"Ànforas" de Goya Gutierrez - Santiago López Navia


Santiago López Navia
 
Presentación de "Ánforas" de Goya Gutiérrez. Librería Blanquerna, Madrid, 10 de noviembre de 200
 
Que Goya Gutiérrez prologue su poemario con una cita en la que Antonio Gamoneda nos recuerda que “la belleza nos sirve de tormento” es algo especialmente pertinente para tomar el pulso a un ejercicio de creación presidido por la conciencia de los límites y la trascendencia de la palabra poética. No es nuevo afirmar, y Goya nos lo recuerda constantemente en Ánforas, que escribir, crear, es una respuesta a un estímulo múltiple, diverso y permanente que acaba adquiriendo el valor de un reto al que el poeta se enfrenta desde muy diferentes sentimientos e impresiones entre los cuales se alza con especial fuerza la incertidumbre, traducida en el vértigo de no llegar a dar cuenta de la desintegración en el aire de las briznas de las pavesas del lenguaje, parafraseando la tercera sección del primero de los poemas del libro (p. 12), y que acaba guiando los pasos del creador, precisamente, hacia “el libro de lo incierto” (p. 36) que se escribe, como leemos en la cuarta sección del mismo poema citado al principio, trazando “en el papel sendas de posibilidad/sobre el espacio blanco de la duda” (p. 13).
De izquierda a derecha: Marga Clak, Goya Gutierrez, Juan Pastor y Santiago López navia.
Al lado de la incertidumbre, pesa la temida dificultad para captar aquello que se busca al intentar superar el desequilibrio preexistente en la potencialidad connatural de la palabra, tal como nos recuerdan la segunda sección del poema “En su elemento” (p. 14) y la estrofa del séptimo poema de la primera parte del libro en la que ese desequilibrio enfrenta el resultado de lo que el poeta es capaz de ofrecer a los demás con lo que busca en su constante regreso al vacío:
Agasajada como roja granada
me he abierto os he mostrado el resultado
de tanta comprensión y sin embargo:
para mí he de guardar
esa continua regresión a un reto
en el vacío.
La mirada poética anhela siempre “cifrar la sustancia huidiza/Absorber la escarpada belleza/que siempre será libre” (poema XVI, p. 56), y por eso el poeta, que vive “Escribiendo lo que huye” (p. 22),  anhela “hallar ese prodigio/que apresar no se deja” (poema XVII, p. 58) consciente de que la palabra trasciende al individuo, vence al olvido y ofrece la materia más granada al avezado artífice capaz de cincelar sus posibilidades:
 
 
Palabras vertidas en el mar de todos para ser tomadas (…):
¿Quién algún día las acogerá cribándolas?
¿Quién de qué modo las amasará enhebrándolas?
¿Quién sabrá degustarlas quizás alimentarse
desvelar su semilla volver a cultivarla?
                               (Poema V, p.35)
 El aprendizaje de este proceso dista mucho de ser sencillo, porque a veces las palabras, liberadas por un corazón desprevenido, vuelan exentas elucidando lo que debería permanecer oculto:
 
Y cuándo corazón aprenderás
a no dejar volar como incautos gorriones
las palabras
que habían de velar ese tesoro
Habitante tranquilo
en su urna de cristal cerca de sus entrañas.
                               (Poema XII, p. 50)
  Con todo, como nos dice el último verso del poema VIII (p. 42), la palabra poética aguarda, porque son las palabras poéticas, con su rostro multiforme,
 
Las mismas que te piensan y alimentan tu pulso
Las que atraviesan cada noche mis sueños
Las que interrogan a quien habita en ellos…
                               (Poema XVII, p. 58)
 Y con la palabra, sustancia y materia de la creación, juega la poeta la partida del poema buscando en el fondo del ánfora los motivos y los recursos del acto que la alumbra y vivifica. De ahí que las ánforas del título sean el símbolo seminal del proceso creativo, porque en su vientre habita “la huida/de este rebelde olvido” (p. 19) que entraña el ejercicio mismo de la escritura y su fondo es el “lecho donde albergar el líquido lenguaje” (poema II de “En el regreso”, p. 30) que satisfará la sed constante de la creación poética. No siempre el ánfora, sin embargo, es un recipiente perfecto que garantiza la certeza del hallazgo, porque a veces está horadada y “aún no es capaz de contener el agua/ni convertir en notas la furia de algún viento” (“En el regreso”, poema X, p. 47), pero en la expectativa de la poeta se hace claro que el ánfora encierra en su vientre la potencia de lo que está por escribirse “como una creación/de lo que aún desconozco” (“En el regreso”, poema XVII, p. 59).
                        
Goya Gutiérrez y Santiago López Navia en la presentación de su libro en Madrid
La creación se sustenta también en la constancia del paso del tiempo salvado en la palabra que alumbra el poema: “Me alimento del tiempo/que habitaba archivado en las estanterías” (“En el poema”, I, p. 11) y asumido en la experiencia de la madurez de la poeta en su tránsito seguro “hacia la serenidad” (“En el regreso”, IX, p. 44), sabedora de que “la muerte nos ensaya en los que nos preceden” (“En el regreso, XI, p. 48).
       Goya Gutiérrez envuelve la respuesta que ofrece Ánforas al reto de la poesía en una escritura estudiadamente despojada de signos de puntuación que invita al lector a la tarea estimulante de releer y recrear para no dejar de entender, regalándonos imágenes tan sugestivas y hermosas como la de los trenes que en la noche adquieren una misteriosa apariencia de animal en fuga:
 
Hay trenes como flechas traspasando mi ensueño
Oigo en la lejanía su aullido dilatado en el aire
en medio de la noche
Y todos sus vagones semejan componentes
de esa vieja manada de los antiguos lobos
Atravesando el furor de los hombres
Viajando así en su huida
hacia estepas que quieran albergarlos.
  
El acierto expresivo del poemario de Goya se resuelve también en el logrado contraste aderezado con juegos verbales que se consigue entre los versos primero y último del tercer poema de “En el regreso”:
El objetivo debiera ser la levedad (…)
Pero cada vez necesitas más llaves de peso.
 
Y en fragmentos sentenciosos, casi lapidarios, que cobran vida propia y valen por una lección de vida próxima a veces a la greguería –“Si la naturaleza fuera sabia/convertirse en pez/sería el paraíso del ahogado” (poema V de “En su elemento”, p. 16); “Las palabras son panes que se amasan de nuevo/con esa levadura del día (“Dar vida cantar su muerte”, p. 20)– o a la reflexión trascendente de rico contenido filosófico: “No hay en el mundo lazos naturales/que puedan asegurar la permanencia” (“En el regreso”, poema XVI, p. 55).
Por eso, volviendo a Gamoneda, la belleza nos causa dolor: porque en esa permanente singladura –imagen recurrente en Ánforas– que es la vida no nos es siempre seguro el puerto de las palabras que convertimos en respuesta a lo que intentamos aprehender, ni el fondo del ánfora siempre atesora las palabras adecuadas para asegurar lo que se nos escapa y porque el poeta, y bien lo sabe Goya, vive y quizá también muere escribiendo lo que huye.