneda y Vladimír Holan, de la vida como de un “error” -dice éste último concretamente: “la vida es un error en el censo de los muertos”-, para López Serrano ese “accidente” o “error” sería más bien el mundo, el universo, lo que culmina en la declaración de que el fin del mundo depende, en mayúsculas, “DE TU VOLUNTAD”. Sin embargo ahí está el cosmos y, aunque en el interior del hombre sólo hay tinieblas, el dolor surge al ponerse el yo en contacto con lo que no es yo, lo que está detrás del muro del cuerpo, “los límites del mundo”.  Ante esto recordamos una vez más a Holan: “Poeta estás sin contradicciones, estás sin posibilidades”, pues junto a estas afirmaciones leemos acto seguido: “sólo tú has de morir/ para siempre.” 
La ciencia entra ahora por la puerta grande: sinapsis, electrones, partículas, sistema caótico, observador y observado etc., lo que culmina en la siguiente pregunta –que queda sin respuesta-: “¿Existe una realidad imaginaria en el sentido cosmológico del término, una realidad anterior a su percepción? ¿Existe una realidad que no sea una excrecencia, un residuo muerto de tu conciencia?”
De la proximidad de la poesía y la ciencia no cabe ninguna duda en la actualidad, no sólo porque la misma terminología de la física resulta poética sino porque ésta se mueve en un mundo casi de fantasía, ahí están los universos paralelos o la teoría de las cuerdas que, se diría, rozan la magia. Es sabido, además, que hay varios físicos importantes que escriben poesía como el Premio Nobel Arthur Leonard Shalow o  el español Francisco García Olmedo. Todos los caminos parecen, pues, abiertos a la poesía, y también a la ciencia. Celebremos el hecho celebrando este interesante libro que, a pesar del desengaño, con su existencia desmiente la desconfianza en la palabra.