Aurora del Albornoz y el compromiso de la palabra - José Ramón Ripoll


Por José Ramón Ripoll

Para mí es un honor participar en la clausura de este ciclo que, bajo el título La voz. El compromiso de la palabra, ha venido organizando con gran logro la colección Devenir de poesía y ensayo, y quiero agradecerle a su editor, Juan Pastor, el oportuno debate que se ha llevado a cabo sobre este asunto, precisamente en una época tan descafeinada como la nuestra, donde plantear cualquier tipo de compromisos o lealtades parece estar fuera del ámbito de la moda y el glamour. Me honra también poder traer a colación la figura de Aurora de Albornoz , quien fuera mi maestra y amiga, en un panel donde su nombre no queda sombreado por la presencia de Valle-Inclán, Miguel Hernández o Blas de Otero, sino al contrario, plenamente justificado por cuanto, como investigadora y crítica literaria, hiciera por la difusión de la obra de todos ellos. Por otra parte, Aurora de Albornoz es una escritora distinguida en el catálogo de la colección Devenir, que ha editado hasta la fecha tres títulos importantes para comprender la vertiente crítica y creativa de nuestra escritora: 

Cronilíricas (1991), especie de memoria fragmentaria, en forma de collage, de los años de la Transición; El Juan Ramón de Aurora de Albornoz (2008), consistente en una recopilación de todos los textos que la autora escribiera sobre el poeta de Moguer, anotada y precedida de un extenso ensayo de Fanny Rubio, y Hacia todos los vientos. El legado creativo de Aurora de Albornoz (2010), un amplio recorrido biográfico y crítico por la obra poética de la autora, a cargo de Begoña Camblor.

 

El compromiso del escritor es ante todo con su palabra. Nada puede decirse de nadie que no sea fiel a su verdad, a cuanto quiera decir exactamente por pura necesidad, y no por contentar a sus posibles lectores con lo que estos quieran leer. El escritor utiliza el lenguaje como un bisturí que rasga la piel de la realidad para adentrarse en su interior e intentar transformarla o, al menos, aprehenderla en su totalidad, más allá de las apariencias, y hacer partícipes a los demás de su propio descubrimiento. Es a partir de ese proceso personal cuando el compromiso se extiende hacia los otros, por encima de ritos sociales y prejuicios políticos al uso.

 

Aurora de Albornoz dedicó la mayor parte de su tiempo a poner en práctica ese compromiso vital y literario, no sólo en su propia producción poética, que naturalmente para ella fue el fue el epicentro de su vocación creativa, sino en la inmensa e importantísima labor como estudiosa de la literatura de otros autores, a la que dedicó la mayor parte de su tiempo.

 

Como poeta, Aurora de Albornoz, que nació en Luarca en 1926,.firmó casi una docena de libros, que abarcan desde Brazo de niebla (1955) hasta Canciones de Guiomar (1990), una colección de poemas en prosa publicadas unos meses después de su muerte, si exceptuamos el cuadernillo Al sur del sur, de 1991. Toda su poesía surge de la intercesión de las coordenadas espacio y tiempo, pero no como el puro axioma convencional desde donde se escribe toda literatura, sino desde la asimilación profunda y total de esos dos conceptos, con toda su carga juanrramoniana. Es decir: espacio como un todo, donde el individuo se topa con la otredad hasta contemplarse en el espejo que refleja la realidad absoluta, solidaria y total; y tiempo como un círculo que gira y retorna, ofreciéndonos en su movimiento la sensación de una eterna humanidad. Espacio y Tiempo son dos poemas largos fundamentales en la obra de nuestro Premio Nobel, a las que Aurora acudió en numerosas ocasiones, hasta fijar de alguna manera, el texto y la lectura definitiva del primero de ellos. Aún recuerdo sus clases –podría decirse que magistrales- y sus largas conversaciones acerca de Espacio y de su maestro Juan Ramón, de quien se convirtió en una de sus mejores discípulas en la Universidad de Rió Piedras, Puerto Rico. Decía Aurora, entre otras cosas, que Espacio es el triunfo del “pensar poético de su creador: este interrumpido monologar de la conciencia es un fluir del instinto interpretado –comprendido- por la inteligencia.” Y de algún modo, creo que es fue lo que ella trató siempre de llevar a cabo: dejar volar su instinto hasta ser asimilado por la inteligencia. Ese fue su lema, tanto en su poética como en su actividad investigadora, al igual que en la vida.

 

Yo quería insistir en el compromiso de su faceta crítica, a los que debemos los lectores el conocimiento profundo de autores como Unamuno, Machado, Rubén Darío, Cesar Vallejo, Pablo Neruda o el citado Juan Ramón. Aquello que en otras ocasiones podríamos considerar como una actividad profesional, en el caso de Aurora de Albornoz se convierte en un proceso creativo, particular, donde la obra del otro le sirve para articular otro texto paralelo y personal que, al mismo tiempo, instiga a una segunda lectura del primero, y este ya no es el mismo que antes leíamos desde una diferente mirada.

 

Su amistad con Juan Ramón Jiménez le hizo tomar conciencia del exilio español. Aunque la familia Albornoz, de una larga tradición liberal (Alvaro de Albornoz, Severo Ochoa), se había trasladado a Puerto Rico desde Asturias por motivos más económicos que políticos, puede decirse que la juventud de Aurora se sintió desgajada de su entorno, y fue el contacto con aquel hombre inquieto, cansado y “deseante” de su idioma vivo, la chispa ue encendió una llama que nunca ya habría de apagarse, iluminaría su vida hasta el final y serviría también para encender un espacio, a veces olvidado, entre las telarañas de la memoria de algunos españoles.
Si a Juan Ramón consagró Aurora sus mejores páginas, no fueron de menor importancia las que desentrañan el universo poético de Antonio Machado, el símbolo de la España expulsada, segúns le he oído decir tantas veces. Machado fue su campo de batalla, pero también objeto de reflexión. Desde su primer libro, -trasunto de su trabajo de de Maestría-, La prehistoria de Antonio Machado (1961), el poeta sevillano se convierte en un recurso constante que no va a abandonar durante toda su carrera. En La presencia de Miguel de Unamuno en Antonio Machado (1967) -resultado de su tesis doctoral.- traza, junto al anterior libro, un mapa coherente y preciso de la mejor tradición hispánica que, consecuentemente, desemboca en la modernidad. La mejor tradición -solía decir- parafraseando a Ortega y Gasset, es la que nos libera de las pesadumbres del pasado y no la que nos encadena a su petrechada inmovilidad. Machado también fue señal de esa liberación, a la que se encaminó todo el trabajo intelectual de su estudiosa

 

Desde estas perspectivas, Aurora de Albornoz perteneció de algún modo al círculo del exilio, entró en contacto con sus principales actores y, aunque ella podía haber vuelto a su tierra cuando hubiera querido, participó del dolor y la preocupación de quienes salieron de España para siempre. Recuerdo también cómo hizo suyo el término acuñado por José Bergamín para referirse al exilio. Sirempre hablaba de la España transterrada o la España peregrina, porque, de alguna forma, el transtierro daba una idea, no de ruptura, sino de continuidad, de un colectivo que seguía vivo, nutriéndose de una lengua, de unos ideales y de un continuo hacer, más allá de la nostalgia de cuanto abandonó, .
Todo ello se explica magistralmente en Poesía de la España Peregrina , parte integrante del cuarto tomo dedicado al Exilio Español de 1939, dirigido por José Luis Abellán (Taurus, Madrid, 1977). Este ensayo de ciento ocho páginas, es un detallado informe crítico sobre toda la poesía del transtierro americano. A los nombres de poetas conocidos, que aunque casi no necesitan comentarios, siempre se agrega algún dato impor¬tante, inédito y original sobre el periodo referido, se incorporan títulos y nombres que, a veces por su estimación general junto a las primerísimas plumas, o simplemente por la disgregación que supuso el exilio en el espacio físico y en la memoria, son fundamentales para entender la grandeza y la repartición de esta lejanía. Nombres como María Enciso, Enrique López Alarcón, Lorenzo Varela, Agustí Bartrá, Rafael Dieste, Marina Romero, Herrera Petere, la poetisa Rosa Chacel, Antonio Espina, José Rivas Panedas, Ramón Gaya o Manuel Granell, complementan las obras de Salinas, Cernuda, Altolaguirre, Prados, Juan Rejano, José Bergamín o Rafael Alberti. Con estos tres últimos le unió una especial amistad y a sus obras dedicó páginas también especialí¬simas.
Una mujer, con un futuro académico ya bien asegurado y una posición como intelectual solvente entre los circuitos de la lengua española en iberoamerica, podría haberse quedado en Puerto Rico, en cuya universidad se desempeñaba como catedrática, pero en 1968 regresó a Madrid definitivamente con una idea clara que había ido perfilando a través de sus lecturas críticas, y conforme pasaba el tiempo fue adquiriendo un sólido compromiso con su propia palabra. Begoña Camblor encontró entre sus carpetas una anotación de la época qu decía : «España: 1968 (regreso) (por qué ?) Resistencia antifranquista». Instalada en un apartamento de la calle México, Aurora se convirtió poco a poco en un referente intelectual en la lucha contra la dictadura. Su pequeña sala daba cobijo a los más diversos personajes que hicieron posible la transición democrática española, así como a muchos los escritores y artistas que de toda América y Europa pasaban por nuestro país rastreando la huella de un hispanismo progresista al que Aurora de Albornoz dio vida en su incesante tarea. Elegante, con su larga boquilla manchada de lápiz de labios lograba siempre dirigir la orquesta de sus contertulios, en una pose equidistante entre Rita Haiwort y Rosa de Luxemburgo. Esa salita fue también su santuario. Allí se gestaron obras, ensayos, artículos, poemas, ediciones que fueron esclarecedoras para entender nuestra contemporaneidad, siempre desde el rigor de su análisis, pero teniendo presente su destino final, que no era otro que la continua regeneración cultural española e iberoamericana. Ediciones como « En el otro costado » o « Espacio » de Juan Ramón: los cuatro volúmenes ordenados temáticamente de la prosa de Antonio Machado; los estudios y antologías de José Hierro; el homenaje a Neruda « Chile en el corazón », en colaboración con Elena Andrés, inumerable artículos sueltos en revistas , prólogos, conferencias, que habría que recopilar urgentemente y difundir como parte importante del patrimonio de la cultura española. Sería lamentable que los lectores y amantes de nuestra literatura sigan sin poder acudir fácilmente a este legado.En un país tan olvidadizo como el nuestro viene siendo normal que el testimonio de aquellos que se empeñaron en mantener viva la memoria se apolille entre las hojas amarillentas de una hemeroteca. Mantener la voz vibrante de estos autores es también un compromiso de todos con la palabra