El desvío del otro - Ernesto García López


Por Ernesto García López

Ernesto García

Hace ya más de 10 años el colectivo poético Alicia Bajo Cero de Valencia (en boca de uno de sus poetas mayores, Antonio Méndez Rubio) decía que «hablar del mundo es proponer un mundo». Un libro de poesía encierra, a mi juicio, dentro de sí un mundo y lo quiera o no negocia y transacciona con ese otro mundo que le rodea. No en vano la palabra, como nos recordara el psicólogo bielorruso Vygotski, es un «microcosmos de conciencia humana». Por eso, hablar de un libro de poesía que está en el mundo es también proponer un mundo.

 El mundo de mis versos intenta ser fragmentario y colectivo, como hilachas transparentes que tejemos entre todos y donde nos vamos enredando sin querer. En él habitan la periferia de Madrid y de París, las calles del barrio donde vivo, los días compartidos con mi compañera, peleados minuciosamente contra el deterioro y el egoísmo, la pintura, los momentos felices vividos con mi familia, mis amigos, los compañeros de trabajo, también la indignación hacia mucho de lo que observo, pues no sé qué les parecerá a ustedes pero me a mí me espanta. En él habitan todas esas contradicciones que nos impiden dormir y que, incluso, nos convierten en seres mezquinos y otras veces luminosos. Intuyo que en él habitan las luces y sombras que todos llevamos dentro de nuestra camisa.

 

Desconozco si por elección o herencia educativa, soy de los que opina que cuando un poeta saca a la luz un texto es ineludible tomar partido, esbozar las líneas maestras de lo que algunos denominan «poética» y otros, simplemente, «trabajo». Hay poetas que detestan la reflexión metapoética, por entenderla impostada y falsaria, ajena al propio poema, yerma. Otros en cambio consideran que el devenir poético bebe y necesita, en gran medida, de la reflexión teórica. Más allá de unas u otras posiciones, considero que las poéticas son imprescindibles porque nos enseñan que la producción literaria no es ajena al territorio del conflicto y la disputa. No me refiero a las riñas más o menos emboscadas de grupos, grupúsculos, pandillas y/o maras literarias que campean en nuestro escenario cultural. Me refiero al hecho del conflicto en sus dimensiones social, filosófica y política. Si como decía Gramsci la cultura dominante es la cultura de la clase dominante, las poéticas hegemónicas vienen a traducir en buena medida, los «sentires» estructurales de los grupos intelectuales dominantes, los poseedores del capital simbólico colectivo. Ahora bien, no voy a ser tan ingenuo como para pensar que los discursos poéticos dominantes son una mera traducción mimética de las oligarquías del poder social y económico, pues hemos de tomar en consideración la advertencia que ya nos hiciera Bourdieu cuando recordaba que «los intelectuales son, en cuanto detentadores del capital cultural, una fracción (dominada) de la clase dominante». Ahora bien, cuando un libro sale a la luz está obligado a confrontar su mundo con el resto de mundos existentes, disputar la arena simbólica tomando como puntos de partida su conciencia individual y su proyecto ético-literario.
Si echamos un vistazo a la poesía española durante los últimos veinticinco años nos encontramos que, por encima de las múltiples evoluciones personales de numerosos y excelentes poetas, y a semejanza de los recientes resultados electorales, ha existido una especie de «tsunami bipartidista» en términos poéticos. A un lado nos encontraríamos con el discurso figurativo, realista, experiencial, civil, próximo al proyecto ilustrado, racional, cuyo principio de realidad acercaba sus costas al ámbito de la normalidad, la confidencia y el testimonio. Al otro el proyecto del silencio, de la introspección, de la vanguardia, de la videncia, del irracionalismo, del hermetismo, del principio del lenguaje cuyo rostro se proyectaba más hacia la tradición ideacional, mallarmeana, simbólica y abstracta. Durante mucho tiempo este enfrentamiento expulsó a las márgenes de la historia editorial a numerosos libros que perecieron en el fuego cruzado, y que apenas tuvieron oportunidad de ser por cuanto no participaban de esa confrontación dual. En mi caso me siento desertor de ambos bandos, aunque no puedo negar que muchos de sus ecos laten todavía en mi trabajo poético. Afortunadamente desde hace un tiempo ya este panorama parece superarse. Nuevas propuestas, nuevas apuestas, nuevos libros (muchos de ellos de autores jóvenes y también consagrados) vienen a ventilar un recinto demasiado viciado. Ahí están los poemarios de Eduardo García, Vicente Luis Mora, Pablo García Casado, Agustín Fernández Mallo, Marcos Canteli, Julieta Valero, Diego Doncel, Oscar Curieses, Elena Medel, Mercedes Cebrián y un largo etcétera que suponen una renovación en la manera de decir y en el contenido de la última poesía española. Humildemente «El Desvío del Otro» intenta seguir esa estela distanciándose del tsunami bipolar del que antes daba cuenta.

 

Sin embargo, distanciarse no significa resolver los dilemas y disputas que allí se dieron. Decía Mallarmé que «sólo dos vías están abiertas a la investigación mental: la estética y también la economía política». Si en un ejercicio de simplicidad, tratásemos de equiparar «estética» a la esfera del lenguaje, y «economía política» a la esfera de la realidad, nos encontraríamos que lejos de ser mundos aislados el uno respecto del otro, más parecen mundos conectados el uno con el otro. Me siento claramente deudor de este enfoque, pues considero que ambos continentes alimentan la conducta personal y social. El libro que hoy presento intenta ser un territorio simbólico donde se confrontan ambas visiones. Créanme si les digo que la autonomía del lenguaje, la libertad irracional, conviven dentro de mis actos con la misma intensidad que la actividad económica, el reflejo de lo cotidiano, las luchas sociales o la palabra experiencial.

 

Tradicionalmente la poesía ha sido considerada el territorio de la intimidad, de lo subjetivo, del yo en definitiva. Mas siempre tal y como lo expresara el antropólogo Michael Carrithers «Aprender, convivir y actuar en la vida social común (y la literatura no deja de ser una forma de convivir y actuar en la vida social común) hace todo con, a través, por medio de y frente a otras personas. Aprender, convivir y cambiar el mundo social es algo que se hace entre personas, no en el interior de ellas». Yo creo que la poesía, aunque también puede contribuir a modificar el interior de las personas, no es ajena a esta advertencia. Quizá por eso los mapas de la alteridad y la individualidad son escenarios que me preocupan y están presentes en mis versos. Son igualmente un territorio de disputa. Por ello creo que la poesía es un ejercicio de mutualismo, de conectividad, que implica por igual a lo subjetivo y a lo colectivo. Ambos mundos son los protagonistas del libro.

 

Pero hablemos ahora del propio acto de escribir. De su «modus operandi». Según Juan Eduardo Cirlot en su ya clásico Diccionario de Símbolos, en la antigua Escandinavia los exiliados se llevaban las puertas de su casa, y en algún caso las tiraban al mar y recalaban allí donde esas puertas encallaban, de ese modo se fundó Reykjavik en el 874 D.C. Esta es, valga la comparación, un modo como otro cualquiera de volver a empezar, y en cierta medida cada libro es un volver a empezar. En el caso de los exiliados escandinavos las nuevas colonias tomaban como punto de partida las puertas de las casas de donde esos mismos exiliados procedían. Es decir, lo nuevo a partir de lo viejo. En este libro he intentado justo lo contrario. Olvidarme por completo de mis versos anteriores y tapiar las puertas de sus casas con el anhelo de fundar nuevas colonias no necesariamente herederas de su metrópolis. El «Desvío del Otro» no ha sido un plan trazado, no ha tenido vocación de ordenar nada, de refundar nada, sino de investigar y abrir incertidumbres a partir de una veladura de lo hecho anteriormente. Eso no significa negar los libros anteriores, pero sí distanciarme de ellos y asumir la mayor cantidad posible de abandono, con el deseo de acceder a nuevos mundos imprevistos. No quiero sentirme propietario de grandes certezas, sino más bien de dudas, de modo que cada libro suponga desengastar lo aprendido y someterlo al hábito de la incertidumbre. Ese es para mí el sentido de escribir.

 

Y ya para acabar me gustaría traer a colación unas palabras de Sartre que siguen constituyendo la médula esencial de mi proyecto poético. Decía el filósofo francés que «A todos los que se toman por ángeles, les parecen absurdas las actividades de su prójimo, porque pretenden trascender la empresa humana al negarse a participar en ella». Yo no quiero trascender la empresa humana y, muy al contrario, espero que mi trabajo lejos de negarse a participar en ella lo haga de manera decidida y solidaria, pues la belleza, a fin de cuentas, es un don que se conquista con las manos.

 

Ernesto García López
Madrid, a 24 de abril 2008