DEVENIR

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NUESTRA PROPUESTA
25 AÑOS

CONVOCATORIAS
9 DE MARZO EN ORIHUELA
15 DE ABRIL EN CÓRDOBA

19 DE MAYO EN MADRID 

CADUCADOS
EL 28 DE ENERO EN SEVILLA
lA CASA DEL LIBRO 
EL 4 DE FEBRERO EN BURGOS
I. CASTELLANO Y LEONÉS
19 DE FEBRERO EN SEGOVIA
LIBRERÍA ENTRE LIBRO

NOVEDADES 

 Juan Pastor
Dominios de matiz
Pere Ballart - Jordi Juliá
Sobre islas y peninsulas►
D. Ródenas de Moya
Travesías Vanguardistas 
José María Balcells

Sujetado rayo
David Hernández Sevillano
Razones de más
Rafael Morales Barba
Poetas y poéticas
Benigno del Río Molina
La invención del paisaje
J. A. RAMÍREZ LOZANO
Copa de sombras 
NURIA DE LA ARADA
Días sin nombre 
MANUEL BALLESTEROS
Al otro lado 

JACINTA NEGUERUELA
Cuerpos varados

RICARDO RUIZ
El hombre crepuscular 
DANIEL ZAMORA
El canto precursor 
GOYA GUTIÉRREZ
Ánforas 
ANTONIO GRACIA
Fragmentos de... 
DAVID FRAGUAS
La importancia de... 
C. DÍAZ MARGARIT
Donde el amor inventa 

GERMÁN LABRADOR
Letras arrebatadas 
VICENTE ALEIXANDRE
Varios autores 
MARILUZ ESCRIBANO
Los Caballos Ciegos 
S. LÓPEZ CASTILLO
Cornudos y apaleados 
José Ángel Magadán
Poemas desde la guarida 
Luis López Suarea
No todo fue mentira 

OPINIÓN
Ideas para um debate

Luis Alberto de Cuenca
Veinticinco años
Miguel Florián
Un poeta de Devenir
Francisco Serradilla
El libro electrónico
Pablo Gervás
¿Aran las máquinas poesía?
Dionisio Cañas
Sin "autobiografía"
Rafael de Cozar
Arte y utopía
Asunción Monzón
La creación poética
Ernesto García López
El desvío del otro
Ricardo Ruiz Nebreda
El arte como alimento
Iván Vergara
Así lo vio y así lo cuenta
Pedro Olaya
Vigilantes de la nada
Antonio Quintana
La barca de los locos

DIEGO JESÚS JIMÉNEZ

Luis Alberto de Cuenca
Diego Jesús Jiménez
Miguel Ángel Curier
A Diego Jesús Jiménez
Juan José Lanz
Lugar de la palabra
Javier Lostalé
El cauce hondo de la memoria
Ángel Luis Luján
Cuando todo se vuelve diferente
Juan M. Molina Damián

Por el camino de la desposesión
Manuel Rico
Con Diego Jesús Jiménez
Fanny Rubio
El lenguaje de lo sagrado


JUAN PASTOR
Breve muestra poética


 

Opinión

LA POESÍA
AL OTRO LADO DE LA RED

Francisco Serradilla

Dionisio Cañas
Pablo Gervás
DIEGO JESÚS JMÉNEZ
LA POLÍTICA POÉTICA DE LA UTOPÍA
Rafael de Cozar      Así lo cuenta:Iván Vergara
 LA CREACIÓN POÉTICA
Asunción Monzón

QUÉ RECORDAR 
Un cuento de Yolanda Argudçin

  VIGILANTES DE LA NADA 
Pedro Olaya



Luis A. de Cuenca

 

 

erto de Cuenca

 

 

 

 VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS

Se dice pronto: veinticinco años. Yo tenía la edad en que murió Cristo cuando mi amigo Juan Pastor comenzó a publicar en Barcelona su colección Devenir. Ahora tengo cincuenta y ocho, y se me antoja raro haber sido joven alguna vez. No sé cómo Juan dio con mi dirección postal. Pero empecé a recibir puntualmente los primeros libros de la serie en mi casa madrileña de Don Ramón de la Cruz, donde aún los recibo hoy día, cuando ya Devenir ha superado la cifra -asombrosa para una colección de poesía- de los dos centenares de libros publicados. Tras el cuarto de siglo transcurrido, Devenir sigue teniendo, en lo que concierne al diseño, el mismo aire de familia con que nació. Aún recuerdo con delectación y cariño aquella edición de los sonetos de don Gabriel Bocángel a cargo de Esther Bartolomé. Acababa yo de dar a las prensas una antología de Bocángel en Editora Nacional, dentro de la preciosa colección de poesía que dirigía por aquel entonces mi llorado amigo Gonzalo Armero, y no pudo, por tanto, pasar desapercibida a mis ojos la estupenda edición de Esther. Cierto es que Devenir se ha ocupado mayoritariamente de poesía contemporánea, pero aquellos sonetos bocangelinos se quedaron  a vivir en mi memoria de manera muy especial. Luego vinieron otras muchas entregas memorables. Algunas de ellas he tenido el honor de prologarlas. Siempre he tenido una relación muy fluida con Juan Pastor. Cuando ha caído en mis manos un original poético que, a mi juicio, merecía la pena, no he vacilado a la hora de telefonearle, recomendando su publicación. Juan es una persona abierta a todas las tendencias poéticas, sin ningún tipo de sectarismo, un hombre que sabe escuchar y que distingue en todo momento entre el grano y la paja, un enamorado de la poesía y un excelente profesional de la edición. Luego se ha abierto a otras temáticas editoriales, como el ensayo y la crítica literaria, siendo fundamental su aportación en este terreno, pues pocas son las editoriales que lo cultivan hoy. Le deseo mucha suerte en su tarea de ir cumpliendo objetivos, además de años, al frente de Devenir. Un proyecto que es suyo, pero que, al cabo del tiempo, ha terminado siendo nuestro también. Ya está en alto mi copa, rebosante de aplauso y de amistad. ¡Por la colección Devenir, para que dentro de veinticinco años podamos brindar de nuevo juntos por ella! ¡Por Juan Pastor, el infatigable y entusiasta editor que la ha hecho posible! ¡Por la poesía que encierra y por la juventud que evoca en nosotros, veinticinco años después!  ►(A inicio)

LUIS ALBERTO DE CUENCA
4 de enero de 2009



Miguel Florián

 MIGUEL FLORIÁN, AUTOR DE: LOS MARES, LAS MEMORIAS

 Me siento un poeta “de” Devenir. Seguramente, de no haber sido por el interés que Juan Pastor mostró hace 16 ó 17 años por el poemario inédito Los mares, las memorias, la poesía se hubiera perdido para mí. Yo ya era talludito y desconfiaba de mis poemas. Aunque escribía desde los 16 años sólo había publicado algunos pocos en revistas (Fin de siglo, Contemporáneos…). Recuerdo cómo Juan me telefoneaba insistiendo en que debía publicarlo, ya fuera en Devenir, ya fuera en otra parte. Se publicó en Devenir y aún le agradezco la confianza que entonces depositó en mía. Gracias de nuevo, Juan.

Devenir cumple 25 años y ello se debe al tesón, al enorme esfuerzo realizado por Juan. Esfuerzo, por otra parte, bastante desinteresado.

Sorprende echar una mirada a la amplia y exigente nómina de autores  que aparecen en su catálogo. Hay en ella auténticas joyas de la poesía. Por ejemplo Estoy escuchando a Estambul de Orhan Veli, La imagen desnuda de Artur Lunkdvist, poemarios de Tundidor, de Álvarez Ortega… ah, por cierto, aprovecho la ocasión para recomendarles la excelente traducción hecha este excelente poeta cordobés de parte de la obra poética O. V. Milosz…

Gracias Juan porque exista Devenir y espero que continúe bastantes años más.

MIGUEL FLORIÁN                                                                                                   
►(A inicio)
pProfesor y poeta
Sevilla, 20 de noviembre de 2008



Rafael de Cozar

 

 


Inviotación mesa redonda sobre la "política poética de la utopía en Sevilla

 

 

 


La Carbonería de Sevilla. Día 11/12/08

PROPUESTA DE RAFAEL DE COZAR
ARTE Y UTOPIA

Buena parte de la dedicación artística es en esencia utópica, pues parte, como señaló Baudelaire, de la base de la destrucción de la realidad para construir otra, es decir,  reescribir el mundo, pero también hay líneas estéticas cuya base es contar el mundo, anotarlo, describirlo. Entre esas dos líneas de fuerza se mueve la mayoría de la producción artística, desde la ortodoxia a la heterodoxia, desde el realismo a las vanguardias.  En todo caso, como ficción, el arte es, frente a la historia, una mentira, un mundo soñado, no sucedido y, a menudo, imposible de suceder.
Si elimináramos de la historia del arte todo aquello cuya motivación no fue esencialmente artística, es decir, el arte como ilustración de las ideas morales, religiosas, ideológicas, el “deleitar aprovechando”, la función pedagógica, etc, nos quedaríamos con un museo muy reducido, del mismo modo que el arte del paleolítico y el neolítico nada tuvo que ver con el arte, sino con el rito, la magia y la “religión”.
En cada época la función artística ha ido cambiando, de modo que a casi toda la prosa narrativa del siglo XVIII, o buena parte de la novela realista del XIX le llamaríamos hoy ensayo, estudio sociológico, psicológico, etc.
Obviamente la poesía, dentro de las fórmulas literarias, pertenece más de lleno al ámbito de la utopía, a pesar de aquellos que creyeron que la “poesía es un arma cargada de futuro”, cuando casi todos los poetas andaluces han sido conscientes de que ni es un arma, ni va cargada, y que para cambiar el mundo hacen falta tácticas e instrumentos más inmediatos.  Tema aparte es su proyección, su difusión, su reconocimiento público, tratándose de un género en este punto obviamente menos exitoso que la narrativa, e incluso que el teatro, por mucho que se le coloque en la cima de la literatura.
Pero la utopía lo es en la medida de que resulta algo inalcanzable, lo que no impide acercarnos al límite de lo posible. Si es del todo realizable, es tan sólo una aspiración, que puede realizarse, o no, pero está fuera de la utopía.  De aquí que cada obra  de arte debería ser un experimento que abre el camino hacia el siguiente, el cual anula al anterior en el proceso del artista.
Pero en la realidad suele ocurrir que si el último “experimento” funciona, tiene éxito, el artista se inclinará a repetirlo, de modo que se paraliza su investigación.  En este sentido el artista pasa al sistema, se integra y forma parte de él. De hecho la vanguardia, que partía de la utópica intención de acabar con el arte como parte del sistema, terminó totalmente integrada en él, formando parte de los mismo museos que pretendía destruir (Futurismo, Dadaismo, etc.).
El mundo hoy industrializado, globalizado, parece insinuar que la utopía, siendo en esencia imposible,  ahora ni siquiera permite moverse en la franja de lo posible.  En este punto algunas de las grandes utopías históricas, la cristiana o la marxista, han terminado ahogadas por el sistema. El arte tal vez es uno de los pocos campos que nos quedan en lo utópico.          
 
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RAFAEL DE CÓZAR
Universidad de Sevilla
Un(glosa/resumen de mi intervención en la mesa redonda “La poesía al otro lado de la Red”, que tuvo lugar en la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid el día 6 defebrero de 2008)iversidad Politecnica de madrid

 


 

 
Asunción Monzón
Círculo de Bellas Artes de  Madrid, el día  2 de Abril   de 2008  

 

 

 


Devenir poesía Número 190

LA CREACIÓN POÉTICA
Una exploración que nace y crea, hasta que aparece el texto poético

ASUNCIÓN MONZÓN

El estado previo a la creación del texto poético en sí, es, al igual que García Lorca decía: “si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios –o del demonio-, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo”. Sin duda el proceso creativo es un trabajo difícil, implica efectivamente un gran esfuerzo y derroche de energía, pues inicialmente en mi mente sólo aparecen imágenes semejantes a las que se nos producen en los sueños o en ese estado previo de semiinconsciencia. Dichas imágenes se agazapan en mi interior, me golpean continuamente durante mucho tiempo, muerden por dentro y de alguna manera buscan salir, tener un orden del que carecen en ese estado previo a la palabra. Es justamente ésta –la palabra- quien empieza a dar forma a ese caos interior, es ella quien permite una exploración más profunda de uno mismo y de los demás, hasta que finalmente, nace, se crea y aparece el texto poético.
Y como dice Pedro Salinas en La defensa del lenguaje: “el alma humana es misteriosa y en todos nosotros una parte de ella, es decir, parte de nosotros se recata entre sombras… y el lenguaje nos sirve de método de exploración interior, ya hablemos con nosotros mismos o con los demás”.
Por tanto, uno escribe, o al menos yo escribo por pura necesidad de traer, sacar a la luz, como dice Salinas ese alma, ese interior que se esconde entre sombras con el fin de entenderlo y comprenderlo mejor. La creación se convierte así en una forma de indagar, de aprender y conocer algo  más sobre uno mismo y sobre lo que nos rodea. Pero ese aprendizaje, en el caso de la poesía no se hace desde la razón, sino desde la emoción, desde el sentir, desde el pálpito poético. Escribir se convierte así finalmente en una forma de vivir de manera más intensa, “escribir es vivir”, titula José Luis Sampedro uno de sus libros.
Dicho esto, me gustaría señalar que el escritor se nutre generalmente de una experiencia vivida, sin que esto implique que éste traslade a su obra su vida. Más bien, uno se sitúa frente a esas imágenes a las que antes aludía,  sin entenderlas muy bien, proyectadas de forma difuminada sobre un espejo y busca una explicación para el conflicto interior que le están provocando interiormente, se debate con ellas aunque no siempre encuentre  una posible resolución.
Por tanto, la creación nos va explicando, nos ofrece un conocimiento y un aprendizaje del que carecíamos al principio, y así al final uno va haciendo la obra y la obra  le va haciendo a uno en tanto en cuanto nos ofrece una comprensión de nosotros de la que antes carecíamos. La palabra poética nos aporta un conocimiento y una comprensión, pero también, volviendo a Salinas, tiene un poder curativo en tanto que nos salva de esas “sombras”, de esas imágenes que dejan de morder, nos liberamos de esos fantasmas a los que finalmente damos otra luz, una luz que si está creada con acierto nos conmueve y puede vivir en otros en la medida en que también a ellos les puede llegar a conmover. 
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Pedro Olaya

 

 

 

 


Devenir número 227

 

 

 

 

 
Acpecto de la sala

 

 VIGILANTES DE LA NADA 
Sobre Uun hobre crepuscular" de Ricardo Ruiz Nebreda

PEDRO OLAYA

Ricardo es mi amigo y escribe poesía. Yo también. Pero Ricardo y yo no somos poetas amigos, si no amigos desde hace más de treinta años que da la casualidad que ambos escribimos, cosa bien distinta.
 
En estos momentos me vienen inmortales recuerdos de nuestra mocedad. Nuestra ilusión de niños ya viejos, nuestro extraño asombro ante todo, nuestro romanticismo puro y simple. Abominábamos de la poesía social y nos lanzamos como desesperados al túnel de la elegía. Ahí vimos la luz, y como decía Eliseo, la luz era la del tren que nos devoró. Si, éramos idealistas, si éramos soñadores, y afortunadamente lo seguimos siendo.
 
Ahora, alzo la mirada, y poco más hay que decir. La mayoría han desaparecido. Quedamos unos pocos. Seguimos escribiendo, tal vez para saber que estamos vivos, para registrar ante un espejo imaginario nuestros sueños y nuestros fracasos.  La batalla sabemos que la hemos perdido. Construimos palabras porque estamos solos, porque queremos hablar con alguien. Volvemos porque nos hemos perdido.
 
Nuestra poesía es diferente porque somos personas distintas, pero hay algo en común, algo elegíaco, fatalista que las une. Por eso cuando Ricardo habla de mis libros parece que hablase yo. Así me sucede a mi ahora mismo, cuando me enfrento a su último libro. El hombre crepuscular.
 
Conocido mi espíritu asocial y mi usura para los cenáculos literarios, me puse a leer hace tiempo el libro ahora presentado y sin quererlo me puse a pensar también en Ricardo y su mínima / máxima forma de escribir. Este es el resultado:
 
El hombre crepuscular es una idea construida con textos, no poemas aislados para que parezcan un libro (cosa harto frecuente y mediocre  en este gremio). Da la sensación que para Ricardo la poesía es la creación mínima de objetos de arte cuya materia es el lenguaje y el silencio. He aquí una obviedad importante.
Es curioso y pertinente matizar como a lo largo de los años la poesía de Ricardo ha ido abandonando palabras, para hacerse prácticamente inasible, sólo permanece un extraño silencio. Construye silencios, y como todos sabemos el silencio es irrevocable.
 
En cuanto a la especie artística, parece claro que se trata de una escritura, de un arte en el tiempo, mejor aún; de un arte en la memoria. Tenemos, pues, temporalización y memoria por datos necesarios de su obra poética.
 
Ricardo parece siempre estar recordando, y perdiendo dulcemente, pero amigos: ¿no es así la vida? 
    
La temporalización le posibilita una conducta musical del lenguaje, es decir, una composición en el tiempo. La composición es sentida por la memoria, es comprendida precisamente por la memoria de los sentidos. De otra manera: el discurso se hace memorable precisamente a causa de esta composición y es la memoria la que posibilita la existencia física del poema.
 
Ricardo se congratula con una puesta en escena mínima. Sus personajes son seres fantasmales pero tiernos. Ricardo siempre está al borde de la extinción, pero les perdona a todos en virtud de su bondad. Su bondad, que no es sino la sombra de una tierna y nerviosa personalidad.
Sí, es cierto Ricardo ha perdido Todos hemos perdido. Ese es el lento engranaje de la vida: la pérdida. Pero Ricardo como otros rentabiliza sus derrotas y se alegra de ellas. Así pues Ciorán tenía razón. 
 
Tiempo y memoria son activos también a la hora de dotar contenido a sus  poemas. Advertimos que, en la creación –o en la lectura– del poema existen siempre, explicitados o no tiempos de referencia (tiempos en los que tenemos memoria de realidad, de experiencia) y ello nos proporciona los asuntos, la materia y la articulación del intelecto.
 
No me quiero poner demasiado serio, pero no me ha quedado otro remedio. Vivimos tiempos de decadencia a todos los niveles. Y ahora que todo el mundo escribe, creo que es lícito y ético matizar que es realmente escribir. Escribir no es la trascripción de lo que se habla. Ni siquiera hacer palabras lo que se piensa. Escribir es otra cosa. Es algo mucho más complicado. Es algo que en este momento nos llevaría demasiado tiempo en explicar. Y no es momento ni lugar.
 
Ricardo intuye, parece saber que en la vida hay pocas oportunidades para ser feliz, que cuanto más vives es peor. Este libro supura todo esto, pero sobre todo resume el pensamiento, para hacernos, en este caso hacerme resumir que este libro nos dice algo así como que al final uno se da cuenta que no vivido la vida que ha querido. Si no la que te ha impuesto tu propio miedo.
 
En este libro hay también renglones que nos declaran que toda la actividad literaria de Ricardo Ruiz se deduce de la contemplación de sus actos en el espejo de la muerte. Y cabe una segunda deducción (verificable o no) su poesía y la mía estuvo siempre en la perspectiva de la muerte.
 
 
Ahora me viene a la memoria sus palabras cuando publique Grandes Éxitos y el inauguraba su camino con Kilómetros de Nostalgia. Palabras hermosas, pero sobre todo bien escritas, y es que siempre he pensado que la prosa de Ricardo es excelente, y él se auto impone el verso y sus silencios como cilicios para arrastrar mejor su desconsuelo.
A veces pienso que Ricardo es un gran prosista, pero él sabe que es poeta, y ante tal tesitura no le ha quedado otro camino que andar por la vida así: fiel a si mismo, leal a su verdad, como un místico sin fe. Creo que esto es lo más importante que he dicho esta tarde.
Por eso, por ser poeta, y por ser fiel a su destino: Su lenguaje es básicamente oralidad y la oralidad es física. Sus composiciones poéticas fortalecen esta consistencia física, que por otra parte son inseparables de la significación. Ésta, a veces, clara, enigmática o paradójica, pero siempre contaminada de energía sensible.
 
Este libro, y espero que todos lo entiendan nos regala la excesiva e insólita presencia de dos componentes: arena y sintaxis: los significados se sienten, y la sintaxis poética es una sintaxis para la sensibilidad.
 
La poesía para Ricardo intensifica su vida y él vive en esa intensificación como una forma de placer. Esa intensificación y ese placer son independientes de la significación: la poesía fundamentada en el sufrimiento genera también placer,
 
Por eso aquí estamos Aquí está una vez más Ricardo. Como hombre entregado a una pasión inútil se arroja una vez más a este incendio universal de la palabra impresa y encuadernada.
Disfrutad de sus páginas antes de que os devoren. Todos sabemos que la vida es así. Por eso pretendemos huir. Y, de sobra sabemos, que no sirve de nada.
Para mi caso  y estoy casi seguro que para el de Ricardo y en relación a cuanto antecede, quiero hacer una afirmación, para concluir, que me costara mucho enmendar: La poesía en rigor no refiere ni se refiere a una realidad, a no ser de modo secundario.
 
La poesía –lo diré de una vez– crea una realidad y engendra conocimiento, el conocimiento por ella creada que no se da ni puede ser dicho fuera de ella. Lo que ella dice es lo que no se dice de otro modo. O algo parecido que dijo Suñén. Así que amigos leed este libro e imaginaos de cualquier modo, pero recordad que Ricardo no puede ni quiere decirlo de otro modo.
 
Hace años, y ahora si que es el final, me llamo la obsesión del desierto, desierto que para ser totalmente sincero con vosotros se percibe en todo este libro. Pero el desierto no estaba solo, había también un ideal, había un sueño. El mismo que habita en este libro. Y sin sueños, sin un ideal no somos nada. Nos quedamos aquí para morir, porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desilusionamos. Volvemos porque nos sentimos perdidos. Morimos porque es inevitable.
En definitiva vigilamos la nada muy a gusto. Los seres crepusculares, las industrias y las autopistas de la tristeza. Gracias Ricardo, gracias señor Ruiz. 

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PERDO OLAYA
Texto de presentaciñon del libro de Ricardo Ruiz "Estación Lactante" en Burgos el día 22 de junio de 2009.


   PROPUESTA DE FRANCISCO SERRADILLA

1.-SOBRE EL LIBRO ELECTRÓNICO

Antes de nada intentaré definir qué es el libro electrónico, ya que hay mucha c
onfusión en esto. El libro electrónico, en contra de lo que piensa mucha gente, no es un libro "para ser leído en el ordenador", y tampoco es un libro "para imprimirse en papel". Son éstos dos errores conceptuales que provienen de la adaptación directa del viejo concepto de libro en papel. La ley del libro (10/2007) lo define como "obra científica, artística, literaria o de cual¬quier otra índole que constituye una publicación unitaria en uno o varios volúmenes y que puede aparecer impresa o en cualquier otro soporte susceptible de lectura". Y es precisamente en el soporte donde tenemos que centrarnos. O más bien, en el no soporte, es decir, en que el soporte puede ser cualquiera. La evolución de los soportes hará cada vez más cómoda, ubicua y versátil la experiencia de la lectura. Y éste no es precisamente el efecto producido por el ordenador.

Por tanto, podemos entender que la poesía y, en general, la literatura en la red, se constituye en fuente de información para ser trasladada a otros dispositivos más adecuados a la lectura que el ordenador o el papel.

En la acualidad ya existen varios dispositivos que proporcionan esta nueva experiencia de lectura. De ellos podemos destacar algunas ventajas importantes frente a los formatos tradicionales: la portabilidad (podemos llevar con nosotros cientos de libros en 100-200 gramos de peso), la posibilidad de adaptar el tamaño de la letra a voluntad, lo que posibilita la lectura a personas con problemas de visión, y la disponibilidad gratuita de miles de libros de dominio público.

Los dispositivos actuales aptos para la lectura de libros digitales son las "Personal Digital Assistant" (PDA) y los dispositivos basados en tinta electrónica. Vamos a centrarnos en estos últimos, por ser los de más reciente aparición (y quizá por ello menos conocidos) y por ser –a mi juicio– los candidatos con más posibilidades de dar el relevo definitivo a los libros en papel.

La tinta electrónica es una tecnología nueva que se basa en adherir a la pantalla bolitas microscópicas que son negras por un lado y blancas por el otro. Mediante inducción magnética se consigue que la bolita se pegue por un lado o por el otro, generándose en la pantalla un micro-punto negro o blanco, o inclinada, consiguiendo un punto gris. Esta nueva tecnología tiene algunas diferencias sorprendentes con la de las pantallas TFT, que son a las que estamos acostumbrados. La más importante es que sólo consume energía al pasar la página, de modo que la autonomía de los dispositivos es de varias semanas de lectura. La segunda es que se consiguen resoluciones mucho más altas, similares en experiencia de lectura a la de los libros de papel, y además son perfectamente legibles en exteriores. Algunos de los dispositivos de tinta electrónica más importantes son el Amazon Kindle, el Sony Portable Reader, el Cybook Gen3 y el Papyre. Éste último se comercializa en España. Para una comparativa de estos dispositivos puede consultarse el artículo en http://librodenotas.com/computacion/13163/dispositivos-de-lectura-de-libros.

Otro fenómeno interesante en la evolución del mercado del libro es la aparición de la "impresión bajo demanda". El lugar de referencia para esto es lulu.com, y una imitación española recientemente aparecida llamada bubok.com. En estos lugares los autores pueden crear sus libros digitales, que además podrán adquirirse en papel al precio fijado por el autor, haciéndose cargo la empresa del proceso de impresión y envío al destinatario final. La diferencia radical con el mercado tradicional de libros es que no hay tirada inicial, ni stock, ni gastos de edición. Cada libro comprado por el cliente es creado individualmente, cobrado y enviado al destinatario. El autor percibe un 80% de los beneficios, una vez descontado el coste de fabricación del ejemplar que, dependiendo del número de páginas, ronda entre los 5 y 10€.

¿Sucederá con los libros y los dispositivos lectores lo que en su día sucedió con la música y los reproductores de mp3? La verdad es que es de imaginar que sí, aunque el mercado del libro ha demostrado ser mucho menos dinámico que el de la musica, en parte quizá porque hay un sector conservador entre los lectores que se aferra al libro de papel. A pesar de ello es de prever que en un futuro cercano el papel irá cosiderándose cada vez más (entre otras cosas por factores medioambientales) como un artículo de lujo, con precios muy elevados y ediciones "de coleccionista".

2.- SOBRE LOS CONTENIDOS DIGITALES
En los países de ámbito anglosajón se está realizando un esfuerzo considerable por digitalizar y poner a disposición de los lectores la mayor cantidad posible de libros. Un ejemplo paradigmático es el Proyecto Gutenberg (
http://www.gutenberg.org), que cuenta ya con más de 30.000 libros de dominio público disponibles para descarga. En España, sin embargo, este tipo de iniciativas no están siendo impulsadas suficientemente. Aunque tenemos como referente la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com/), su principal limitación es que los libros se distribuyen casi exclusivamente en formato PDF, que no es especialmente adecuado para la carga en dispositivos de lectura, siendo más bien un formato pensado para ordenador e impresora, o en HTML dividido en capítulos, lo que hace que la descarga del contenido completo sea bastante tediosa. Una muestra más de que hay algunos errores de concepto en la promoción de contenidos digitales.

Evidentemente, también existen lugares en los que, sin ánimo de lucro, y por tanto amparandose en el derecho de copia privada existente en la legislación de algunos países, entre ellos España, es posible la descarga de libros que aún no están en el dominio público. Esta alternativa es especialmente interesante en algunos géneros, como la ciencia ficción, en la que los libros se descatalogan en apenas seis meses, cumpliendo la función de facilitar el acceso a la cultura, tan cacareado por algunos, y que a veces se confunde con el de promoción del mercado.

¿Significan la copia privada, la impresión bajo demanda y el libro digital el fin de las editoriales? Muchos editores y libreros piensan que sí, pero creo que es así porque en su momento se perdió el norte del verdadero significado de estas profesiones. El cometido profundo de libreros y editores es ahora más importante que nunca, y éste no es otro que el de actuar de selectores de contenidos de calidad para orientar al lector en medio de la avalancha de información que supone publicar, como sucede en España, más de 68.000 libros al año (fuente BBC: http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_6565000/6565711.stm). ¿Tiene esto algún sentido? En un país en el que apenas se lee (y aún menos literatura, por no decir poesía), ¿qué otros dineros fluyen para que se publiquen tantos libros? Dejo la pregunta encima de la mesa.

Un problema adicional para el mercado tradicional es la aparición de nuevos modelos de distribución de contenidos y de una nueva definición de propiedad intelectual, en la que todos los derechos no tienen por qué estar reservados. El la propiedad intelectual tradicional los derechos distribución, modificación y explotación pertenecían al autor y este podía ceder bajo contrato alguno de estos derechos a terceros. En el nuevo panorama de las licencias Creative Commons, por ejemplo, el autor puede por defecto ceder algunos de estos derechos a la comunidad, de manera que los trabajos puedan ser difundidos, modificados o vendidos por terceros sin necesidad de pedir permiso al autor. Naturalmente es el autor quien decide qué derechos cede y qué derechos conserva, estando estos últimos protegidos por la legislación tradicional.

¿Qué pasa con la poesía? Es comúnmente aceptado que la poesía no da rendimientos económicos al margen de los derivados de la promoción de la cultura por ministerios y ayuntamientos, así que los poetas se han volcado a difundir sus propios textos por la red. El razonamiento es: "si nunca gané dinero con mis poemas, ¿qué más me da distribuirlos abiertamente y al menos así seré leído?". En palabras de José María Guelbenzu:

«A un escritor que se ha dejado la vida en su escritura lo único que realmente le interesa es haberlo hecho, y también la perdurabilidad de su obra, por lo que tiene de indicador de que ha creado un mundo con vida propia que le sobrevive. Imaginemos ahora a cualquiera de los autores que se encuentran criando malvas si les despertáramos para decirles que los editores del presente se están aprovechando de su obra libre de derechos... porque ésta sigue viva en el día de hoy. El dominio público es un bien para el autor porque multiplica las posibilidades de ser leído en el tiempo, de estar en los catálogos de los editores. ¿Qué puede significar para él la hipotética malicia de tal o cual editor frente a la vía natural para el conocimiento de sus textos? Los muertos tienen otros intereses.»

3.- EL MERCADO Y EL PROBLEMA
Y como medio de financiación aparecen nuevas figuras: donaciones, mecenazgo, publicidad, esponsorización. El mercado tradicional de la creación está abocado a la desaparición, y en su lugar surgirán nuevos sistemas en los que lo único que está claro es la desaparición de los intermediarios. Los creadores harán llegar su obra directamente a los usuarios, porque si no lo hacen ellos lo harán otros con menos calidad y cuidado. Así que, ante este panorama, ¿Cuál es el papel de los libreros y editores?

De nuevo la respuesta es evidente. El librero de toda la vida conocía los gustos de sus clientes, estaba al tanto de lo que se publicaba y era capaz de recomendar a cada lector el libro adecuado. En el fondo podríamos pensar que estaba cobrando no por un fajo de papeles, sino por sus servicios y su conocimiento. Pero ese librero fue desapareciendo, reemplazado por grandes cadenas que vendían libros como si fueran salchichas. ¿Cuál es el valor añadido de estos libreros en el sistema? Ninguno. El editor de toda la vida seleccionaba cuidadosamente los libros que iba a editar; leía los originales y, aún en el caso de rechazar la edición, daba su opinión al escritor, recomendándole aspectos a mejorar en nuevas obras. Existían correctores de estilo que pulían los originales. Ahora se cobra al autor por editar los libros en las ediciones de vanidad, y los correctores han desaparecido (he visto libros con faltas de ortografía). ¿Cuál es el valor añadido de estos editores al sistema? Ninguno.

Pero, por otro lado, si cualquiera puede editarse su propio libro, el mercado se ve inundado por miles de publicaciones de baja calidad. ¿Y dónde queda el lector? ¿Puede un lector, que quizá lea quince o veinte libros al año, encontrar lo que pueda satisfacerle buceando en un mar de 68.000 libros publicados anualmente?

Y para empeorar un poco más el panorama, el crítico de toda la vida ha desaparecido. Los culturales de los periódicos solo reseñan los libros de las empresas de su grupo, y se han conocido casos de cese de críticos por ser precisamente críticos con algún escritor del "grupo". Pero si sólo son conservados en plantilla los críticos no críticos, ¿cuál es el valor añadido del crítico en el sistema? Ninguno.

Visto todo esto... ¿no ha cavado el sector su propia tumba?

4.- LA SOLUCIÓN: ENCONTRAR LA AGUJA EN UN PAJAL
Pienso que la solución, y el modelo de negocio del libro en el futuro, pasa por la reactivación del papel originario de estos tres colectivos: el editor, el librero y el crítico. Es más que nunca necesario su esfuerzo para distinguir el grano de la paja. Es imprescindible un resurgimiento de las labores de filtrado de la información que realizaban estos colectivos: el editor para rechazar los malos candidatos a libro, el crítico para rechazar los malos libros que dejó pasar el editor y para hacer ver las virtudes e innovaciones de los buenos libros, y el librero para conocer a su cliente y saber qué libro encaja con qué persona.

Estos tres roles pueden ser realizados por humanos o en su defecto por sistemas computacionales. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.          (Volver a inicio)         (Volver)

FRANCISCO SERRADILLA
Universidad Politécnica de Madrid
(Glosa/resumen de mi intervención en la mesa redonda “La poesía al otro lado de la Red”, que tuvo lugar en la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid el día 6 de febrero de 2008). Universidad Politécnica de Madrid


 PROPUESTA DE DIONISIO CAÑAS

El problema de la aceptación de los textos generados por computadoras reside en que el lector sólo ve detrás de ellos una fría, insensible e inerte máquina sin "autobiografía. Pero si el lector aceptara con naturalidad el simple hecho de que toda nuestra humanidad está en las palabras, no en quién o qué ha generado esas palabras, pronto caería en la cuenta de que el poeta es el lector. En el campo de la poesía, tarde o temprano, se irán incorporando cada vez más los mundos virtuales producidos por máquinas, sin que por eso desaparezca el indiscutible placer solitario de leer un libro. Aunque sigamos admirando los maestros antiguos, llegará un momento en que la producción poética, ya sea humana o robótica, será tan abundante que el lector, el verdadero creador último, se olvidará de tantos autores, justamente mitificados por la historia de la literatura, para asumir que la poesía la hacemos entre todos y que, sí, que nos podremos emocionar con un poema de amor escrito por un ordenador.
Fragmento de “¿Puede un ordenador escribir un poema de amor?”             
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Dionisio Cañas y Carlos González Tardó
(Glosa/resumen de mi intervención en la mesa redonda “La poesía al otro lado de la Red”, que tuvo lugar en la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid el día 6 defebrero de 2008)


 PROPUESTA DE PABLO GERVÁS
¿Harán las máquinas poesía?

Con la adopción masiva de Internet como mecanismo de comunicación, poco a poco las máquinas han ido ampliando los papeles que juegan en la cadena de la literatura.

Hubo un tiempo en que a nadie se le ocurriría almacenar en una máquina nada destinado a que alguien lo leyera. Ahora, si alguien quiere que se lea un documento, casi lo más importante es colgarlo en un servidor para que esté accesible en Internet.

Antes, cuando uno quería que le recomendaran algo que leer, acudía a un librero o a un bibliotecario, jamás se le habría ocurrido encomendar una tarea asi de delicada a una máquina. Hoy en día ocurre lo contrario, a nadie se le ocurre pedirle a otra persona que le recomiende documentos para leer, pudiendo pedirselo a Google. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: ¿qué persona es capaz de leerse 40 millones de documentos y ordenarlos por orden de relevancia para lo que se pedia? Pero para Google no es problema. Programas de indexación (crawlers) se dedican todos los dias a recorrer la red, leyendo todo lo que encuentran y almacenándolo clasificado para que pueda ser recomendado a quien pregunte por ello.

En cierta manera, esto supone que el mismo papel de lector ya lo hemos delegado en las máquinas. Al menos aquel papel que antes hacían los libreros o bibliotecarios, leyéndose los libros antes que nosotros para poder recomendarnoslos o no.

En este contexto, ¿de verdad resulta tan descabellado plantearse el que llegue un momento en que la tarea de escribir se empiece a delegar en máquinas? Quien haya respondido que sí, que piense otra vez. De hecho, a día de hoy, un porcentaje elevado de los contenidos disponibles en Internet es lo que se llaman 'contenidos dinámicos', es decir, páginas que no han sido escritas por personas sino que los servidores componen de manera automática bajo demanda para satisfacer determinadas consultas de los usuarios.

El paso ya está dado. El resto es solamente una cuestión de refinar las tecnologías. Según las tecnologías capaces de generar texto se vayan refinando, el tipo de textos que se generan automáticamente en lugar de estar compuestos por humanos y almacenados para ser servidos se ampliará progresivamente.

¿Llegará este proceso a alcanzar a la poesía? Hay distintos argumentos que deben ser tenidos en cuenta para poder responder a esta pregunta.

Por un lado, la poesía puede considerarse lo más excelso que se puede generar en texto, y por tanto más allá del alcance de lo que puede llegar a concebir una máquina.
Por otro lado, el texto poético es, de todos los textos, aquel que más posibilidades tiene de dar lugar a reacciones encontradas en distintas personas. Ante el mismo poema, una persona puede encontrar belleza al mismo tiempo que otra persona solo encuentra caos incoherente, o, peor aún, tedio.

¿Para qué sirve un poema? No entremos a valorar (por dificultosa) la cuestión de para qué le sirve al poeta un poema. Pensemos en para qué le sirve al lector. Supongamos que se pudiera encontrar una definición de ese servicio que aporta el poema. O, sin complicarnos tanto, pensemos que pudiera haber una manera de valorar si un poema proporciona ese servicio o no. En primer lugar, semejante función de evaluación tendría que existir en versiones específicas para lector. En segundo lugar, probablemente para cada lector tendría que existir además en versiones distintas para cada momento de su existencia, o para cada estado de ánimo. Esta descripción del problema tiene dos lecturas posibles. Por un lado, da la impresión de que estamos ante un problema complicado, muy dificil de definir. Pero a la vez, está claro que el poema que "acierta" para un lector en un momento determinado, tiene grandes probabilidades de "fracasar" para el mismo lector en otro momento, o "fracasar" para otros lectores. Y no por ello dejará necesariamente de ser un buen poema. Es decir, que estamos ante un problema con unos márgenes de tolerancia ante el fracaso muy muy grandes.

Evidentemente, los grandes poemas serían aquellos que aciertan en todo momento o para todo lector. Pero, ¿cuántos hay en realidad de esos? O, mucho más relevante para este argumento, ¿cuántos que no son de esos estamos dando por buenos si los han generado autores humanos?

¿Llegara un momento en que las máquinas puedan escribir poesía? Mi papel ante esta pregunta es el de un ingeniero que trabaja para resolver el problema. Como ingeniero, no creo en los problemas irresolubles. Cualquier problema que se pueda especificar bien se puede resolver. Lo que sí que existe son problemas enormemente complejos. Esto a veces confunde a la intuición humana. ¿Qué diría una persona crecida en el siglo XIX ante la pregunta de si el hombre puede llegar a la luna? Probablemente se reiría, diría que es imposible. El viaje a la luna presentaba entonces un número altisimo de obstáculos que lo hacían imposible. Pero poco a poco aquellos obstáculos fueron resolviendo, y, en un momento histórico concreto, el saber acumulado permitía reunir soluciones para todos los obstáculos. En ese momento, el viaje a la luna empezó a ser posible. El papel del ingeniero es ser capaz de darse cuenta de cuando ha llegado un momento asi, y poder reunir todas esas soluciones en un único proyecto que consiga el objetivo. Pero a veces es necesaria otra figura, la del investigador que identifica el problema y decide empezar a intentar resolver los obstáculos.

La historia del progreso científico se caracteriza por oscilaciones entre el planteamiento de ambiciosos fines como si fuesen a ser posibles de modo inmediato, y la ardua tarea de ir eliminando obstáculos para poder hacerlos posibles. Tambien hay investigación de otro tipo, orientada a resolver solamente pequeños problemas, no porque sean obstáculos para nada concreto sino porque se sospecha que pueden tener solución inmediata. Las dos maneras de investigar son positivas. Pero la primera es más romántica. 

En mi caso particular, plantee el proyecto hace mucho tiempo. ¿Podría construirse un programa que a partir de una idea generase un poema? Por aquel entonces lo que me pareció más abordable fue modelar los mecanismos del ritmo, la métrica y la rima. Desarrollé un programa (WASP, the Wishful Automatic Spanish Poet) capaz de generar versos métricamente correctos. Pero resultaba muy dificil reproducir el concepto de darle una idea al programa para que basara sobre ella el programa. Esto constituía un problema importante: si el programa partía de cero, resultaba muy dificil demostrar que había compuesto el poema (en vez de simplemente recuperarlo de una base de datos de poemas compuestos con anterioridad); si se pretendía que el programa se ajustase a una idea dada por el usuario, entraban en juego problemas muy dificiles de resolver, porque el programa tendría que ser capaz de leer y entender una descripción de la idea, de encontrar elementos que relacionar con ella, identificar los posibles ingredientes emotivos a utilizar, y organizar el material resultante de manera adecuada.

De aquel proyecto extraje conclusiones acerca de los obstáculos que todavía quedaban pendientes de resolver. En mi lista tengo todavía unos cuantos: el tratamiento del  significado (cómo representarlo, cómo entenderlo, cómo razonar sobre él), la  creatividad (cuándo es creativo un proceso de creación), que el programa sea capaz de generar lenguaje correcto (tener nociones de gramática y morfología), o cómo representar y manipular el contenido afectivo. Sobre muchos de ellos seguimos trabajando a día de hoy en el grupo de investigación NIL de la Facultad de Informática de la Universidad Complutense de Madrid. Si algún lector interesado quiere consultar el trabajo realizado, las publicaciones científicas a que ha dado lugar están disponibles en la página web del grupo http://nil.fdi.ucm.es

En general se puede decir que los progresos son distintos en cada uno de los ámbitos. Para la métrica el programa WASP obtenía ya resultados razonables. En  los últimos años hemos mejorado mucho la capacidad de nuestros programas de generar texto correcto, a base de dotarlos de conocimientos generales sobre lingüística. En la actualidad investigamos sobre distintos mecanismos para representar el significado de las palabras que permitan razonar sobre ellas, sobre maneras de representar contenido emocional, y sobre las posibilidades de conseguir resultados creativos de manera automática. Este último campo ha ido cobrando importancia en los últimos años, y ha dado lugar a un campo de investigación con derecho propio que se ha venido a llamar Creatividad Computacional. En el mes de septiembre de 2008 se celebra en Madrid el 5º encuentro sobre Creatividad Computacional http://www.fdi.ucm.es/cc2008

Una vez dicho todo eso, la posibilidad de que un prograrma genera un poema que satisfaga a todos los lectores en todos los momentos sigue siendo remota.  Pero vamos poco a poco reduciendo el número de obstáculos que nos separan de ese momento. Cuando se hayan superado estos obstáculos, construiremos otro prototipo. Casi seguro que tampoco será perfecto, pero nos dará nuevos obstáculos que superar o nuevas ideas.                    (Volver a inicio)         (Volver)

PABLO GERVÁS
Facultad de Informática
Universidad Complutense de Madrid
 
(Glosa/resumen de mi intervención en la mesa redonda “La poesía al otro lado de la Red”, que tuvo lugar en la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid el día 6 de febrero de 2008). Universidad Complutense de Madrid



Yolanda Argudín

 QUÉ RECORDAR
Yolanda Argudçin

Qué recordar de ti ahora que no importas, que a nadie le interesa ya siquiera utilizar tu nombre, que todo pasó, que fue hace tanto tiempo.
Cómo describirte, igual a Neruda, podría insinuar en un destello muy breve de la memoria, “eras hijo del mar y primo del mirto,” pero no soy poeta. Sí puedo afirmar que eras el oleaje, sin embargo esto nada explica, no cuenta sobre el día en que de incógnito regresamos y no podías esperar a que el barco entrara en la bahía y llegaste a nado al puerto, gritando ¡Volví! Tampoco habla del azul rabioso en el mediterráneo, ni de tu isla, ni de tu casa; no dice de las vides que colgaban sobre los maderos de la entrada, de ningún modo dibuja tu risa suelta de entonces, mientras comíamos bajo los racimos de uva; no te retrata a ti con la camisa abierta y los ojos castaños llenos de sol.
Una vez más podría repetir los hechos que conté mil veces, primero en la calle, luego en la comisaría, después a la prensa y a todos a los que hubo que informar. Hechos que esas mismas tantas veces fueron olvidados.  Y hoy, únicamente sé que no puedo, al menos, acordarme del color preciso de tu pelo.
Ahora eres un nombre barrido por la arena, a veces cubierto de hojas caídas, en un sitio muy pequeño y muy lejano que nadie visita.
Eras, ése es tu tiempo justo, eras.
A pesar de todas las predicciones y súplicas decidiste volver a tu tierra.
En esos días a tu madre le gustaba platicar que, cuando la ocupación nazi, había escasez de alimentos, tú sólo tenías tres años y sólo consiguieron darte leche de burra, de ahí, decía, lo imposible de que alguna vez cambiaras de idea.
Nunca pudimos disuadirte.
Hoy sé que de verdad creías en el sentido secreto del destino griego, en la transmutación del hombre. Nunca lo aceptaste, sólo son leyendas, te justificabas, pero te conducías como si lo creyeras.
Qué decir de ti en este momento, si únicamente recuerdo algunas imágenes, tu mano extendida, por ejemplo, mientras insistías una y otra vez, por favor lee la línea en mi mano y di que viviré cien años. Hubiera querido asegurar que vivirías cientos, en esas noches en que te veía reducido, enjuto, adivinando el rumor de un coche, de unos pasos tras la ventana, hasta tu grito al día siguiente por la mañana: No nos robarán las ansias y el aliento.
Puedo describir que más allá de la orilla, eras sólo ojos tras de las redes y el pelo te chorreaba sobre la frente. Pero nada dice de ti cuando el tren, la frontera, tú callado, el pasaporte lacio entre las manos húmedas. No aclara tus silencios después de las reuniones clandestinas. Cómo explicar qué hacías, qué esperabas, qué pretendías si no supe entenderlo, si únicamente sé que a veces olías a miedo.
Me es más fácil escribir que eras roca, clamor de olas, rayo candente, pero advierto que nada digo y no encuentro palabras para precisar lo que de ti intuía. Apostabas por la dignidad, expresándolo con el cuerpo y con tu mentón altivo. Recuerdo tus dientes apretados, los ojos violentos. Pero no puedo explicar más porque no supe entenderlo.
Tal vez si me esmero, alcanzo a reconstruir que en la playa te gustaba moldear la arena y dejarla escurrir por los dedos, que el sol te daba sobre la espalda iluminando tu piel y que cuando te reías, el brillo estallaba circundándote.
Puedo hablar de tu rabia cuando se intensificaron los arrestos y te enteraste de que te habían dejado solo. Eran los años terribles de la Junta Militar y tu padre y yo nos estremecíamos de miedo, inseguros de lo que podrían hacerte. Tú optabas por ir a la taberna y bailar, como Zorba, decías bromeando. Durante la noche entera bailabas en un reto, una catarsis, en una expiación, abstemio de vino y ebrio de furia.
El dinero, la fama te parecían palabras sucias. Querías algo mucho más difícil y complicado que el derecho a disentir, algo tal vez indefinible, por eso quizá de continuo escribías como deseando explicártelo.
Puedo recordar que por las noches suavemente me arropabas y que para evitar cuestionarte, preferías una película de dibujos animados a Pasolini. No te permitías una sola duda.
Aún puedo evocar que te asfixiabas lejos del mar. Eras el grito estridente de las chicharras en la reverberación de la tarde, la tierra yerma y el ímpetu del toro.
Me gustaría decir, sin más, eras piedra cortante, raíces, viento implacable, inquietud de tormenta y no empeñarme en relatar lo que sí recuerdo.
Por primera vez, durante el interrogatorio, tu idioma me pareció áspero, cruel. Nada pude decir. Creo que tú así lo habías calculado. Dije que, estando exilado en Italia estudiabas arquitectura y te atraían Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, Bruneslleschi, en ese orden; y que ya en tu tierra tranquilizabas a la familia y con ellos asistías al incienso, a las velas en la pequeña iglesia de techos rojos. Me dejaron ir.
Eras el cuerpo en acecho, la tensión de los músculos, el puño cerrado y la docilidad de tus grandes manos en mi nuca. En ti latía obsesivo, monótono, el zumbido de la música del bouzuki y la desesperación de su ritmo que encendía poco a poco las luces de las casas al anochecer, bajo los riscos, en la tierra caliza. Eras la desolación de la gente, el desafío de su mirada.
No sé más, así les dije, juro que no sé más que la sensación de mi quejido de animal cuando te ausentabas, que mis ansias de ti en cada momento, de ese dolor que, en tu falta, se volvía físico apretándome el vientre y me hacía repetir tu nombre como si rezara.
Aquella mañana estabas contento, quisiste salir a caminar por la calle. Creo que íbamos abrazados, el sol aparecía manso. Junto a nosotros transitó un coche, redujo su marcha, iba a nuestro ritmo. Me parece que no le dimos importancia, la luz cenital nos tranquilizaba.
De pronto un fogonazo.
Entonces, no supe por qué, fuiste la camisa enrojecida y la sangre fluyendo sobre el pavimento.
 En ese momento, no sé de dónde, llegó gente. Por primera vez no estuviste solo. Te rodearon diciendo tu nombre, susurrándolo, luego a voz en cuello. Un clamor se alzó colérico.
Entonces fuiste el cuerpo roto en brazos de tu padre, sus sollozos y el grito de todos.
Eras la indignación del pueblo y mi dolor. Eras el mar silencioso, la mano extendida, los ojos más allá de la orilla, el rayo destruido, los dedos flojos, piedra sin filo, toro victimado, una mirada ciega y mi dolor.
Hubo que repetir los hechos una y mil veces en la comisaría y a la muchedumbre. Algunos utilizaron tu nombre para incitar el movimiento o para sus propios fines. Un único periódico extranjero reconoció, en parte,  la verdad.
Finalmente se dio el fallo legal “Joven arquitecto muere en un accidente de tránsito”.
La arena empezó a cubrir tu tumba, y yo ahora apenas logro recordarte.

YOLANDA ARGUDÍN 
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Yolanda Argudín Nacó en la Ciudad de México.  Estudió y se doctoró en Letras en México y realizó un Postrado en la Universidad de Barcelona. Ha publicado en diversos suplementos y revistas literarias.Hha editado algunos libros de narrativa. Tiene publicados diversos libros basados en la investigación didáctica y literaria.

DIEGO JESÚS JIMÉNEZ

El pasado 13 de septiembre el poeta, escritor y pintor Diego Jesús Jiménez fallecía en Madrid.
Desde DEVENIR y en compañía de sus más íntimos, nos corresponde ahora dejar constancia de nuestra impotencia, nuestra rabia y profundo sentir.
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LUIS ALBERTO DE CUENCA
MIGUEL ÁNGEL CURIEL
JUAN JOSÉ LANZ
JAVIER LOSTALÉ

ÁNGEL LUIS LUJÁN
JUAN MANUEL MOLINA DAMIANI

MANUEL RICO
FANNY RUBIO
DEVENIR agradece el apoyo y colaboración de los componentes de esta sección.
Los derechos de todas las imágenes y textos que la componen son propiedad de sus autores.
VER IMÁGENES 


Imágen panorámica de Priego (Cuenca)

 
Diego Jesús Jiménez por Julián Grau Santos, 1961


Luis Alberto de Cuenca 

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 DIEGO JESÚS JIMÉNEZ

LUIS ALBERTO DE CUENCA

Se acabó el tiempo del poeta Diego Jesús Jiménez, o al menos este tiempo de aquí, trufado de miserias, de dolor y de miedo. No tengo duda alguna de que ahora se encuentra en un lugar menos siniestro que éste, más ventilado y luminoso, y nos contempla desde allí con aire compasivo y displicente, lamentando que sus amigos todavía surquemos, a duras penas, este océano de lágrimas que solemos —o suelen— llamar vida.
Este 24 de diciembre, cuando Diego hubiese cumplido sus primeros sesenta y siete años, ya no podré felicitarlo por teléfono, ni imaginar el Nacimiento que habría montado en Priego de Cuenca (porque Diego era un belenista consumado y ponía unos Nacimientos fantásticos en su casa de Priego), ni comentar con él nuestras mutuas y más recientes adquisiciones bibliofílicas. De la ausencia surge la desazón, y de la desazón el desconsuelo. A pesar de que —insisto— Diego se encuentra ahora en el locus amoenus que aguarda a todo aquel que siembra el bien a lo largo de su existencia.
Cómo no iba a sembrarlo. Cuando los adultos le preguntaban a Diego qué quería ser de mayor, él les contestaba, simplemente, que no quería ser mayor. Como el Peter Pan de Barrie, Diego Jesús Jiménez fue siempre un niño que prescindió por completo de la posibilidad de crecer. Se quedó a vivir en la plaza soleada de la infancia, rodeado de juguetes y de tebeos, confortado por la suave sonrisa de la madre y por el temple afectuoso del padre, que luego se murieron para que la mujer de Diego, la maravillosa Társila Peñarrubia, adoptase las funciones protectoras de ambos y siguiera dando cuerda al reloj de la infancia de su marido.
 Conocí a Diego Jesús Jiménez allá por 1970. Formaba parte de un jurado que me concedió un premio de poesía. Lo empecé a tratar muchísimo cuando fue trasladado a Editora Nacional, que dependía del Ministerio de Información y Turismo, a cuyo staff pertenecía. En Editora creó una colección de poesía, llamada “Alfar”, en la que publiqué dos libros. Por aquel entonces, Diego Jesús había obtenido ya el Premio Nacional de Literatura (con Coro de ánimas), que no sería el único, pues casi treinta años después obtendría su segundo Premio Nacional con Itinerario para náufragos. Antes había obtenido el Adonais con La ciudad. Por las fechas en que me publicó las mencionadas traducciones, vio la luz su Fiesta en la oscuridad, otro título memorable.
 Pero nuestra amistad no se limitó nunca a la mera relación entre poetas afines, sino a otra complicidad mucho más honda, la entablada entre ambos a propósito de los cómics. Diego y yo íbamos juntos los domingos al Rastro, en busca del tebeo perdido. Gracias a él pude completar mi colección de El Guerrero del Antifaz, de la que me faltaba un solo cuaderno. Fue él quien me puso en contacto con toda la frenética y delirante tribu de tebeoadictos que pueblan la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo y lugares aledaños en los días festivos, tribu en la que fui admitido de inmediato por obra y gracia de su intercesión.
 Sigue intercediendo, querido Diego, ahora, desde tu nuevo hogar en las estrellas, por quienes te quisimos en vida. Mientras volvemos a encontrarnos al otro lado del espejo, con tu nuera y contigo y con todos nuestros familiares y amigos fallecidos, míranos con benevolencia y alivia nuestro desamparo.

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Miguel Ángel Curiel

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A DIEGO JESÚS JIMÉNEZ

MIGUEL ÁNGEL CURIEL


Línea de la caña con dos anzuelos.
Parto la lombriz en dos, las prendo
como me enseñó el poeta del amanecer.
 
Que esta línea sea larga.
Sedal en la luz mojado
y resista el tirón bronco.
 
Que se doble la caña
hacia el corazón de uno mismo.
Que todos los días sean para ti.

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Diego Jesús Jiménez 

 

 

 


Diego Jesús Jiménez

 

 
Juan José Lanz

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 DIEGO JESÚS JIMÉNEZ
"LUGAR  DE  LA  PALABRA"

JUAN JOSÉ LANZ

 
            Ahora que se nos ha ido, empezaremos a darnos cuenta del inmenso hueco que nos ha dejado Diego Jesús Jiménez.

Para mí, Diego era casi más grande amigo que poeta, y ya es decir, porque (y a los premios que recibió en vida me remito) su calidad poética es indiscutible: Diego Jesús Jiménez es, sin duda, uno de los más grandes poetas españoles de los últimos cuarenta años y uno de los que mejor han sabido desentrañar la trabazón ideológica de nuestra sociedad contemporánea desde una estética que no renuncia nunca a la más alta calidad, pero tampoco a la denuncia de la hipocresía, al desvelamiento de los verdaderos motores de nuestro mundo; es más, en su obra (no sólo poética, sino pictórica y crítica), ambos elementos van de la mano, la estética es el modo de denuncia y de transformación utópica de una realidad que sólo cobra sentido cuando es soñada, que sólo se realiza cuando el ojo se desplaza más allá del límite impuesto por la línea (“La mirada / sólo es capaz de contemplar el mundo / cuando abandona el cauce que la línea le ofrece”). Hay una metáfora, casi un símbolo de su obra, que se repite en la poesía de Diego: el color que se transfiere al cuadro, como en la pintura del Greco, en la de Zurbarán o en las cuevas de Altamira, procede de la impregnación de la materia natural en el lienzo o en la pared, que así se transustancia en sueño, en arte, y que revierte en la realidad de la que nace para transformarla. Así, su poesía; así, su obra toda. No hay una línea que separe la realidad del arte: ésta es soñada (de ahí la dimensión utópica de su obra y su conciencia dialéctica de la Historia) en la obra que se transforma y la transforma, para avanzar en un misterio que se expande, cuyo desvelamiento siempre está más allá. Ésa es la gran lección que aprendió del Barroco, del Manierismo: el ojo que se acostumbra a la línea, miente.

Pero es al amigo y no al poeta al que quiero recordar, porque de éste me quedarán sus versos para siempre. Tampoco había una línea que separara al Diego Jesús Jiménez poeta, del amigo. Diego era, como su poesía, transparente, entregado, cálido e invencible luchador contra la injusticia y la hipocresía. Quien entraba en su casa como quien entraba en su poesía, sabía que era para quedarse: Diego se lo daba todo, se lo entregaba todo, sin ambages, sin reservas. Se podía discutir con él, se podía estar en contra de algunos de sus juicios, de sus opiniones, etc. pero no se podía estar en contra de su sinceridad y de su entrega. Su poesía y su pintura nos lo muestran tal cual era: constante buscador, soñador utópico y evocador casi proustiano de una nostalgia infantil, crítico y desvelador de la hipocresía del mundo, hombre y artista de una sola pieza. En Diego no había poses, como tampoco las hay en su obra; no había máscaras, porque era auténtico, como su escritura.

Me gusta evocar cómo conocí a Diego hace casi veinte años, porque creo que muestra muy bien cómo era. Por entonces, yo era un joven doctorando que preparaba mi tesis sobre la poesía de los años sesenta-setenta y simultaneaba mi investigación con alguna labor crítica aquí y allá. Había descubierto los poemas de Diego Jesús revisando las páginas de la revista leonesa Claraboya, publicada en los años sesenta, y me había quedado sorprendido de que un poeta tan deslumbrante, que había conseguido con menos de treinta años el premio Adonais y el Nacional de Literatura con sus dos primeros libros, La ciudad y Coro de ánimas, hubiera desaparecido prácticamente del mundo poético. En el tráfago de la Transición, había quedado casi oculto su inmenso Fiesta en la oscuridad. Fue una tarde de entonces, cuando volviendo de la Biblioteca Nacional encontré en una librería cerca de la calle Mayor Bajorrelieve, que había obtenido el Premio Juan Ramón Jiménez y acababa de publicarse. Compré y leí de inmediato el libro: Diego Jesús Jiménez no sólo no estaba desaparecido (o muerto, había llegado a pensar en algún momento), sino que era capaz de escribir un libro como aquel. Reseñé el libro en El Urogallo, donde colaboraba por entonces. Al cabo de unas semanas, José Antonio Gabriel y Galán, el director de la revista, me entregó una carta a mi nombre que había llegado hacía unos días a la redacción de la revista: era precisamente del autor de Bajorrelieve. Diego me decía allí que le había gustado mi comentario y me contaba otras cosas sobre sus largos silencios, su lenta escritura, sus depresiones, etc. Creo que le contesté o le llamé por teléfono. Sé que nos vimos y hablamos en Madrid, y luego en Cuenca, y más tarde en Priego y mucho después de nuevo en Madrid, en su casa, en los Vips que frecuentábamos, en la cuesta de Moyano, en Santander, y en Priego y otra vez en Priego y siempre en Priego, verano tras verano, hablando, confesándonos, contándonos cosas que sólo él y yo sabemos, y en tantos sitios… 

Recuerdo luego la aparición de Itinerario para náufragos y el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura y la celebración de amigos en su casa de Madrid, con una Társila siempre a su lado, siempre también a nuestro lado. Társila y Társila María, Diego y José Manuel, sus hijos, que casi son de mi quinta, fueron junto con Diego mi segunda familia en Madrid. Creo que eso lo dice todo. Pero también fueron una segunda familia para ese grupo de amigos, bien diversos, que Diego y Társila consiguieron hacer, logrando que las relaciones entre todos nosotros fueran de verdadera fraternidad. No es extraño, pues, que hoy nos sintamos todos huérfanos al haber perdido a ese amigo infinito que fue, es y seguirá siendo Diego Jesús Jiménez.

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Javier Lostalé

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EL CAUCE HONDO DE LA MEMORIA

JAVIER LOSTALÉ

 Quien ha empañado el lenguaje  del sonido medular de la existencia; quien ha hecho de la memoria espacio y tiempo en tensión, lecho hondo habitado hasta la conciencia, y de lo telúrico biografía; quien ha sentido la iluminación del origen  y ha borrado fronteras entre lo individual y lo colectivo; quien se ha enfrentado a la Historia desde la desnuda condición humana y ha creído en el pulso salvador del Arte; quien en su obra ha integrado con la misma respiración lo visible y lo invisible, lo real y lo mágico, la ética y la estética; quien ha trepanado el lenguaje hasta  bañarse en sus imágenes y despertar el cuerpo de las sombras; quien ha concebido la creación poética como un modo de ser en plenitud , nunca en solitario, sino acompañado por tantos desheredados, víctimas del poder  o humillados;  quien ha tocado el misterio de la copulación entre el amor y  la muerte; quien ha dotado a sus poemas de una simiente oral y ha hecho germinar en ellos la mirada, pues la escritura se nutre de la contemplación(no olvidemos que quien mueve la mano es también un pintor);quien reuniendo todo lo hasta ahora dicho aspiró a lo absoluto abrazando la realidad con todos sus pliegues hermosos y terribles, es un poeta esencial. Diego Jesús Jiménez lo fue hasta su muerte, y sin tiempo lo será. Su obra, creadora de un universo mítico, pues siempre renacido de sus fuentes primeras, “iluminará nuestros sentidos”(parafraseo el título de la antología de Diego Jesús preparada por Manuel Rico),  nos emocionará con su encarnación de la Naturaleza y el fulgor de una belleza llena de latidos, con la temperatura de su imaginación y su fuerza onírica nos mostrará el rostro más velado de la realidad y, desde  su compromiso radical, nos alzará a un territorio más solidario. Nos hará, como solía decir otro poeta esencial, su amigo Claudio Rodríguez, “mejores”. Pronuncio algunos títulos de sus libros fundamentes: La ciudad, Coro de ánimas ,Fiesta en la oscuridad y, sobre todo, Bajorrelieve  e Itinerario para náufragos, y le escucho mientras un impulso puro y desconocido dignifica mi vida.           (Volver) (Subir)


                          

 
Ángel Luis Luján

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 CUANDO TODO SE VUELVE DIFERENTE

ÁNGEL LUIS LUJÁN

Acostumbrados como estamos a despedir a todos por igual y hacer tabla rasa ante la inmensidad de la muerte, se nos olvida que hay diferencias. Que no es lo mismo. Que hay quien lega al porvenir memoria de su tiempo y de su ser, y eleva la existencia de los demás a un grado mayor de sentido con la más alta generosidad. Diego Jesús Jiménez lo hizo a través de la poesía principalmente, pero también de la pintura; y a los que tuvimos la fortuna de conocerlo, nos infundió, por arte de su palabra viva y de su vivificadora cercanía, esos sueños suyos de una dignidad más alta del hombre.
 En un tiempo lleno de buenos poetas y de gran altura lírica en nuestro país como fue la década de los 60, que le vio nacer a la poesía, Diego Jesús abrió un espacio propio, su sitio personal. La ciudad fue un libro revelador que encajaba en aquel panorama que buscaba una salida al realismo romo en el verso; pero el libro iba un poco más allá, se salía de sus coordenadas, y no sólo porque optara por una visión legendaria de la existencia, sino porque había sabido plasmar lo que de trascendente tiene cualquier vida cotidiana, que hay historia, pero que hay algo más hondo debajo de la historia que le sirve de latido.
La poesía de Diego Jesús Jiménez ha ido siempre en ese camino. El lector la reconoce como de su tiempo, familiar hasta hacerla suya, pero continuamente le sorprende porque anuncia siempre algo más allá, algo que se cumple solo cada vez que se lee el poema y a la vez sigue quedando en la distancia de lo inalcanzable, por demasiado hermoso. Por eso Diego Jesús repetía que la poesía es anticipación. Su poesía es una leyenda hacia adelante. Su palabra tiene el poder de despertar lo que de más visionario tiene cada uno, gracias a su lenguaje deslumbrante, irracional pero arraigado, barroco pero directo. Ha sido capaz como pocos de pisar la tierra mientras el cielo le ofrecía reflejos de otras posibles formas de ser.
Si nos situamos en el otro extremo, en medio de un tiempo ramplón como el que nos está tocando vivir (y no sólo en literatura), Diego Jesús ha sostenido la poesía como cobijo contra la intemperie del sinsentido, contra el frío y la estupidez exterior, aunque muchos no hayan querido oir. Y es que pocos son capaces de soportar una voz auténtica, principalmente si no es la propia.
Cuando un hombre muere deja un espacio inhabitable, un lugar del que solo él había marcado las coordenadas. Cuando un poeta auténtico muere deja un lenguaje inhabitable, pero transitable para todos los que aman la poesía, la palabra y la belleza. Como en un bosque nocturno, cual esos personajes inquietantes de sus poemas, nosotros lectores atravesamos su obra iluminándonos con sus imágenes ciertas, que dan un conocimiento más seguro que el de los mapas y el de los conceptos.
Y es que cuando un poeta ha dicho lo definitivo, todo se nutre de la diferencia que ha descubierto entre lo que vemos y lo que es. Por ejemplo, a los que amamos los ríos, como los amaba Diego (su vida transitada por los nombres de tantos de ellos), nos ha dejado formas de ver sus aguas que ya nunca serán las de antes. Ahora el río que miramos ya no tiene límites: “sin orillas, sin fondo / verdadero”. Ahora hay ríos que son arquitecturas góticas, con criptas, y su rumor es gregoriano antiguo resonando por arcos y bóvedas de agua “que iluminan el tiempo”. Ahora es imposible pararse en mitad del puente de San Antón en Cuenca y no ver, en sus aguas verdes, el reflejo de la ciudad alta, con la catedral en primer plano, como la expresión de un verso de Diego. Se diría que la naturaleza lo ha venido a copiar, para hacerse más exacta. Y ese mismo río que parece tan parado en sus aguas iguales, tan impenetrablemente fiel a sí mismo, ahora sabemos por su palabra que “lo ha estado haciendo el tiempo”. Diego Jesús nos ha enseñado que hasta lo más elemental tiene una historia que ha de ser desvelada, puesta en claro. Todo lo hace y lo deshace el tiempo, y la poesía tiene que contar su historia verdadera, no la que falsean las crónicas, los periódicos, los narradores interesados.
Por eso el tiempo de su poesía, como el de su vida, es un tiempo humano, y la historia que nos rescatan sus versos es una historia profundamente humana, en todos los sentidos posibles. Es memoria de la humanidad que sufre y se somete, pero de una humanidad esencial que cree en la redención por la belleza y por la verdad. Y es también memoria personal que no se puede confundir con esa otra gran memoria de la historia, pues la funda. Diego Jesús nos ha hecho ver que si existe la Historia es porque cada uno de nosotros tiene un tiempo propio y una historia inalienablemente humana.
Nos han dicho mucho que no hay que confundir los sentimientos que expresa la poesía con los sentimientos reales del autor, pero cuando damos con un poeta de la talla de Diego Jesús los lectores nos negamos a pensar que el grado de humanidad que se transmite a los poemas no sea correlativo al grado de humanidad con que vive el poeta. Los que lo hemos conocido, además, lo certificamos. Su palabra es como el espejo, o el disfraz revelador de una sensibilidad en silencio, subterránea y poderosa, que encuentra su forma de comunicarse en ellos: en los reflejos, en los rasgos del antifaz, pero no la agotan.
Los poetas verdaderos nos dejan, al marchar, el consuelo de que podemos seguir conversando con ellos ya sin tiempo, sin limitaciones y sin prisas. Abrir un libro suyo, leer un poema es como volver a tener a Diego Jesús a nuestro lado. Los poetas no se van del todo, se esconden en el tiempo, para despistarnos, para dirigirnos un susurro de vez en cuando, como esos niños traviesos que se ocultan y nos dejan oír su voz o su risa para que sepamos que andan por ahí cerca, que simplemente están esperando que los encontremos y nos reunamos con su sencilla alegría.          
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Juan M, Molina Damiani

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Ámbitos de entonces, 1963

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
cpro de ánimas, 1968

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 Diego Jesús Jiménez:
Mesa con granadas [1990: óleo / tabla

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Bajorrelieve, 1998

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Diego jesús Jimémez,
colección poesía de papel, 1998

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La poesía de Diego Jesús Jiménez, Universidad de Castilla-La Mancha, 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 POR EL CAMINO DE LA DESPOSESIÓN:
LA POESÍA DE DIEGO JESÚS JIMÉNEZ

JUAN M. MOLINA DAMIANI

Publicado en Elucidario 6
[septiembre de 2008, Jaén, pp. 29-54]

Resumen
Conjunta el texto que sigue los apuntes desarrollados por Juan M. Molina Damiani, coautor con Martín Muelas Herraiz de la edición de La poesía de Diego Jesús Jiménez, a lo largo de las tres presentaciones de que fue objeto este libro [Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, 676 pp.]. Intervinieron en la primera, en la Cámara de Comercio e Industria de Cuenca, el 18 de mayo de 2007, José Ignacio Albentosa, vicerrector de Extensión Universitaria de la Universidad Castilla-La Mancha, el crítico Florencio Martínez Ruiz, los responsables del cuidado de la edición y Diego Jesús Jiménez, quien leyó una muestra de su obra. Lo harían en la segunda, en el Museo Provincial de Jaén, el 14 de junio de 2007, organizada por la Caja de Ahorros de Jaén, José Luis Chicharro, director entonces del Museo, Manuela Ledesma Pedraz, profesora titular de la Universidad de Jaén, el autor de este texto y Diego Jesús Jiménez, quien cerraría nuevamente el acto leyendo otra muestra de su poesía. Llevada a cabo el 22 de noviembre de 2007, en el Aula Cultural Universidad Abierta de la Universidad de Castilla-La Mancha en Ciudad Real, la tercera contó con las intervenciones de Martín Muelas, Molina Damiani y Diego Jesús Jiménez, cuya lectura poética de aquella tarde completaba el ciclo que también había hecho pasar dicho mes por el Aula de Poesía de la Facultad de Letras de Ciudad Real, con el apoyo de la Diputación Provincial de Ciudad Real y el Ministerio de Cultura, a Ángel González y a José Manuel Caballero Bonald.
Dividido en cuatro grandes epígrafes, La poesía de Diego Jesús Jiménez se presenta como un vademécum sobre la obra poética de este autor, nacido en 1942, en Madrid, que fuera galardonado con el «Adonáis» de 1964 por su libro La ciudad, con el «Nacional de Literatura» por Coro de ánimas (1968) y con el «Premio Nacional de la Crítica» por Itinerario para náufragos (1996), libro que le supuso su segundo «Nacional de Literatura». Autor asimismo de Fiesta en la oscuridad (1976: recientemente reeditado por Bartleby, con epílogo de Pedro Luis Casanova, 2006) y Bajorrelieve (1990: reeditado, con prólogo de Manuel Rico, en Valencia, 7 i mig, 1998), Diego Jesús Jiménez, pintor también, cuenta en su haber con dos ensayos sobre sendos pintores figurativos: Martínez Novillo (1972) y José Sancha (1974), tal y como ya diera noticia «La poesía como tabla de salvación: apuntes críticos y bibliográficos para el estudio de la obra poética de Diego Jesús Jiménez en el marco de la lírica española del último tercio de este siglo» [Boletín del Instituto de Estudios Giennenses 163, enero-marzo 1997, Jaén, pp. 55-96], primer acercamiento de Molina Damiani a este poeta tan vinculado con Jaén como activo a día de hoy: ahí está el apéndice que completa este nuevo acercamiento a su obra, una bibliografía básicamente integrada por papeletas que no pudo recoger La poesía de Diego Jesús Jiménez.

 La materia del arte la da la sensibilidad,
la forma la dirige la inteligencia.   
Fernando Pessoa

Si alguien reclama una justificación que
diga primero cómo gana su dinero. De quién, contra quién, a quién escucha, de quién recibe las órdenes, pero por encima de todo, ¿qué está dispuesto a comprender si hablamos de poesía?
Félix de Azúa

Sobre el infinito y solo
campamento del cielo, sin piedad vuela un pájaro
enredado a la muerte.   
Diego Jesús Jiménez

La poesía de Diego Jesús Jiménez es una antología de textos, de textos críticos y de creación, de anotaciones textuales, referencias críticas, bancos bibliográficos e índices de consulta: es un manual para el estudio de la obra poética de un autor capital de la lírica española contemporánea. Que a mí me apasione preparar libros como los de los maestros que he de utilizar o me gusta leer no me distrae, no, antes bien, al contrario, de que resolver con dignidad este tipo de tareas que exigen niveles altísimos de precisión es trabajo, empero, exclusivo de filólogos, no de meros compiladores o documentalistas ni menos aún de gacetilleros o charlatanes, personajes a quienes estos tiempos tan confusos están elevando al rango de gestores de la cultura o agentes literarios cuando no, incluso, al de profesores, teóricos de la escritura y así en este plan. No: la labor del filólogo no ha de confundirse con la del erudito: un principio que cuando el profesor Martín Muelas y yo nos pusimos a trabajar sobre la poesía de Diego Jesús Jiménez nunca perdimos de vista. Sí: como ya me habrán oído alguna vez, a mí no me interesan nada las teorías que generan datos —algo desgraciadamente a la orden del día cuando se habla de poesía reciente—, sino los datos a partir de los cuales pueden ensayarse nuevas teorías repensándose a conciencia las que se mantienen en pie sin que nadie se las quiera cuestionar, hábito este último —me refiero al de aceptar a pies juntillas los marcos historiográficos establecidos para explicarse la razón de cualquier obra poética de nuestra lengua producida a partir de la Guerra Civil— que ha conducido a muchos de quienes están leyendo críticamente la poesía de Diego Jesús Jiménez a hacerlo a partir de la nomenclatura, medias verdades y lugares comunes de la hermenéutica archinovísima, un horizonte crítico desde cuyas coordenadas sigue todavía hoy, después de cuarenta años de haber cobrado cuerpo, disponiéndose la poesía española surgida durante la segunda mitad de los años sesenta, un territorio donde el imaginario que delimita la obra de Diego Jesús Jiménez aparece reconocido de ordinario como una propuesta marginal, no del todo coincidente con el canon, anómala, rara e incluso fuera de su tiempo, el espacio histórico que nunca ha dejado de producir la naturaleza de esta poesía*.
Sí: el montante de datos poéticos, estéticos y éticos que acumula la obra de Diego Jesús Jiménez lleva décadas y décadas poniendo patas arriba la historiografía que atiende la poesía española a partir de los años sesenta, toda ella, en su mayoría, cortada por el patrón hermenéutico que José María Castellet dejara perfilado en su prólogo a Veinte años de poesía española [1960], una explicación, la dominante, que cincuenta años después sigue informando aún el discurso historiográfico canónico de nuestra lírica, una trama crítica donde el manido sistema de los recambios generacionales y sus grandes soportes propagandísticos, las antologías, aún siguen dejando notar sus falacias porque no logra esconder sus vínculos con el positivismo totalitario, el mismo que informara el proyecto de reeducación nacional con que el idealismo aperturista de la España del Medio Siglo pretendió sanear los aparatos fascistas de la dictadura y regenerar el organigrama cultural del franquismo inyectándoles pequeñas dosis de realismo burocrático, un naturalismo sintonizado con ese otro de la Europa de posguerra que rara vez toleraría las sensibilidades simbolistas, surrealistas e irracionales porque tuvo en su punto de mira la tradición romántica, la gran enemiga a batir de aquel nuevo imaginario epocal heredero de los viejos principios sociológicos del neoliberalismo latifundista del Ortega más reaccionario, el Ortega del miedo, ese Ortega más pendiente de describir los hechos que se sucedían que de escrutar las causas que pudieran haberlos provocado, el mismo Ortega que al morir a mediados de los años cincuenta reabre con su racionalismo vitalista una relectura posmoderna de su tesis estética más celebrada, la de que el arte de vanguardia siempre está deshumanizado [1925], que no otra cosa viene a plantear, por más que no lo cite abiertamente, la explicación con que José María Castellet ordena la historia de la poesía española que iba a venir veinte años después de acabada nuestra Guerra Civil.
En efecto: la desatención de que es objeto la obra de Diego Jesús Jiménez explicada desde el ortopédico sistema generacional que a lo largo de nuestra posguerra sintonizaría con el mecanicismo del Ortega más antivanguardista —un constructo historiográfico que antepone las semejanzas de lo uniforme a las diferencias de lo singular, que acaso tuvo algún sentido utilizarlo durante el franquismo como reactivo dialéctico para acentuar las contradicciones de la dictadura pero que seguir manejándolo hoy a diestro y siniestro no viene sino a corroborar el inmovilismo ideológico de que adolece actualmente nuestra crítica— ha de obligarnos a repensar hasta qué punto el sociologismo burkiano del pensamiento neoliberal donde se asienta el discurso caudillista del Ortega de La rebelión de las masas [1930], de ese Ortega ciertamente reaccionario que incluso llega a plantear que la Europa de entonces estaba necesitada de un mastín, continúa manteniéndolos operativos la historiografía canónica de nuestros días, todavía deslumbrada con lo efímero de las vigencias estilísticas pero distraída de lo permanente de las constantes históricas a partir de un popurrí organicista cocinado a base de idealismo romántico —pueblo vs. héroe—, nacionalismo territorial —globalidad vs. particularismo—, humanismo sociologista —individuo vs. colectividad— y culturalismo doctrinario —élite vs. masa. Está claro: la primera aportación de La poesía de Diego Jesús Jiménez no va a ser otra que poner en entredicho el status quo que delimita la ajada historiografía castelletiana, siempre distraída tanto del valor histórico de las formas por operar a partir de fundamentos sociológicos fijados de antemano, como de la naturaleza textual materializada por la dialéctica vital que cada obra encarna, visto que el inmanentismo layetano tampoco suele levantar mapas filológicos de largo alcance hermenéutico. Sí: el espacio de libertad demarcado por la «voz clandestina y frágil» de Diego Jesús Jiménez —que así la ha calificado Pedro Luis Casanova [2006: 70]— no confunde compromisos con componendas porque plantea de verdad que el arte hegemónico de este tiempo no sólo está definitivamente obturando los conductos históricos que lo traen desde nuestro pasado más reciente sino además los que lo proyectan a nuestro futuro inmediato, momentos ambos que la opulencia tecnocrática de la falsa conciencia crítica de nuestro presente tiranizado por el mercado apenas si se atreve a escrutar para que el pretérito se nos olvide así cuanto antes y el porvenir acabe de plegarse de una vez al puritanismo de una tecnología cuya moralidad no cesa de hacer posible la definitiva domesticación de las masas.
No es extraño, por lo dicho, que el curso seguido por la obra de nuestro poeta lo orillara, primero, de la sorprendente maniobra patriótica del segundo Castellet —el que defendería desde la presentación de sus Nueve novísimos poetas españoles [1970] que el informalismo de sus elegidos no era otra cosa que la certificación de que la literatura española tardofranquista ya lo era de la transición al superar los registros estéticos de la dictadura— y lo alejase, años después, de la vuelta al orden figurativo con que Las voces y los ecos de José Luis García Martín [1980] releerían la poesía española de los setenta disponiéndola para encarar la década siguiente desde postulados menos iconoclastas, agotado ya el proyecto tardovanguardista novísimo a la vista de que su balance de resultados estaba muy por debajo de sus expectativas iniciales. Sí: la poesía de Diego Jesús Jiménez publicada hasta 1976 no se deja leer ni a partir del horizonte historiográfico vanguardista dispuesto para los poetas de su edad por la sinécdoque del Castellet novísimo, ni desde la cartografía tardorrealista que a la altura de los ochenta amplía la nómina de la poesía española del último tercio del siglo XX con la incorporación de no pocos autores cuyo neorromanticismo realista los había excluido del canon fijado por la segunda antología castelletiana. Dicho de otro modo: si el realismo de Diego Jesús Jiménez, constante presente desde el inicio de su trayectoria, jamás le ha permitido a nuestro poeta ser considerado un novísimo, la fidelidad al irracionalismo de que da sobrada muestra su obra desde el comienzo de su carrera nunca favorecería que la voz de Jiménez fuera recuperada para la nómina novísima cuando dicho canon empezara a considerar lo figurativo como rasgo característico de su patrimonio, hecho que acontece, por decirlo de acuerdo con la tesis de Luis Antonio de Villena [1981], llegado el «segundo momento generacional» de la poesía de los setenta, esto es: a partir de 1973, o por plantearlo ahora de otro modo: cuando lo oscuro se vuelve claro y el final de la historia impone volverla a empezar arrancando del primer Castellet, el de los años cincuenta, el que defiende que plantarle cara a la dictadura pasa por recuperar las dicciones enemistadas con la tradición romántica.
No: nunca ha hallado sitio Diego Jesús Jiménez en ninguno de los sucesivos momentos historiográficos por los que ha ido degenerando su generación hasta ver incorporadas a su cuerpo canónico todas las estéticas habidas y por haber de las surgidas a partir de mediados de los años sesenta. Exclusión más que chocante visto que el canon novísimo ha sido capaz de ir integrando sin apenas esfuerzo dentro de su imaginario infinidad de escrituras singulares del periodo, no sería ilógico pensar si es nuestro poeta la bestia negra de los inmanentistas a sueldo de la industria novísima o el más incómodo de los raros que tienen ante sí los teóricos de la sociología literaria posmoderna más trascendental, toda vez, sin duda, que la lección poética de Diego Jesús Jiménez apenas si es explicada por la historiografía archinovísima, un imaginario crítico incubado durante la posguerra que al vérselas con la difícil belleza cosmovisionaria, con la iconoclasta historicidad del malditismo misterioso y humano de la poesía de nuestro autor, se desploma como un castillo de naipes sobre las alineaciones de nuestros libros de secundaria o sobre el santoral de nuestros manuales universitarios, unos y otros acordados a un consabido padrenuestro teórico que nadie quiere rescribir para no enemistarse con los poderes que controlan la bolsa de valores de nuestro mercado poético. Por lo dicho, momento era de acercarse a la poesía de Diego Jesús Jiménez desde una óptica historiográfica transgeneracional que anduviera a salvo de los maniqueísmos posmodernos tan propios de la estética de nuestros días: había que reparar, frente a todas aquellas propuestas poéticas que se integran perfectamente bien dentro de las coordenadas críticas convencionales, en la singularidad de este autor de frontera cuyo irracionalismo realista además de romper con el naturalismo de la tradición donde se educa y el informalismo del presente con que se topan las primeras entregas de su obra, ha venido asimismo a desmentir los futuros poéticos que el discurso crítico hegemónico prefijara para ordenar pro domo sua el devenir seguido por el tiempo literario que arranca con el último tercio del siglo XX, toda vez, en efecto, que su imaginario cataliza —recientemente lo ha apuntado el profesor Sánchez Zamarreño [2008: 14]— «lo mejor de nuestra herencia más próxima: la de los románticos y la de los modernistas, las tres grandes pulsiones éticas y estéticas que inauguran el XX (A. Machado, Unamuno, Juan Ramón), su continuación en el 27 (el surrealismo de Lorca y de Aleixandre es clave en Diego Jesús) y lo más inquietante de la posguerra: el grupo Cántico de Córdoba, el caudal visionario de poetas como Rosales, Labordeta o Hierro y el empeño renovador de los 50 (de Sahagún a Brines), singularizado, de forma llamativa, en Claudio Rodríguez», herencia toda que nuestro poeta asienta en su emocionada lectura de dos clásicos de nuestra poesía, san Juan de la Cruz y fray Luis de León, maestros y místicos a quienes Diego Jesús Jiménez sigue reconociendo hasta hoy como pilares básicos de su poesía a lo largo de toda su trayectoria [2007b].
Sí: distanciada no sólo de las sucesivas soluciones realistas de nuestra posguerra, esto es: de las sociales de los cincuenta cuanto de las críticas del decenio siguiente, sino también de los postulados vanguardistas del tardofranquismo, tanto los del informalismo cuanto los del culturalismo y la metapoesía que fueron sucediéndose a lo largo de la década de nuestra transición a la democracia, la poesía de Diego Jesús Jiménez tampoco ha venido acordada desde 1990 hasta nuestros días, cuando nuestro autor da por finalizada la dieta de silencio que se impuso entre 1977 y 1989, ni a la tonalidad tardorrealista que perfilara el horizonte lírico del fin de siglo ni a las epigonales estéticas que a dicha corriente hegemónica quisieron plantarle cara sin estar cargadas jamás de razones poéticas de peso. Singularidad que se debe, anticipado quede ya uno de los constructos capitales de la obra de Diego Jesús Jiménez, a que el irracionalismo realista de su poesía no viene sino a relatar la irracionalidad de este tiempo oscuro desde un espacio claro y realista, una solución artística barroca donde hallamos dialécticamente materializada la oscura vitalidad de la naturaleza de nuestro tiempo a partir de una encarnadura estética que formaliza con claridad la crisis por que atraviesa el devenir histórico de nuestro mundo. Así y todo, cuanto más claro se tenga que es un sujeto de hoy quien protagoniza la poesía de Diego Jesús Jiménez, menos oscura, menos hermética, resultará esta obra que si parece a veces estar falta de significado expreso, siempre anda, por el contrario, atestada de sentido implícito, el que le confiere indagar en nuestro ser, una dimensión, en fin, mediante la que nuestro autor consigue humanizar la factoría de vanguardia desde la que opera y purificar el compromiso en que deviene su realismo. Ahí tenemos Fiesta en la oscuridad (1976), de los libros que conforman el corpus unitario de esta obra —toda ella, pese a los momentos en que hemos ido parcelándola sus estudiosos para irla comprendiendo, un continuum sensible manifiestamente expreso por una razón cosmovisionaria interna—, el que mejor encarna, sin duda, la crisis del ser de este tiempo, el gran asunto de la poesía toda de Diego Jesús Jiménez, tal y como permite comprobar la reedición de que ha sido objeto este título el curso pasado con un certero epílogo de Pedro Luis Casanova [2006].
En efecto: «libro clave» de nuestro poeta para Luis García Jambrina [2007], es a día de hoy Fiesta en la oscuridad, a más treinta años de su aparición, siempre que no me equivoque y dejando al margen los tres títulos iniciales de la trayectoria de Diego Jesús Jiménez, la piedra angular donde gemina el vitalismo de su cosmovisión dialéctica. Punto de intersección existencial, fiel de la balanza donde se tensan recíprocamente el pesimismo dolido de La ciudad (1965) y Coro de ánimas (1968), libros en los que cobra conciencia nuestro autor de la degradación que siempre trae consigo el paso del tiempo, y el optimismo rebelde de Bajorrelieve (1990) e Itinerario para náufragos (1996), títulos que si arqueologizan las razones históricas que arruinan al ser de este tiempo, reconocen la naturaleza, la memoria y el arte como los espacios idóneos para combatir sensiblemente nuestro desastre vital colectivo, no parece discutible que Fiesta en la oscuridad se alza como el epicentro de la producción de quien nos ocupa, singularidad que explica que buena parte de esta presentación vaya a construirse poniendo en juego preferentemente sus piezas, casi todas, por cierto, paradigmas de los nervios temáticos más característicos del conjunto de esta obra, a saber: el del amor —unas veces territorio de infidelidades, culpas y reproches; otras, de insatisfacción, desafecto y violencia; en ocasiones, prostibulario, onanista o sinónimo del odio; y tantas veces, en suma, maldito porque lo confundimos con la pasión o el deseo, lo único que posiblemente amemos de verdad—; el de las creencias políticas y religiosas —lugares ocupados por el servilismo, la explotación, la usura y las celebraciones que reconocen la mentira como su gran diosa madre; y el de la pintura —en este emblemático título de Diego Jesús Jiménez vivida desde obras góticas, barrocas y coetáneas del informalismo, o lo que es igual: a partir de propuestas artísticas sometidas a las tensiones del feudalismo, del barroco manierista o de la España de posguerra, tres momentos conflictivos desde el punto de vista estético porque cada uno encarna el epocal del que es fruto ideológico. Sí: tal y como documenta Fiesta en la oscuridad, la música de Diego Jesús Jiménez nada tiene que ver con el sonsonete modernista tantas veces remasterizado por los poetas peninsulares a partir del último tercio del siglo XX porque resulta de la vívida visión irracional con que su palabra realista de aquellos tiempos confusos concreta a conciencia de modo casi simultáneo una ácida experiencia de amor, un contradictoria crisis ideológica y una emocionante reflexión sobre el arte, procesos, los tres, protagonizados por nuestro autor durante la crisis de nuestra transición a la democracia, planteados a partir de una deíxis preferentemente vocativa, contenidos a partir de un montaje de raigambre cinematográfica y donde hallamos cartografiada la tradición de vanguardia por la que se mueve la obra de nuestro poeta antes, durante y después de este libro capital de su trayectoria.
Asegurar que la producción de Diego Jesús ensancha el imaginario petrarquista del amor, denuncia la intolerancia que afirma todo credo y escruta los escenarios del arte viene a ser lo mismo —de sobra lo documenta el vitalismo de Fiesta en la oscuridad— que decir que su poesía deconstruye críticamente la realidad teatralizada por el sistema de nuestra sociedad posmoderna, un mundo en ruinas donde la explotación del hombre por el hombre sigue siendo la moneda de curso legal más manejada por el mercado de valores vigente para que su fiesta de disfraces pueda adueñarse hasta de lo real de nuestras vidas. Participándonos una visión del estado real de nuestra existencia mediante una resolución que antes que conformarse como monumento estético lo hace como documento moral, advertido quede, con todo, que la obra fronteriza de nuestro poeta la expresa un yo contenido por su dolor, un ser contradictorio que baja a los infiernos de esta época a comprobar que son los de su propia conciencia, un yo que se sabe escindido porque siente arrojada su vida de una historia, la de hoy, en la que no consigue ver del todo claro si además de ser otra de sus víctimas podría ser asimismo uno de sus verdugos. Por lo dicho, un constructo radicalmente característico singulariza la obra de Diego Jesús Jiménez dentro del imaginario poético de los últimos cuarenta años: el hecho de que nunca haya evitado el confesionalismo radical propio del movimiento romántico, tal y como corrobora la opinión de Marta Sanz [2007b] al referirse a que el «carácter visionario de la poesía de Diego Jesús Jiménez es una forma de neorromanticismo cívico». Heterodoxa dentro de la ortodoxia propia del antirromanticismo novísimo, la poesía que nos ocupa rara vez distingue entre la voz textual del yo que la preside y la voz del sujeto empírico que la saca adelante. Confundidos el personaje que protagoniza los poemas con la persona que los ha ido escribiendo, un tono acentuadamente confidencial impregna toda la obra de Diego Jesús Jiménez, lo que aleja su existencialismo empeñado en decir aquello que no anda dicho todavía de la vida, aquello que la palabra de nuestro tiempo ha de decir irracionalmente para seguir siendo realista, no sólo del culturalismo teatral y la metapoesía analítica de los novísimos, sino también de la teatralidad narrativa y la deixis ficcional de los neorrealistas posmodernos.
La emblemática trama temática que los poemas de Fiesta en la oscuridad entretejen con el amor, las creencias y el arte como hilos capitales no hace, en suma, sino enfrentar lo real con la realidad desde la confesionalidad del yo que los gobierna, igual que ocurre a lo largo de la obra anterior y posterior de Diego Jesús Jiménez. Una dialéctica, en efecto, que acaba mostrándonos el misterio de lo real frente a las falacias de la realidad porque si el motor de arranque de esta poética «bipolar» —la nomenclatura se la debemos a Eduardo Moga [2007: 110]— lo dispara la tensión que le ocasiona a nuestro poeta reparar en que sus deseos reales rara vez son satisfechos por la precaria realidad donde habita, el objetivo que persigue no es otro que incomunicarnos de la incomunicación en que nuestro sistema de relaciones se funda, mas cuestionándose, de principio, la concepción de la palabra, en la estética realista irracional de nuestro poeta, nunca irracional o simbólica por ser resultado de rebuscadas correspondencias con lo visible, sino realista y expresionista por serlo de las interferencias de lo sensible manifiesto. Quiere esto decir, en suma, que aunque la poesía de Diego Jesús Jiménez jamás pretenda desvelar los misterios de lo real porque lo que ambiciona es simplemente mostrar sus turbulencias, su realismo siempre dejará descifradas, eso sí, todas aquellas razones irracionales que impiden la contemplación de lo real misterioso favoreciendo que la realidad continúe percibiéndose desde las representaciones falaces que suelen conformarla. Visto, así pues, que el centro de atención capital de la poética de nuestro autor es adentrarse en la naturaleza de nuestra realidad, no es de extrañar, en efecto, lo ha señalado Ángel Luis Luján [2006a: 11-12], que se imponga explorar el «disfraz» con que cada momento de nuestra historia suele equívocamente presentarse. Porque dispone lo real verdadero frente a las apariencias de la realidad, «la verdad de la infracción, la incertidumbre y el desorden, frente a la mentira de lo codificado, lo cosificado y lo visible» —por decirlo mejor con palabras otra vez de Eduardo Moga [2007: 110]—, destacado quede que el voltaje hermenéutico de esta poesía de tan largo alcance performativo como firme vocación deconstructiva deriva de que logra aprehender lo real misterioso de nuestra irracionalidad conforme apalabra dialécticamente el realismo falaz con que la realidad establecida suele representarlo. Como ha precisado el trabajo de Emilio Lledó sobre la poesía de Diego Jesús Jiménez que recoge este volumen [2007: 328], nuestro poeta «entra, así, en el centro del misterio que circunda el lenguaje y lucha, en él, por descubrir formas de verdad que alumbren a los seres humanos fuera de los ‘límites del lenguaje’ que sí pueden decirse». Por lo dicho, será normal que los poemas de Diego Jesús Jiménez nos suman en la incertidumbre: espacios estéticos engendrados a partir de hechos poéticos involuntarios, de misteriosos actos verdaderos producidos por lo más primigenio de nuestra razón sensible, memorizan nuestro dolor histórico sin olvidarse de la pureza del espacio desde el que lo hacen porque su expresionismo informalista nos hace sentir la humillación de que somos objeto los sujetos de este tiempo conforme la luz imprevista de su naturalismo barroco nos hace ver la naturaleza de la oscuridad en que vivimos.
Llegados a este punto, sépase que el empeño de Diego Jesús Jiménez por aprehender lo real discriminando la realidad nunca nos lo participará su poética transcribiend¬o aquello que su yo consciente percibe, sino, por el contrario, eso otro que consiguen contemplar sus yoes irracionales más recónditos cuando el espacio deja de mostrarse extenso para volverse intenso conforme el tiempo detiene su curso y se queda congelado. Movida por la «defensa de la contemplación», por decirlo de la mano de Miguel de Molinos [1680], por la primacía de «la contemplación de la emoción: sólo así podemos convertir esa emoción en objeto de arte» —la precisión es ahora de nuestro autor [2008b]—, no se olvide que el punto de partida de esta poética siempre será mostrar un misterio encarnando las emociones que suscita. Sí: el «arte está para emocionarnos, no para entenderlo. [...] Tiene gracia que la gente se preocupe por querer entender un cuadro, un poema y le da lo mismo entender el canto de un pájaro o no. El arte está para las emociones y no para el entendimiento», señalaba hace poco Diego Jesús Jiménez [2007c] desarrollando una matriz teórica suya de hace más de quince años [1991b] pero perdida hasta hoy en una entrevista donde dialécticamente dejaba planteado que para «penetrar el misterio está la ciencia que tiene otro lenguaje, el de la razón, no el de la emoción». En consecuencia, para que las imágenes objeti¬vas de la obra de Diego Jesús Jiménez den acceso a visiones subjetivas, las de los misterios que conforman nuestra vida expuesta al mundo, su imaginario habrá de transcribir aquellas visiones que le procuren a nuestros autor los arrebatos poco menos que místicos de que sea objeto su conciencia cuando acabe siendo secuestrada por la memoria involuntaria o el sueño, reactivos que alejan esta poesía de todo aquello que le imponga a nuestro poeta su razonable percepción de la realidad —experiencias no siempre fiables del todo— para acercarla, por el contrario, a todo aquello otro que le hace sentir a su hacedor su irracional contemplación de lo real —emociones rara vez engañosas. En efecto: sólo cuando el poeta recuerda de modo imprevisto a partir de su genuina «fidelidad proustiana al mundo perdido, al tiempo eternamente buscado» —lo destacaría Francisco Umbral reseñando La ciudad [1965: 38]—, o sólo cuando rememora un sueño que irrumpe en su vi¬gilia, esto es: únicamente cuando su yo no se siente gobernado por la razón de su conciencia sino arrebatado de sí por recuerdos olvidados que no fueron convocados a posta o por visiones oníricas que se le revelan de pronto como alucinaciones, está en condiciones de acceder a esos momentos misteriosos pendientes aún de vivir en el futuro o a esos otros pretéritos que aun siendo igualmente suyos no tenía conciencia de haberlos vivido todavía, esto es: a todo aquello sensible que encierra la vida pero jamás se puede ver con claridad a la par que se vive porque es imposible existir haciéndolo a la vez con conciencia de lo que a uno pueda estarle sucediendo durante los momentos en que existe de veras.
Dado que nada puede poseerse de verdad hasta que regresa una vez perdido al recuerdo gracias a la memoria proustiana, o hasta que es avanzado por los sueños invadiendo ese territorio de frontera que es la vigilia —lo dejan explícitamente manifiesto los tres fragmentos de «En la pintura de ‘El Bosco’», de Fiesta en la oscuridad [1976: 44-49], y el primero de «Poema en Altamira», de Bajorrelieve [1990: 152-154]—, nunca evitará Diego Jesús Jiménez rendir su yo poético a la memoria involuntaria —el reactivo más idóneo para reconstruir lo olvidado porque da acceso sensible a las emociones antes de que se configuren definitivamente como experiencias— o al sueño —el «arma» más fructífera para reconocer esas emociones venideras en las que nunca podrá nítidamente reparar su protagonista cuando llegue el momento de experimentarlas por vez primera de modo consciente o, aún más, para coadyuvar a «nuestro despertar histórico», vista la dimensión política que lo onírico adquiere en la obra de nuestro poeta, con la de Juan Carlos Mestre —ya he podido señalarlo [2008: 7]— uno de los pocos espacios de nuestra poesía de hoy donde sueño y conciencia son sinónimos. Memoria involuntaria que impida el olvido del pasado y sueño que anticipe la concreción del futuro van a ser, por lo dicho, los dos cimientos poéticos donde funde Diego Jesús Jiménez la iconoclasia de su estética: de ordinario, de una parte, tan enemistada con el naturalismo retiniano de la razón logocéntrica como pre¬venida con¬tra el superrealismo de la escritura automática; siempre, de otra, contenida ex¬presión visionaria de esas emociones que palpitan de modo irracional tras ser avistadas por una imagen cuya resolución realista las reconoce como experiencias donde la fugacidad queda presa y lo permanente vuelve a pasar sucediendo; y tantas veces, en fin, con acabados psicodélicos acaso resultantes —ahí está, sin ir más lejos, la imaginería de vanguardia de Fiesta en la oscuridad— de la ingesta de determinadas substancias inconfundiblemente malditas dentro de nuestra cultura.
De la investigación poética desplegada por Diego Jesús Jiménez, de aliento racional pero movida por resortes irracionales, resulta así, en efecto, un producto estético dialéctico y barroco donde se entremezclan orden y entropía pero donde apenas si se advierten automatismos surrealistas o azares oníricos —destacado quede nuevamente desde el epílogo de Pedro Luis Casanova [2006: 60-61 y 63-64] a la reedición de Fiesta en la oscuridad, un libro siempre embridado por la consciencia. Atestada de tensiones nunca deliberadas, la conmoción estética que alza la obra de nuestro autor es consecuencia de un proceso poético productivo en el que las visiones matéricas irracionales acaban siendo formalizadas por la conciencia imaginativa de la razón, de tal suerte que la irrupción de lo visionario, la materia producida por la fantasía que nos hace ver lo sensible, acaba siendo reconstruida formalmente por medio de imágenes, conciencia reproductiva que hace sentir lo que se ve favoreciendo la comunicación, narrándonos de modo realista lo que le sucediera al poeta durante sus irracionales arrebatos creativos. Si hace una década —teniendo a la vista lo apuntado por las substanciosas lecturas que respectivamente realizaran de La ciudad, Coro de ánimas y Bajorrelieve Antonio Gamoneda [1965: 46], Antonio López Luna [1970: 56] y Rafael Alfaro [1990: 81]— reconocí los acabados estéticos de Diego Jesús Jiménez como paradigmas de un «neoirracionalismo sensato» [1997: 72], quede dicho ahora que el pulso manierista de su belleza nada parnasiana porque se revela como un modo de «resistencia» —tal y como ha puesto de relieve hace poco Joaquín Fabrellas [2007: 2]— constituye un dialecto irracional donde quedan materializadas analíticamente las visiones fantásticas de lo transcendente, de la historia y de la naturaleza, hasta acabar alzándose como una nueva lengua realista, toda vez, en efecto, que formaliza mediante imágenes analógicas lo inmanente del tiempo y del espacio. Desde el momento, ahora bien, de una parte, en que Diego Jesús Jiménez materializa historia y naturaleza, lo transcendente, mediante música y color, materias contingentes con las que respectivamente atrapa sus visiones detenidas de la historia y sus visiones de la naturaleza en movimiento, y formaliza, de otra, lo inmanente, tiempo y espacio, por medio de líneas y palabras, formas ambas transcendentes que ahora le reportan imágenes tanto de la detención de su tiempo cuanto de la movilidad de su espacio —visiones e imágenes, en suma, producidas por su percepción contemplativa de la dialéctica que mantienen entre sí la realidad y lo real—, repárese en que el realismo irracional de Diego Jesús Jiménez verá embridada su irracionalidad ensanchado su naturalismo. Está claro: el hecho de que nuestro poeta muestre lo transcendente con materia, esto es: de modo realista, y encarne lo contingente con forma, esto es: de acuerdo con un procedimiento irracional por simbólico, no viene sino a acentuar su barroquismo, más que expreso, por lo demás, cuando su obra, dejando informe la idea para que no se desmaterialice su misterio, materializa lo permanente de lo substantivo —por ejemplo, la degradación del amor, la condición siempre transitoria de su realidad— formalizando lo más adjetivo de la manifestación fugaz de su esplendor —el deseo, lo único realmente a la larga duradero [1976: 28]: «[...] / ¿Por qué no vive // el amor con nosotros // no como aroma, sino como flor siempre? [...]»
Trama, por lo que se ve, radicalmente barroca la de esta estética cuya textura siempre termina empastando el acabado irracional y dionisíaco de sus visiones matéricas —informales por ser producto de la fantasía—, con el naturalista y apolíneo de sus imágenes formalistas, conscientes por nunca abdicar de los patrones del realismo. Así será como logre la obra de Diego Jesús Jiménez —lo señala en uno de mis trabajos recogidos por este volumen [2007: 390]— tanto resacralizar su irracionalismo naturalizándolo, rehumanizándolo, volviéndolo histórico y materialista, lo que contribuirá a que cobre preciso significado espiritual, cuanto profanar su realismo temporalizándolo, formalizándolo, lo que le asignará un manifiesto sentido de época al radicarse en la circunstancia concreta de nuestro espacio. Sí: entretejiendo visiones, idóneas para hacer visible lo que pudiera haber sentido en momentos de trance, con imágenes, estratégicamente operativas para narrar lo que vio, consigue Diego Jesús Jiménez, en fin, no sólo naturalizar su materialismo irracional hasta el punto de rehumanizarlo desde el punto de vista histórico, sino también purificar su formalismo realista, reconocido su territorio como el más singular de este tiempo nuestro. Desde estas matrices donde andan vitalmente engastadas, a mi ver, por más señas, la lección del «Credo poético» de Unamuno [1907], la dialéctica entre «razón vs. pensamiento» de André Breton [1924: 25-26], la distinción entre «poesía» y «literatura» formulada por Gerardo Diego [1929], la crítica que lleva a cabo del vanguardismo la modernidad que Federico García Lorca [1928 y 1932] y Luis Cernuda [1947 y 1959] desarrollan —uno y otro empeñados, aunque cada uno a su manera, ya pude explicarlo en su día [1998 y 2003], en dar cuenta realista de la arracionalidad de aquel presente suyo que es el nuestro también— y la concepción que Eliot tenía de la poesía como algo sólo inteligible a partir de la sensibilidad [1957: 122-127], ha de ser leído el irracionalismo realista, el realismo irracional de Diego Jesús Jiménez, un producto estético barroco donde se articulan visiones subjetivas, musicales y cromáticas, con imágenes objetivas, verbales y estructurales, hasta concretar un acabado final visionario e imaginista, que no metafórico ni algebraico, cuya vocación, aun no estando jamás distraída de la comunicación con la realidad conocida por el lector, siempre será mostrar la naturaleza real de los misterios que tiene ante sí el yo histórico del espacio de este tiempo. Ahí está, para comprobar lo que vengo apuntando, «Desde un paisaje castellano visto por el pintor Martínez Novillo», donde nuestro autor [1976: 38-39], «uno de los pocos poetas españoles que han sido capaces de practicar la ‘videncia’ tal y como la proclamaba Rimbaud hacia 1870, es decir, como un medio para acceder, a través del concurso de los sentidos, a lo desconocido, al misterio, dejando para ello de lado tanto el conocimiento racional como su lógica» —lo ha apuntado Manuela Ledesma [2007: 2] en sus palabras de presentación de esta monografía sobre Diego Jesús Jiménez—, formaliza la materia y materializa la forma por cuanto su irracionalismo barroco y su expresionismo naturalista dejan respectivamente purificado nuestro dolor y memorizado nuestro olvido.
Acordado a un acabado estético cuya cartografía es perfectamente demarcable por más que se constituya como un espacio constituido de tiempo, sépase que el montaje de visiones e imágenes a lo largo de la escritura poética de Diego Jesús Jiménez queda resuelto a partir de un canon que antes que contar sucesivamente una historia, que representarla de modo lineal, nos coloca dentro de un discurso simultáneo tejido a base de fragmentos yuxtapuestos. En efecto: ante la dicotomía «narración vs. yuxtaposición», el conjunto de la estética que nos ocupa se decanta de modo inconfundible —a excepción de Itinerario para náufragos, cuyo «clasicismo» atenúa esta constante de estilo— por la yuxtaposición de simultáneas visiones fugaces con imperecederas imágenes instantáneas, lo que la perfila, en suma, como una historia cinematográfica jamás narrada de acuerdo con los pactos consecutivos de la realidad sino con los misterios alternativos de lo real, una sintaxis de estirpe figurativa pero pulso alucinatorio donde si las mentiras de la realidad, tantas veces verosímiles como falaces, quedan deconstruidas, lo verdadero pero tantas veces inverosímil de lo real queda dialécticamente revelado. Por lo dicho hasta ahora, no estaría de más pensarse nuevamente si el realismo de Diego Jesús Jiménez pudiera merecer el calificativo de irracional visto que no hace otra cosa que documentar nuestra irracionalidad, que noticiar nuestra arracionalidad de modo realista. Sí: al estar menos pendiente de relatar experiencias que de suscitar emociones, al cuestionarse la dialéctica «sentir vs. contar» anteponiendo la anticipación del conocimiento sensible a la comunicación del conocimiento racional, no es extraño que los lectores de esta obra nunca acabemos sintiéndonos poseedores de nada porque siempre nos vemos poseídos por todo, por la visión realista que nos procura su materia hasta permitirnos el acceso a lo primigenio de la naturaleza histórica de nuestro ser donde se formaliza al unísono una imagen irracional del espacio de nuestro tiempo desprovista de cualquier adherencia anecdótica. Territorio atestado tanto de informalismos matéricos expresivamente cromáticos y musicales cuanto de acabados formales contenidamente naturalistas y dramáticos, es lógico que la propuesta estética de Diego Jesús Jiménez, antes que producir sentido para el mundo, que lo produce y mucho, sea producida por los sentidos, unos sentidos iluminados que se rebelan a seguir presos de una vida sin sentido. Sí: partiendo de un principio poético donde quedan enfrentados dialécticamente lo real de nuestras emociones ante la historia de nuestro tiempo con la realidad de nuestras experiencias frente a los espacios naturales, formaliza matéricamente la estética de esta obra una serie de imágenes visionarias que al descubrirnos, de una parte, una nueva experiencia de lo real trascendente aún sin concretar del todo por las analogías conclusas de la realidad —esto es: de nuestros insondables misterios— y al deconstruirnos, de otra, esas viejas emociones que la realidad contingente aprehendiera sin tener en cuenta lo real donde fueron cobrando cuerpo inconcluso —esto es: nuestros convencionalismos ideológicos— deja al descubierto la historia de nuestro mundo y la naturaleza de nuestra vida.
Parece claro, en consecuencia, que apenas nos atrevamos los lectores de la poesía de Diego Jesús Jiménez a profundizar en los adentros de esta obra cuya naturaleza les confiere a la vida, al mundo y al arte tanto un nuevo significado histórico cuanto un nuevo sentido temporal, nos veremos sacudidos por un shock, expuestos a la incertidumbre de pensar si estamos interpretando correctamente el alcance ético de esta partitura estética donde se empastan de tal modo lo popular —aquí también vale decir «tradicional»— y lo culto —ahora cabría decir asimismo «vanguardista»— que nunca impone una lectura cerrada porque siempre está potencialmente abierta a muchas —recientemente lo ha recordado nuestro autor con la claridad que acostumbra [2006b: 7]. Sí: «la concentración [...], la ambigüedad, la presencia de varios niveles de sentido en coincidencia, a veces en tensión», que el «conceptismo barroco» de Diego Jesús Jiménez encierra —de Ángel Luis Luján es este análisis [2006b: 42, 185 y 259]— han llevado a Pedro Luis Casanova [2006: 66-67] a describirla poniendo en juego las «conclusiones de Heisemberg», toda vez, en efecto, que si entender su significado, expreso en su materia, dificulta que pueda comprenderse todo su sentido, alcanzar su sentido, substanciado en su forma, propicia que parte de su significado no se nos entregue del todo jamás, callejón sin salida, en fin, que habla a las claras de la dificultad de interpretar unívocamente esta obra que no persigue sino escuchar a su lector para ver qué le dice, un lector, claro está, que ya no podrá ser el consumista, pasivo y feudal que imponen estos días tan pendientes de aquello que les dictan sus señores autores. Sea como fuere, nunca nos equivocaremos, jamás, siempre que interpretemos —así lo han hecho Ángel Luis Luján [2006b: 157-205] y Antonio Carvajal [2007] modélicamente— el inconfundible formalismo matérico de Diego Jesús Jiménez, el singular conceptualismo irracional de su poesía figurativa, de sus versos escalonados presos de todo tipo de encabalgamientos, de los antagonismos entre su respiración silábica y su aliento prosódico, de las distorsiones entre su métrica y su sintaxis, del hipérbaton gongorino que tensa sus interminables periodos oracionales o del ácido cromatismo de su vocabulario, unas veces asentado en los escenarios rurales de los que procede su vitalismo oral y tantas otras tomado de los más elitistas territorios del mundo de la escritura o del arte, como las huellas dactilares realistas que el tenebrismo vital de nuestro autor y las tensiones epocales de nuestro mundo han ido dejando sobre la película visionaria de su obra, un cono manierista cuya estructura de cristal permite ver con realismo los desajustes con que han sido dispuestos los círculos de su maquinaria interior para que podamos preguntarnos si encarnan los del violento irracionalismo vertical de la fábrica exterior de la que vienen a ser a la postre producto.
Poeta cuyo compromiso lo irá siempre encarnando su estilo por cuanto a día de hoy se impone —la advertencia se la debemos al propio Diego Jesús Jiménez [2004: 187]— «establecer correspondencias del arte con su tiempo mucho más profundas que las simplemente temáticas», apuntado quede, ahora bien, que la indudable dimensión ética alcanzada por la estética que nos ocupa —alcance moral que dejan notar sobradamente no sólo los poemas existenciales y políticos de nuestro autor sino también aquellos otros donde desarrolla sus reflexiones artísticas para iluminar nuestros sentidos y alertarnos a la vez de que podríamos estar a punto de perderlos— nunca la vendrá impuesta a esta obra por apriori ideológico alguno de su hacedor, sino, antes bien, por la tensión de esta época donde la violencia campea a sus anchas. Quiere esto decir —lo que sigue es de importancia radical para evaluar el compromiso de Diego Jesús Jiménez comparándolo con el de otros contemporáneos suyos cuyas obras andan también comprometidas pero de otra manera— que su ética jamás resulta de un para apriorístico de su estética, de que su resolución de estilo obedezca a finalidad ética alguna fijada de antemano. Que la estética de Diego Jesús Jiménez traiga consigo una ética, que contenga una moral, sólo se debe a que su horizonte estilístico es siempre efecto de un sistema productivo que cuenta con un porque poético. O dicho de otro modo: no es la vitalidad ética de la obra de Diego Jesús Jiménez la que produce el materialismo formalista de su estética: la moralidad de esta poesía es, por el contrario, simple consecuencia de los acabados estéticos que alcanza, todos frutos, ojo, ahora sí, de una matriz poética cuya naturaleza superromántica opera a partir de concepciones dialécticas activadas por la alternativa «real vs. realidad», el verdadero motor productivo de la estética que estamos estudiando. Así, porque la estética que ahora nos intere¬sa nunca viene dictada por una finalidad ética fijada con antelación al acto de la escritura —en parecidas coordenadas a las que José Ángel Valente delimitase a lo largo de su trayectoria teórica [1969: 40-42; y 2000: 135]—, hemos de pensar los destinatarios de la poesía de Diego Jesús Jiménez, toda vez que es asimismo indudable el compromiso manifestado por esta obra cuya conciencia es producida poéticamente, que estamos ante una propuesta estética cuyo humanísimo alcance moral es involuntario: aspecto capital de la cosmovisión de Diego Jesús Jiménez donde nuestro autor, heredero de la lección dictada por el Juan de Mairena de don Antonio Machado al señalar que el artista siempre habrá de ir a «la ética por la estética» [1936: 68], lleva insistiendo cuarenta años: desde finales de los sesenta, cuando, socialnovísimo incomprendido, le señalaba a Martínez Herrera [1968] que la «verdadera poesía social no se hace adrede, se escribe sin proponérselo uno», hasta hace poco menos que ayer, cuando, realista de vanguardia visto con todo tipo de prevenciones por la nomenclatura, le hace saber a Arturo Tendero [2007] que «el compromiso ha de ser involuntario, te lo tiene que dar el propio poema».
Visto que el monumento estético que constituye esta obra ha de interpretarse como un documento moral —ya se dijo—, repárese ahora en que será la naturaleza misma de sus poemas, espacios de «palabras vividas» a lo largo del tiempo, que así los ha definido nuestro poeta conversando con Antonio López hace apenas unos meses [2008a], la que los acabe conformando como lugares históricos no sólo producidos poéticamente sino donde también se reproduce la poesía, para Diego Jesús Jiménez, la precisión es suya [1975: 35 y 1991b], fogonazo de vida que puede encontrarse «en el cine, en el teatro, en una novela, en el gesto de una persona». Con todo, oigamos de nuevo a nuestro autor [2006b: 7] darnos cuenta del proceso de producción de su obra, un acto creativo donde su conciencia de poeta siempre anda a la zaga de la conciencia del poema: «Al principio se te ocurre una imagen. Una imagen que te emociona, un tanto misteriosa. Cómo se me ha ocurrido a mí esta imagen, dices. Y esa imagen te está emocionando y recibes la emoción para la escritura del propio poema. Pero no eres tú el que vierte la emoción en el poema, no. La escritura te está emocionando a ti». Sí: el «poema va por donde quiere, pasa igual que con los colores y la pintura, porque ellos te llevan por unos caminos que nunca llegaste a prever» —ha apostillado Diego Jesús Jiménez [2007d], también pintor, dejándolo todo infinitamente más claro. Así, definido el rumbo estético de esta obra por su propio proceso de combustión poética, le será dado a nuestro poeta no sólo salvar todo aquello que vivió sin sentirlo a conciencia, lo que fue perdiendo sin apenas notarlo, eso de lo que apenas si le quedó un vaguísimo recuerdo, sino también anticipar lo que no le haya ocurrido todavía, lo que el futuro le imponga sentir sin dejarle caer en la cuenta de que anda sucediéndole, aquello que su memoria acaso no logre poner a salvo del olvido una vez que el pretérito acampe en su presente. Que deje purificada nuestra memoria del pretérito, ya que consigue mostrarlo con la melancolía sólo al alcance de quienes aceptan la derrota del tiempo sin quedar apenas dolidos, y que nos avise de los olvidos del futuro, haciéndonos sentir nostalgia —la nostalgia es dolorosa— del ahora que nunca podrá ser en su día si no nos duele aquello que estamos olvidando, trae consigo que el alto voltaje arqueológico de la poesía de Diego Jesús Jiménez acaba instalándose de manera radical en el espacio dialéctico del presente, del que memoriza su naturaleza histórica, todo aquello que olvida nuestra razón insensible.
Purificar nuestra memoria de todo aquello que quepa deconstruir y dolerse por el olvido de eso otro que nunca recordaremos son, en suma, las dos reveladoras aportaciones de esta obra, siempre en guardia ante el relato que la realidad nos hace de lo real donde nuestra existencia fabrica sus misterios. Sí: que el catalizador estético de la obra de Diego Jesús Jiménez nos procure visiones matéricas e imágenes formales tanto de la naturaleza temporal de nuestra vida cuanto del espacio histórico de este mundo, de todo aquello que pueda ir perdiendo nuestro ser pero será siempre lo único de lo que disponga cuando se empeñe en seguir vivo pese a todo, exige reconocerla como una propuesta nada esteticista de vanguardia que concreta para nuestro mundo una nueva moral de estirpe vitalista. Un vitalismo que Diego Jesús Jiménez no decanta, siempre que yo ande en lo cierto, por el extremo de vivir la poesía poetizando su vida hasta el punto de alejarse de la escritura abandonándose a vivir de modo radical —por más que el silencio editorial de nuestro autor desde 1977 a 1989, durante el periodo que media tras la publicación de Fiesta en la oscuridad y la aparición de Bajorrelieve, pudiera hacer pensar lo contrario—, sino, antes bien, mucho ojo, íntimamente, esto es: vitalizando su poesía escribiéndola al dictado de la vida. Por lo dicho, que el materialismo formalista de nuestro poeta delimite la naturaleza y el espacio de su obra como tiempo contenido de su vida y seña histórica de nuestro mundo no sólo le conferirá a su vitalismo una dimensión de naturaleza epocal, sino también, visto que dicha vitalidad siempre aparece indisolublemente vinculada con los acontecimientos del mundo, el valor añadido de alzarse como lugar histórico. De aquí, en suma, que el materialismo formalista de Diego Jesús Jiménez termine vitalmente conciliando purismo y compromiso: si su materialismo, al concretar con música la historia de nuestro mundo y con color la naturaleza de nuestra vida, está atestado de pureza y espiritualidad, su formalismo, por remitir desde su palabra naturalista al espacio de nuestro mundo y desde su conceptualismo estructural al tiempo de nuestra vida, está cargado de contenidos comprometidos y epocales. Está muy claro, ya se dijo pero no está de más volver ahora a destacarlo nuevamente: el materialismo puro de histórico de Diego Jesús Jiménez substancia visiones espirituales de nuestra naturaleza y su formalismo comprometido con nuestro tiempo contiene imágenes de época del mundo en que vivimos. Ahí está la definición que nuestro poeta hace de la poesía [1993: 28], «una forma de creación a través de un lenguaje capaz de transustanciarse, desde su propio contenido, para devenir como pura materia del espíritu a la que la vida se une de manera inseparable».
Ensayo moderno, que no vanguardista, para recargar de vida la naturaleza de este tiempo del que ya se ha adueñado nuestro mundo sin espacios ni conciencia de la historia, reconozcamos la poesía de Diego Jesús Jiménez, distante tanto de la de los puristas que la conciben como una forma extrema de vivir apartados del mundanal ruido, cuanto de la de los comprometidos que la entienden como contenido donde vivir combatiendo los conflictos del mundo íntimamente, como la «tabla de salvación» —ya lo puse de relieve hace años [1997]— que podrá permitirnos a tantos perdedores habitar la vida, vivirla de verdad, sentirla latir junto al mundo ensanchando la existencia de nuestro ser, esto es: practicarla en un futuro donde no se encuentre tan escindida del mundo como ahora. Sí: con formas del espacio del mundo y del tiempo de la vida, esto es: con palabras y líneas, y con materiales de nuestra naturaleza viva y de nuestro mundo histórico, esto es: con color y música, nos ingresa Diego Jesús Jiménez en un buen número de lugares y momentos que sin su obra nunca contarían con carta de naturaleza ni historia, dado que su poesía no es posterior a lo que nos cuenta sino canto anticipatorio de aquello que misteriosamente todavía no nos ha sucedido del todo a conciencia. En efecto: sólo gracias a la existencia de esta obra, a la manifiesta potencialidad creacionista tanto de su naturalismo informal, que se duele por el olvido de nuestro mundo, por el espacio que ocupa su historia, cuanto de su cubismo barroco, que purifica nuestra memoria, la de la naturaleza vital de este tiempo, puede su hacedor no sólo contemplar a su propio yo desocultado comunicarle una experiencia preso de la emoción, sino también, abiertas las puertas de todos sus sentidos, dar con una visión de determinados espacios perdidos de nuestra historia encontrándose con la naturaleza eterna de este tiempo, caída en la cuenta paradójica, sí, por cuanto tan «bello» como «doloroso» es reparar en que «todo lo que nace en el poema para salvar nuestra memoria ya no podrá volver a vivirse más si no es en el poema» —recientemente lo destacaba Pedro Luis Casanova [2008a: 2] aun sin conocer que Diego Jesús Jiménez ultima a día de hoy una antología que llevará por título Eternidad de lo perdido [2008d].
Visor sensible del mundo que atrapa lo esencial permanente pero fugaz de tiempo e historia y radar evidente de la vida donde transcurre la aparente quietud coyuntural de espacio y naturaleza, el hecho de que la poesía de Diego Jesús Jiménez contribuya a que cobre cuerpo permanente lo fugaz que sólo se materializa al perder su forma la lleva, sí, a sobrepasar los límites de la representación, a alcanzar potencialidades creativas, o lo que es aún más decisivo: a presentarse como levadura dialéctica de una nueva realidad donde lo real se deja amasar por el lector, facultado así, en consecuencia, para aprehender lo que sintiera, siente o esté llamado a sentir sin necesidad de que tenga que contárselo nadie, ni él mismo tampoco, porque, antes bien, por el contrario, todo le será dado verlo, inmovilizado durante su propio transcurso, cuando lo que sintió, lo que sienta o lo que sentirá lo recree su propio yo sintiéndolo ocurrir poéticamente. Propuesta que nunca esconde los artificios con que se va encarnando porque siempre —lo ha apuntado Ángel Luis Luján [2006a: 18] «alude a la realidad y, simultáneamente, a su modo de representarla [...] [hasta] dar noticia de su propio ser como representación», está claro que el realismo moderno de Diego Jesús Jiménez se configura, en fin, como un dialecto en permanente estado de ebullición creativa cuyo sistema textual íntimo y extremo se cuestiona la validez vital de sus propios mecanismos representativos porque lo que pretende copiar, ya se apuntó pero no está de más repetirlo, no son las correspondencias visibles sino las interferencias sensibles de aquello que atiende su cosmovisión barroca. Ahí tenemos, a modo de ejemplo, Fiesta en la oscuridad, monumento vivo de este mundo nuestro, documento humano por político, crónica estética realista e irracional tanto de un espacio extremo de nuestra historia, el de la interminable transición vivida por la sociedad española a partir del último cuarto del siglo XX, cuanto del tiempo íntimo de la naturaleza de un sujeto con conciencia de sus contradicciones, abatido porque el renacimiento de su mundo lo coloca ante las ruinas de su vida. Sí: Fiesta en la oscuridad: un libro donde Diego Jesús Jiménez, tras expiar la culpa que atraviesa todos sus poemas —«La lágrima de san Pedro de ‘El Greco’» [1976: 40-43] no es sino un emblema de toda la pena negra que acosa a un ser que se dio a vivir el amor amparándose en el mundo de la farra—, demuestra que es factible escribir poesía realista de vanguardia que dé noticia de un cambio de vida sin abdicar de hacerlo, al unísono, desde una línea de vanguardia política que favorezca que este mundo pueda ser asimismo transformado.
Cambiar de vida y transformar el mundo: los dos pilares cosmovisionarios, sí, de todos y cada uno de los cuatro episodios de que consta la trayectoria de nuestro autor hasta la fecha, en su conjunto, por lo dicho, un todo unitario que no convendría cuartear en exceso por más que lo hayan ido construyendo poco a poco el momento elegíaco donde Diego Jesús Jiménez aborda los conflictos existenciales que asolan a un yo y a un tú, a los yoes poliédricos que protagonizan La ciudad (1965) y Coro de ánimas (1968), un nosotros que huye del presente a un lugar de su pretérito para encontrarse allí aún más arruinada su vida; la crónica avant la lettre llevada a cabo por Fiesta en la oscuridad (1976) sobre la España de los años setenta, a cuyo presente regresa el yo de nuestro poeta porque es el único espacio de tiempo que puede protagonizar de verdad para memorizar desde allí la naturaleza de su historia, tanto la de las emociones residuales de sus culpas personales, cuanto la de la experiencia fallida de nuestra transición política para acabar con el fascismo; el movimiento detenido por Bajorrelieve (1990), arqueología del modo de producción capitalista desde el instante mismo de su sangrienta concepción histórica, investigación que nos lo revela como el primer disfraz económico del feudalismo para maquillar su naturaleza, razón que explica la nomenclatura medieval que recorre este libro pero que ya había hecho acto de presencia con el anterior; y el balance que conforma Itinerario para náufragos, caja negra hasta hoy desde la que interpretar conjuntamente la partitura de una obra que antes de La ciudad ya contaba con tres entregas iniciales de cierto interés, mucho más, en cualquier caso, que el que hace pensar la desatención con que su autor suele tratarlas. Iconoclasta sin querer con el pasado, el presente y el futuro poéticos que el departamento comercial de los realistas críticos de la «Escuela de Barcelona» deja ordenados poco antes de comenzar la década de los sesenta al explicar pro domo sua el curso historiográfico seguido por la poesía española a partir de 1939, muy pocos vínculos mantiene el singular irracionalismo realista de Diego Jesús Jiménez, catalizador estético de las propuestas más substanciosas de la lírica española del siglo XX, con las sucesivas corrientes líricas dominantes de las cuatro últimas décadas.
Distante, así pues, no sólo de los remordimientos existenciales de los poetas neorrealistas de los años cincuenta, sino también de los sarcasmos estéticos de su prole más sobrada de recursos, los layetanos novísimos que Castellet presentaría como avales estéticos de que libertad y dictadura ya eran constructos compatibles cinco años antes de la muerte de Franco, menos aún tiene que ver la poesía que nos ocupa, una autopsia de las turbulencias existenciales de este tiempo de crímenes consentidos por la historia de nuestra civilización, con los revivals y celebraciones neoliberales de la lírica de las décadas de los ochenta y noventa, paraísos literarios donde la poesía, lejos de excavarse en lo real perdido, se añade sobre la realidad establecida a modo de mera retórica, de seda transparente y sedosa que pusiera más mona a la mona: así lo ha puesto de relieve, ahora que el imaginario tardorrealista, de ser cierto el diagnóstico efectuado por Luis Antonio de Villena en La lógica de Orfeo [2003], parece haber cumplido definitivamente su ciclo, el propio Diego Jesús Jiménez al advertir [2007e] que el «verdadero poeta lo que hace es intentar extraer poesía de la realidad, no verter poesía sobre la realidad porque lo que se hace es una poesía literaria. [...] Embadurnar con poesía la realidad es muy fácil, lo hace cualquiera con lecturas y un poco de sensibilidad. El camino contrario, extraer poesía de la realidad, es lo complicado». Al margen de la retórica decorativa que la industria literaria le impuso a la poesía de la posmodernidad, reténgase, por todo lo dicho hasta aquí, que la barricada estética que indudablemente viene a ser la obra de Diego Jesús Jiménez «corrige y desmorona» de tal suerte los constructos críticos renovadores «acuñados a partir de los años ochenta» por los continuadores de la historiografía dominante —Fanny Rubio [2007: 419] lo ha puesto de relieve— que su propuesta votiva, aun sin pretenderlo, termina por reconocer «el patrimonio novísimo más convencional no sólo como la estética guapa con que el antifranquismo desarrollista, el hastiado de los social, comenzaría a darle su adiós más educado a la España de la dictadura, sino también como el precedente ab ovo del tardorrealismo que ha hegemonizado la poesía española de finales del siglo XX» —tal y como atrevidamente han planteado Anna Luna Milá y Jaime Mundo [2006].
No: nunca resultará difícil explicarse el caso de Diego Jesús Jiménez dentro de la poesía que surge a partir de mediados de los sesenta si partimos de la cartografía que sobre dicho devenir levantó nuestro poeta en esa entrevista perdida hasta hoy pero cuyos contenidos nuevamente exigen traerla ahora hasta aquí [1991b]: «Después de la poesía social [...], hubo una respuesta en la que una serie de gente empezamos a escribir otro tipo de poesía que volvía a cuidar el lenguaje. Tampoco nos desprendimos de la ‘humanidad’, quiero decir que tampoco llegamos a las conclusiones posteriores de los ‘novísimos’ [...], una poesía de salón, una poesía nacida de la literatura, en la que había cosas que están bien, pero, claro, la poesía no puede ser sólo algo que nazca de la literatura». A partir de estas matrices, ha sido Pedro Luis Casanova [2008a: 1] quien ha ensayado una explicación acerca de por qué la trama historiográfica archinovísima nunca ha contemplado la singularidad de Diego Jesús Jiménez: «la ausencia de buena parte de los escritores más importantes de nuestro país de los lugares de referencia más comunes sólo puede explicarse desde la razón intencionada por desalojar de los ámbitos del conocimiento a quienes conciben el arte, y concretamente la poesía, no como un instrumento de retórica o de escritura más o menos bonita, agradable, asequible a nuestra cada vez más endurecida capacidad de sentir y de vivir, sino como un compromiso ineludible por devolver al hombre a una historia más humanizante y menos, mucho menos, mercantil, feudal y esclavista». Está muy claro: el humanismo estético de Diego Jesús Jiménez ni produce conformidad ni cosifica las conciencias: nada ha tenido que ver ni con el «nacionalinformalista» —de Miguel Viribay es esta nomenclatura [2007]— desde el que la tardovanguardia castelletiana asiste al final del franquismo ni con el nacionalrealista que el tardorrealismo vinculado con aquel otro de los años cincuenta volvería a poner de moda tan pronto como se restauró nuestro sistema democrático: orgánicamente presente desde La ciudad, en su «Ronda del Hombre», la que redondeaba las cuatro anteriores —la «Ronda del agua», la «Ronda de la noche», la «Ronda del aire» y la «Ronda de las piedras»—, el humanismo es, sin duda, la seña de identidad más emblemática de esta obra, un todo, en fin, perfectamente articulado desde aquel libro porque Coro de ánimas atendería el misterio coral del aire que todos respiramos, Fiesta en la oscuridad el violento fuego del combate del hombre con sus culpas, Bajorrelieve la incontestable verdad documental de las piedras de nuestra civilización en ruinas e Itinerario para náufragos la inmensidad del agua que jamás desemboca porque El infinito nos protege, que este es el título del libro en que Diego Jesús Jiménez ahora mismo trabaja mientras cruza de nuevo otra frontera de su vida.
Sí: retengamos que la conciencia ética encarnada por el materialismo formalista de esta estética que se produce poéticamente encierra, en resumen, no sólo una redefinición implícita de la naturaleza de la poesía como ese otro mundo misterioso ocupado por la vida que se niega a entregársenos cuando nosotros queremos, sino también una acentuación histórica explícita del vitalismo ciudadano que a día de hoy cabe exigírsele al arte de este tiempo. Siendo siempre la poesía de Diego Jesús Jiménez la que lo hace consciente de que el arte de nuestros días aún no es expresión contenida de una voluntad benefactora que nos redima del mal, de lo que nunca abdicará esta obra es de plantearnos que el bien resulta a día de hoy poco menos que imposible porque casi nadie combate la muerte que terminantemente lo prohíbe del modo más impune, esto es: al fascismo en libertad de esta época cuya falsa ideología ha hecho ya del arte mera mercancía, al fascismo simpático que hoy continúa ganando la paz del presente pese a haber perdido todas las guerras del pasado porque supo adecentar su rostro más impresentable llegada la posmodernidad, al fascismo sin fronteras de este presente cuyo estado de excepción decretado con la complicidad de las masas jamás tolera disidencia alguna a sus súbditos porque su talante aparentemente neoliberal quiere ahora ver al pobre, a diferencia de aquel otro liberalismo pretérito que lo veía como un holgazán, como un delincuente sospechoso de cualquier hecho delictivo. Nada condescendiente con el sistema de valores establecido por nuestra sociedad, desde el momento en que la obra de Diego Jesús Jiménez nos revela, así pues, de una parte, lo falaz de nuestra realidad, la mezquindad del espacio que delimita nuestra naturaleza, y se alza, de otra, como lo verdadero real de la historia de nuestro tiempo, como la constatación de que el ser posmoderno apenas podrá vivir dentro de este mundo sin renunciar a hacerlo con decencia, pensémonos si esta poesía pudiera asimismo constituirse como una conciencia a fin de cuentas destructiva al dejar planteado de modo aporético y nihilista que tan sólo somos un sueño soñado por nadie: «[...] Sueño sin dueño // soy; un sueño // que a nadie pertenece.///» [1976: 45]. Así, por defender que sólo viviendo la vida a conciencia se la puede vivir de verdad, nos coloca la obra de Diego Jesús Jiménez, una vez que nos ha llevado hasta al límite de reconocer el arte como el único lugar de este mundo donde la vida aún se deja vivir, ante el abismo de pensar sensiblemente si es la irracionalidad realista de su estética la que acaso haga invivible su vida, la que acabe situando a nuestro autor delante del rostro irracional de la muerte, impidiéndole salir de su propia vida vivo, matándolo en suma. Poesía, sí, donde «la vida parece un dilatado nacimiento a la muerte» —la precisión es de Justo Navarro [2007: 395]—, su luz es siempre oscura de cruel: nos hace ver lo real, sentir su verdad, su «sacrilegio», del que nos habla el último fragmento de «En la pintura de ‘El Bosco’» [1976: 48]. De aquí, en efecto, la difícil belleza de la obra de este «clásico vivo» de nuestra poesía —así lo ha definido recientemente Antonio Sánchez Zamarreño [2008: 14]—, de este autor de frontera cuyo barroquismo realista e irracional, avanzando por el camino de la desposesión, siempre tuvo como punto de partida real de su trayectoria, el misterio de la vida verdadera, un radical cosmovisionario que le permitía recientemente a Diego Jesús Jiménez confesarle a Arturo Tendero [2007] que «Mi poesía está llena de errores, pero no de mentiras».    
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BIBLIOGRAFÍA

DE DIEGO JESÚS JIMÉNEZ
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Manuel Rico

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 CON DIEGO JESÚS JIMÉNEZ:
FRAGMENTO DE POEMA Y EVOCACIÓN

MANUEL RICO

Recogido en elblog "Al margen" de Manuel Rico.
14 de septiembre 2009 

El martes, 14 de septiembre de 2009, tus restos, querido Diego, amigo, hermano con quien tanto quería, con quien tanto aprendí, con quien tanto soñamos (Esperanza y yo, y nuestros hijos), y reímos, y luchamos, y lloramos, quedaron bajo tierra en una tumba del cementerio de Priego de Cuenca. Desde allí se ven los riscos donde comienza la hoz del río Escabas, y se ven los mimbrales y los pinos que cubren las montañas de la serranía, y se huele el barro de las alfarerías, y el seco aroma del tomillo y la jara, y el cielo es un toldo próximo en el que mirarse. Allí, en tu Priego mágico y cotidiano, cerca de las gentes a las que cantaste y amaste, han quedado tus restos.
Era día de fiesta y tu fiesta fue inaugurar tu Centro Cultural (de todos) con poesía y con amigos. Pero también había otra fiesta, también tuya, a la que inmortalizaste, con un caleidoscopio de emociones, con un lenguaje afilado, mágico (esa magia castellana de la brujería y de los hondos chiscones de los pueblos más remotos), en un poema del libro con que obtuviste tu primer Premio Nacional, Coro de ánimas. Como sé, amigo Diego, que es un poema poco conocido, recojo un fragmento para gozo de los lectores y para que quienes te leyeron poco o no te leyeron te descubran de un puta vez.


De "FIESTAS EN PRIEGO"

Ahí, donde termina
la alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta
las viñas, nacen sin esperanza
los centenos; ahí,
donde se oye sobre la piel el canto
de los grajos, está mi pueblo.
Lugar donde la noche se hace
desfiladero, sombra,
cañada...
Rondan las herramientas
mi corazón. Duermen las hoces
por mi sangre.
Si al hombre
que soñó con el fruto
se le seca la flor, ¿vamos a estar alegres?
Tú,
que intentas hoy lucirte
con el pregón del año. Tú, que cuando empiece hoy
la música, en esta plaza
vas a buscar novia. Ahí, entre las sombras
del corral, está tu casa. Mucho
le ha crecido la hierba en estos
años de paz. Ves la ventana
de la cocina, las alacenas, los armarios... Buscas
tu habitación.
En estas
tierras sin dueño
naciste tú. Desde aquí ves los montes, ves el trigo
que ardió. Quisieras
pensar que éste
no fue nunca tu pueblo.
Árboles, sendas, atajos, hoces
y caminos. Sabes que nada
se celebra hoy aquí. Pero tu llegas siempre
para estas fechas. Y saludas a todos; los besas casi
con la mirada.
............................
..............................
Pero bien sé que tú nunca
te irás. Este
es tu pueblo.
Esta es tu casa. “Mira
la claridad del campo.” Y, mientras te despides, lloras
cerca del autobús. ¿Cómo
ibas a irte, tú que no sabes
que lo que salva a veces
es el odio?

Sí, Diego: ese es tu pueblo, del que bien sabías entonces, cuando sólo tenías 25 años y escribiste este poema, que nunca te irías. Llevo varios días con la lágrima fácil y el corazón esponjado, porque toda la memoria de las cosas, las ideas, las largas conversaciones que mantuvimos durante más de treinta años (recuerdo las tortillas de patatas que Társila inventaba en la pequeña casa de la Avenida de San Luis como cierre de aquellas veladas interminables de principios de los setenta, con tanto miedo sobre los hombros y tantas esperanzas en la cabeza), se dice pronto, se precipita sobre mí y me abruma y me envuelve a la vez. Estos días hemos recordado momentos que creíamos que nunca volverían a ocuparse de nosotros. Muchos de los ausentes de esta hora (y de los artífices del silencio en periódicos, radios y televisiones) desconocen que en el tiempo del silencio y de las botas, tú tuviste el coraje (tú, que a veces eras tan miedoso) de inaugurar la biblioteca de una cooperativa agrícola en Villarta, y fuiste citado en Madrid, en el cuartel de la guardia civil de Hortaleza, por aquel "delito" y me llamaste (a mí, casi un imberbe lleno de entusiasmos y utopías) para que te acompañara porque querías testigos de la posible detención y, ¿por qué no decirlo?, porque temías algún tipo de represalia o de violencia física.
He recordado, también, aquella foto en primera página del viejo Informaciones, junto a Alfonso Grosso, los dos tumbados sobre una manta de cuadros, en huelga de hambre porque os habían despedido de la Editora Nacional por rojos (¿cuántas veces no lo habremos evocado, sobre todo en los días en que no pocos voceros progres de hoy te cerraban las puertas, te condenaban al paro?): por editar a Félix, a Celso Emilio Ferreiro (su hermoso Donde el mundo se llama Celanova), a De Ory entre otros, por firmar manifiestos por la democracia, por creer, sobre todo, como diría Blas de Otero, en el hombre.
Sí, Diego, cuando entraba, anteayer, en tu (nuestro) querido Priego, también venía a mi memoria aquel viaje de 1975, Franco vivito y coleando todavía, en que fuimos a encargar piezas de cerámica (de esa alfarería que respira en tus poemas) para recaudar fondos, con su venta, en las fiestas del movimiento ciudadano de nuestro barrio: recuerdo, cómo no, mi descubrimiento de los parajes donde tus poemas habían crecido, los ríos que los hacían frescos y transparentes, los bosques que entonces estabas ya convirtiendo en espacios para un sueño, el piezas de un bajorrelieve, en parte de tu fiesta en la oscuridad y de tu itinerario para náufragos. Paseos por la Avenida de San Luis, partidas de ajedrez interminables, visitas a un Café Gijón que, para mí, en aquel entonces, era el lugar de los mitos vivientes (recuerdo que allí me presentaste a Pepe Esteban, el eterno republicano, o al bueno de Eladio, o a Carlos Álvarez, por aquel entonces, entrando y saliendo un día sí y otro también en las cárceles de la dictadura). Luego fue tu casa en Gil de Palacio, cerca de la Avenida Ciudad de Barcelona, y Pepe Hierro y tu pasión por la vocación ciclista de tu hijo Diego, que ganó carreras y trofeos emulando a tu querido Luis Ocaña, hijo, como tú, de Priego. Y fueron las manifestaciones: muchas, innumerables, nos perdíamos de vista un tiempo, pero Esperanza y yo teníamos la seguridad de que nos encontraríamos contigo en la próxima manifestación contra el paro, o por la vivienda, o contra el terrorismo o en el no a la guerra (tú siempre te quedabas entre la gente, huyendo de ese odioso estrellato de algunos llamados intelectuales por amarrarse a la pancarta para salir en la foto).
Después vino la Semana Poética de Cuenca, que tú impulsaste con la Universidad Menéndez Pelayo y la de Castilla la Mancha y que celebrábamos en su sede allá en la altura, mirando desde las ventanas de las salas de reuniones a otra hoz: la del Júcar, tan cantada por ti. Y allí nos encontramos los más nuevos con los más experimentados y maduros: el Luis Rosales último, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Pepe, Antonio Carvajal, Antonio Gamoneda, Carlos Sahagún, pero también Jambrina, y Juanjo Lanz, y Antonio Colinas, y Luis Antonio de Villena, y Antonio Hernández, y Jesús Hilario, y Luis Alberto de Cuenca, y Luis García Montero, y Felipe Benítez Reyes, y Juan Carlos Mestre, y Concha García, y Luis Javier Moreno y Jordi Virallonga.... Fuiste tú el autor de ese lema que yo he utilizado tantas veces para calificar la poesía española contemporánea: "La ceremonia de la diversidad". Así titulaste la III Semana, la de 1993. Fuiste generoso porque no creías en las tendencias ni en las capillas y nos llevaste a todos. Luego seguiste siendo generoso (es una enfermedad incurable, aunque menos devastadora que la que te arrancó de nosotros) y promoviste la revista Diálogo de la Lengua, y la antología de jóvenes Pasar la página...
Recuerdo, también, la exposición de Alexandra Domínguez, en el otoño de 1999, en Riaza. Ún día de amistad, caminatas, almuerzo colectivo y, como casi siempre, conversación y risas. He rescatado la foto. A nuestra espalda, los inmensos bosques de robles teñidos por el ocre y el amarillo de principios de noviembre, de la sierra de la Tejera Negra. Detras de la cámara que sostienen Lupe o Esperanza, ya ni lo recuerdo, las estribaciones de la sierra del Rincón.
En Riaza. De izquierda a derecha: M. Rico, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre, Diego Jesús Jiménez y Juan Carlos Mestre
Y más tarde, en el Centro Cultural en que te dimos el último adiós, en tu amado Priego, en colaboración con las universidades, pusiste en pie los cursos de verano sobre poesía contemporánea. Los primeros días de julio, el pueblo que surge "donde termina la Alta Alcarria", se ha venido convirtiendo en "lugar de la palabra". Y muchos de los que estuvimos en la Semana conquense volvimos a acompañarte bajo el calor de sucesivos julios generosos. ¡Cómo olvidar aquella mesa de 2003 en el hostal Los Rosales de Priego donde compartiamos la comida un Manolo Vázquez Montalbán recién llegado de Barcelona, un Martínez Sarrión estridente y sarcástico, el descreído Carlos Sahagún, y Paco Brines, y Carme Riera, y Félix Grande y Antonio Carvajal. Nos quedamos con las ganas de que Serrat nos acompañara en el curso dedicado a los vínculos entre poesía y canción de autor (estuvo a punto, no te creas, pero al final, como buen cultivador de sus amistades del barrio de la infancia, nos dijo que estaba, en las fechas del curso, comprometido con ellos), pero tuvimos a tu buen amigo Luis Eduardo Aute, y a Amancio Prada...
Todo ese universo, construido con tu palabra y con la presencia tuya y de los tuyos (Társila, Társila María, José Manuel, Dieguito) es nuestra vida, Diego. A veces, paso por la Avenida de San Luis y miro hacia la ventana de lo que fue tu casa. No sé quien vive allí, pero sí estoy seguro de que en sus paredes está la huella de nuestras voces jóvenes, de quienes antes de la libertad soñamos con la libertad, y con la poesía, y con la literatura en su sentido más ancho y hondo. de quienes más de una vez hemos intentado, como los niños de tu hermoso poema "Plaza de Santa Ana", desatarnos del tiempo:

"Cruzan entre la lejanía de sus voces
los niños con sus juegos, fugazmente, la plaza; y corren
alejando sus sombras como si hubieran conseguido
desatarse del tiempo."

Tú, con tus poemas, con tu discreta labor (discreta, sí, a pesar de contar con los premios de poesía más importantes de este país), te has desatado del tiempo. Cada vez que te leemos, nos ayudas a desatarnos del tiempo.      (Volver) (Subir)


 
Fanny Rubio

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DIEGO JESÚS JIMÉNEZ
Y EL LENGUAJE DE LO SAGRADO

FANNY RUBIO

Recogido por Juan M. Molina Damiani
y Martín Muelas Herraiz en: “La poesía de Diego Jesús Jiménez”
Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2006, pp. 415-420].

Decía Luis Cernuda [Poesía y literatura, 1960, Barcelona, Seix Barral, 1975] que la sociedad moderna había decidido prescindir del elemento misterioso inseparable de la vida, y no pudiendo sondearlo prefería aparentar que no creía en su exigencia. De la misma forma, las poéticas contemporáneas parecen haber adoptado una perspectiva textual y lingüística que elude el papel de los símbolos, esos elementos —como diría Goethe en Sobre los objetos de las artes figurativas [1797]— que transforman la palabra en idea, y la idea en imagen, aunque la idea persiste sobre la imagen [T. Todorov, Teorías del símbolo, Caracas, Monte Ávila, 1981: 288], esos instrumentos de lo sagrado que transmiten una idea de la realidad que escapa al uso comunicativo corriente del idioma, ya que escribir poesía no es otra cosa que un eterno simbolizar.
Lo divino y la naturaleza humana han estado relacionándose a lo largo de la historia a través de símbolos. Los poetas han elegido enunciar el caos originario de la naturaleza humana a través del cual obtener una expresión en la que naturaleza y artificio se mezclen, para nunca más escindirse, con resonancia excepcional. Expone Calasso [La literatura y los dioses, Barcelona, Seix Barral, 2002: 46] que Schlegel reconocía no haber sido capaz de encontrar uno mejor que el «rutilante nudo de los antiguos dioses». Desde los dioses griegos, lo divino aparece como el Apolo de la Aurora a los argonautas, como explica Calasso [2002, 47] en sus referencias al relato de Apolonio de Rodas y a otros textos de paganismo tardío. Aunque Calasso [2002: 114] se refiere a los dioses griegos, está haciendo una buena definición de la poesía mística a partir de los comentarios de Proust acerca de Mallarmé al decir que en Mallarmé «las imágenes se pierden»: «Son todavía las imágenes de las cosas, porque nada seremos capaces de imaginar sino, por así decir, los reflejos en el espejo oscuro y pulido de mármol negro». Ese «mármol negro» es la mente. Con Mallarmé, la materia de la poesía se vuelve —con un rigor sin antecedentes ni continuadores— expe¬riencia mental. Tampoco es el juego de las refracciones, el «espejo interno de las palabras mismas», según el precepto que Mallarmé hizo explícito .
La palabra poética es, según María Zambrano [El hombre y lo divino, 1955, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1993: 184-185], un suceso interior, un suceso que remite a algo no natural y por eso el místico se mueve por algo que está fuera de él, pero que se engarza en su naturaleza humana. Curiosamente, para Zambrano la mística no es un problema netamente cristiano, sino que es una religión en sí, que al cabo del tiempo entra en el cristianismo y en el catolicismo .
Tal vez por eso, la relación de la palabra poética con lo sagrado remite a la unidad primigenia, pues su potencia ausente procede justamente de la primera escisión; de ahí la necesidad que la palabra tiene del símbolo, con el que establece una relación de diálogo con lo otro que es, en definitiva, la otredad del mundo. Para otra información contemporánea, recordemos a Octavio Paz [Las peras del olmo, 1957, Barcelona, Seix Barral, 1978], que analiza la situación de lo divino y lo sagrado en el mundo actual, consciente de la ruptura entre palabra y divinidad en la sociedad contemporánea, por lo que aborda la sobrevivencia de la expresión poética desde el mundo del Renacimiento hasta que, mucho más tarde, reaparece lo divino en los ideales de los poetas románticos y experimentadores de la talla de Novalis y Mallarmé.
En los últimos años otros autores se manifiestan muy de acuerdo con Paz y con Zambrano, que asegura que «la palabra poética, en cuanto apunta a la unidad desde la escisión, tiene un origen sagrado. En virtud de su relación simbólica, la palabra nos abre hacia lo constitutivamente trascendente, hacia un sustrato fundamental de sentido que sólo puede delimitarse en forma mística. Poesía y mística disponen, en su conjunción y coincidencia, un espacio para estar, una situación dialógica gracias a la cual el yo entra en relación con el otro, con el absolutamente otro que lo constituye, a través de la sagrada palabra básica que sólo puede ser dicha con la totalidad del ser». De igual manera, E. Á. El Maleh [J. Á. Valente y J. Lara Garrido, Hermenéutica y mística: san Juan de la Cruz, Madrid, Tecnos, 1995: 25] remite a la búsqueda del límite por parte de la palabra intercambiada «entre el guía que se mantiene en la luz de la revelación y el novicio, suscitada por la conjunción de un azar [...]». La palabra poética profiere el silencio, ya que «la imposibilidad de la palabra es su única posibilidad, la imposibilidad misma es la sola materia que hace posible el canto».
Si releemos las ya clásicas páginas de Mircea Eliade acerca del homo religiosus [Imágenes y símbolos, Madrid, Taurus, 1979], podemos comprobar cómo éste incorpora a su evolución objetiva el sentimiento de la trascendencia en una estructura misteriosa que forma parte de todas las culturas, aunque más recientemente G. Vattimo [La sécularisation de la pensée, Paris, Seuil, 1988: 111-119] clasifica esta estructura en un sistema institucional de creencias, y una conducta que desliga lo divino de las instituciones dogmáticas. Ambos sirven de ejemplo a la hora de entrar en el lenguaje de lo sagrado,  un territorio que es arriesgado siempre. De ello dieron buena cuenta los pioneros trabajos de Dámaso Alonso , como es sabido, frente a frente con el misterio.
Salvo los escritores de estirpe romántica y surrealista, pocos poetas contemporáneos dicen sentirse vinculados a la convulsión de la segunda mitad del siglo XVIII en que la poesía se convirtió en elaboración visionaria de la verdad profunda. Roberto Calasso sitúa la relación con lo absoluto en 1798 con la redacción de la revista Athenaeum por un grupo de poetas entre los cuales están Novalis y Schlegel, y se cierra en 1898 con la muerte de Mallarmé. Eso da pie a nuevas estéticas montadas sobre la concepción mallermeana de búsqueda de lo absoluto .
Acerca de la vuelta de «lo divino» como tipo y como mito  a nuestra cultura han tratado en su extensa obra tanto la filósofa de la razón poética María Zambrano [1955] como el poeta José Ángel Valente [La piedra y el centro, Madrid, Taurus, 1983]. Ambos remiten a la palabra que se define por la carencia de lo sagrado. Sagrada ausencia que suscita un deseo de unidad. Lo sagrado en plenitud verbal conecta con lo tremendo, calificación utilizada en su día por Menéndez Pelayo a propósito de la escritura mística .
A juicio de Roberto Calasso fue Schlegel quien enlazó con lo divino por encima de los dos siglos transcurridos entre místicos y románticos. Después, la posibilidad entrevista por Mallarmé en entrar en el mundo del conocimiento y la revelación fue una apuesta de alto riesgo con la cual la palabra poética se liberó de la retórica imperante. Así se presta a ir en comunión con el universo, en conexión con las fuerzas racionales e irracionales, desembocando abiertamente en la poética del conocimiento de los surrealistas, intérpretes del mundo de lo desconocido y más tarde, en España, con las generaciones de posguerra [Octavio Paz, 1957; Roberto Calasso, 2002: 169].
El poeta Diego Jesús Jiménez pertenece a esa estirpe de poetas visionarios. Sobrepasado por las operaciones comerciales de los decenios últimos, se ha mantenido fiel a las tradiciones de la modernidad, consciente de la potencia interna de una palabra que abre la vía del conocimiento y, por tanto, transforma el mundo. Su culturalismo visionario, fiel a los maestros citados, adquiere calificación de rareza en un territorio tomado los últimos cuarenta años por asalto por quienes desearían que jamás se revisara críticamente la poesía española desde la transición. Una poética como la de DJJ corrige y desmorona los frágiles marbetes acuñados a partir de los años ochenta por fetichistas de la anécdota que aspiran a crear pautas reordenadoras de los materiales poéticos y aún han pretendido constituir en dogma con pátina de modernidad lo que ya estaba en la poesía española desde la generación de Escorial. Mucho antes de esos ochenta complacientes, Carlos Bousoño, entregado a las polémicas creadas por la dicotomía «comunicación-conocimiento», mantuvo en sus apoyos a la poesía de la generación siguiente los marbetes de «marginación» de los distintos poderes como característica primordial del grupo del setenta, tal vez sin darse cuenta de que esa definición mantendría en un segundo plano a auténticos poetas marginales situados entre el grupo de los cincuenta y los novísimos, como Diego Jesús Jiménez, que en esos años libraban una batalla dura por la modernidad. Diego Jesús Jiménez, premio Adonais, como algunos poetas del cincuenta, en 1964 por La ciudad (Madrid, Rialp, 1965), y premio nacional en 1968 por Coro de ánimas (Madrid, Biblioteca Nueva, 1968), estaba planteando un avance de las corrientes irracionales de las que hicieron gala los «novísimos» sin abandonar la línea lógica evolutiva del neorrealismo, como iba sucediendo en Europa y Norteamérica por esos mismos años y era tan importante para la lírica española. Si en Barcelona los poderes fácticos de la crítica establecida dejaron fuera de muchas antologías a Alfonso Costafreda, Diego Jesús Jiménez sostuvo en los años de la transición una estética difícil de integrarse en el marasmo mediático del decenio, más pendiente de ofrecer un escaparate de escritores nuevos a la reciente democracia. La cosmovisión del poeta estaba por encima de toda circunstancia, pero no al margen. Su obra integraba una reflexión crítica de los elementos del culturalismo, la escuela más de moda, relatando al mismo tiempo, con una razón de mestizaje irónico, su desmoronamiento a  través de una violenta visión existencial. El libro Fiesta en la oscuridad (Madrid, Dagur, 1976) ha sido calificado por su más importante crítico de «barroco visionario». Esa es una de las claves del poeta, que sostiene, precisamente por asumir en él la radicalidad de lo poético, un alto nivel de disidencia con relación a las estéticas imperantes, y aún precedentes, exceptuando a Blas de Otero, Ángel Crespo, Claudio Rodríguez y José Ángel Valente. Como ellos, DJJ pasa de lo intuitivo de la conciencia colectiva a otra ladera que limita con los infiernos espaciales y pone en crisis lo convencional. Con Fiesta en la oscuridad Diego Jesús Jiménez entra en la vía del poema como conocimiento, en la vertiente más metaliteraria y hermética, sin renunciar a lo comunicado, a lo «oralizado». Las estructuras polifónicas que componen esta escritura transmiten la experiencia de la vida sin renunciar a lo inefable.
Si leemos atentamente el poema que da título al libro, «Fiesta en la oscuridad» [pp. 25-28], nos daremos cuenta de que el poeta sostiene verbalmente la fuerza oral de los poetas citados más arriba como baluarte de la modernidad, con quienes Jiménez comparte la deíxis vocativa y la voluntad de inmersión que une el proceso metafórico y el proceso de creación, consiguiendo captar la realidad desde lo hondo, especie de caída en la lucidez. Para Diego Jesús Jiménez, como para los poetas citados, poema se equipara a verdad («[...] verdad hecha de flores, apacible paisaje») y se genera como «[...] espejo de las sombras [...]». Así equidista de Rafael Dieste, Juan Larrea o Emilio Prados, manteniendo una expresión de carácter metafísico («[...] Tu cuerpo es residencia // y es hogar de otros cuerpos. Sobre tu espalda crecen los milagros, vienen // a beber de mi sed otras espaldas [...]»), pero, en su caso, tal vez más próximo a Alfonso Costafreda, alumbran borbotones de noticias reales («[...] donde se acepta nuestro beso // como negocio, no // como naufragio»). En ellos se asienta la desolación («[...] la libertad nos mira // con sus ojos vacíos [...]»). Pocas veces nos hemos encontrado con una voz tan lúcida en su misión de apuntalar las ruinas del tiempo venidero, de expresar el desierto a que llevan los hilos del poema en este tiempo de opulencia barata. Hallar en estas páginas la dilatación de un sujeto integral que sigue trabajando su poética de tradición superrrealista, ya crecida hasta Bajorrelieve (Huelva, Diputación Provincial, 1990) e Itinerario para náufragos (Madrid, Visor, 1996), es prueba decidida de que en la poesía del presente hay una tradición que resiste bajo las mil formas de impostura en que se ha pretendido convertir la poesía española contemporánea. Ante tales poéticas apócrifas, más cerca de la autocomplacencia de los primeros años de la dictadura que de los desasosegantes y nutricios sesenta, recuperar la voz de un disidente que hace honor a su título, “Fiesta en la oscuridad”, es convocar el nacimiento de un trigal en un bosque de nieve.   
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OTRAS IMÁGENES


De izquierda a derecha empezando por la fila de arriba, Juan M. Molina Damiani, Lola Barberán, Antonio Negrillo, Diego Jesús Jiménez y Pedro Luis Casanova
 

 
De izquierda a derecha: M. Rico, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre, Diego Jesús Jiménez y Juan Carlos Mestre en Riaza

 
Con Antonio López e n el Centro Cultural Aguirre de Cuenca en abril de 2008
 
El periodista, escritor y pintor Diego Jesús Jiménez
en una imagen de 1996. Foto EFE

Ahí, donde termina
la alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta
las viñas, nacen sin esperanza
los centenos; ahí,
donde se oye sobre la piel el canto
de los grajos, está mi pueblo.
Lugar donde la noche se hace
desfiladero, sombra,
cañada...
DIEGO JESÚS JIMÉNEZ, de "Fiestas en Priego"

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De izquierda a derecha: Diego Jesús Jiménez, Juan Manuel Gonzalez, Ángel Luis Luján y juan Pastor en la sala Trovador de Madrid