|  Luis A. de Cuenca | VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS Luis Alberto de Cuenca Se dice pronto: veinticinco años. Yo tenía la edad en que murió Cristo cuando mi amigo Juan Pastor comenzó a publicar en Barcelona su colección Devenir. Ahora tengo cincuenta y ocho, y se me antoja raro haber sido joven alguna vez. No sé cómo Juan dio con mi dirección postal. Pero empecé a recibir puntualmente los primeros libros de la serie en mi casa madrileña de Don Ramón de la Cruz, donde aún los recibo hoy día, cuando ya Devenir ha superado la cifra -asombrosa para una colección de poesía- de los dos centenares de libros publicados. Tras el cuarto de siglo transcurrido, Devenir sigue teniendo, en lo que concierne al diseño, el mismo aire de familia con que nació. Aún recuerdo con delectación y cariño aquella edición de los sonetos de don Gabriel Bocángel a cargo de Esther Bartolomé. Acababa yo de dar a las prensas una antología de Bocángel en Editora Nacional, dentro de la preciosa colección de poesía que dirigía por aquel entonces mi llorado amigo Gonzalo Armero, y no pudo, por tanto, pasar desapercibida a mis ojos la estupenda edición de Esther. Cierto es que Devenir se ha ocupado mayoritariamente de poesía contemporánea, pero aquellos sonetos bocangelinos se quedaron a vivir en mi memoria de manera muy especial. Luego vinieron otras muchas entregas memorables. Algunas de ellas he tenido el honor de prologarlas. Siempre he tenido una relación muy fluida con Juan Pastor. Cuando ha caído en mis manos un original poético que, a mi juicio, merecía la pena, no he vacilado a la hora de telefonearle, recomendando su publicación. Juan es una persona abierta a todas las tendencias poéticas, sin ningún tipo de sectarismo, un hombre que sabe escuchar y que distingue en todo momento entre el grano y la paja, un enamorado de la poesía y un excelente profesional de la edición. Luego se ha abierto a otras temáticas editoriales, como el ensayo y la crítica literaria, siendo fundamental su aportación en este terreno, pues pocas son las editoriales que lo cultivan hoy. Le deseo mucha suerte en su tarea de ir cumpliendo objetivos, además de años, al frente de Devenir. Un proyecto que es suyo, pero que, al cabo del tiempo, ha terminado siendo nuestro también. Ya está en alto mi copa, rebosante de aplauso y de amistad. ¡Por la colección Devenir, para que dentro de veinticinco años podamos brindar de nuevo juntos por ella! ¡Por Juan Pastor, el infatigable y entusiasta editor que la ha hecho posible! ¡Por la poesía que encierra y por la juventud que evoca en nosotros, veinticinco años después! LUIS ALBERTO DE CUENCA 4 de enero de 2009 ►(A inicio) |
 Miguel Florián | MIGUEL FLORIÁN, AUTOR DE: LOS MARES, LAS MEMORIAS Me siento un poeta “de” Devenir. Seguramente, de no haber sido por el interés que Juan Pastor mostró hace 16 ó 17 años por el poemario inédito Los mares, las memorias, la poesía se hubiera perdido para mí. Yo ya era talludito y desconfiaba de mis poemas. Aunque escribía desde los 16 años sólo había publicado algunos pocos en revistas (Fin de siglo, Contemporáneos…). Recuerdo cómo Juan me telefoneaba insistiendo en que debía publicarlo, ya fuera en Devenir, ya fuera en otra parte. Se publicó en Devenir y aún le agradezco la confianza que entonces depositó en mía. Gracias de nuevo, Juan. Devenir cumple 25 años y ello se debe al tesón, al enorme esfuerzo realizado por Juan. Esfuerzo, por otra parte, bastante desinteresado. Sorprende echar una mirada a la amplia y exigente nómina de autores que aparecen en su catálogo. Hay en ella auténticas joyas de la poesía. Por ejemplo Estoy escuchando a Estambul de Orhan Veli, La imagen desnuda de Artur Lunkdvist, poemarios de Tundidor, de Álvarez Ortega… ah, por cierto, aprovecho la ocasión para recomendarles la excelente traducción hecha este excelente poeta cordobés de parte de la obra poética O. V. Milosz… Gracias Juan porque exista Devenir y espero que continúe bastantes años más. MIGUEL FLORIÁN pProfesor y poeta Sevilla, 20 de noviembre de 2008 ►(A inicio) |
|  Rafael de Cozar  Inviotación mesa redonda sobre la "política poética de la utopía en Sevilla  La Carbonería de Sevilla. Día 11/12/08 | PROPUESTA DE RAFAEL DE COZAR ARTE Y UTOPIA Buena parte de la dedicación artística es en esencia utópica, pues parte, como señaló Baudelaire, de la base de la destrucción de la realidad para construir otra, es decir, reescribir el mundo, pero también hay líneas estéticas cuya base es contar el mundo, anotarlo, describirlo. Entre esas dos líneas de fuerza se mueve la mayoría de la producción artística, desde la ortodoxia a la heterodoxia, desde el realismo a las vanguardias. En todo caso, como ficción, el arte es, frente a la historia, una mentira, un mundo soñado, no sucedido y, a menudo, imposible de suceder. Si elimináramos de la historia del arte todo aquello cuya motivación no fue esencialmente artística, es decir, el arte como ilustración de las ideas morales, religiosas, ideológicas, el “deleitar aprovechando”, la función pedagógica, etc, nos quedaríamos con un museo muy reducido, del mismo modo que el arte del paleolítico y el neolítico nada tuvo que ver con el arte, sino con el rito, la magia y la “religión”. En cada época la función artística ha ido cambiando, de modo que a casi toda la prosa narrativa del siglo XVIII, o buena parte de la novela realista del XIX le llamaríamos hoy ensayo, estudio sociológico, psicológico, etc. Obviamente la poesía, dentro de las fórmulas literarias, pertenece más de lleno al ámbito de la utopía, a pesar de aquellos que creyeron que la “poesía es un arma cargada de futuro”, cuando casi todos los poetas andaluces han sido conscientes de que ni es un arma, ni va cargada, y que para cambiar el mundo hacen falta tácticas e instrumentos más inmediatos. Tema aparte es su proyección, su difusión, su reconocimiento público, tratándose de un género en este punto obviamente menos exitoso que la narrativa, e incluso que el teatro, por mucho que se le coloque en la cima de la literatura. Pero la utopía lo es en la medida de que resulta algo inalcanzable, lo que no impide acercarnos al límite de lo posible. Si es del todo realizable, es tan sólo una aspiración, que puede realizarse, o no, pero está fuera de la utopía. De aquí que cada obra de arte debería ser un experimento que abre el camino hacia el siguiente, el cual anula al anterior en el proceso del artista. Pero en la realidad suele ocurrir que si el último “experimento” funciona, tiene éxito, el artista se inclinará a repetirlo, de modo que se paraliza su investigación. En este sentido el artista pasa al sistema, se integra y forma parte de él. De hecho la vanguardia, que partía de la utópica intención de acabar con el arte como parte del sistema, terminó totalmente integrada en él, formando parte de los mismo museos que pretendía destruir (Futurismo, Dadaismo, etc.). El mundo hoy industrializado, globalizado, parece insinuar que la utopía, siendo en esencia imposible, ahora ni siquiera permite moverse en la franja de lo posible. En este punto algunas de las grandes utopías históricas, la cristiana o la marxista, han terminado ahogadas por el sistema. El arte tal vez es uno de los pocos campos que nos quedan en lo utópico. RAFAEL DE CÓZAR Universidad de Sevilla Un(glosa/resumen de mi intervención en la mesa redonda “La poesía al otro lado de la Red”, que tuvo lugar en la Sala Ramón Gómez de la Serna del Círculo de Bellas Artes de Madrid el día 6 defebrero de 2008)iversidad Politecnica de madrid (Volver a inicio) (Volver) |
 Juan José Lanz | DIEGO JESÚS JIMÉNEZ "LUGAR DE LA PALABRA" JUAN JOSÉ LANZ Ahora que se nos ha ido, empezaremos a darnos cuenta del inmenso hueco que nos ha dejado Diego Jesús Jiménez. Para mí, Diego era casi más grande amigo que poeta, y ya es decir, porque (y a los premios que recibió en vida me remito) su calidad poética es indiscutible: Diego Jesús Jiménez es, sin duda, uno de los más grandes poetas españoles de los últimos cuarenta años y uno de los que mejor han sabido desentrañar la trabazón ideológica de nuestra sociedad contemporánea desde una estética que no renuncia nunca a la más alta calidad, pero tampoco a la denuncia de la hipocresía, al desvelamiento de los verdaderos motores de nuestro mundo; es más, en su obra (no sólo poética, sino pictórica y crítica), ambos elementos van de la mano, la estética es el modo de denuncia y de transformación utópica de una realidad que sólo cobra sentido cuando es soñada, que sólo se realiza cuando el ojo se desplaza más allá del límite impuesto por la línea (“La mirada / sólo es capaz de contemplar el mundo / cuando abandona el cauce que la línea le ofrece”). Hay una metáfora, casi un símbolo de su obra, que se repite en la poesía de Diego: el color que se transfiere al cuadro, como en la pintura del Greco, en la de Zurbarán o en las cuevas de Altamira, procede de la impregnación de la materia natural en el lienzo o en la pared, que así se transustancia en sueño, en arte, y que revierte en la realidad de la que nace para transformarla. Así, su poesía; así, su obra toda. No hay una línea que separe la realidad del arte: ésta es soñada (de ahí la dimensión utópica de su obra y su conciencia dialéctica de la Historia) en la obra que se transforma y la transforma, para avanzar en un misterio que se expande, cuyo desvelamiento siempre está más allá. Ésa es la gran lección que aprendió del Barroco, del Manierismo: el ojo que se acostumbra a la línea, miente. Pero es al amigo y no al poeta al que quiero recordar, porque de éste me quedarán sus versos para siempre. Tampoco había una línea que separara al Diego Jesús Jiménez poeta, del amigo. Diego era, como su poesía, transparente, entregado, cálido e invencible luchador contra la injusticia y la hipocresía. Quien entraba en su casa como quien entraba en su poesía, sabía que era para quedarse: Diego se lo daba todo, se lo entregaba todo, sin ambages, sin reservas. Se podía discutir con él, se podía estar en contra de algunos de sus juicios, de sus opiniones, etc. pero no se podía estar en contra de su sinceridad y de su entrega. Su poesía y su pintura nos lo muestran tal cual era: constante buscador, soñador utópico y evocador casi proustiano de una nostalgia infantil, crítico y desvelador de la hipocresía del mundo, hombre y artista de una sola pieza. En Diego no había poses, como tampoco las hay en su obra; no había máscaras, porque era auténtico, como su escritura. Me gusta evocar cómo conocí a Diego hace casi veinte años, porque creo que muestra muy bien cómo era. Por entonces, yo era un joven doctorando que preparaba mi tesis sobre la poesía de los años sesenta-setenta y simultaneaba mi investigación con alguna labor crítica aquí y allá. Había descubierto los poemas de Diego Jesús revisando las páginas de la revista leonesa Claraboya, publicada en los años sesenta, y me había quedado sorprendido de que un poeta tan deslumbrante, que había conseguido con menos de treinta años el premio Adonais y el Nacional de Literatura con sus dos primeros libros, La ciudad y Coro de ánimas, hubiera desaparecido prácticamente del mundo poético. En el tráfago de la Transición, había quedado casi oculto su inmenso Fiesta en la oscuridad. Fue una tarde de entonces, cuando volviendo de la Biblioteca Nacional encontré en una librería cerca de la calle Mayor Bajorrelieve, que había obtenido el Premio Juan Ramón Jiménez y acababa de publicarse. Compré y leí de inmediato el libro: Diego Jesús Jiménez no sólo no estaba desaparecido (o muerto, había llegado a pensar en algún momento), sino que era capaz de escribir un libro como aquel. Reseñé el libro en El Urogallo, donde colaboraba por entonces. Al cabo de unas semanas, José Antonio Gabriel y Galán, el director de la revista, me entregó una carta a mi nombre que había llegado hacía unos días a la redacción de la revista: era precisamente del autor de Bajorrelieve. Diego me decía allí que le había gustado mi comentario y me contaba otras cosas sobre sus largos silencios, su lenta escritura, sus depresiones, etc. Creo que le contesté o le llamé por teléfono. Sé que nos vimos y hablamos en Madrid, y luego en Cuenca, y más tarde en Priego y mucho después de nuevo en Madrid, en su casa, en los Vips que frecuentábamos, en la cuesta de Moyano, en Santander, y en Priego y otra vez en Priego y siempre en Priego, verano tras verano, hablando, confesándonos, contándonos cosas que sólo él y yo sabemos, y en tantos sitios… Recuerdo luego la aparición de Itinerario para náufragos y el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura y la celebración de amigos en su casa de Madrid, con una Társila siempre a su lado, siempre también a nuestro lado. Társila y Társila María, Diego y José Manuel, sus hijos, que casi son de mi quinta, fueron junto con Diego mi segunda familia en Madrid. Creo que eso lo dice todo. Pero también fueron una segunda familia para ese grupo de amigos, bien diversos, que Diego y Társila consiguieron hacer, logrando que las relaciones entre todos nosotros fueran de verdadera fraternidad. No es extraño, pues, que hoy nos sintamos todos huérfanos al haber perdido a ese amigo infinito que fue, es y seguirá siendo Diego Jesús Jiménez. (Volver) (Subir) |
 Javier Lostalé | EL CAUCE HONDO DE LA MEMORIA JAVIER LOSTALÉ Quien ha empañado el lenguaje del sonido medular de la existencia; quien ha hecho de la memoria espacio y tiempo en tensión, lecho hondo habitado hasta la conciencia, y de lo telúrico biografía; quien ha sentido la iluminación del origen y ha borrado fronteras entre lo individual y lo colectivo; quien se ha enfrentado a la Historia desde la desnuda condición humana y ha creído en el pulso salvador del Arte; quien en su obra ha integrado con la misma respiración lo visible y lo invisible, lo real y lo mágico, la ética y la estética; quien ha trepanado el lenguaje hasta bañarse en sus imágenes y despertar el cuerpo de las sombras; quien ha concebido la creación poética como un modo de ser en plenitud , nunca en solitario, sino acompañado por tantos desheredados, víctimas del poder o humillados; quien ha tocado el misterio de la copulación entre el amor y la muerte; quien ha dotado a sus poemas de una simiente oral y ha hecho germinar en ellos la mirada, pues la escritura se nutre de la contemplación(no olvidemos que quien mueve la mano es también un pintor);quien reuniendo todo lo hasta ahora dicho aspiró a lo absoluto abrazando la realidad con todos sus pliegues hermosos y terribles, es un poeta esencial. Diego Jesús Jiménez lo fue hasta su muerte, y sin tiempo lo será. Su obra, creadora de un universo mítico, pues siempre renacido de sus fuentes primeras, “iluminará nuestros sentidos”(parafraseo el título de la antología de Diego Jesús preparada por Manuel Rico), nos emocionará con su encarnación de la Naturaleza y el fulgor de una belleza llena de latidos, con la temperatura de su imaginación y su fuerza onírica nos mostrará el rostro más velado de la realidad y, desde su compromiso radical, nos alzará a un territorio más solidario. Nos hará, como solía decir otro poeta esencial, su amigo Claudio Rodríguez, “mejores”. Pronuncio algunos títulos de sus libros fundamentes: La ciudad, Coro de ánimas ,Fiesta en la oscuridad y, sobre todo, Bajorrelieve e Itinerario para náufragos, y le escucho mientras un impulso puro y desconocido dignifica mi vida. (Volver) (Subir) |
 Ángel Luis Luján | CUANDO TODO SE VUELVE DIFERENTE ÁNGEL LUIS LUJÁN Acostumbrados como estamos a despedir a todos por igual y hacer tabla rasa ante la inmensidad de la muerte, se nos olvida que hay diferencias. Que no es lo mismo. Que hay quien lega al porvenir memoria de su tiempo y de su ser, y eleva la existencia de los demás a un grado mayor de sentido con la más alta generosidad. Diego Jesús Jiménez lo hizo a través de la poesía principalmente, pero también de la pintura; y a los que tuvimos la fortuna de conocerlo, nos infundió, por arte de su palabra viva y de su vivificadora cercanía, esos sueños suyos de una dignidad más alta del hombre. En un tiempo lleno de buenos poetas y de gran altura lírica en nuestro país como fue la década de los 60, que le vio nacer a la poesía, Diego Jesús abrió un espacio propio, su sitio personal. La ciudad fue un libro revelador que encajaba en aquel panorama que buscaba una salida al realismo romo en el verso; pero el libro iba un poco más allá, se salía de sus coordenadas, y no sólo porque optara por una visión legendaria de la existencia, sino porque había sabido plasmar lo que de trascendente tiene cualquier vida cotidiana, que hay historia, pero que hay algo más hondo debajo de la historia que le sirve de latido. La poesía de Diego Jesús Jiménez ha ido siempre en ese camino. El lector la reconoce como de su tiempo, familiar hasta hacerla suya, pero continuamente le sorprende porque anuncia siempre algo más allá, algo que se cumple solo cada vez que se lee el poema y a la vez sigue quedando en la distancia de lo inalcanzable, por demasiado hermoso. Por eso Diego Jesús repetía que la poesía es anticipación. Su poesía es una leyenda hacia adelante. Su palabra tiene el poder de despertar lo que de más visionario tiene cada uno, gracias a su lenguaje deslumbrante, irracional pero arraigado, barroco pero directo. Ha sido capaz como pocos de pisar la tierra mientras el cielo le ofrecía reflejos de otras posibles formas de ser. Si nos situamos en el otro extremo, en medio de un tiempo ramplón como el que nos está tocando vivir (y no sólo en literatura), Diego Jesús ha sostenido la poesía como cobijo contra la intemperie del sinsentido, contra el frío y la estupidez exterior, aunque muchos no hayan querido oir. Y es que pocos son capaces de soportar una voz auténtica, principalmente si no es la propia. Cuando un hombre muere deja un espacio inhabitable, un lugar del que solo él había marcado las coordenadas. Cuando un poeta auténtico muere deja un lenguaje inhabitable, pero transitable para todos los que aman la poesía, la palabra y la belleza. Como en un bosque nocturno, cual esos personajes inquietantes de sus poemas, nosotros lectores atravesamos su obra iluminándonos con sus imágenes ciertas, que dan un conocimiento más seguro que el de los mapas y el de los conceptos. Y es que cuando un poeta ha dicho lo definitivo, todo se nutre de la diferencia que ha descubierto entre lo que vemos y lo que es. Por ejemplo, a los que amamos los ríos, como los amaba Diego (su vida transitada por los nombres de tantos de ellos), nos ha dejado formas de ver sus aguas que ya nunca serán las de antes. Ahora el río que miramos ya no tiene límites: “sin orillas, sin fondo / verdadero”. Ahora hay ríos que son arquitecturas góticas, con criptas, y su rumor es gregoriano antiguo resonando por arcos y bóvedas de agua “que iluminan el tiempo”. Ahora es imposible pararse en mitad del puente de San Antón en Cuenca y no ver, en sus aguas verdes, el reflejo de la ciudad alta, con la catedral en primer plano, como la expresión de un verso de Diego. Se diría que la naturaleza lo ha venido a copiar, para hacerse más exacta. Y ese mismo río que parece tan parado en sus aguas iguales, tan impenetrablemente fiel a sí mismo, ahora sabemos por su palabra que “lo ha estado haciendo el tiempo”. Diego Jesús nos ha enseñado que hasta lo más elemental tiene una historia que ha de ser desvelada, puesta en claro. Todo lo hace y lo deshace el tiempo, y la poesía tiene que contar su historia verdadera, no la que falsean las crónicas, los periódicos, los narradores interesados. Por eso el tiempo de su poesía, como el de su vida, es un tiempo humano, y la historia que nos rescatan sus versos es una historia profundamente humana, en todos los sentidos posibles. Es memoria de la humanidad que sufre y se somete, pero de una humanidad esencial que cree en la redención por la belleza y por la verdad. Y es también memoria personal que no se puede confundir con esa otra gran memoria de la historia, pues la funda. Diego Jesús nos ha hecho ver que si existe la Historia es porque cada uno de nosotros tiene un tiempo propio y una historia inalienablemente humana. Nos han dicho mucho que no hay que confundir los sentimientos que expresa la poesía con los sentimientos reales del autor, pero cuando damos con un poeta de la talla de Diego Jesús los lectores nos negamos a pensar que el grado de humanidad que se transmite a los poemas no sea correlativo al grado de humanidad con que vive el poeta. Los que lo hemos conocido, además, lo certificamos. Su palabra es como el espejo, o el disfraz revelador de una sensibilidad en silencio, subterránea y poderosa, que encuentra su forma de comunicarse en ellos: en los reflejos, en los rasgos del antifaz, pero no la agotan. Los poetas verdaderos nos dejan, al marchar, el consuelo de que podemos seguir conversando con ellos ya sin tiempo, sin limitaciones y sin prisas. Abrir un libro suyo, leer un poema es como volver a tener a Diego Jesús a nuestro lado. Los poetas no se van del todo, se esconden en el tiempo, para despistarnos, para dirigirnos un susurro de vez en cuando, como esos niños traviesos que se ocultan y nos dejan oír su voz o su risa para que sepamos que andan por ahí cerca, que simplemente están esperando que los encontremos y nos reunamos con su sencilla alegría. (Volver) (Subir) |
 Ricardo Ruiz Número 202 de DEVENIR  M!aría Antonia Ortega en la presentación del libro en Burgos | EL ARTE COM ALIMENTO RICARDO RUIZ Nuestra civilización progresa de una manera tan vertiginosa como alarmante hacia una sociedad de tecnócratas y gestores del utilitarismo en perjuicio de una sociedad de humanistas. Los intelectuales ya no son los sabios, los pensadores o los filósofos; ahora los intelectuales son los cocineros, los asesores de imagen, los profesionales del shown business y los gestores del glamour. El valor de la cultura se mide por el interés turístico y gastronómico, por las colas en las puertas de los museos y por las ventas millonarias de libros de autoayuda. Los nuevos intelectuales han convertido la divulgación cultural en vulgarización y espectáculo mediático. Hoy se confunde la solidaridad con la piedad y el compromiso con la demagogia. No se globalizan la cultura, la educación y las ideas; se globaliza el dolor, la violencia y la estupidez humana. Desaparecida la censura política, existe otra clase de censura, más tenue, aparentemente menos cruel, pero más perversa. Es la censura empresarial. El nuevo “Gran Hermano” que todo lo vigila, lo controla y lo programa tiene un rostro más amable, más sonriente, más glamuroso, pero su objetivo es más cruel y perverso. Los nuevos intelectuales idolatran al afable monstruo porque alimenta su vanidad, su mezquindad y su ego. ¿Dónde quedan entonces aquellos valores, aquellos ideales, aquellas convicciones de quienes defendieron el pensamiento libre, la posibilidad de pensar, de discrepar, de discernir? ¿Dónde están la moral, la justicia, la generosidad, la educación…? El director de cine Ridley Scout alertaba de este peligro en una reciente entrevista. “Me pregunto –decía- cuánta gente con moral queda hoy en día”. Lúcido y contundente se mostraba también el viejo y sabio profesor Emilio Lledó cuando en otra entrevista advertía: “Creo que ya no tiene tanta importancia la libertad de expresión, el poder decir lo que se piensa, porque lo interesante, lo creativo, lo pedagógico es poder pensar lo que se dice, poder pensar; sencillamente, tener la mente suficientemente luminosa”. Es algo parecido a lo que hace años aventuró Machado al decir que “la verdadera libertad no nos la jugamos cuando podemos decir lo que pensamos, sino cuando podemos pensar lo que decimos”. El problema de fondo de nuestra civilización no es tanto el terrorismo, la violencia, la sumisión a una bandera o el fanatismo religioso, político, territorial o lingüístico (que en el fondo son una consecuencia del problema); el problema es la ignorancia, la pobreza mental, la ausencia de cultura, la falta de educación, de ética y de moral… El empobrecimiento de la cultura, el papanatismo ilustrado, ha establecido un nuevo escenario en el que el mundo parece más oscuro y más mezquino. ¿Hay entonces alguna salida, alguna forma de esperanza que nos salve del desastre? La felicidad no existe, pero existen ráfagas, instantes, momentos de extrema dulzura, que no nos hacen más felices, pero sí menos infelices. Una especie de agridulce esperanza, de trágico vitalismo, de fatalismo luminoso. Nos alimentamos de pequeños milagros cotidianos y de pasiones aparentemente inútiles, como la poesía por ejemplo. Pero sin ellas la vida es más sucia y más fría. La poesía -no nos engañemos- no puede salvar el mundo, pero lo hace más soportable. Es una forma de conciencia, un ejercicio de rebeldía y de conocimiento. Quizás nuestro único alimento, nuestro único consuelo, sea una actitud insobornable hacia el arte, hacia el compromiso con la palabra, hacia la independencia creativa, hacia la denuncia de la manipulación para salvarnos del cataclismo. Algo así como el frenesí de la reflexión y el pensamiento. No podemos abdicar de esos pequeños milagros que nutren nuestros sueños: el arte, la creación, la palabra, la lectura… El arte sirve para vivir porque nos ayuda a sobrevivir. Y podemos sobrevivir gracias a la Educación, la Cultura y un nuevo Humanismo que considere el arte como un alimento. Aunque les pese a los cocineros del pensamiento utilitario y mezquino, nosotros podemos, y debemos, amasar nuestro propio pan para alimentarnos y sobrevivir al naufragio. RICARDO RUIZ Madrid. 2 – Abril - 2008 RICARDO RUIZ (Burgos. 1963). Ha publicado en la colección DEVENIR POESÍA los libros: Kilómetros de nostalgia, Tatuajes y Estación lactante. SUBIR - A INICIO |
|    | EL DESVÍO DEL OTRO ERNESTO GARCÍA LÓPEZ Hace ya más de 10 años el colectivo poético Alicia Bajo Cero de Valencia (en boca de uno de sus poetas mayores, Antonio Méndez Rubio) decía que «hablar del mundo es proponer un mundo». Un libro de poesía encierra, a mi juicio, dentro de sí un mundo y lo quiera o no negocia y transacciona con ese otro mundo que le rodea. No en vano la palabra, como nos recordara el psicólogo bielorruso Vygotski, es un «microcosmos de conciencia humana». Por eso, hablar de un libro de poesía que está en el mundo es también proponer un mundo. El mundo de mis versos intenta ser fragmentario y colectivo, como hilachas transparentes que tejemos entre todos y donde nos vamos enredando sin querer. En él habitan la periferia de Madrid y de París, las calles del barrio donde vivo, los días compartidos con mi compañera, peleados minuciosamente contra el deterioro y el egoísmo, la pintura, los momentos felices vividos con mi familia, mis amigos, los compañeros de trabajo, también la indignación hacia mucho de lo que observo, pues no sé qué les parecerá a ustedes pero me a mí me espanta. En él habitan todas esas contradicciones que nos impiden dormir y que, incluso, nos convierten en seres mezquinos y otras veces luminosos. Intuyo que en él habitan las luces y sombras que todos llevamos dentro de nuestra camisa. Desconozco si por elección o herencia educativa, soy de los que opina que cuando un poeta saca a la luz un texto es ineludible tomar partido, esbozar las líneas maestras de lo que algunos denominan «poética» y otros, simplemente, «trabajo». Hay poetas que detestan la reflexión metapoética, por entenderla impostada y falsaria, ajena al propio poema, yerma. Otros en cambio consideran que el devenir poético bebe y necesita, en gran medida, de la reflexión teórica. Más allá de unas u otras posiciones, considero que las poéticas son imprescindibles porque nos enseñan que la producción literaria no es ajena al territorio del conflicto y la disputa. No me refiero a las riñas más o menos emboscadas de grupos, grupúsculos, pandillas y/o maras literarias que campean en nuestro escenario cultural. Me refiero al hecho del conflicto en sus dimensiones social, filosófica y política. Si como decía Gramsci la cultura dominante es la cultura de la clase dominante, las poéticas hegemónicas vienen a traducir en buena medida, los «sentires» estructurales de los grupos intelectuales dominantes, los poseedores del capital simbólico colectivo. Ahora bien, no voy a ser tan ingenuo como para pensar que los discursos poéticos dominantes son una mera traducción mimética de las oligarquías del poder social y económico, pues hemos de tomar en consideración la advertencia que ya nos hiciera Bourdieu cuando recordaba que «los intelectuales son, en cuanto detentadores del capital cultural, una fracción (dominada) de la clase dominante». Ahora bien, cuando un libro sale a la luz está obligado a confrontar su mundo con el resto de mundos existentes, disputar la arena simbólica tomando como puntos de partida su conciencia individual y su proyecto ético-literario. Si echamos un vistazo a la poesía española durante los últimos veinticinco años nos encontramos que, por encima de las múltiples evoluciones personales de numerosos y excelentes poetas, y a semejanza de los recientes resultados electorales, ha existido una especie de «tsunami bipartidista» en términos poéticos. A un lado nos encontraríamos con el discurso figurativo, realista, experiencial, civil, próximo al proyecto ilustrado, racional, cuyo principio de realidad acercaba sus costas al ámbito de la normalidad, la confidencia y el testimonio. Al otro el proyecto del silencio, de la introspección, de la vanguardia, de la videncia, del irracionalismo, del hermetismo, del principio del lenguaje cuyo rostro se proyectaba más hacia la tradición ideacional, mallarmeana, simbólica y abstracta. Durante mucho tiempo este enfrentamiento expulsó a las márgenes de la historia editorial a numerosos libros que perecieron en el fuego cruzado, y que apenas tuvieron oportunidad de ser por cuanto no participaban de esa confrontación dual. En mi caso me siento desertor de ambos bandos, aunque no puedo negar que muchos de sus ecos laten todavía en mi trabajo poético. Afortunadamente desde hace un tiempo ya este panorama parece superarse. Nuevas propuestas, nuevas apuestas, nuevos libros (muchos de ellos de autores jóvenes y también consagrados) vienen a ventilar un recinto demasiado viciado. Ahí están los poemarios de Eduardo García, Vicente Luis Mora, Pablo García Casado, Agustín Fernández Mallo, Marcos Canteli, Julieta Valero, Diego Doncel, Oscar Curieses, Elena Medel, Mercedes Cebrián y un largo etcétera que suponen una renovación en la manera de decir y en el contenido de la última poesía española. Humildemente «El Desvío del Otro» intenta seguir esa estela distanciándose del tsunami bipolar del que antes daba cuenta. Sin embargo, distanciarse no significa resolver los dilemas y disputas que allí se dieron. Decía Mallarmé que «sólo dos vías están abiertas a la investigación mental: la estética y también la economía política». Si en un ejercicio de simplicidad, tratásemos de equiparar «estética» a la esfera del lenguaje, y «economía política» a la esfera de la realidad, nos encontraríamos que lejos de ser mundos aislados el uno respecto del otro, más parecen mundos conectados el uno con el otro. Me siento claramente deudor de este enfoque, pues considero que ambos continentes alimentan la conducta personal y social. El libro que hoy presento intenta ser un territorio simbólico donde se confrontan ambas visiones. Créanme si les digo que la autonomía del lenguaje, la libertad irracional, conviven dentro de mis actos con la misma intensidad que la actividad económica, el reflejo de lo cotidiano, las luchas sociales o la palabra experiencial. Tradicionalmente la poesía ha sido considerada el territorio de la intimidad, de lo subjetivo, del yo en definitiva. Mas siempre tal y como lo expresara el antropólogo Michael Carrithers «Aprender, convivir y actuar en la vida social común (y la literatura no deja de ser una forma de convivir y actuar en la vida social común) hace todo con, a través, por medio de y frente a otras personas. Aprender, convivir y cambiar el mundo social es algo que se hace entre personas, no en el interior de ellas». Yo creo que la poesía, aunque también puede contribuir a modificar el interior de las personas, no es ajena a esta advertencia. Quizá por eso los mapas de la alteridad y la individualidad son escenarios que me preocupan y están presentes en mis versos. Son igualmente un territorio de disputa. Por ello creo que la poesía es un ejercicio de mutualismo, de conectividad, que implica por igual a lo subjetivo y a lo colectivo. Ambos mundos son los protagonistas del libro. Pero hablemos ahora del propio acto de escribir. De su «modus operandi». Según Juan Eduardo Cirlot en su ya clásico Diccionario de Símbolos, en la antigua Escandinavia los exiliados se llevaban las puertas de su casa, y en algún caso las tiraban al mar y recalaban allí donde esas puertas encallaban, de ese modo se fundó Reykjavik en el 874 D.C. Esta es, valga la comparación, un modo como otro cualquiera de volver a empezar, y en cierta medida cada libro es un volver a empezar. En el caso de los exiliados escandinavos las nuevas colonias tomaban como punto de partida las puertas de las casas de donde esos mismos exiliados procedían. Es decir, lo nuevo a partir de lo viejo. En este libro he intentado justo lo contrario. Olvidarme por completo de mis versos anteriores y tapiar las puertas de sus casas con el anhelo de fundar nuevas colonias no necesariamente herederas de su metrópolis. El «Desvío del Otro» no ha sido un plan trazado, no ha tenido vocación de ordenar nada, de refundar nada, sino de investigar y abrir incertidumbres a partir de una veladura de lo hecho anteriormente. Eso no significa negar los libros anteriores, pero sí distanciarme de ellos y asumir la mayor cantidad posible de abandono, con el deseo de acceder a nuevos mundos imprevistos. No quiero sentirme propietario de grandes certezas, sino más bien de dudas, de modo que cada libro suponga desengastar lo aprendido y someterlo al hábito de la incertidumbre. Ese es para mí el sentido de escribir. Y ya para acabar me gustaría traer a colación unas palabras de Sartre que siguen constituyendo la médula esencial de mi proyecto poético. Decía el filósofo francés que «A todos los que se toman por ángeles, les parecen absurdas las actividades de su prójimo, porque pretenden trascender la empresa humana al negarse a participar en ella». Yo no quiero trascender la empresa humana y, muy al contrario, espero que mi trabajo lejos de negarse a participar en ella lo haga de manera decidida y solidaria, pues la belleza, a fin de cuentas, es un don que se conquista con las manos. ErRNESTO GARCÍA LÓPEZ Madrid, a 24 deabril 2008 SUBIR - A INICIO |