Arte y cultura - Rafael de Cózar


Poesía: arte y cultura de un arte soñado
Por Rafael de Cozar

 Buena parte de la dedicación artística es en esencia utópica, pues parte, como señaló Baudelaire, de la base de la destrucción de la realidad para construir otra, es decir, reescribir el mundo, pero también hay líneas estéticas cuya base es contar el mundo, anotarlo, describirlo. Entre esas dos líneas de fuerza se mueve la mayoría de la producción artística, desde la ortodoxia a la heterodoxia, desde el realismo a las vanguardias. En todo caso, como ficción, el arte es, frente a la historia, una mentira, un mundo soñado, no sucedido y, a menudo, imposible de suceder. 

 Si elimináramos de la historia del arte todo aquello cuya motivación no fue esencialmente artística, es decir, el arte como ilustración de las ideas morales, religiosas, ideológicas, el “deleitar aprovechando”, la función pedagógica, etc, nos quedaríamos con un museo muy reducido, del mismo modo que el arte del paleolítico y el neolítico nada tuvo que ver con el arte, sino con el rito, la magia y la “religión”.

En cada época la función artística ha ido cambiando, de modo que a casi toda la prosa narrativa del siglo XVIII, o buena parte de la novela realista del XIX le llamaríamos hoy ensayo, estudio sociológico, psicológico, etc. 

Obviamente la poesía, dentro de las fórmulas literarias, pertenece más de lleno al ámbito de la utopía, a pesar de aquellos que creyeron que la “poesía es un arma cargada de futuro”, cuando casi todos los poetas andaluces han sido conscientes de que ni es un arma, ni va cargada, y que para cambiar el mundo hacen falta tácticas e instrumentos más inmediatos. Tema aparte es su proyección, su difusión, su reconocimiento público, tratándose de un género en este punto obviamente menos exitoso que la narrativa, e incluso que el teatro, por mucho que se le coloque en la cima de la literatura. Pero la utopía lo es en la medida de que resulta algo inalcanzable, lo que no impide acercarnos al límite de lo posible. Si es del todo realizable, es tan sólo una aspiración, que puede realizarse, o no, pero está fuera de la utopía. De aquí que cada obra de arte debería ser un experimento que abre el camino hacia el siguiente, el cual anula al anterior en el proceso del artista. Pero en la realidad suele ocurrir que si el último “experimento” funciona, tiene éxito, el artista se inclinará a repetirlo, de modo que se paraliza su investigación. En este sentido el artista pasa al sistema, se integra y forma parte de él. De hecho la vanguardia, que partía de la utópica intención de acabar con el arte como parte del sistema, terminó totalmente integrada en él, formando parte de los mismo museos que pretendía destruir (Futurismo, Dadaismo, etc.). 

El mundo hoy industrializado, globalizado, parece insinuar que la utopía, siendo en esencia imposible, ahora ni siquiera permite moverse en la franja de lo posible. En este punto algunas de las grandes utopías históricas, la cristiana o la marxista, han terminado ahogadas por el sistema. El arte tal vez es uno de los pocos campos que nos quedan en lo utópico.