Agradecimientos - Fernando Escudero


Buenas tardes, soy Fernando Escudero, antiguo (en muchos sentidos ya) profesor de Lengua y Literatura de Israel García Gómez, y quiero empezar mi participación en este acto agradeciéndole a Israel, al autor, el haberme invitado a la presentación del mismo, lo cual es un placer y un honor, y a Juan Pastor, ilustre editor, el haberlo consentido

y facilitado. Comenzaré expresando mi satisfacción por la publicación de este primer libro de poemas de Israel, pues, me consta, es el premio a algo más que una afición literaria, es la expresión del ser humano, doliente (no hay más que mirar nuestro planeta y a nosotros mismos para entender las causas), que se rebela contra un mundo que no le gusta. Quiero considerar “El ardiente lienzo de la ira “ como la tarjeta de presentación de un poeta consistente, poderoso en metáfora y en imaginería poética, sonoro, sensual, que da forma definitiva en el crisol de la palabra a todo aquello que ha constituido su juventud, que es la suma de sí mismo y que debe expresar su propio ser, tal y como nos recuerda el gran poeta Odiseas Elitis:

 

Así con frecuencia al hablar del sol
Se me enreda en mi lengua
Una gran rosa de rojo encendido
Pero no me es posible callar.

 

“El ardiente lienzo de la ira “ es el joven Israel García que navega por los desolados mundos del hombre y experimenta todo el horror y todo el terror que estos contienen, y también, por supuesto, toda la magia, la fantasía, el mundo de los sueños y la inmortalidad de las ideas como compensación a tanta fealdad. Es un libro poderoso, de voz cantarina que revela la gran rosa de rojo encendido que lleva el poeta en la garganta, que debe salir a la vista de todos, que tiene necesidad de expresar, y por eso, hoy, en este otoño frío, estamos aquí.

 

Semblanza del poeta

 

Además del libro, del que ya ha hablado Juan Pastor, y ahora lo hará en profundidad mi copresentadora de esta tarde, María Antonia Ortega, quisiera decirles algunas palabras sobre el verdadero origen de este libro: sobre el poeta.
Conocí a Israel García Gómez hará unos siete años, como un alumno de Lengua y Literatura castellanas de 2º de Bachillerato en el IES “Juan Gris” de Móstoles. He de aclarar que me refiero al Bachillerato nocturno, donde los alumnos ya no son adolescentes, sino jóvenes que en muchos casos trabajan, e incluso llevan una vida adulta, completamente independiente. En el curso de 2º de Bachillerato hay mucha literatura, y es normal, como pasó con Israel, que los que sienten inquietudes literarias se acerquen al profesor, comenten algo de los autores vistos o de sus obras, y que, poco a poco, vaya estableciéndose una corriente de confianza que les invita a revelar que ellos también escriben, y que si pueden recibir una opinión sincera sobra la calidad de sus escritos. Esto es, a grandes rasgos, lo que pasó, pero he de decir que Israel me llamó la atención por su educación, por su amabilidad y también por su pasión por la justicia y la poesía. Fueron rasgos muy claros a los que habría que añadir una personalidad generosa que haría suya las palabras de Albert Einstein, un poeta de la ciencia, que dijo: Ante la vida cotidiana no es necesario reflexionar demasiado: estamos para los demás; un “hombre bueno” en el sentido machadiano del término, y así fue muy fácil iniciar una relación creciente a través de la que me llegaron los poemas de Israel, composiciones incipientes donde ya demostraba un buen manejo del vocabulario, un dominio de la metáfora y una persistente insistencia en el buen uso de la rima consonante, a pesar de mis consejos que, con muy buen criterio, jamás han sido tenidos en cuenta, porque ante todo, un poeta debe desarrollar su propia voz, tejer consciente o inconscientemente, su gran “rosa de fuego encendido”, y no cabía duda que Israel la estaba componiendo, nudo a nudo.

 

Durante aquel curso y el siguiente, aunque ya no le daba clases, fue creciendo el aprecio mutuo que sentíamos el uno por el otro. No se trataba ya de un buen alumno, como él era en todos los sentidos, sino de un hermano en la fe de las letras que estaba dando sus primeros pasos serios, con exigencia, en la vela de armas de la caballería poética, y en ese proceso apareció, luminosa y pura, una influencia terrenal a la que fui teniendo acceso por nuestra creciente amistad, que en lo personal llenó de ilusiones y tristezas a Israel, pero que en lo poético le proporcionó combustible poético de alta calidad para estimular su producción y su evolución. Esta “gasolina de alto octanaje” literaria tenía y tiene nombre de mujer, y la verdad que era una musa de merecido nombre, bella como un soneto de Garcilaso, siempre juntos, y que le distinguía a nuestro autor con el título de “mejor amigo del mundo” que es esa forma tan cruel que tienen las mujeres de decirnos todo lo que nos aprecian pero, también, de recordarnos que no nos aman en el sentido que nos gustaría. Creo que la mejor muestra de cómo la pasión amorosa estaba construyendo al Israel poeta, es un espléndido soneto que me terminó de convencer de la valía poética de nuestro autor, y de cómo, el desamor le estaba abriendo las puertas de otro jardín secreto: el de la verdadera poesía. He de confesar que aún guardo dicho poema y que lo he leído en alguna ocasión a mis alumnos para demostrarles que ser joven no es sinónimo de imposibilidad de crear buena poesía: la juventud es un mar inmenso donde las palabras y los sentimientos van de la mano.

 

Creo que ahora entenderán la naturaleza del combustible poético al que hacía referencia, y cuya pasión desbordante aún se aprecia en algunas de las imágenes del El ardiente lienzo de la ira, aún cuando estos hechos quedan ya lejanos y la vida ha dado ya más vueltas a las tuercas del destino. Asistí a aquellos amores tristes, porque estaban condenados al fracaso, más como un amigo que como un profesor en labores celestinescas, e intenté animar el proceso creativo que tal hecho producía en Israel que se presentó al concurso poético del Instituto y lo ganó, y que recibió con inteligencia la semilla de la existencia de Juan Pastor y la colección Devenir. Después vino un camino largo y fecundo a orillas de la facultad de Geografía e Historia, ya en el destierro (algún día lo amará) de Méntrida, en Toledo, y la vida le ha ido conduciendo hacia este lugar y este momento, pero yo todavía recuerdo aquellos años de relación con una sonrisa amable: me hubiera gustado que Israel consiguiese lo que anhelaba con tanta fuerza, pero también sé que la felicidad se consume en sí misma, y que, a lo mejor, si eso hubiera sucedido, hoy no estábamos aquí y no tendríamos este precioso libro entre las manos.

 

ORACIÓN, DESPEDIDA Y CIERRE

 

Quiero pues, terminar, para que María Antonia pueda desvelarnos las esencias ocultas o visibles del libro de Israel y no cansarles más con anécdotas que parecen ya de viejo. Tan solo agradecerles su presencia y su paciencia, y renovar mis felicitaciones a Juan Pastor por su espléndida colección, un verdadero lujo en nuestro panorama poético actual, y sobre todo a Israel García Gómez por su magnífico y ardiente lienzo de la ira. Desde la alegría de mi presencia en este acto, y no desde la rabia justiciera que da título al libro celebro este acontecimiento, esta buena nueva de un joven autor que ya en aquellos momentos que les he relatado evolucionó de “alumno” a “amigo”, tal vez el sentido final de la educación, y al que deseo una larga e intensa carrera literaria con toda la bendita pasión, sea ira, sea amor, que le traiga la vida en este extraordinario oficio de tejer las palabras.