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MANUEL BALLESTEROS
AL OTRO LADO
Número 229 de DEVNIR POESÍA

 EL OTRO LADO. Por Carlos Pujol
Texto de la presentación del libro “Al otro lado” en Barcelona el 26 de Octubre de 2009
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En este libro hablan unos fantasmas, pero hay que apresurarse a decir que no son aparecidos tremebundos, de sábana y cadenas, sino gente espectral por lo común de trato más bien afable. Son huecos de unas sombras, como dice bellamente el autor, pero no quieren asustarnos ni renuncian a expresarse con llaneza y naturalidad; y hasta echan mano de un humor que se agradece, ¿quién dijo que el humor no es poético? Sin él, escribir versos siempre bordea la afectación, como si nos supusiéramos almidonados.
Para quitar importancia a algo solemos decir que no es nada del otro mundo; pues bien, eso son precisamente los protagonistas del libro: gente del otro mundo, gente en cierto modo extraordinaria, y también interesantísima porque sienten y razonan como nosotros. La mirada que les dirige el poeta es irónica, ¡qué muertos más vivos!, parece decir, un después es casi igual que el ahora. Hay que tomárselo cum grano salis, como solía decirse cuando aún existía el latín.


De izquierda a derecha: Enrique Álvarez, Manuel Ballesteros, Carlos Pujol (Foto:Joan Roca

stas presencias bien educadas e inexplicables casi no alzan la voz, no insisten en la muerte que conocieron, al fin y al cabo un trámite más o menos incómodo, no se quejan, no piden venganza como el padre de Hamlet. Si se asoman a estas páginas es para hacernos tímidas y melancólicas confidencias, y así desde el otro mundo evocan lo que fue el ajetreo dulce y amargo de las cosas vividas. “Esto de no ser nada”, deja caer como ingrata constatación uno de los que hablan; claro, añade resignadamente, que tampoco antes éramos nada del otro jueves.
Unos se acuerdan del secreto de su vida, la niñez, para la que parece que no hay desmemoria, otros explican su razón de ser por el fracaso y el olvido, inseparables camaradas que prolongan su compañía hasta el más allá. Aunque ya convertidos en sombras, siguen siendo lo que fueron, como si no pudieran perder su inquieta condición y su fragilidad. A veces lo que ellos mismos juzgan su insignificancia; ¿qué hice mientras viví?, pueden preguntarse. “No importa mucho”, contestan, “vivir, vivir, vivir”, un triple infinitivo que lo resume todo, lo demás son palabras.
Y hay, además, quien reflexiona sobre la fama de que gozó, y que ya es ceniza, en un rincón provinciano (pero desde ultratumba, todos nuestros afanes deben de parecer propios de remotas provincias). Sin olvidar a un espectro femenino “errante y solitario”, según leemos, al que sigue sin prestar atención un fantasma “incorregible y egoísta”  al que continúa queriendo; porque debía de ser muy buen mozo el joven John, que acaba aburrido y siempre insatisfecho, pues ya se sabe que si uno vivió como un malhumorado ególatra, así seguirá siendo después.


De izquierda a derecha: Antonio Gamoneda, Manuel Ballesteros, Juan Pastor y

 Sin moralejas estridentes, riéndose por lo bajini del propio poeta –en esto consiste el humor-, se van sucediendo los endecasílabos en lo que parece un juego de fantasía, aun siendo mucho más. Estos fantasmas que flotan desterrados de las cosas, existen provisionalmente, lo mismo que nosotros, por supuesto, ya saben lo que vale la experiencia humana, están pues muy desengañados, pero conservan raras nostalgias que han sobrevivido a todo, y en ellas, ay, se reconoce el lector. Su estado se define como “crepuscular e incierto”, pero también lúcido, porque les ilumina una luz más alta.
Todos estos fantasmas, incluyendo a algún chuco y a unos árboles, habitan “un estado intermedio”, se nos dice, no son ni de aquí ni de más allá, y tal situación al parecer les desasosiega; con la memoria anclada en el pasado, circunstancia que hace difícil la felicidad, y una vaga existencia entre dos mundos: el de ayer, que recuerdan incurablemente, y un indeciso presente que no se sabe muy bien donde está. Fantasmas o no, eso tiene que ser muy fastidioso.
Lo mismo que nosotros, desde luego, que aún no hemos alcanzado la categoría de sombras, y que a menudo, cuando las cosas van mal, y eso es frecuente, tenemos la molesta impresión de ser almas en pena. Lo familiar y lo tranquilizador se ha evaporado, y lo que se vive es extraño, tal vez no lleve a ninguna parte, o, peor aún, quizá nos lleve a lo ya vivido. Un poema se hace eco de esa sensación en lo que lo fantasmal es algo que pertenece a días de verdad.
 Nos identificamos con este desfile de estantiguas, porque aquí se trata del dolorido sentir de los vivos, y se expresa indirecta, poéticamente, atribuyéndolo a unos seres misteriosos que en realidad no lo son. O sí, en la medida en que hay insondables misterios en uno mismo, que es uno de los grandes temas de la poesía, el estar dividido entre el ser y lo que ya no es, pendientes sobre todo de la esperanza, lo único que puede dar sentido a tantas incertidumbres.
Cualquier fantasmagoría consiste en ver nuestra propia turbación al mirarnos en el espejo de los sueños. Po eso la pregunta que se suele hacer al tratar de esos personajes de ultratumba, ¿existen los fantasmas?, es completamente equivocada e inútil. Lo que hay que preguntarse ante un espectro es: ¿por qué se parece tanto a mí? “El hombre se agita como un fantasma”, dice el salmo treinta y nueve. Hay que ver cómo nos parecemos.
 Los fantasmas son poéticos, también están hechos de aire y emociones temblorosas, de invención nuestra; nos asustan por lo que tienen de más íntimo e inconfesable, más propio. Igualito que los versos. En el libro el poeta da un rodeo sobrenatural, con cierta guasa, para quitar hierro al asunto, que es de una tremenda seriedad. ¿De qué tengo miedo? ¿Qué es lo que me hace sufrir? ¿Cómo se convive con el quiero y no puedo de la condición humana? Los fantasmas somos nosotros ya desenmascarados, sin excusas para seguir viéndonos tan guapos y tan listos como nos empeñamos en parecer, desde luego merecedores de altos destinos.
“Al otro lado”, un buen título que en su sencillez alude a una situación de claridad muy cruda –por así decirlo un simulacro de “la región luciente” de fray Luis-, más allá de nuestros disfraces, tiene mucho de confesión anticipada.  Y aunque la ironía la haga sonrientemente aceptable, no deja de ser una desazón muy nuestra. Desde hace siglos (la acepción figura en el Diccionario de Autoridades del siglo XVIII), fantasma significa también “persona entonada y presuntuosa”. Estas visiones son como una caricatura moral de lo que nos pasa.
El monólogo, que es el molde usado aquí por Manuel Ballesteros, da cercanía, oímos unas palabras que son familiares; y a veces el poeta, urgido por algo que necesita decir, porque le va la vida en ello, se arranca la careta fantasmal y nos habla de lo que le rebosa el corazón, relegando el truco de la voz ajena a una simple imagen metafórica. No creáis, parece decirnos, que eso son fábulas y ensueños, también yo a mi manera soy fantasma.
Para el lector, que también es del oficio, la mejor prueba de su sincera admiración por estos versos es la envidia (dejemos entre paréntesis la duda de si es sana o no). Con palabras sencillas, que son las que tienen recámara, doble fondo, el poeta finge tomar a broma lo que dice, es a la vez claro y misterioso, musical y con un deje de conversación entre amigos; jugando muy bien con los cambios de tono, pasándose al heptasílabo cuando conviene dar un par de golpes secos que toqueen al lector: ¿Quién puede acostumbrarse a esto de estar muerto?, nos interpela, y a continuación sigue como si acabara de hacernos una pregunta retórica que no merece la pena contestar.
La poesía de Manuel Ballesteros abunda en giros que son a un tiempo naturales y sorprendentes, un poco burlones y a la vez dramáticos; como cuando nos habla del desamor, aquel esquivo no querer tomado a sorbos
Porque los buenos versos sorprenden sin causar extrañeza, no los esperábamos pero nos reconocemos en ellos.
 Saludables enseñanzas las de estos fantasmas, diciendo la verdad que rehuimos. Y magnífica expresión del poeta, cálida, brillante y acogedora, con unos toques irónicos tan bien resueltos que acaban profundizando por medio del humor en lo que somos y tal vez nos resistimos a ser. Asomémonos “Al otro lado” de nuestras apariencias, leamos este libro tan humano y tan bello que Manuel Ballesteros publica ahora sobre las máscaras más queridas con las que todo el mundo se suele adornar. Versos los suyos que son como exorcismos contra lo que llevamos en el corazón y nos asusta.

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Carlos Pujol
(Texto de la presentación del libro “Al otro lado” en Barcelona el 26 de Octubre de 2009) 

 JACINTA NEGUERUELA
CUERPOS VARADOS
Número 228 de DEVNIR POESÍA 

LA TRANSCENDENCIA DEL SER. Por Javier Lostalé
Presentación del libro “Cuerpos varados” en el Círculo de Bellas artes de Madrid el 20 de noviembrere de 2009
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La  obra poética de Jacinta Negueruela ,está formada por tres libros: Animal marino, La luz de Orión y Cuerpos varados, que esta noche presentamos, obra poética unida a un texto algo más que teórico, Un arte presencial. De Yves Bonnefoy a Miquel Barceló que, en fiel correspondencia con estos dos grandes artistas, el poeta francés y el pintor español , revela su concepción del acto poético como un alumbramiento de existencia a través del lenguaje, hasta el punto de disolverse éste en lo alumbrado. La palabra, tanto en  el autor de Principio y fin de la nieve, como en Jacinta Negueruela , posee el don de la encarnación, está por tanto manchada por la vida, es presencia y alienta esperanza. En la poesía de ambos hay igualmente una religación profunda con la naturaleza ,la práctica desaparición del presente en su aspiración a lo absoluto, una atenta escucha del misterio del ser, la búsqueda de lo primigenio, la consideración de la realidad en toda su sustancia física y espiritual  y la fe en el carácter protector de la creación poética frente a las heridas y abismos del amor, la soledad y la certeza de la muerte. Estas y otras cuestiones se reflejan en la “Poética” que encabeza Cuerpos varados , plenamente justificada si tenemos en cuenta que este libro antecede en su escritura a los otros dos publicados, y si atendemos a los principios fecundadores de toda su obra hasta el momento, que le prestan esa unidad que todo verdadero universo poético-en mi opinión-debe tener. Unidad opuesta en todo caso a uniformidad, que se funda en la función intensificadora y catalizadora de sentimientos y reflexiones desempeñada por las fuerzas de la naturaleza, especialmente marinas, determinante de su mirada cósmica , en su cordón umbilical con los orígenes y en la permanente respiración de fondo de los amantes. Y dicho esto, me sumergiré durante unos pocos minutos en las mareas íntimas de estos Cuerpos varados.


Jacinta Negueruela y Juan Soto en la librería Primado de Valencia

El término varado, unido al de cuerpo, me sugiere, con la tensión simbólica y relampagueante de la poesía,  por un lado la fragilidad de quien se protege de las tempestades y, por otro, la idea del límite, del espacio acotado de una playa o de un banco de arena donde transpira terrenal la vida. Territorio mensurable que está inundado por la presencia inabarcable del mar, por su fuerza deslimitadora capaz de iluminar hasta la médula el pulso de esa vida, llámese amor, muerte, deseo, soledad, infancia u olvido. En prácticamente todos los poemas es el mar el que, en fusión con el ser, transubstanciándose en su cuerpo y en su espíritu, lo habita hasta tornarse conciencia. Y todo el libro está también lleno de la sombra latiente de alguien objeto de amor, se escucha –como antes dije- la respiración de los amantes(con el ritmo del encuentro o la arritmia del abandono).De ahí que su título  sea “cuerpos” en plural, y no “cuerpo varado”. El primer poema alude a la mudez que se produce cuando el mar se encarna en la ausencia sin perder un ápice de su poder, con lo que germina el desamparo hasta el punto de que la poeta no pueda hablar, ni nombrar, actos creadores de presencia. Sintamos el absoluto desamparo en estos versos: Sin ti vuelve el horizonte desmedido,/el viento errante ,la piedra negra./La cueva no es guarida./Mar/ausente. Este poema es una invocación al mar, a su energía conductora del más hondo conocer y sentir para que cumpla su misión desnudadora de la condición humana. Para que actúe. Detengámonos en algunos ejemplos de su actuación: El mar nos impulsa, dentro ya del libro todos participamos como protagonistas, a vivir en un pequeño ámbito o hueco todo un firmamento: el de la voz de la persona amada. A consumarnos allí. Con ese fin la vastedad marina se angosta, se oscurece y hace más táctil el silencio. De nuevo dicen los versos: En la angostura de su voz hallé mi hueco./El mar transcurre confiado en el azul/y frío oscuro de la noche./Transité sus caminos secos en la oscuridad,/agoté los pasos sin cansancio./No necesité antorchas. Tampoco quiero luz./Quiero un silencio de penumbra en este hueco,/diminuto,/e inmenso. El mar se humaniza hasta inclinarse sobre las grietas abiertas por el amor, de tanto como nos habita: Deshabitarte, mar, ya no es posible./Yo, que perdí lugares y frecuenté/tanto el estupor,/pude al fin labrar mi playa./En ella serené mi noche/ y tú, mar generoso, la lamiste/ como perro incansable ante/la herida amada. El mar  se hace temperatura del recuerdo condensándose en una gota de agua que resbala por un cristal. Sucede en París, o en cualquier otro lugar. El cristal es semejante al de otras ventanas, pero en el recuerdo, el agua, sentimos el fantasma del amado, se transforma la realidad.¿Cómo?(…) pintando la cara de olas sesgadas,/dilatando la cara de la gente,/haciéndolas temblar./Así te vi en París, alguna tarde,/persiguiendo una ola del Sena/ que me llevó hasta ti. El mar pierde la memoria después de tocar fondo para que buceemos por el olvido y su sordera, para que sepultemos lo que, creo, sigue respirando, tras desanudar tantas lianas. Otra vez escuchamos a la poeta: ¿Cómo nombrar el cuerpo que me desata, sigiloso, de/ otro cuerpo?/¿ De qué mar desmemoriado de mi invierno,/ de qué asustada grieta submarina se arranca el ancla /huida./Hoy desanudo los mil ratos de desdicha/y la desolación de una llanura se me encalla/y ya no sé por qué hacen falta tantos cuerpos para ocultar/el cadáver de uno sólo. El mar adquiere una plenitud sin memoria y es fecundado por el silencio astral del origen para que renazcamos. Un bellísimo poema lo expresa: Anduve la playa inmensa, recorrida de vientos,/prendí las algas secas del recuerdo,/me cambié la piel,/ y esperé hasta oír la voz primera,/antes de la palabra. / En ella permanezco, /en la presencia. El mar se encierra en su seno y exhala dolor, el de la pérdida convertida en búsqueda por la lunación de las preguntas. Mar que un momento se pliega al cuerpo de una dársena para acoger el cansancio de tanta búsqueda: la escritura lo trasmina: Es invierno/ Yo miraba aturdida la tierra desdeñada,/la ceguera del mar, el brillo de dolor./ Oía mi voz apenas estallarse,/se esparcían los gritos, /abundaba desnuda la vida ensangrentada./¿Dónde estabas entonces, mar?¿Qué mirada detuvo tu marea dichosa?¿Dónde quedó el bálsamo tibio, la brisa alegre,/la arena ensortijada de la orilla?/Tu presencia húmeda, yo la hubiera gritado./ Se quedó mi vida en el hueco pequeño de un desierto/imprevisto./Atardecí,/ y es ahora, en la paz entreabierta,/donde mi voz, al fin, se resbala en la dársena. El mar entra en la tierra y se funde con ella  como se funden los amantes. Alienta primitivo y tiene fiebre: Nada vale/ sino enlazarse./ Y entre ensenadas de dudosa calma enfebrecida,/ trazas el círculo de la caverna, /y yo te mezo/y me abandono,/empequeñezco desdecida/ y nos dormimos,/ dejándonos vivir. Y sin abandonar el misterio que encierra el amor, su velado soplo que nos toma sin su nombre saber, el mar cobra el rostro de lo desconocido: Quisiera entregarme, mar del desconocido,/sin alertas,/no se escribe mi nombre sino en sus pasos,/en los largos paseos de su sombra./ Mar que te acercas lamiendo nuestras voces,/ son palabras secretas, /palabras como pájaros, /palabras arenosas que zozobran,/que sostienen su risa,/que se pierden,/secreto amor.
Este itinerario por la escritura  en pleamar de Jacinta Negueruela termina  sin posibilidad de retorno después de que, tras un acto de desposesión,  el mar amaneciera en su mirada  un horizonte limpio y dulce. En su mirada, porque la poesía de Negueruela está concebida desde ella ,desde una contemplación serena de la existencia que incluye la muerte. Leo el poema “Sin retorno”:Miro el mar, tan andado./ No sé de dónde vine,/quién me trajo./El mar me abrió los ojos, me los limpió/de sal, me los llenó de lluvia dulce/y eché a andar,/tan pobre el mar, tan desprovisto/que me llenó de paz las manos./ Y ahora…regresar, ¿a dónde?
Cuerpos varados es un poemario que posee una gran tensión simbólica, que la emparenta con la obra de Antonio Gamoneda. En él, como en Gamoneda, el símbolo no prescinde nunca de la realidad física que le sirve de base. Y el lenguaje, como en Ives de Bonnefoy, no es representación, sino presencia: “el nombre es la cosa y decir es hacer”. Quedémonos a solas-como diría Rosa Chacel- con estos “cuerpos varados” para descubrir, en comunión con la naturaleza, la trascendencia del ser desde su hondo temblor carnal, para habitar el misterio y el territorio de la revelación.¿No estamos hablando de la verdadera poesía? La de Jacinta Negueruela lo es.
 

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JAVIER LOSTALÉ
Texto de la presentación del libro “Cuerpos varados” en el Círculo de Bellas artes de Madrid el 20 de noviembrere de 2009


 

RICARDO RUIZ NEBREDA
EL HOMBRE CREPUSCULAR
Número 227 de DEVENIR POESÍA

VIGILANTES DE LA NADA. Por Pedro Olaya
Sobre "Uun hobre crepuscular" de Ricardo Ruiz Nebreda
Texto de presentaciñon del libro de Ricardo Ruiz "Estación Lactante" en Burgos el día 22 de junio de 2009.
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Ricardo es mi amigo y escribe poesía. Yo también. Pero Ricardo y yo no somos poetas amigos, si no amigos desde hace más de treinta años que da la casualidad que ambos escribimos, cosa bien distinta.
 
En estos momentos me vienen inmortales recuerdos de nuestra mocedad. Nuestra ilusión de niños ya viejos, nuestro extraño asombro ante todo, nuestro romanticismo puro y simple. Abominábamos de la poesía social y nos lanzamos como desesperados al túnel de la elegía. Ahí vimos la luz, y como decía Eliseo, la luz era la del tren que nos devoró. Si, éramos idealistas, si éramos soñadores, y afortunadamente lo seguimos siendo.

 

                        
A la derecha Pedro Olaya y en la imagén de la izquierda Ricardo Ruiz y María Antonia Ortega el día 19 de mayo de 2006

Ahora, alzo la mirada, y poco más hay que decir. La mayoría han desaparecido. Quedamos unos pocos. Seguimos escribiendo, tal vez para saber que estamos vivos, para registrar ante un espejo imaginario nuestros sueños y nuestros fracasos.  La batalla sabemos que la hemos perdido. Construimos palabras porque estamos solos, porque queremos hablar con alguien. Volvemos porque nos hemos perdido.
 
Nuestra poesía es diferente porque somos personas distintas, pero hay algo en común, algo elegíaco, fatalista que las une. Por eso cuando Ricardo habla de mis libros parece que hablase yo. Así me sucede a mi ahora mismo, cuando me enfrento a su último libro. El hombre crepuscular. 
 

         
De Izquierda a derecha: Pedro Olaya, Ricardo Ruiz, Juan Pastor y Yolanda Díaz de la Valga. En la imagen de la izquierda acpecto general de la sala el 22 de junio del 2009.

Conocido mi espíritu asocial y mi usura para los cenáculos literarios, me puse a leer hace tiempo el libro ahora presentado y sin quererlo me puse a pensar también en Ricardo y su mínima / máxima forma de escribir. Este es el resultado:
 
El hombre crepuscular es una idea construida con textos, no poemas aislados para que parezcan un libro (cosa harto frecuente y mediocre  en este gremio). Da la sensación que para Ricardo la poesía es la creación mínima de objetos de arte cuya materia es el lenguaje y el silencio. He aquí una obviedad importante.
Es curioso y pertinente matizar como a lo largo de los años la poesía de Ricardo ha ido abandonando palabras, para hacerse prácticamente inasible, sólo permanece un extraño silencio. Construye silencios, y como todos sabemos el silencio es irrevocable.
 
En cuanto a la especie artística, parece claro que se trata de una escritura, de un arte en el tiempo, mejor aún; de un arte en la memoria. Tenemos, pues, temporalización y memoria por datos necesarios de su obra poética.
 
Ricardo parece siempre estar recordando, y perdiendo dulcemente, pero amigos: ¿no es así la vida?

La temporalización le posibilita una conducta musical del lenguaje, es decir, una composición en el tiempo. La composición es sentida por la memoria, es comprendida precisamente por la memoria de los sentidos. De otra manera: el discurso se hace memorable precisamente a causa de esta composición y es la memoria la que posibilita la existencia física del poema.
 
Ricardo se congratula con una puesta en escena mínima. Sus personajes son seres fantasmales pero tiernos. Ricardo siempre está al borde de la extinción, pero les perdona a todos en virtud de su bondad. Su bondad, que no es sino la sombra de una tierna y nerviosa personalidad.
Sí, es cierto Ricardo ha perdido Todos hemos perdido. Ese es el lento engranaje de la vida: la pérdida. Pero Ricardo como otros rentabiliza sus derrotas y se alegra de ellas. Así pues Ciorán tenía razón. 
 
Tiempo y memoria son activos también a la hora de dotar contenido a sus  poemas. Advertimos que, en la creación –o en la lectura– del poema existen siempre, explicitados o no tiempos de referencia (tiempos en los que tenemos memoria de realidad, de experiencia) y ello nos proporciona los asuntos, la materia y la articulación del intelecto. 

         
Ricardo Ruiz y a derecha la portada del libro "Estación lactante"

 No me quiero poner demasiado serio, pero no me ha quedado otro remedio. Vivimos tiempos de decadencia a todos los niveles. Y ahora que todo el mundo escribe, creo que es lícito y ético matizar que es realmente escribir. Escribir no es la trascripción de lo que se habla. Ni siquiera hacer palabras lo que se piensa. Escribir es otra cosa. Es algo mucho más complicado. Es algo que en este momento nos llevaría demasiado tiempo en explicar. Y no es momento ni lugar.
 
Ricardo intuye, parece saber que en la vida hay pocas oportunidades para ser feliz, que cuanto más vives es peor. Este libro supura todo esto, pero sobre todo resume el pensamiento, para hacernos, en este caso hacerme resumir que este libro nos dice algo así como que al final uno se da cuenta que no vivido la vida que ha querido. Si no la que te ha impuesto tu propio miedo.
 
En este libro hay también renglones que nos declaran que toda la actividad literaria de Ricardo Ruiz se deduce de la contemplación de sus actos en el espejo de la muerte. Y cabe una segunda deducción (verificable o no) su poesía y la mía estuvo siempre en la perspectiva de la muerte.
 
 
Ahora me viene a la memoria sus palabras cuando publique Grandes Éxitos y el inauguraba su camino con Kilómetros de Nostalgia. Palabras hermosas, pero sobre todo bien escritas, y es que siempre he pensado que la prosa de Ricardo es excelente, y él se auto impone el verso y sus silencios como cilicios para arrastrar mejor su desconsuelo.
A veces pienso que Ricardo es un gran prosista, pero él sabe que es poeta, y ante tal tesitura no le ha quedado otro camino que andar por la vida así: fiel a si mismo, leal a su verdad, como un místico sin fe. Creo que esto es lo más importante que he dicho esta tarde.
Por eso, por ser poeta, y por ser fiel a su destino: Su lenguaje es básicamente oralidad y la oralidad es física. Sus composiciones poéticas fortalecen esta consistencia física, que por otra parte son inseparables de la significación. Ésta, a veces, clara, enigmática o paradójica, pero siempre contaminada de energía sensible.
 
Este libro, y espero que todos lo entiendan nos regala la excesiva e insólita presencia de dos componentes: arena y sintaxis: los significados se sienten, y la sintaxis poética es una sintaxis para la sensibilidad.
 
La poesía para Ricardo intensifica su vida y él vive en esa intensificación como una forma de placer. Esa intensificación y ese placer son independientes de la significación: la poesía fundamentada en el sufrimiento genera también placer,
 
Por eso aquí estamos Aquí está una vez más Ricardo. Como hombre entregado a una pasión inútil se arroja una vez más a este incendio universal de la palabra impresa y encuadernada.
Disfrutad de sus páginas antes de que os devoren. Todos sabemos que la vida es así. Por eso pretendemos huir. Y, de sobra sabemos, que no sirve de nada.
Para mi caso  y estoy casi seguro que para el de Ricardo y en relación a cuanto antecede, quiero hacer una afirmación, para concluir, que me costara mucho enmendar: La poesía en rigor no refiere ni se refiere a una realidad, a no ser de modo secundario.
 
La poesía –lo diré de una vez– crea una realidad y engendra conocimiento, el conocimiento por ella creada que no se da ni puede ser dicho fuera de ella. Lo que ella dice es lo que no se dice de otro modo. O algo parecido que dijo Suñén. Así que amigos leed este libro e imaginaos de cualquier modo, pero recordad que Ricardo no puede ni quiere decirlo de otro modo.
 
Hace años, y ahora si que es el final, me llamo la obsesión del desierto, desierto que para ser totalmente sincero con vosotros se percibe en todo este libro. Pero el desierto no estaba solo, había también un ideal, había un sueño. El mismo que habita en este libro. Y sin sueños, sin un ideal no somos nada. Nos quedamos aquí para morir, porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desilusionamos. Volvemos porque nos sentimos perdidos. Morimos porque es inevitable.
En definitiva vigilamos la nada muy a gusto. Los seres crepusculares, las industrias y las autopistas de la tristeza. Gracias Ricardo, gracias señor Ruiz. 

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PERDO OLAYA
Texto de presentaciñon del libro de Ricardo Ruiz "Estación Lactante" en Burgos el día 22 de junio de 2009.


 

 GOYA GUTIÉRREZ
ÁNFORAS
Número 225 de DEVENIR POESÍA
 

Santiago López Navia. Presentación
Marga Clak. Presentación
José Luis Morante.Reseña
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En las ilustraciones de la derecha:
Neus Aguado , Alfonso Levy,
Goya Gutiérrez
y un aspecto general de la sala
el día 11 de junio en La Casa del libro de Barcelona

Santiago López Navia
Presentación de "Ánforas" de Goya Gutiérrez. Librería Blanquerna, Madrid, 10 de noviembre de 200

Que Goya Gutiérrez prologue su poemario con una cita en la que Antonio Gamoneda nos recuerda que “la belleza nos sirve de tormento” es algo especialmente pertinente para tomar el pulso a un ejercicio de creación presidido por la conciencia de los límites y la trascendencia de la palabra poética. No es nuevo afirmar, y Goya nos lo recuerda constantemente en Ánforas, que escribir, crear, es una respuesta a un estímulo múltiple, diverso y permanente que acaba adquiriendo el valor de un reto al que el poeta se enfrenta desde muy diferentes sentimientos e impresiones entre los cuales se alza con especial fuerza la incertidumbre, traducida en el vértigo de no llegar a dar cuenta de la desintegración en el aire de las briznas de las pavesas del lenguaje, parafraseando la tercera sección del primero de los poemas del libro (p. 12), y que acaba guiando los pasos del creador, precisamente, hacia “el libro de lo incierto” (p. 36) que se escribe, como leemos en la cuarta sección del mismo poema citado al principio, trazando “en el papel sendas de posibilidad/sobre el espacio blanco de la duda” (p. 13).


De izquierda a derecha: Marga Clak, Goya Gutierrez, Juan Pastor y Santiago López navia.

Al lado de la incertidumbre, pesa la temida dificultad para captar aquello que se busca al intentar superar el desequilibrio preexistente en la potencialidad connatural de la palabra, tal como nos recuerdan la segunda sección del poema “En su elemento” (p. 14) y la estrofa del séptimo poema de la primera parte del libro en la que ese desequilibrio enfrenta el resultado de lo que el poeta es capaz de ofrecer a los demás con lo que busca en su constante regreso al vacío:
Agasajada como roja granada
me he abierto os he mostrado el resultado
de tanta comprensión y sin embargo:
para mí he de guardar
esa continua regresión a un reto
en el vacío.
 
La mirada poética anhela siempre “cifrar la sustancia huidiza/Absorber la escarpada belleza/que siempre será libre” (poema XVI, p. 56), y por eso el poeta, que vive “Escribiendo lo que huye” (p. 22),  anhela “hallar ese prodigio/que apresar no se deja” (poema XVII, p. 58) consciente de que la palabra trasciende al individuo, vence al olvido y ofrece la materia más granada al avezado artífice capaz de cincelar sus posibilidades:
Palabras vertidas en el mar de todos para ser tomadas (…):
¿Quién algún día las acogerá cribándolas?
¿Quién de qué modo las amasará enhebrándolas?
¿Quién sabrá degustarlas quizás alimentarse
desvelar su semilla volver a cultivarla?
                               (Poema V, p.35)
 El aprendizaje de este proceso dista mucho de ser sencillo, porque a veces las palabras, liberadas por un corazón desprevenido, vuelan exentas elucidando lo que debería permanecer oculto:
 
Y cuándo corazón aprenderás
a no dejar volar como incautos gorriones
las palabras
que habían de velar ese tesoro
Habitante tranquilo
en su urna de cristal cerca de sus entrañas.
                               (Poema XII, p. 50)
  Con todo, como nos dice el último verso del poema VIII (p. 42), la palabra poética aguarda, porque son las palabras poéticas, con su rostro multiforme,
 
Las mismas que te piensan y alimentan tu pulso
Las que atraviesan cada noche mis sueños
Las que interrogan a quien habita en ellos…
                               (Poema XVII, p. 58)
 Y con la palabra, sustancia y materia de la creación, juega la poeta la partida del poema buscando en el fondo del ánfora los motivos y los recursos del acto que la alumbra y vivifica. De ahí que las ánforas del título sean el símbolo seminal del proceso creativo, porque en su vientre habita “la huida/de este rebelde olvido” (p. 19) que entraña el ejercicio mismo de la escritura y su fondo es el “lecho donde albergar el líquido lenguaje” (poema II de “En el regreso”, p. 30) que satisfará la sed constante de la creación poética. No siempre el ánfora, sin embargo, es un recipiente perfecto que garantiza la certeza del hallazgo, porque a veces está horadada y “aún no es capaz de contener el agua/ni convertir en notas la furia de algún viento” (“En el regreso”, poema X, p. 47), pero en la expectativa de la poeta se hace claro que el ánfora encierra en su vientre la potencia de lo que está por escribirse “como una creación/de lo que aún desconozco” (“En el regreso”, poema XVII, p. 59).

                        
Goya Gutiérrez y Santiago López Navia en la presentación de su libro en Madrid

La creación se sustenta también en la constancia del paso del tiempo salvado en la palabra que alumbra el poema: “Me alimento del tiempo/que habitaba archivado en las estanterías” (“En el poema”, I, p. 11) y asumido en la experiencia de la madurez de la poeta en su tránsito seguro “hacia la serenidad” (“En el regreso”, IX, p. 44), sabedora de que “la muerte nos ensaya en los que nos preceden” (“En el regreso, XI, p. 48).
       Goya Gutiérrez envuelve la respuesta que ofrece Ánforas al reto de la poesía en una escritura estudiadamente despojada de signos de puntuación que invita al lector a la tarea estimulante de releer y recrear para no dejar de entender, regalándonos imágenes tan sugestivas y hermosas como la de los trenes que en la noche adquieren una misteriosa apariencia de animal en fuga:
 
Hay trenes como flechas traspasando mi ensueño
Oigo en la lejanía su aullido dilatado en el aire
en medio de la noche
Y todos sus vagones semejan componentes
de esa vieja manada de los antiguos lobos
Atravesando el furor de los hombres
Viajando así en su huida
hacia estepas que quieran albergarlos.
  
El acierto expresivo del poemario de Goya se resuelve también en el logrado contraste aderezado con juegos verbales que se consigue entre los versos primero y último del tercer poema de “En el regreso”:
El objetivo debiera ser la levedad (…)
Pero cada vez necesitas más llaves de peso.
 
Y en fragmentos sentenciosos, casi lapidarios, que cobran vida propia y valen por una lección de vida próxima a veces a la greguería –“Si la naturaleza fuera sabia/convertirse en pez/sería el paraíso del ahogado” (poema V de “En su elemento”, p. 16); “Las palabras son panes que se amasan de nuevo/con esa levadura del día (“Dar vida cantar su muerte”, p. 20)– o a la reflexión trascendente de rico contenido filosófico: “No hay en el mundo lazos naturales/que puedan asegurar la permanencia” (“En el regreso”, poema XVI, p. 55).

Por eso, volviendo a Gamoneda, la belleza nos causa dolor: porque en esa permanente singladura –imagen recurrente en Ánforas– que es la vida no nos es siempre seguro el puerto de las palabras que convertimos en respuesta a lo que intentamos aprehender, ni el fondo del ánfora siempre atesora las palabras adecuadas para asegurar lo que se nos escapa y porque el poeta, y bien lo sabe Goya, vive y quizá también muere escribiendo lo que huye.

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SANTIAGO LÓPEZ NAVIA


MARGA CLARK
Presentación de "Ánforas" de Goya Gutierrez. Librería Blanquerna

Conocí a Goya en una de mis frecuentes incursiones dentro de ese ámbito cálido y, al mismo tiempo, tan activo e intenso que existe en Barcelona de actividades poéticas y literarias.
 Goya, aunque nació en Zaragoza se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona y vive allí desde 1968. Ha estado dedicada durante muchos años a la enseñanza pública, impartiendo Lengua y Literatura castellanas.
 Durante los años 90, perteneció al grupo de poetas editores Bauma Cuadernos de poesía de Barcelona. Sus actividades culturales giran especialmente en torno a la poesía, presentando a poetas y escribiendo sobre ellos, como en sus artículos y comentarios sobre la poesía, por citar algunos,  de Alejandra Pizarnik, Antonio Gamoneda, y Joan Margarit, que obtuvo recientemente el premio Nacional de poesía, y también me tengo que incluir a mí misma en esta selecta lista de poetas. Sus trabajos críticos y poemas han sido publicados y recogidos en distintos diarios especializados y revistas, y en varias antologías como: 25 años de poesía en Catalunya (2005). Desde la Terra (2005), El poder del cuerpo (2009) y también en diversas antologías digitales.
  Hasta ahora Goya tiene publicados 4 poemarios: De mares y espumas (2001), La mirada y el viaje (2004) El cantar de las amantes (2006), y Ánforas, que hoy aquí presentamos, además de la plaquette: Regresar (en 1995). Como inéditos tiene: el poemario: Hacia lo abierto, una novela: Tríadas, y un libro de relatos.

                
Marga Clark y Goya Gutiérrez en el centro cultural Blanquerna de Madrid el 10 de noviembre de 2009.

 Actualmente reside en Castelldefels y es coeditora y directora de la revista literaria, Alga, en versión bilingüe (castellano-catalán), y desde 2007 Goya coordina un interesante ciclo de lecturas y tertulia poéticas en el Café tertulia NOSTROMO.
 Os he trazado un perfil de esta singular poeta a grandes pinceladas, pero os puedo decir que Goya es una incansable trabajadora y una finísima poeta, y así nos lo ha demostrado con este sutil poemario, que desde ahora mismo os recomiendo su lectura, pero antes me gustaría haceros algún comentario sobre el contenido de este poemario, muy brevemente.
 Estas ánforas  -que hoy aquí presentamos- vienen de lejos. Nos llevan a otros tiempos, otras historias, otras memorias. Según comenta Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos: “Lo antiguo es lo auténtico, lo no falsificado, lo verdadero. Lo antiguo es lo que no miente, luego es la misma verdad. Lo antiguo también es lo originario, lo primitivo en la existencia del ser humano, es decir lo que se relaciona con su infancia”. Y aquí llegamos a “la palabra”, la palabra en sus orígenes. Y es que este poemario yo diría que trata sobre la palabra. Palabras que van de la letra a la forma, de la escritura de las ideas invisibles a la forma visible de las cosas. La poeta construye, y cito uno de sus versos: palabras en la lengua del ánfora/Metáfora e imagen en su vientre como hebras/de seda de metal de vidrio opalescente. Los poetas intentan, creo, buscar caminos nuevos para la palabra, pretenden investigar el límite de las palabras, inventar una verdad poética a través de las palabras. José Ángel Valente decía a este respecto: “Los poetas llevan la palabra hasta el límite, allí donde conserva la fascinación por el enigma”. Por eso la poesía, para muchos poetas, es búsqueda porque se convierte en una especie de ánima o esencia que es capaz de traspasar los límites de la conciencia para adentrarnos en el umbral de lo invisible, de los misterios, de todo lo desconocido que debe ser revelado. Y Goya es hábil y persistente en esta búsqueda de la palabra a través de la palabra, y sabe, como dice en este poema:
 
 Edulcorar el sabor agrio de una certeza
 Dadle letras y sílabas
 para romper el cristal que amuralla
 esta danza sin nombre

 Enmascarar su hueco
 Dotarlas de un cuerpo apedazado pero bello
 Limarlas sin descanso

 Ensartarlas en las hebras de vidrio

  La poeta dice: “Llovedme de palabras”, y lo consigue. En este poemario las palabras todavía húmedas se esconden en el poema para transformar “en distintas verdades la mentira”, como sugiere este poema:
 
 Dejadla hacer palabras que transformen
 en distintas verdades la mentira
 Antes que la luz hiera mi incertidumbre
 y vele su materia
 Antes que emerja su inapelable imagen
 y quede desvelada
 Antes de regresar de este rincón opaco
 de tu laboratorio
 Antes que la fugacidad abra su puerta

 Antes que nos invada su niebla inexorable

                                
Goya Gutiérrez en la Fundación Hervás Amezcua el  30 de enero de 2001 y al izquierda Marga Clak

Las palabras de Goya vuelan como incautos gorriones hacia la serenidad. Las páginas de este libro están entrelazadas por metáforas sutiles y armónicas que se deslizan por un texto sin interrupciones de puntos o comas, donde la lectura la dicta la misma respiración del poema. El escritor Antonio Tello escribió en la revista digital: Jueves, y lo cito: “La economía y la precisión léxica y sintáctica que articulan sus versos abren un rico campo semántico”. He visitado la web de Goya y he leído la nota introductora de su libro, y os cito parte de ella:
 “La autora traza distintas imágenes de la poesía y del hecho poético en general que confluyen en el ánfora, como lecho donde albergar la memoria poética del fluir temporal, ante la conciencia de la muerte”.
 Teniendo este texto en cuenta y después de mi detenida lectura de los poemas, yo veo este poemario más como un viaje iniciático de la palabra, en el que la palabra  primero se adentra en el poema para encontrarse en su propio elemento, consigo misma, lo que le provoca una huída, como ella bien menciona en un poema: de este rebelde olvido, que en realidad es la muerte, para acabar regresando al lecho original donde albergar el líquido lenguaje. La palabra poética regresa entonces más sabia e iluminada al vientre del ánfora, que es el óvulo, la casa materna, los orígenes, completándose así este viaje con retorno. La palabra poética no se pierde en su huída, sino que regresa al poema:
 
 Después de haber aprendido a contemplar
 el misterioso sueño proyectado en las cosas
 Después de haber tocado su límite y principio

 Después de hallar la hebra de seda con que bordar
 la otra mariposa que nunca ha sido
 en esa dulce venda
 de infinitas verdades relativas

 Después de que me lleven al lugar
 donde se nombra donde amanecerá en el espacio
 de la página que te respira en la que aspiro
 crecer dentro de las palabras que como migas
 de hermosa hogaza me harán
 legar a ti

 En el regreso

 Esta es mi interpretación, muy particular, de este poemario que otra vez os recomiendo su lectura, por su frescura, su sinceridad, y como escribió la poeta Teresa Costa Gramunt en la reseña que hizo de este poemario en el Eco de Sitges: “…por la calidad de este conjunto de poemas de alto vuelo metafísico…, …donde fluyen el tiempo y la eternidad…”.
 Y ahora me gustaría acabar leyendo la última parte del poema: De este rebelde olvido: que me ha gustado especialmente:
 
 Pero quién salvará las delicadas sedas
 de las palabras
 Quién dejará flotar los encajes
 del verso
 Qué mano traducirá la desmemoria
 En qué vientre de ánfora
 podrá habitar la huida

 De este rebelde olvido

 
En este poemario sutil y esperanzador, rico en imágenes, me quedo con la palabra.
Muchas gracias.

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Marga Clark
Presentación del libró "Ánforas" de Goya Gutierrez en la Librería Blanquerna. 10 de noviembre, 2009.


 

 
José Luis Morante

HABITAR LA HUIDA
POR JOSÉ LUIS MORANTE
"Ánforas" de Goya Gutiérrez. Devenir, Madrid, 2009

 

Los antiguos pobladores del mar mediterráneo convirtieron el ánfora en arte, buscando el equilibrio entre su utilidad práctica y su simetría formal y emplearon el recipiente para depositar materias primas. Goya Gutiérrez (Zaragoza, 1954), autora hasta la fecha de cuatro libros de poemas como frutos de un trayecto iniciado en 1995 con Regresar, recurre a un sustantivo de alto valor simbólico para dar título a un poemario que lleva como pórtico citas de Baudelaire, Saint John Perse y Antonio Gamoneda.
 El libro se inicia con una composición metaliteraria sobre la alquimia de las palabras y sobre su capacidad para trenzar significados. El poema es un espacio de posibilidad, un capullo en estado larval que asegura el despliegue de la amariposa.
 Para que encarne el sentido en la palabra el yo poemático desaparece como referente y la escritura se torna reflexión, explora las tierras baldías de los significados para que germinen en ella metáforas e imágenes. De ese modo se justifica, como se ha dicho, el vacío del ánfora; en su oquedad podemos dar cabida a una semántica en la que el sujeto verbal adquiera nueva identidad.
   La fluencia de imágenes confía en lo sugerido; el diálogo con el lector no es descriptivo sino que acumula periodos verbales para que el interlocutor vislumbre los mensajes ocultos, la capacidad para nombrar lo que escapa a los sentidos vigilantes; lo sensorial es sólo una manera de acercarse a la superficie. La palabra aparece como núcleo germinativo de la composición: “Las palabras son panes que se amasan de nuevo/ con esa levadura del día/ Para mostrar las cosas los seres sus carencias/ de mi a tu otro tacto/ Transformándolas al calor que las dore”.
   Otro subtema del poemario es el discurrir, la conciencia de una fugacidad que impregna lo vivido. Cada destino individual completa un itinerario, recorre un fragmento vital que se enmarca entre una estación de salida y un punto de llegada; ese devenir es un modo de habitar la huida porque en todo trayecto son inevitables los virajes y las contradicciones.
   Clausura Ánforas un conjunto de poemas agrupado bajo el epígrafe “En el regreso” que muestra una notable coherencia interna. Algunos referentes culturales recuerdan al Ulises de J. Joyce y a su protagonista, a ese clima de levedad e irracionalismo donde se suman pasos en un laberinto urbano sin desvelar nunca el sencillo secreto de las cosas, grabando imágenes como huellas de un tiempo que debe perdurar en la memoria.
   Los poemas de Goya Gutiérrez tienden a la fragmentación, los versos se despliegan como hebras en las que se van entrelazando variantes significativas que tienen en ocasiones una disposición visual. Los espacios en blanco ralentizan el discurso y pautan el ritmo de cadencia versal. Lo mismo sucede con la puntuación: el punto desaparece como pauta conclusiva y en cambio la mayúscula sugiere un nuevo arranque. Con esa materia verbal Ánforas se define como una propuesta irracionalista que confía en el lenguaje y en su sensibilidad para convocar al otro.

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JOSÉ LUIS MORANTE


NOTAS PARA LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO
LETRAS ARREBATADAS:
Poesía y química en la transición española.
De Germán Labrador.
Número 16 de la colección DEVENIR ENSAYO

Por Mariano Antolín Rato
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Sí. Lo sé de sobra. Voy a empezar con un topicazo. Enseguida intentaré explicar por qué hago eso.
El tópico al que me refiero, y uno se encuentra todo el rato con él, es: “Quien puede contar los años sesenta es que no los ha vivido.”
Esos “años sesenta”, claro, son los del siglo XX. Y más en concreto, designan un ambiente enrarecido, rebelde, joven, que algunos han llamado “contracultura”, y tuvo sus primeras manifestaciones públicas por entonces. Una época que, en Occidente, se prolongó más o menos hasta mediados de 1970, y en España coincidió con el comienzo de lo que suele conocerse como Transición.

La lectura de los documentados trabajos de carácter sociológico sobre ese momento y ese ambiente de Juan Carlos Usó casi siempre me remite a ese tópico. Me pasa lo mismo con las brillantes biografías de Benito Fernández, centradas en Leopoldo Panero y Eduardo Haro, que también retratan el mundo donde vivieron esos dos poetas.
La cosa se acrecentó al leer Letras arrebatadas, de Germán Labrador, el trabajo más completo sobre esa época y esas gentes, si bien la descripción de ambientes y vidas sólo constituya un apoyo para desarrollar una teoría general de carácter literario que completa y amplia hacia otros terrenos, los trabajos de Usó y Benito.


Mariano Antolín
 
Germán Labrador


En los tres casos comprendo de inmediato que el tópico tiene validez. Ninguno de ellos, por cuestiones estrictamente cronológicas, puede haber vivido esos años. Y menos que ninguno, Germán Labrador, que nació una década después de ellos. Yo que, por aquello de que la excepción pone en prueba la regla, los he vivido y los recuerdo, tengo que distanciarme de lo que me dice la  memoria —y la tengo tan buena que a veces los elefantes me vienen a consultar—, y disponerme a aceptar, normalmente con una disposición de ánimo un tanto desganada, esas visiones externas y a posteriori de lo que forma parte de mi propia biografía. Es más, de unos años de mi biografía fundamentales porque se corresponden con los de mi juventud, esa época en la que, decía André Malraux, las almas se compran y se venden.
Es más, nunca puedo precisar si ciertos sucesos por los que pasé en aquella época —los primeros viajes de ácido, por ejemplo—me han hecho ser como soy. O si eso le sucede a todo el mundo, y su juventud, con LSD o no, le deja marcado para siempre.

Lo anterior viene a cuento, por tanto, de mi incapacidad para ser objetivo a la hora de opinar sobre unos trabajos en  los que me siento implicado, en los que aparezco y se emiten pareceres sobre mi persona y las novelas, ensayos, artículos y traducciones que he publicado. Con todo, trataré de mantenerme lo más distanciado que sea capaz; que no va a ser mucho, estoy seguro.

Vamos a ver. Letras arrebatas, el estudio de Germán Labrador sobre cierta poesía drogada española de parte de las décadas de 1970 y 1980 es el más completo, documentado, incisivo, riguroso, y también discutible —y he leído prácticamente todo lo que se ha publicado al respecto— sobre el asunto. Cuando empieza, quizá resulte un tanto abrumador el universo conceptual al que recurre. Aparecen Derrida, Deleuze y Guattari. Walter Benjamin, Octavio Paz, Ossip Maldenstan. Y luego, a lo largo de sus páginas, nunca falta la referencia precisa a los autores que, desde más o menos Thomas De Quincey, se han ocupado de la literatura drogada.
Y no exagero. Cualquiera que uno sea capaz de imaginar —y algunos que no—, aparece en el momento apropiado y con la cita oportuna que aclara y amplía lo que se esté tratando. De ese modo, Labrador eleva una teoría disparada desde una plataforma de despegue muy sólida y bien calculada. La órbita que traza su exposición siempre se mantiene firme, sin oscilaciones. La estela que va dejando su escritura resulta brillante e ilumina espacios oscuros —y a bastantes de los que trata el libro jamás los alcanza luz—. Y, en definitiva, consigue que la atención de cualquiera a quien le interesen estas cuestiones  se mantenga centrada en la continuidad del discurso de principio a fin.

Dicho esto, y tras felicitar a su autor por haber sido capaz de construir casi 500 páginas tan apasionantes y precisas, documentadas de modo apabullante, sugerentes como pocas, doy suelta a mi resistencia a aceptar las conclusiones que se siguen de ellas.
Haber conocido y compartido aventuras con algunos de los poetas tratados, en especial con Leopoldo Panero, y sobre todo Eduardo Haro Ibars —que fue uno de mis mejores amigos—, asistir a su lado a la génesis de parte de su obra, despierta en mí una rebeldía, injustificada lo más probable, a verlos como objeto de estudio.
No, Germán Labrador quizá no se equivoca al incluirlos en la categoría de “poetas menores”, y su aplicación a ellos de la teoría desarrollada por Deleuze y Guattari en Kafka, por una literatura menor, resulta sumamente acertada. Sin embargo, hay algo que no he dejado de preguntarme todo el rato: ¿desde qué punto de vista se establece esa categoría en el caso concreto de Leopoldo Panero y Eduardo Haro? —no me puedo pronunciar sobre ninguno de los demás incluidos porque desconozco, o conozco poco, su obra.
Labrador se refiere a un supuesto canon literario, a un discurso dominante acerca de la transición, en donde ellos tienen sólo una cabida marginal. Es más, apunta que quizá terminen por ser olvidados.  Y en la frase final del libro desea que pueda ser posible que la disidencia no acabe necesariamente en el abismo.
Yo no encuentro que la disidencia de los poetas que trata —bueno, de dos de ellos, como dije—  haya terminado en el abismo. Que sus vidas vistas desde la distancia, y conociendo el final, se han despeñado —como, por otra parte, la de tantísimos otros que nunca jugaron tan fuerte—, dada mi implicación, parcial, desde luego, en sus proyectos literarios, me resisto a aceptarlo. Y no se trata sólo de que, como apunta Labrador, algunos valoremos su calidad de pioneros, su postura en la vanguardia. Es que bastantes de las cosas que dejaron escritas, con su mezcla de alta cultura y cultura de la calle, por muy fuera que queden de los que establecen el discurso literario dominante, continúan desempeñando la función de experimento no asumido. Y resistiéndose, como hicieron desde el principio, a que se las incluya dentro del esquema de valores de los que “transicionan pero transigen” —y cito textualmente—. Probablemente apunten a caminos sin salida, se enreden en situaciones insolubles, respondan a un deseo infantil de “quiero de lo que no hay”.
Y sin embargo, pertenecen a una tradición literaria, la que algunos llaman “el malditismo”, de la que son antecedentes y que cuenta con seguidores. Una tradición de la que ellos fueron muy conscientes y que, en sí misma, exigía unos sacrificios, unas ordalías, en las que se ofrecieron como chivos expiatorios. Conocer el trágico resultado de su actitud no supuso una desatención a las consecuencias, sabidas de sobra, que supone asumir ese papel. Lo que pasa es que jugar en serio arrastra, lo sabían, a un final donde sólo cabe dar el siguiente paso hacia el vacío del abismo.
Por otra parte, ellos aspiraron a imponer sus criterios a la ideología dominante —de derechas o de izquierdas—. Es más, en algún momento creyeron que conseguirían ser juzgados según las reglas del juego de los que afirman que la literatura no es sólo algo para conciliar el sueño, sino un instrumento para despertar.

Pero creo que me he extendido demasiado poniendo pegas a la interpretación de Labrador, impecable en todo lo demás. Lo que pasa es que me resisto a considerar unas actitudes vitales en las que la literatura desempeña el papel de droga, similares a las de quienes se empeñan en llevar a cabo una literatura reconocida, lo que levanta de inmediato el tufo a entronización en la Academia y subvenciones de organismos oficiales.
Buscaron el reconocimiento, por supuesto, pero dentro de unas reglas ajenas a las del mundillo literario que establece las clasificaciones y las listas de admitidos o no, y determina según criterios que a lo mejor permiten el consenso, pero que son insatisfactorios para quienes, como escribió Joyce, “tratan de despertar a esta pesadilla que se llama historia.”

En cualquier caso, el interés que demuestra por su obra un libro tan deslumbrante como Letras arrebatadas, parece apuntar a que los baremos fijados por el poder literario podrían tambalearse. O en cualquier caso, cuentan con las suficientes tragaderas para asumir cualquier cosa, incluso las que los niegan.
En lo que se refiere a la presentación y análisis del ambiente donde se dieron esas obras, esos poetas, esas personas afines a ellos, sólo cabe aceptar que es perfecto. En la documentación raramente falta el dato revelador, la base de una opinión aparentemente descabellada. Quizá eche de menos —ya se sabe, yo viví aquellos años y los recuerdo— el sentido del humor perenne que acompañaba a las mayores barbaridades y actos desquiciados, desde ahora, pero que entonces resultaban el modo natural de un vivir desmesurado.
Un par de apuntes al respecto. Me ha divertido mucho que Labrador utilice el término “poética ibarsiana”. Alguna vez Eduardo Haro deliró conmigo que llegarían a decir que su estilo era “hariano”. A lo que enseguida reaccionó negativamente, porque le sonaba a “harinoso”, o, como le apunté yo, a “ario”, de los nazis.
Y hablando de “grandes pruebas del espíritu” a veces tan tratadas en la poesía de Panero, recuerdo una ocasión en que estaba con él en una cosa donde yo vivía entonces que tenía un pasillo muy largo y oscuro que llevaba a la puerta de salida. A medio camino, Leopoldo se sentó en el suelo y dijo, con esa sonrisa suya que puede helar la sangre en las venas, que no sabía si estaba preparado para afrontar la prueba espiritual que suponía recorrer los metros que faltaban para alcanzar el descansillo. Yo le convencí, porque si no me arriesgaba a que se asentase en mi casa, que un hombre como él sería capaz de eso y de mucho más. Y allí, sobre la marcha, compuso unas frases en las que exponía la dificultad de llegar al final de algo que, en definitiva, no era nada.

Me alegra, como se comprenderé, haber podido sobrevivir a aquella vorágine y ser testigo de la aparición de libros como Letras arrebatadas. Trasladan, desde fuera, claro, a un mundo que se resiste a desaparecer aunque a la mayoría de quienes lo desarmaron se lo haya tragado el basurero de la historia.
Gracias, Germán Labrador, por tu inteligencia y tu cuidado al tratar unas cuestiones que remiten a un pasado, donde, igual que ahora, la capacidad de terminar con los proyectos osados se ve machacada. Las excepciones como la tuya, ponen en prueba esa regla, y proporcionan atisbos de que no todo está perdido para siempre.
También gracias a ustedes por su atención.

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MARIANO  ANTOLÍN


 

 HACIA TODOS LOS VIENTOS
El legado creativo de Aurora de Albornoz
De Begoña Camblor
Número 21 de DEVENIR ENSAYO

EN BUSCA DE AURORA DE ALBORNOZ
Por José Luis Argüelles
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Apenas veinte años después del fallecimiento de Aurora de Albornoz (Luarca, 1926), al lector de poesía le resulta difícil encontrar  cualquiera de los libros de creación de la autora asturiana y hasta hay algún título que permanece inédito. Es más, ni tan siquiera tenemos una bien preparada antología que ofrezca una idea cabal de una obra que por muchos motivos, desde los estrictamente literarios hasta los biográficos, posee un notable interés para conocer en toda su complejidad y detalle la literatura española de la última mitad del siglo XX. Paradójicamente, algunos de sus estudios más citados, como el que dedicó al poema Espacio, de Juan Ramón Jiménez, alcanzan precios muy elevados en el mercado de los libros de segunda mano, una anomalía que también dificulta el acercamiento de las nuevas generaciones universitarias a unos trabajos críticos del máximo nivel, según acuerdo general de los especialistas. Dicho de otra manera, la escritora -“un caso paradigmático del exiliado que se siente fiel a sus raíces”, en palabras de José Luis Abellán- goza de prestigio en amplios círculos académicos pero sin que su obra creativa haya despertado una necesaria atención.
De ahí la importancia del exhaustivo y perspicaz trabajo que ha hecho Begoña Camblor (1980) en Hacia todos los vientos. El legado creativo de Aurora de Albornoz, que acaba de publicar la editorial Devenir y donde la filóloga entreguina ofrece las conclusiones de su tesis doctoral sobre la autora de las Canciones de Guiomar o las Cronilíricas. La joven investigadora plantea en el último capítulo de este imprescindible estudio una pregunta necesaria e inquietante a la vez, una de esas incómodas interrogaciones que obligan a buscar respuestas y a admitir las insuficiencias y parcialidades con las que se amasa el cuadro general de la cultura española: ¿Por qué se ha “eliminado” a Aurora de Albornoz del canon de la poesía española del siglo XX? Y ofrece algunas respuestas que llevan aparejado, junto con el argumentado intento de reivindicar la figura literaria de la escritora asturiana -con todos sus matices y a partir de la explicada comprensión de cada uno de sus títulos-, un serio cuestionamiento de los criterios con que viene elaborándose ese mismo canon.
Begoña Camblor señala, en este sentido, que “la misma idea de canon” (para Harold Blomm, el canon está formado por aquellos libros que un lector debe conocer en el momento de la historia que le ha tocado vivir) implica, por definición, una selección y jerarquización que impide la “acumulación de propuestas, de opciones demasiado diversificadas y, siempre, de todo aquello que resulta fronterizo, que no forma parte de un solo espacio o tradición cultural”. A juicio de esta investigadora, para quien es claramente injusto mantener fuera de la historia de la literatura a aquellos autores que no se ajustan a los “parámetros explicativos que se han ido consolidando o socializando”, la obra albornociana, una creación que es fruto de ese “espíritu fronterizo” de su autora, no ha sido ni es convenientemente valorada al sumar demasiados elementos que chocan con los presupuestos canónicos seguidos hasta ahora por críticos e historiadores de la literatura a la hora de confeccionar el listado preferente de los nombres de la llamada “Generación del 50”, a la que pertenece Aurora de Albornoz.
La remoción del canon es siempre una tarea ardua. Begoña Camblor lo intenta. Detrás de su estudio hay un sobresaliente esfuerzo por “buscar el espacio de originalidad” de Aurora de Albornoz, pero también las conexiones de la obra literaria de la luarquesa con su tradición lírica (Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Unamuno, por citar sólo tres nombres) y sus enlaces con algunos de los autores de su tiempo o de las promociones posteriores. Así, el libro sigue las evoluciones de la poesía española posterior a la Guerra Civil, hasta los años 90 del pasado siglo. La investigadora, que en la actualidad trabaja en la Universidad Camilo José Cela, encuentra en la lírica albornociana, donde tan clara es la fusión de discursos y géneros, el hilo y la madeja de una manera de entender el poema que arranca de sus maestros mayores, pasa por la poesía social, recoge alguna de las aportaciones de los novísimos y llega, incluso, a compartir muchas de las posiciones de los autores del grupo granadino de la “otra sentimentalidad”.
La valentía del libro de Begoña Camblor está en su planteamiento de fondo: ¿Por qué algunos autores caen en el olvido, pese a sus evidentes valores, y otros no? La peripecia vital de Aurora de Albornoz ofrece claves importantes para entender su caso. Nació en una ilustre e ilustrada familia de Luarca que tiene entre sus miembros, junto a otras figuras destacadas, un premio Nobel de Medicina, Severo Ochoa de Albornoz, o un ministro de Fomento y Justicia, Álvaro de Albornoz, presidente de la República en el exilio de París. La escritora, una tenaz antifranquista, salió de España en 1944, junto a sus padres y hermana, con rumbo a San Juan de Puerto Rico, donde se relacionó y benefició del magisterio de algunos relevantes exiliados (Juan Ramón o Pedro Salinas) y participó activamente en la vida cultural y política de su país de acogida. Es una autora, pues, que cabe incluir en el grupo de españoles “transterrados”, según la palabra y el concepto acuñados por otro asturiano, el filósofo gijonés José Gaos. La escritora regresó a España con carácter definitivo en 1968. A la par que desarrollaba su labor crítica y creativa, creció su compromiso con la oposición a Franco, una actitud que desembocó en una estrecha colaboración con el PCE. Hay quien la recuerda, vestida con un visón y con una humeante boquilla entre los labios, voceando “Mundo Obrero” por las calles de Luarca, como si fuera una “marquesa republicana”, se ha dicho. Caballero Bonald escribió en el prólogo de Cronilíricas, libro editado también por Devenir en 1991 y hoy agotado: “…una escritora que supo en todo momento hacer compatible una noble actividad política y un admirable trabajo creador”.
Hacia todos los vientos. El legado creativo de Aurora Albornoz es un muy serio intento de revalorizar esa obra a la que se refiere Caballero Bonald y una fundamentada petición para que reconsideremos las causas del silencio que pesa sobre la poesía de Aurora de Albornoz, en quien otros estudiosos del período no ven más que un interesante ejercicio de epígono. Begoña Camblor acredita razones de peso para que empecemos a leer a la autora asturiana sin las anteojeras de los prejuicios.

 

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JOSÉ LUIS ARGÏELLES



EL PREMIO BLAS DE OTERO

Muchas gracias a La Fundación Blas de Otero, al Ayuntamiento de Bilbao y a Juan Pastor, alma y vida de la Editorial Devenir, por invitarme a acompañarles en esta mesa para un acontecimiento cultural tan entrañable y joven como este que celebramos. Para mí, profesora de literatura en tiempos arduos para las letras, es una alegría que Bilbao festeje la poesía y aspire a ser un destino cardinal en el mapa literario de la geografía poética.
El Premio Blas de Otero Villa de Bilbao es un galardón de corta historia. Sólo cuenta con dos ediciones (2008 y 2009), pero aspira a convertirse en un referente para la vida poética del país y un resorte para la vida cultural de Bilbao. Gracias a la Fundación Blas de Otero y al Ayuntamiento de esta Villa, los bilbaínos reconocemos el nombre de uno de nuestros grandes y lo hacemos con reverencia, admiración y un imperturbable envanecimiento chimbero. No somos proclives a venerar a nuestros poetas, pese a que sea cierto que entre las arrugas de nuestra historia se agachen muchos escritores que hablan en voz baja y sin orquestas pero con palabras aquejadas de tanto dolor como belleza. Blas, porque para los bilbaínos sólo hay un Blas (y el santo del cordón, por supuesto), consiguió un espacio propio en el corazón de su ciudad y de sus gentes. A Blas lo reconocemos en las esquinas de Bilbao: en la placa de Hurtado de Amézaga, en su calle Unamuno (no existen las casualidades), en la oficina de Gardoqui… Sólo en Bilbao se pudo convertir en el poeta que garabateó sus primeros versos místicos en las salas de Padre Lojendio, acudió a las tertulias de los cafés de siempre, gestó su agonía entre las calles del Ensanche y la compartió con los amigos de juventud.
Por ello, el Premio que lleva a Blas por enseña evoca la palabra más firme de los años de posguerra, la voz más aristada y detonante. Este premio ha nacido con altas metas. Y sé que los poetas que han optado a él lo han hecho con temeroso respeto ante un galardón que deseaba colocarse a la misma altura del nombre que lo inspiraba. La Editorial Devenir, con una de las trayectorias más vocacionales y primorosas que podamos encontrar en medio de todos estos nuevos negocios del ocio vulgarizador, ha abierto su colección a los nuevos premiados por Bilbao: a Ramírez Lozano en 2008 y a López Serrano en 2009.
Francisco López Serrano es un aragonés nacido en 1960, conocido y reconocido anteriormente por otros muchos premios. Autor de varios libros de poemas, ha publicado seis hasta la fecha. El primero en Granada en 1985, Ars moriendi y en 1990 Un funesto deseo de luz. Volvió al verso con La afable vecindad de la muerte (1997), La caricia de un sueño (2002) y La sombra de Dios (2004).
En estos últimos años, años ya marcados en el calendario por la madurez, ha compaginado el poema con la narrativa. Y ha publicado con excelente acogida varias novelas: El país de la lluvia (2004); Retrato del asesino en prácticas (2005) y El prado de los milagros (2008); así como otros libros de relatos El hígado de Shakespeare (2000) y Dios es otra (2002). Escritor favorecido por los premios, ha recibido entre otros: el “Luis Cernuda de poesía” y el “Ignacio Aldecoa de cuentos”, “Ciudad de San Sebastián de cuentos”, “Zenobia de relatos cortos”, “Gabriel Aresti de cuentos”, “Premio Internacional de Narrativa Corta Generación del 27”, y ha sido finalista del “Torrente Ballester de cuentos”, etc.
Si su narrativa es alabada por el elaborado trabajo del estilo, la estructura y el orden narrativo, la originalidad y el humor, el Jurado que le otorgó el Premio de Poesía Blas de Otero destacó la “fuerza expresiva, su variedad de registros formales y la profundidad de sus planteamientos éticos acerca de los límites de la experiencia humana”. A este último aspecto queremos dedicar algunas palabras.
El poemario que López Serrano presentó a concurso llevaba por título El camino de vuelta, pero el autor ha querido sustituirlo para su publicación en Devenir  por El último hombre sobre la tierra. No es difícil reconocer en este giro la elección de un acento diferente en el espíritu de la obra. Si el primer poema dio título al libro presentado a concurso, será el último poema de cierre el que intitule la publicación definitiva. El camino de vuelta sintetiza la frágil dicha del instante gozoso ensombrecido siempre por el conocimiento jamás olvidado del camino de regreso. Y el regreso de la dicha no es sino el fracaso aprendido de su incumplimiento.
El segundo título, El último hombre sobre la tierra, cierre del poemario, siembra de sentido apocalíptico la voz del poeta en un mundo desolado y extinto. “El último hombre” nos trae el recuerdo de aquel “El último Caín” despojado ahora de cualquier brizna de esperanza y abocado a su disolución final. Porque el poemario se sitúa no ante el panorama existencialista de la angustia sin nombre, sino ante el vacío de la nada que promete el conocimiento científico para un ser humano próximo a su desintegración.
Este título definitivo enfatiza la desolación como el último entendimiento humano e invita a recorrer el texto con un crecido sentimiento de soledad astral y metafísica. A punto de deshacerse en la nada, se le proclama al hombre la incumplida obligación de comprender el mundo.  Y la muerte del humano arrastra consigo la desaparición de ese incomprendido universo. Porque el poeta ha entendido que la realidad no cabe más allá del yo, “Tu errónea percepción del mundo creó el mundo”, su erróneo conocimiento construyó el caótico mundo que perecerá con él. No cabe ni la melancolía de un mundo que continuará una vez desaparecido el yo, porque la realidad no es otra cosa que la conciencia expandida, creadora de cosmos. Así, en la muerte de cada conciencia se produce el apagón definitivo del cosmos. “El fin del mundo es sólo/ la proyección de una catástrofe única”. Funesta pesadilla del ser portador de una carga y cauce de la total destrucción. Soledad abismal. Mas esta pesadilla apocalíptica y cegadora permanece al despertar cuando espera en pie como realidad inapelable el papel protagónico de la muerte. En este segundo título, El último hombre sobra la tierra, la conciencia de lo humano se pierde para siempre en el vacío tras la rebelión suprema contra el cielo que sólo habita en él, que él mismo creó en un lugar preciso y extirpable de su cerebro.
En el arranque del poemario, la sombra de la felicidad abrió la herida. Entre la sombra de la dicha y la tiniebla de la nada se enmarcan los límites de esta experiencia humana sostenida en pie por la voz poética. Estas imágenes nihilistas en la comezón de conocer más allá de los límites no son diferentes del terror abismal y elevado contra el cielo del poeta Blas. Y de ahí emergerá el conocimiento que sólo la poesía otorga; como nuevos heroicos Manfred, “conocimiento es dolor” o “doler es conocer”, y así el filo de la propia palabra va desangrando la existencia en cada verso, porque somos “grieta profunda que sólo una palabra puede llenar”. Como los versos vivos de Blas, despiertan el ser a la agonía, desvelan las opacas nieblas que nos ocultan el escalofrío de nuestra condición. Esquivan con palabras la herida de la vida, la vida en su lucha abierta con la muerte. Pero incluso la palabra poética esencial, esa que se opone al vacío, es un fracaso.
A contraluz de este nihilismo la vida es una sucesión de instantes disueltos en la nada. Poesía del tiempo, nos sobrecoge acertando que es el tiempo la poesía y el contemplar el instante que queda absorto en la eternidad. La dicha constantemente amenazada por la extinción clama por la supervivencia, por el regreso misericorde que el azar no consiente. Se preguntaba don Antonio, “¿Cantaría el poeta sin la angustia del tiempo?” y este poemario nos hace vivir el tiempo y la poesía como una misma cosa, y esa misma cosa poesía-tiempo no es otra que la verdadera condición humana, esa que tantas veces nos da la impresión de estar perdiendo.
Pero al avanzar en su transcurso, estos poemas cósmicos y apocalípticos se hunden en la autenticidad de lo humano con pasión y desespero. Corren al hilo de las grandes líneas que comprometen el conocimiento del siglo XXI: la realidad construida por el sujeto, la conciencia expandida, el tiempo y su relatividad, la energía, la inexplicable fuerza de lo gravitatorio, el origen del origen, el peso del Universo sobre la leve chispa de lo humano… Temporal, cuántico y anticuántico, físico y metafísico, nihilista, profético, auténtico. El último hombre sobre la tierra consigue sobrecoger al hundir la poesía en las preguntas de la ciencia sobre la conciencia puesto que estremece al ser la responsabilidad del Todo. Nada parece ya quedar fuera, nada le salva, quizá nada sea ni aún haya sido. Porque ese peso del Cosmos sobre el hombre, ese ser centro mental del Universo, no consigue salvarle de la sima negra de la muerte y del dolor.
Y muchas gracias a todos por su atención.

 


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II PREMIO BLAS DE OTERO VILLA DE BILBAO 2009
Francisco López Serrano
EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE L TIERRA

Nos hallamos ante un libro inteligente y bien escrito, que ofrece una visión del mundo muy definida a través del sujeto que en él se expresa, el poeta. Este poeta tiene un nombre, Francisco López Serrano, y a tenor de los títulos de los otros libros que ha publicado hasta ahora en este campo Ars Moriendi, Un funesto deseo de luz, La afable vecindad de la muerte, La caricia de un sueño, La sombra de Dios, podemos casi con certeza decir que se halla en la línea tan hispánica del desengaño de la vida.
En la obra que nos ocupa, un bajo continuo, que es la pregunta por la realidad de la realidad, aunque no lo haga él evidente, aglutina los textos –ya que no todos son poemas estrictamente-, diría yo, en dos partes, una podría equivaler al desengaño y la otra al engaño o ilusión -pero no, no hay que decir ilusión, que sería mencionar la “maya” hindú, cuyo carácter no es declaradamente negativo.  El último hombre sobre la tierra, en cambio, lo situaría yo dentro de la negación, una negación casi nihilista.  
Al engaño pertenecería la primera mitad, aquella menos tajante en cuanto a la ausencia absoluta de solución de la existencia, y que está escrita con alta calidad poética. Luego, a partir de la página 34 de la obra, empiezan a aparecer, mezclados con los poemas, interesantes textos en prosa –no poética, sino más bien confidencial con una sabia trama informativa de cuestiones que atañen a la ciencia, en general a la física, con eficaz empleo de sus palabras- que nos van llevando al último callejón sin salida. La primera mitad, pues, dotada de vuelo del ritmo y la hermosa construcción del poema, oculta el fondo de oscuro rencor que surge al final y lleva al libro a caer en una suerte de agujero negro –algo probablemente buscado, ya que el logro literario suele consistir en la unión de fondo y forma-.
La dicha o el gozo, para este poeta, que se presenta de entrada emulando a Odiseo, sería una aventura pero con la conciencia de poder regresar.  Y sin embargo “el instante lo es todo”, es decir, el regreso es mera hipótesis, válida sólo en ese instante en el que, de todos modos, hay demasiado tiempo para la eternidad. Sí sólo el instante cuenta, se pregunta el lector, ¿por qué el poeta desea la huída, que, con todo, le resulta imposible pues en este universo “la velocidad de escape es nula”? Sin duda porque detecta que toda la realidad está en él y él llega a reconocerse como su propio maltratador. Pero, de hecho, lo material le entorpece, el dinero es omnipotente como el creador, la noche –al contrario que para el místico- es generadora de esterilidad, en ella el amor se reabsorbe, y su muerte es lo que descubren los amantes, mientras el asfalto genera impotencia. El poeta desea pues desnudarse de recuerdos y entregarse así a la muerte, el instante, paradógicamente, definitivo, en tanto la agonía es lo único que sucede como debe ser. Un fondo de desdicha espera siempre, transforma la ilusión en veneno. Y ante la pérdida de sentido de las cosas, una vez más la pregunta por la realidad subyace en lo escrito. Entonces podría recurrirse al fantasma, pero éste sólo sirve para conjurar el horror al vacío. La única realidad, viene a decirnos cada verso, está, de hecho, en el “yo”.
Los conceptos de la física empiezan a tomar cuerpo más concreto en la obra llegados a este punto. Claramente el Principio de Incertidumbre se apodera del poema “La luz”, y el ser-no-ser de la teoría cuántica del titulado “El fin del mundo”. Parece que al contrario de otros líricos, sea Vyasa, autor del Mahabharata, o Antonio Gamoneda, que hablan uno y otro de la vida como de un “accidente” entre inexistencia e inexistencia, o también como el mismo  Gamoneda y Vladimír Holan, de la vida como de un “error” -dice éste último concretamente: “la vida es un error en el censo de los muertos”-, para López Serrano ese “accidente” o “error” sería más bien el mundo, el universo, lo que culmina en la declaración de que el fin del mundo depende, en mayúsculas, “DE TU VOLUNTAD”. Sin embargo ahí está el cosmos y, aunque en el interior del hombre sólo hay tinieblas, el dolor surge al ponerse el yo en contacto con lo que no es yo, lo que está detrás del muro del cuerpo, “los límites del mundo”.  Ante esto recordamos una vez más a Holan: “Poeta estás sin contradicciones, estás sin posibilidades”, pues junto a estas afirmaciones leemos acto seguido: “sólo tú has de morir/ para siempre.”
La ciencia entra ahora por la puerta grande: sinapsis, electrones, partículas, sistema caótico, observador y observado etc., lo que culmina en la siguiente pregunta –que queda sin respuesta-: “¿Existe una realidad imaginaria en el sentido cosmológico del término, una realidad anterior a su percepción? ¿Existe una realidad que no sea una excrecencia, un residuo muerto de tu conciencia?”
De la proximidad de la poesía y la ciencia no cabe ninguna duda en la actualidad, no sólo porque la misma terminología de la física resulta poética sino porque ésta se mueve en un mundo casi de fantasía, ahí están los universos paralelos o la teoría de las cuerdas que, se diría, rozan la magia. Es sabido, además, que hay varios físicos importantes que escriben poesía como el Premio Nobel Arthur Leonard Shalow o  el español Francisco García Olmedo. Todos los caminos parecen, pues, abiertos a la poesía, y también a la ciencia. Celebremos el hecho celebrando este interesante libro que, a pesar del desengaño, con su existencia desmiente la desconfianza en la palabra.
Clara Janés

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 LA GRAVEDAD DE LA POESÍA DE FRANCISCO LÓPEZ SERRANO
                           EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA
Javier Lostalé

La lectura de El último hombre sobre la tierra  nos coloca en el centro de gravedad del ser, en el lugar de intersección de lo cósmico y de lo íntimo, en la radical precariedad de la existencia  hasta  el punto de que la presencia del hombre en el universo carece de sentido, y de este modo su lectura abre dentro de nosotros surcos de rebeldía y de libertad. Las ideas encarnadas(en la poesía siempre hay encarnación) de relatividad, caos, límite, vacío, nada, mundo, azar, origen ,conciencia, instante, eternidad, energía amorosa, fragmentación, disgregación o muerte, se corresponden naturalmente en este libro con términos científicos que, al integrarse dentro del lenguaje poético(ciencia y poesía están muy próximas),prestan   visibilidad a los estados de espíritu, organicidad a lo inaprensible, textura a lo inabarcable, corporeidad   al pensamiento, aliento al misterio  y fecundan la imbricación entre lo  terrenal y lo estelar.
El título, El último hombre sobre la tierra, entraña una visión apocalíptica que impregna los cuarenta y ocho textos, entre poemas y prosas con la misma tensión poética, que integran el libro. Visión que alcanza su clímax en el que cierra el  poemario y que le da título, donde el desafío del hombre al Creador , la ceguera y sordera a la hora de  que aquél viera y comprendiera el mundo, y la muerte como único destino, resumen con acento íntimo huracanado todo lo que alberga esta obra que ahora intentaremos diseccionar en su compañía, siempre conscientes de que ella resonará de una manera distinta en cada lector, y lo hará tanto en su aspecto reflexivo como en el emocional. Para esta operación debemos  habitarnos , pues el yo es la médula de este cataclismo con dimensiones cósmicas, como dijimos al principio, pero que sucede en el interior de cada ser. Empecemos por la experiencia que tenemos de la caducidad de todo, de que, por ejemplo, en el esfuerzo para alcanzar la meta de la dicha, ya crece el camino de vuelta,(en un principio este poemario iba a titularse Camino de vuelta. Leamos juntos (…) Uno se tiende sobre/la fragante hojarasca, entre constelaciones/de estelarias, y escucha/el rumor deleitoso del arroyo./Mas en ningún momento/se distrae, nunca olvida/ el camino de vuelta. Sentimiento de caducidad, entraña del Tiempo, que tiene un carácter basal en este libro. Lo único que existe-lo amanecemos leyéndolo-(la poesía siempre  amanece), es el instante que se agota en sí mismo, sin posibilidad de resurrección, nos dice el poeta, ni de suspender su transcurso. Instante en que, habla de nuevo el autor, Solo un capricho del azar consigue/ concentrar la eternidad en un instante( y hasta un instante  es demasiado tiempo/para la eternidad) y a eso se llama/felicidad, al vislumbre fugaz/ de esa inocencia prístina/anterior  al big bang de la conciencia. Tanta es la plenitud del instante que no cabe otro tiempo, como es el de la nostalgia o la esperanza(…)Ya te desangres en la nostalgia / o te desgarres en la esperanza,/otra cosa no hay, / solo un instante. Instante, y aquí se ejemplifica esta simbiosis entre lo cósmico y lo íntimo, que forma parte también de la naturaleza de este poemario ,en el que sucede el fin del universo(…) El fin del universo acontece sin duda/a cada instante./ El fin del mundo es solo/la proyección de una catástrofe íntima./ A lo largo del tiempo,/el fin del mundo ha sido, como mucho,/u simple fenómeno local/vertiginosamente repetido. El Tiempo, por otra parte, sabe cual es su misión independientemente de nuestras ensoñaciones y delirios, por eso escribe Francisco López Serrano(…)El amor en la noche se reabsorbe y diluye/como un absceso inocuo en el tejido/ del tedio. Y las parejas comienzan a oficiar/frente a frente la muerte del amor. Y  en una interiorización más honda del tiempo, relacionada con nuestra presencia en el universo, la finitud adquiere una dimensión metafísica “nunca abstracta”, sino “en la forma de un sentimiento celular”,escribe el  poeta. Con la instantánea iluminación de un relámpago nos vemos( utilizo el nos porque seguimos leyendo juntos)  en el nacimiento y en la muerte que, unidos, cobran su total sentido. Para ello es necesario, una vez más, el acoplamiento de nuestro lugar en el mundo con el cosmos, lo que se consigue  a través de “una hoja que pende de un árbol que se alza majestuoso en un planeta fértil de una galaxia remota”(…) La breve y silenciosa caída de esa hoja remota  que simboliza tu presencia en el universo, cifra el principio y el fin de tu existencia y constituye un claro determinante de la relatividad y de la miseria de tu tiempo vital frente al cosmos . Y sin embargo esa hoja remota, que se desprendió del árbol remoto en el momento de su nacimiento y alcanzará el suelo a la hora de tu muerte, milagrosamente aún sigue cayendo. Y junto al Tiempo, el Amor es también fundacional en este libro, con su doble rostro de luz y sombra, con su doble poder de atracción y repulsión(…)En su  expresión débil, el Amor hace que la energía interactúe, que los cuerpos se atraigan./Su interacción más fuerte impide que el mundo se disgregue./En su manifestación semidébil, el Amor brilla con el resplandor de mil soles. / Y a veces  emite y propaga luz con un alcance infinito./Pero el Amor actúa también como energía oscura ,/entonces su fuerza es repulsiva. /En la fuerza oscura del Amor se encuentra inscrita la memoria del destino  fatal del Universo./La memoria de la Muerte del Amor. El erotismo , con su nublamiento interior lleno de chispas, pensamos, no puede desligarse del amor , de lo que éste significa de entrega, de posesión. Posesión cuya temperatura viene marcada por la espera y las imágenes que trenza la imaginación, tan relacionada  con el olvido una vez consumada . Quizá Francisco López Serrano nos lea esta noche LA POSESIÓN , texto en que además se compara  el vértigo de la posesión con el de la creación literaria, tema  que constituye igualmente una parte substantiva de  El último hombre sobre la tierra, en el que la palabra es siempre placenta del ser. Tiempo, Amor, y seguimos nuestro itinerario lector pronunciando las palabras  Nada, Vacío, Conciencia, Dios. ¿Es posible imaginar la Nada?, se pregunta el poeta, consciente de que es un oxímoron. Y a partir de ahí crea  un argumento ontológico sobre  la existencia de la Nada que concluye así: “Acaso aquel que intuye que  la nada/ es parte de su ser”.Y de nuevo , en otros versos,  tiende sus lianas al espacio sideral y convierte las estrellas en agentes secretos portadores de engaño sobre la creación del universo; por eso  termina   su poema EL FIRMAMENTO de este modo: Quizás el mundo no haya sido aún creado y todo esto/ sea  tan solo un vago presagio que reverbera en la nada. /La nada presagiándose a sí misma.  Y ahora el Vacío: Una casa vacía nos inunda por dentro al recibir como presencias todas las ausencias: de seres, de objetos, de respiraciones de todo tipo. Una casa llena de fantasmas o sombras con latido: todo esto lo pensamos con ustedes  mientras leemos el poema LA CASA VACÍA ,en el que de un modo táctil sentimos el vacío, más allá de la casa vacía.   Leo el final(…) Los fantasmas constituyen el último sortilegio/ del que la naturaleza en general/y la naturaleza humana en particular/ se sirven para conjurar/ su horror al vacío. La Conciencia es asimismo columna vertebral de estos poemas, siempre en conexión con la realidad, y aquí acude  Francisco López  Serrano a la iluminación que le proporciona la ciencia, la biología. Escuchemos(…)¿Pero existe acaso la realidad pura, una realidad que no haya pasado por el tracto digestivo de una conciencia, que no se haya  impregnado de sus jugos y de sus ácidos corrosivos? O, lo que es lo mismo, ¿existe una “realidad imaginaria” en el sentido cosmológico del término, una realidad anterior a su percepción??Existe una realidad que no sea una excrecencia, un residuo muerto de tu conciencia?. Respecto a Dios, o el Gran Maltratador, como le llama a veces, o el que acecha en silencio , sentimos su asfixia, su succión, que provocan dentro del autor la rebeldía absoluta, el deseo de liberación de cualquier atadura espiritual. En esta ocasión “una imagen de tomografía computarizada por emisión de  fotón único”, le sirve para “escrutar la guarida en la cual, insomne y cauteloso, agazapado igual que una alimaña, Dios-como dijimos-acecha en silencio” . Deseo de liberación de cuya imposibilidad , incluso después de la muerte, es consciente. Llega un momento que nos peguntamos si no se trata de un ser generado por nosotros mismos que nos encelda. Un fragmento del poema EL GRAN MALTRATADOR reza así(…)Te fecunda y a la vez te vacía./Te sorbe hasta el tuétano./ Te quita el aire./Si hicieras añicos tu cuerpo, / el estaría en cada fragmento./Si te diluyeras, /se hallaría en cada gota. /Si te evaporaras,/reiría estentóreamente desde cada molécula  de vapor./Ni siquiera la muerte podría liberarte/del Gran Maltratador. Por último, para terminar esta lectura común, no podemos olvidarnos de las palabras, de su búsqueda como “quien busca-dice el poeta- un cuerpo al  que poseer”, Palabras –añade- “con las que profanar el mundo”.  Y sobre todo búsqueda de “la palabra esencial, de esa palabra poética que nace del alma creadora, esa palabra que la conciencia opone al vacío”. Tarea  sin fruto: “Había consagrado la vida a un hermoso fracaso.”En todo caso en esta visión pesimista del  Universo, marcada por  “el estigma del dolor”  y por “el peso insoportable”, cito al poeta  “hay una herida en ti-en nosotros podríamos afirmar-una grieta profunda que solo un palabra puede llenar”.
El último hombre sobre la tierra  es un poemario yesca, sin ningún fuego de artificio metafórico, profundamente ético, duro en ocasiones, irónico a veces, donde en cada parte está el  Todo, lleno de una gran libertad interior.
Un poemario en el que se hubiera reconocido Blas de Otero que, a pesar de tanta desolación y descomposición, de tantas tinieblas  y abismo, nos invita a vivir sin límites, como le sucede a toda verdadera poesía que, al final, es  siempre celebración de la existencia.

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PRESENTACIÓN DE JUAN PASTOR
POR RAFAEL DE COZAR


Juan Pastor y yo somos de algún modo parientes por hermandad compartida. Mi hermano, el poeta  y pintor Ángel Leiva, argentino exiliado y siempre errante, primero en Cádiz, luego en Madrid, para marchar a USA, donde vivió muchos años, hasta recalar hace ya unos cuantos en Sevilla, saludaba a Juan Pastor en la extinta Estafeta Literaria de 1976 como una de las nuevas voces poéticas de futuro.

“Y es hoy el mañana de ayer… como escribió Machado, ya de madurez, “Dominios de matiz”, de su editorial Devenir.

El termino devenir hace alusión al futuro, pero no de momentos concretos en épocas lejanas aún, sino de un proceso, en una línea continua o discontinua hacia él. Suceder, acaecer, es decir, consecuencia de algo.  El presente es el fututo de aquél devenir y la madurez es efectivamente el punto actual de aquél hilo de la vida, es decir, la ventana también desde donde observamos lo que fuimos y lo que podríamos haber sido, existido, vivido.  ¿No sería natural la decepción, la frustración ante los sueños no cumplidos?  Muchos poetas, como Cernuda, se asentaron en esta posición en su madurez, pero para mí la verdadera madurez consiste además en asumir la existencia con todos sus matices, como hace Juan en este libro.
El termino matiz significa más precisamente: “Tono o grado de intensidad en que se puede presentar un mismo color, o sonido”  y también, por extensión,  “rasgo que distingue entre cosas muy parecidas”.  A los pintores impresionistas les obsesionaba analizar todos los matices de la luz y en la pintura es también habitual el termino “gradación”, que implica los diversos matices de un color mientras  el tono es grado de intensidad de este.
Ruego me perdonen esta incursión en la plástica y en la música, pero de algún modo esta parece ser la base del libro, los matices en la línea de color que hay entre la luz y la sombra, el blanco de la vida y el negro de la muerte, es decir aludir a las “frustraciones por el recorrido de tanto vacío. Pero siempre con dignidad”, en verso suyo.
Las variaciones de la luz entre el día y la noche son la síntesis de las variaciones entre el principio y el final, la vida y la muerte, y en este libro se deletrea ese camino en las diversas estaciones, con un hilo a veces perceptible y común a esas etapas, el amor.
Estamos ante un poeta pensador, meditativo y, por ello, no de lectura fácil.  De hecho a partir del paisaje,  primavera, verano, otoño, luces, colores, sonidos, como elementos físicos, se deduce la reflexión sobre la vida, asumiéndola como es:  “Tan sólo nos queda la tristeza de vivir. Pero desde la realidad y con la responsabilidad de nuestra propia voz y condición”
De aquí se deduce que, aunque están presentes los detalles de la primavera, o el verano, la óptica y el tono van sobre todo acordes con el otoño, que es la posición desde la que se escribe:

“Es el otoño que amanece y que se anuncia cuando viene.
Pero tengo miedo y un profundo respeto por la estación.
Por las sensaciones y sentimientos del otoño”

…Para reconocer más adelante:

“Pero estamos en Otoño. Y es ahí donde aparece y se da la plenitud”

En todo caso en Dominios de matiz, la realidad y el deseo no son del todo contradictorios, como sí parece serlo en Cernuda. Los momentos de intensidad efectivamente necesitan también a los momentos de rutina, como dice Juan, “para poder sentir y descansar de otra forma y de manera diferente”, del mismo modo  que es la luz la que determina la aparición y la dirección de la sombra, ya que la una existe porque existe la otra.
El azul, el rojo, el amarillo, el ocre, el blanco o el negro  no son colores puros, sino que vienen entre sí abrazados, matizados en la pintura literaria impresionista que practica Juan en este libro, que se cierra en un epílogo titulado consecuentemente “La estación del otoño”, donde ya se presiente la llegada del invierno, la noche, que también ofrece matices en las sombras.

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LÓPEZ SERRANO
Antón CASTRO

Si uno repasa los títulos de Francisco Miguel López Serrano –‘Ars Moriendi’, ‘Un funesto deseo de luz’, ‘La afable vecindad de la muerte’ o ‘La sombra de dios’- uno puede intuir que estamos ante un poeta grave, conceptista, que anda tras los pasos de la muerte y acaso de lo fúnebre, o que vive inmerso en la ambivalencia: en la iluminación cegadora, en la tiniebla de oro. En la claridad en la que a tientas se persigue. Si uno además lee sus libros se encuentra con un poeta personal, clásico y moderno, al que le gustan los versos medidos, un ritmo cadencioso y eléctrico a la vez, los juegos de palabras y una hondura filosófica, que él administra a su antojo: con sarcasmo, con ironía, con humor negro e incluso con un latido gracianesco.
El último hombre sobre la tierra es, desde sus inicios, un libro grave, casi epicúreo, en el que desfilan con pareja intensidad la felicidad y la muerte, el amor y el dolor, el tormento y el éxtasis, la mugre y lo sublime. Y en el que desfilan otros asuntos un tanto trascendentes: la fugacidad de la vida y el paso del tiempo.
De entrada, para López Serrano solo hay una vida y está aquí. Lo dice a su modo: el hombre está en el mundo y “el mundo está condenado a seguir preso en ti”. Si alguna vez quieres huir no vale la pena: no hay escapatoria posible, el hombre reside aquí, preso también de sus recuerdos porque la memoria es un maravilloso arsenal de vitalidad, de alegría, es un sedimento de experiencia y de sensibilidad que está ahí y que te impulsa una y otra vez hacia el futuro. López Serrano, con la debida distancia, también recuerda que dentro de nosotros viaja un monstruo, un monstruo que nos devora, nos mancilla, y ese monstruo a veces adquiere la forma de un Gran Maltratador.
Por una vía más retórica que real, ‘El último hombre sobre la tierra’ también aborda en varios poemas el fin del mundo –“El fin del mundo es solo la proyección de una catástrofe íntima”-, es un poemario sobre las luces y sombras del amor, y ahí destaca especialmente el poema ‘Teoría del todo’, que a veces parece como una encadenamiento de aforismos, y destaca una de las grandes piezas del libro, por su crudeza y por su textura casi pornográfica: ‘La posesión’. Otro tema que se aborda en el libro es ese: el entramado íntimo de los cuerpos, la urdimbre inefable del amor y sus continuas paradojas que solo cesarán con la muerte. Entre los juegos de palabras, se puede leer este homenaje a Monterroso: “Cuando despertó / comprobó con horror / que su mujer seguía / a su lado en el lecho”.
La mujer es un completo enigma. Se percibe a lo largo del libro y también en el poema burka, donde López Serrano dice dentro de ese misterio o de esa ocultación hay otra cosa: “La mujer es la única / posibilidad imposible”. Como tampoco podía faltarle a un libro de un poeta y traductor, de un narrador en corto y en largo, que tiene una mirada tan peculiar, hay reflexiones sobre el poder de la palabra y sobre el oficio de escribir. A mí me ha parecido que en ‘La búsqueda’ el autor ensaya un autorretrato.
Este es un libro sólido, provocador, antisentimental, como podría suceder para algunos en ‘La sinapsis de Dios’, donde se intenta probar que Dios no existe o ha dejado de existir para siempre, y en ‘Mecánica de la masturbación’. Un libro de un estupendo poeta que tiene un texto que a mí me gusta mucho: ‘La llamada’.

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               LA POESÍA ASCENSIONAL DE MANUEL ÁLVAREZ ORTEGA.


El poeta Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923) ha publicado en la colección de poesía “Devenir”, que desde hace años dirige con tanto acierto y con tan buen criterio el editor Juan Pastor, un nuevo libro de poemas en prosa titulado Cenizas son los días. No es ésta la primera ocasión en que el magisterio lírico del cordobés ve la luz en la mencionada colección, pues varios son los títulos suyos que han sido editados en ella.
Quien en sus inicios fundara y dirigiera la revista “Aglae” (1949-1953), ha sido también traductor y editor de la mejor poesía en lengua francesa, si bien la nómina de sus títulos resultaría demasiado extensa para el reducido espacio de una reseña. Baste decir que estamos ante un poeta mayor, aunque reconocido, nunca suficientemente valorado, a mi juicio; y ello por la calidad difícilmente superable de su obra, por cuyos méritos ha sido propuesto en dos ocasiones al premio Nobel de Literatura.
El poemario en cuestión está estructurado en tres partes que contienen diez poemas cada una y el volumen concluye con una Bibliografía Sumaria, útil siempre para el lector que desea profundizar en una obra que abarca toda una vida de entrega a la poesía con mayúsculas.
Ubicado en un presente que lo enfrenta a la senectud, los textos de este volumen nos confirman en el naufragio que toda vida supone. Herido por el tiempo y sabedor de que éste es limitado para toda criatura viviente, el vate cordobés, dueño de sí mismo y de una serenidad interior que en verdad emociona, sitúa al lector frente al declive que supone la senectud y la conciencia intuitiva del final cercano. Con un tono a veces elegíaco, a veces existencial, y con un armazón de metáforas identificable en su significación más nítida, desde el regreso y la nostalgia, la memoria y el olvido, las heridas cauterizadas y las que no han de cerrarse; el lector camina con estremecimiento ante la belleza que deviene en ceniza. Ceniza ardiente que se desvanece entre los dedos es la belleza que contienen sus palabras. También la belleza de lo creado se desmorona en el devenir del tiempo. No hay, pues, eternidad posible. Todo parece convocar al cierre del círculo. Todo está cumplido, pero la palabra adquiere el brillo prístino del diamante cegador. La lucidez aflora en las palabras con el acierto del bienaventurado. Juzgue así quien leyere: “FIEL a otra imagen, luego de un largo peregrinar,/ tal un alma errante, regresó a la casa, el redil de pobre/ za, su última heredad./ Evocaba un tiempo perdido, cuando en el ayer/ del sur, hora en penumbra, en su ausencia, lloraba la nostalgia por la tierra./ Fuera entonces como un caudal de sueños que/ el olvido abrasara, como si la queja de los años no/ hubiera en su corazón nacido./ Y así renace ahora que acaba el día, un ser que se/ acoge a la paz que nunca fue, la miseria que resume/ su continuo naufragio” (p. 15).
Avezados críticos se han referido a lo que ellos califican de “poesía de senectud” en significados poetas del pasado siglo. Yo no creo que este libro pueda calificarse de tal, sino que se trata más bien de magnífica poesía escrita en la senectud. La madurez y luminosidad que de ella emanan en modo alguno pueden considerarse como signos de decadencia. Qué fibra sensible hay que no toquen con delicadeza y dolorido sentir los versos del eximio poeta cordobés que envuelto en claridad se nos hace transparente.
Álvarez Ortega despliega el tono sosegado y armónico de los clásicos en un decir solemne por su gravedad y quizás en algo, sentencioso. No cabe pedir mayor ensamblaje a los textos ni tampoco mayor coherencia a los mismos, pues el libro se lee como una elegía continuada, erigida sobre los rescoldos de la memoria que la sostiene, en la constatación de lo inevitable. Por tan solemne prosa poética avanzan ondulantes las palabras en metáforas aposicionales y parentéticas aclaraciones no menos metafóricas, como avanza el oleaje entregado hacia la playa que lo recibe con la beatitud sublime de la más excelsa sinfonía. Tocado por la gracia del instante, abunda en las metáforas encadenadas, enlazadas como manos dispuestas a cerrar las pupilas que ardieron tras contemplar la hermosura y gozar  la belleza de lo creado. Y cae en el más dulce y loco delirio, deambulando, dando vueltas, circundando la claridad que lo envuelve, como ebrio a quien se hace insoportable su propia lucidez.
Con el canto del cisne y la melodía de los violines, así el poeta se adentra en el territorio último de la más clara y lúcida visión a que se ve abocada la criatura humana, asumiendo su destino, constatando el desenlace, haciendo balance del desvalimiento y el desamparo humanos, vibrando en la memoria, tiritando en ella y temblando en la pasión que supuso existir. En medio de las cenizas, algunas brasas proporcionan aún un poco de calor al desahuciado, al desposeído de casa, hacienda y memoria. Pasan éstas como estrellas fugaces, cuyo brillo fascina.
Una obra como la de Manuel Álvarez Ortega justifica una vida. Y un libro como éste del poeta cordobés bien podría devolvernos la confianza en lo que de sublime, a pesar del desencanto que nos atenaza,  hay en el alma humana. Versos donde se despliega la misericordia como una blanca sábana que se torna sudario. Palabras que acunan el desamparo, esa justificable benevolencia que el poeta despliega para consigo mismo, como el perrillo que lame sus heridas y se abandona al devenir fugaz en las cenizas que el viento dispersa por la nada.
Así el ungido. El convocado. El lleno de gracia. El que se radiografía a sí mismo hasta transparentarse. El que se enseñorea en el reino del verbo palpitante.
                                                                                           José Antonio SÁEZ.

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AURORA DE ALBORNOZ Y EL COMPROMISO DE LA PALABRA

JOSE RAMÓN RIPOLL


Para mí es un honor participar en la clausura de este ciclo que, bajo el título La voz. El compromiso de la palabra, ha venido organizando con gran logro la colección Devenir de poesía y ensayo, y quiero agradecerle a su editor, Juan Pastor, el oportuno debate que se ha llevado a cabo sobre este asunto, precisamente en una época tan descafeinada como la nuestra,  donde plantear cualquier tipo de compromisos o lealtades parece estar fuera del ámbito de la moda y el glamour. Me honra también poder traer a colación la figura de Aurora de Albornoz , quien fuera mi maestra y amiga, en un panel donde su nombre no queda sombreado por la presencia de Valle-Inclán, Miguel Hernández o Blas de Otero, sino al contrario, plenamente justificado por cuanto, como investigadora y crítica literaria, hiciera por la difusión de la obra de todos ellos. Por otra parte, Aurora de Albornoz es una escritora distinguida en el catálogo de la colección Devenir, que ha editado hasta la fecha tres títulos importantes para comprender la vertiente crítica y creativa de nuestra escritora: Cronilíricas (1991), especie de memoria fragmentaria, en forma de collage, de los años de la Transición; El Juan Ramón de Aurora de Albornoz (2008), consistente en una recopilación de todos los textos que la autora escribiera sobre el poeta de Moguer, anotada y precedida de un extenso ensayo de Fanny Rubio, y Hacia todos los vientos. El legado creativo de Aurora de Albornoz (2010), un amplio recorrido biográfico y crítico por la obra poética de la autora, a cargo de Begoña Camblor.
  
 El compromiso del escritor es ante todo con su palabra. Nada puede decirse de nadie que no sea fiel a su verdad, a cuanto quiera decir exactamente por pura necesidad, y no por contentar a sus posibles lectores con lo que estos quieran leer. El escritor utiliza el lenguaje como un bisturí que rasga la piel de la realidad para adentrarse en su interior e intentar transformarla o, al menos, aprehenderla en su totalidad, más allá de las apariencias, y hacer partícipes a los demás de su propio descubrimiento. Es a partir de ese proceso personal cuando el compromiso se extiende hacia los otros, por encima de ritos sociales y prejuicios políticos al uso.
 
  Aurora de Albornoz dedicó la mayor parte de su tiempo a poner en práctica ese compromiso vital y literario, no sólo en su propia producción poética, que naturalmente para ella fue el fue el epicentro de su vocación creativa, sino en la inmensa e importantísima labor como estudiosa de la literatura de otros autores, a la que dedicó la mayor parte de su tiempo.

Como poeta, Aurora de Albornoz, que nació en Luarca en 1926,.firmó casi una docena de libros, que abarcan desde Brazo de niebla (1955) hasta Canciones de Guiomar (1990), una colección de poemas en prosa publicadas unos meses después de su muerte, si exceptuamos el cuadernillo Al sur del sur, de 1991. Toda su poesía surge de la intercesión de las coordenadas espacio y tiempo, pero no como el puro axioma convencional desde donde se escribe toda literatura, sino desde la asimilación profunda y total de esos dos conceptos, con toda su carga juanrramoniana. Es decir: espacio como un todo, donde el individuo se topa con la otredad hasta contemplarse en el espejo que refleja la realidad absoluta, solidaria y total; y tiempo como un círculo que gira y retorna, ofreciéndonos en su movimiento la sensación de una eterna humanidad. Espacio y Tiempo son dos poemas largos fundamentales en la obra de nuestro Premio Nobel, a las que Aurora acudió en numerosas ocasiones, hasta fijar de alguna manera, el texto y la lectura definitiva del primero de ellos. Aún recuerdo sus clases –podría decirse que magistrales- y sus largas conversaciones acerca de Espacio  y de su maestro Juan Ramón, de quien se convirtió en una de sus mejores discípulas en la Universidad de Rió Piedras, Puerto Rico. Decía Aurora, entre otras cosas, que Espacio es el triunfo del “pensar poético de su creador: este interrumpido monologar de la conciencia es un fluir del instinto interpretado –comprendido- por la inteligencia.” Y de algún modo, creo que es fue lo que ella trató siempre de llevar a cabo: dejar volar su instinto hasta ser asimilado por la inteligencia. Ese fue su lema, tanto en su poética como en su actividad investigadora, al igual que en la vida.

 Yo quería insistir en el compromiso de su faceta crítica, a los que debemos los lectores el conocimiento profundo de autores como Unamuno, Machado, Rubén Darío, Cesar Vallejo, Pablo Neruda o el citado Juan Ramón. Aquello que en otras ocasiones podríamos considerar como una actividad profesional, en el caso de Aurora de Albornoz se convierte en un proceso creativo, particular, donde la obra del otro le sirve para articular otro texto paralelo y personal que, al mismo tiempo, instiga a una segunda lectura del primero, y este ya no es el mismo que antes leíamos desde una diferente mirada.

 Su amistad con Juan Ramón Jiménez le hizo tomar conciencia del exilio español. Aunque la familia Albornoz, de una larga tradición liberal (Alvaro de Albornoz, Severo Ochoa), se había trasladado a Puerto Rico desde Asturias por motivos más económicos que políticos, puede decirse que la juventud de Aurora se sintió desgajada de su entorno, y fue el contacto con aquel hombre inquieto, cansado y “deseante” de su idioma vivo, la chispa ue encendió una llama que nunca ya habría de apagarse,  iluminaría su vida hasta el final y serviría también para encender un espacio, a veces olvidado, entre las telarañas de la memoria de algunos españoles.
 Si a Juan Ramón consagró Aurora sus mejores páginas, no fueron de menor importancia las que desentrañan el universo poético de Antonio Machado, el símbolo de la España expulsada, segúns le he oído decir tantas veces. Machado fue su campo de batalla, pero también objeto de reflexión. Desde su primer libro, -trasunto de su trabajo de de Maestría-, La prehistoria de Antonio Machado (1961), el poeta sevillano se convierte en un recurso constante que no va a abandonar durante toda su carrera. En La presencia de Miguel de Unamuno en Antonio Machado (1967) -resultado de su tesis doctoral.-  traza, junto al anterior libro, un mapa coherente y preciso de la mejor tradición hispánica que, consecuentemente, desemboca en la modernidad. La mejor tradición  -solía decir- parafraseando a Ortega y Gasset, es la que nos libera de las pesadumbres del pasado y no  la que nos encadena a su petrechada inmovilidad. Machado también fue señal de esa liberación, a la que se encaminó todo el trabajo intelectual de su estudiosa

 Desde estas perspectivas, Aurora de Albornoz perteneció de algún modo al círculo del exilio, entró en contacto con sus principales actores y, aunque ella podía haber vuelto a su tierra cuando hubiera querido, participó del dolor y la preocupación de quienes salieron de España para siempre. Recuerdo también cómo hizo suyo el término acuñado por José Bergamín para referirse al exilio. Sirempre hablaba de la España transterrada o la España peregrina, porque, de alguna forma, el transtierro daba una idea, no de ruptura, sino de continuidad, de un colectivo que seguía vivo, nutriéndose de una lengua, de unos ideales y de un continuo hacer, más allá de la nostalgia de cuanto abandonó,  .
 Todo ello se explica magistralmente en Poesía de la España Peregrina , parte integrante del cuarto tomo dedicado al Exilio Español de 1939, dirigido por José Luis Abellán (Taurus, Madrid, 1977). Este ensayo de ciento ocho páginas, es un detallado informe crítico sobre toda la poesía del transtierro americano. A los nombres de poetas conocidos, que aunque casi no necesitan comentarios, siempre se agrega algún dato impor¬tante, inédito y original sobre el periodo referido, se incorporan títulos y nombres que, a veces por su estimación general junto a las primerísimas plumas, o simplemente por la disgregación que supuso el exilio en el espacio físico y en la memoria, son fundamentales para entender la grandeza y la repartición de esta lejanía. Nombres como María Enciso, Enrique López Alarcón, Lorenzo Varela, Agustí Bartrá, Rafael Dieste, Marina Romero, Herrera Petere, la poetisa Rosa Chacel, Antonio Espina, José Rivas Panedas, Ramón Gaya o Manuel Granell, complementan las obras de Salinas, Cernuda, Altolaguirre, Prados, Juan Rejano, José Bergamín o Rafael Alberti. Con estos tres últimos le unió una especial amistad y a sus obras dedicó páginas también especialí¬simas.
 Una mujer, con un futuro académico ya bien asegurado y una posición como intelectual solvente entre los circuitos de la lengua española en iberoamerica, podría haberse quedado en Puerto Rico, en cuya universidad se desempeñaba como catedrática, pero en 1968 regresó a Madrid definitivamente con una idea clara que había ido perfilando a través de sus lecturas críticas,  y conforme pasaba el tiempo fue adquiriendo un sólido compromiso con su propia palabra. Begoña Camblor encontró entre sus carpetas una anotación de la época qu decía : «España: 1968 (regreso) (por qué ?) Resistencia antifranquista».  Instalada en un apartamento de la calle México, Aurora se convirtió poco a poco en un referente intelectual en la lucha contra la dictadura. Su pequeña sala daba cobijo a los más diversos personajes que hicieron posible la transición democrática española, así como a muchos los escritores y artistas que de toda América y Europa pasaban por nuestro país rastreando la huella de un hispanismo progresista al que Aurora de Albornoz dio vida en su incesante tarea. Elegante, con su larga boquilla manchada de lápiz de labios lograba siempre dirigir la orquesta de sus contertulios, en una pose equidistante entre Rita Haiwort y Rosa de Luxemburgo. Esa salita fue también su santuario. Allí se gestaron obras, ensayos, artículos, poemas, ediciones que fueron esclarecedoras para entender nuestra contemporaneidad, siempre desde el rigor de su análisis, pero teniendo presente su destino final, que no era otro que la continua regeneración cultural española e iberoamericana. Ediciones como « En el otro costado » o « Espacio » de Juan Ramón: los cuatro volúmenes ordenados temáticamente de la prosa de Antonio Machado; los estudios y antologías de José Hierro; el homenaje a Neruda « Chile en el corazón », en colaboración con Elena Andrés,  inumerable artículos sueltos en revistas , prólogos, conferencias, que habría que recopilar urgentemente y difundir como parte importante del patrimonio de la cultura española. Sería lamentable que los lectores y amantes de nuestra literatura sigan sin poder acudir fácilmente a este legado.En un país tan olvidadizo como el nuestro viene siendo  normal que el testimonio de aquellos que se empeñaron en mantener viva la memoria  se apolille entre las hojas amarillentas de una hemeroteca. Mantener la voz vibrante de estos autores es  también un compromiso de todos con la palabra

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Diana Cullell, doctora en Literatura Española, Universidad de Liverpool
“El sesgo político no ha de considerarse esencial
en la poesía de la experiencia”

Por Esther Peñas

La poesía actual se ramifica en dos familias. Una opulenta en medios, recursos y feligreses, la de la experiencia; otra, la de la diferencia, marginada, devaluada y con escasas vías en las que amplificar su voz. Todo esto ocurre en España. En el resto de Europa no es así.

Desde que Robert Lagbauym sentara las bases de la poesía de la experiencia en 1957, los discípulos de Jaime Gil de Biedma, el teórico de esta corriente en nuestro país, fueron ensanchando sus límites hasta hacer algo distinto de la originaria propuesta inglesa.

Diana Cullell, doctora en Literatura Española en la Universidad de Liverpool, acaba de publicar un polémico ensayo en que reivindica el sentido original de la expresión y hace uso de él adscribiéndoselo a poetas tan sorprendentes como María Antonia Ortega, Almudena Guzmán y Esther Zarraluki. ‘La poesía de la experiencia española de finales del siglo XX al XXI’ (Devenir Ensayo) tiene la culpa.


¿Se esperaba el revuelo que está causando su trabajo?
Sí y no… supuse que tendría bastante eco, porque la poesía de la experiencia es algo muy asentado en España, pero no imaginé que recibiría incluso ataques personales por un estudio argumentado. Cuando hace tiempo le planteé a mi editor lo que quería hacer me dijo si estaba segura; él intuyó mucho mejor que yo los fuegos artificiales que traería el libro.

Hacer una análisis de Luis García Montero en un ensayo sobre poesía de la experiencia se presupone pero, ¿por qué María Antonio Ortega, Esther Zarraluki y Almudena Guzmán?
Mi principal propósito era acercarme a la poesía de la experiencia desde un punto de vista  distinto a cómo se ha analizado en España hasta ahora, salir de los parámetros de establecidos. Quería hablar de tres hombres y tres mujeres. En los hombres no hay posibilidad de equívoco alguna. En las mujer, a mi juicio tampoco, aunque a ojos de muchos resultará sorprendente que estos nombres vayan asociados a la experiencia.

Es que es sorprendente, no me diga…
Pero ellas representaban lo que buscaba: demostrar que la poesía de la experiencia puede presentarse en un verso, en una estrofa, en partes aisladas de una obra que han quedado aparte de lo que se ha entendido como poesía de la experiencia.

Luis García Montero habló de un movimiento, ‘La otra sentimentalidad’, más acorde con lo que hoy se entendería en España por poesía de la experiencia, que tienen un sesgo político de izquierda, que se integran en el orden institucional. ¿Pierde credibilidad el artista cuando se alía con el poder, por muy de izquierdas que sea?
Yo siempre he entendido la poesía como un compromiso en sí mismo, pero compromiso es un término que se puede entender de muchas maneras: política, filosófica, ética, vital. La poesía de la experiencia, tal y como se entiende en España, requiere de un cariz de compromiso político, de izquierda. Creo que en ningún caso el sesgo político ha de considerarse esencial en esta corriente poética, al menos tal y como fue concebida en su momento.

Podría decirse que adscribirse a unas siglas políticas ¿ensucia la poesía?
Totalmente. Cuando la poesía pasa a convertirse en bandera de un partido político supone hacer un mal uso de ella. En España sólo se entiende la poesía de la experiencia como poesía política, y no creo que ni Lagbauym ni Gil de Biedma pensaran en algo así al teorizar sobre ella.

¿Se ha banalizado entonces la esencia poética?
No sé si tanto. Desde luego, de lo que me quejo en el libro, y ese es el postulado que he defendido en él, es que no se entendió la poesía de la experiencia y se utilizó para ventaja propia de unos cuantos poetas. Por eso quise analizar las poetas que aquí cojo, porque nadie los encajaría en la poesía de la experiencia y, sin embargo, en cierto modo, se inscriben en esta corriente.

Dígame tres virtudes de la poesía de la experiencia.
Cuando hablamos de poesía no me gusta hablar de virtudes de una u otra tendencia; es el lector, cuando se pone delante de una obra, quien tiene que decidir las virtudes del texto. La poesía es algo tan subjetivo que lo que para un lector pueden ser virtudes para otro, cruces. Además, mi propósito no es, en absoluto, guiar la opinión del lector, presentando un postulado como válido, afirmando cuál es la manera correcta de entender la poesía y de entender el canon. Nunca podría decirle al lector: “lee esta poesía, no leas esta otra”.No deseo guiar al lector en virtudes o cruces de una tendencia, ni tampoco presentar un postulado como único y correcto. Desde mi punto de vista académico y crítico, lo único que pretendo es presentar y defender unas ideas que analizan una parte fundamental de la poesía española de los últimos tiempos desde un punto de vista distinto, con rigor académico y ganas de echar luz sobre partes ignoradas o mal entendidas de nuestra Literatura.

La continua refriega en medios de comunicación entre representantes de una y otra tendencia poética, ¿aviva en el lector el apetito lector o lo entierra?
Creo que la tensión entre ambas corrientes refuerza la poesía, en el sentido de que, quizás, llegue a más gente. Mala publicidad es, al fin y al cabo, publicidad. Si todo sirve para promocionar la poesía en un momento en que no se lee mucho, bienvenido sea, pero la poesía puede verse afectada si se deja de evaluar, si deja de ser el objeto mismo de la creación y el interés que debe focalizar se desplaza al autor.

Poetas endiosados…
Eso es lo peor que le puede suceder a la poesía porque la banaliza y porque consigue que sea el poeta o un grupo de poetas quienes deciden el destino de la poesía y no la poesía en sí misma.

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PENUMBRA
Por Javier Lostalé


La lectura del segundo libro de poemas de Esther Peñas, Penumbra, el primero fue  De este ungido modo, publicado igualmente por Devenir, requiere un  acoplamiento pleno del lector con la escritura, la tensión anímica de quien está dispuesto a entregarse en la misma medida a lo visible y a lo invisible para habitarlo en su sustancial unidad. Por eso no es posible resbalar por el cuerpo del poema, sino que éste le succiona hacia un centro donde todo se produce, o mejor se revela, en su total significación. Los versos son lianas que van atrapando al lector hasta comprometerlo con su propia vida, lo que comporta una clara dimensión moral. En perfecta simbiosis cohabitan en la poesía de Esther Peñas lo divino y lo humano, lo absoluto y lo temporal, la parte y el todo;  y existe un desnudamiento o “penumbra” que se mueve entre la luz y la sombra. Un territorio vírgen  en donde  la persecución de la verdad conduce al cuestionamiento del propio ser. Hay en este poemario de Esther Peñas una energía primaria, un agua lustral, un pálpito amoroso sin género que entraña la sublimación de  lo carnal, pero sin renunciar nunca al goce ni nublar la pasión: No he encontrado ni un pedazo de tu cuerpo/ entre los escombros de este amor terrible,/entre los restos de este anunciado naufragio;/ mas te busco/torpe en el desencanto,/y siento que de no tenerlo/-siquiera inanimado-/todo en mí perdería su motivo. Más allá del calambre de una piel, en Penumbra el tacto se convierte en transfiguración  y en todo se toca fondo hasta conseguir que el espíritu exhale. Se trata de una obra dotada también del arder transparente propio de la sensualidad de los místicos, de su escala silenciosa y contemplativa  hacia el  amado-amada, desaparecida así la frontera impuesta por la condición de hombre o mujer para que se produzca en altitud y sin fisuras la comunión de los amantes,  escala que en ocasiones se torna diálogo con el Ser Supremo, tan en estado físico de alma (consumado oxímoron ) que pregunta, búsqueda y deseo tienen la proximidad-asfixia de una relación amorosa. Escuchemos: /Te he preguntado/en lo desnudo del miedo/ a qué saben tus labios/ si me humedecen/el día y ni siquiera me he asomado a ellos,/ por qué te busco/ si jamás contestas, / por qué te deseo/ con el delirio de ajustar una cuenta cerrada,/ por qué necesito/ juntarte a mi mesa y rozarte los pliegues/ del vestido,/ y siempre eres tú la única contestación posible,/ tu que te recuestas en el principio/tú que cierras/-y no lo sabes-/ este primer círculo.
Penumbra es asimismo  una afirmación de lo posible que se contiene en lo imposible ,  del vértigo entrañado en el alumbramiento del amor,  una invocación del exceso y de la consumación explícita en el poema “A mademoiselle Bernal: Sea usted una mujer esdrújula/ que exceda en el paso/ y escandalice el latido. /Sin error posible,/ no una duda que hiere, /sino un deseo que se consuma./ Desnúdese de lo sufrido/(frío ya no queda)./ Záfese de cuanto fuera necesario,/ incúmplase, incluso, si procede/ resolviéndose en mujer mayúscula/ de trazo contundente, firme(…) Escoja. /Es éste el momento/ en el que el peso se encoge/ y la soga que impide no aprieta tanto./¿Acaso no merece el gozo?/ Goce. / Qué hermosa  está así,/ esdrújulamente  hecha tan de usted./ Sea, acaso ya es, /esa mujer de altura/ que-asombrada, rebosante-/ se deja vencer, convencer./ Convencida, pues, /escójase. Y hablando de afirmaciones hay una central que es la afirmación y aceptación íntegra del propio ser en el que la heterodoxia nunca es bandera, sino pulso, de ahí su naturaleza moral. Aceptación que es rebeldía y germen de esa luz honda que acompaña a toda verdadera liberación. No me resisto, dicho esto, a leer la estrofa final de un poema que espero que nos lea Esther, en el que radiografía  las alteraciones intimas de los, las, amantes: Hermoso desvelo/ este del amor censurado,/amplio en sus territorios,/insondable de fin a principio,/sucinto en bullicios, adictivo como la pena./Ilícito, pues no osa, siquiera, decir su nombre.
Penumbra es un poemario inclinado como un ángel de luz sobre la Palabra, el Verbo, o principio. He sentido al leerlo  el sonido de un manantial que fluye por todas sus páginas y la vibración íntima del nombrar, y he experimentado la “penumbra” de ese “ saber no sabiendo” otra vez de los místicos. Penumbra  es un poemario donde late el asombro, se hace carnal la espera y se nos invita a una consumación sin tinieblas; y a rendirnos también ante la belleza. Un libro solidario en el que se canta la dicha sellado a otros seres. Dice Esther Peñas: Quiero sellar/ la claridad de este tiempo/ con ellos,/ empaparles,/hacerles saber/-sin miedo a la fragilidad-/qué fértil y generosa / es su sombra/ en mi paraje. /Este tiempo sin trucos,/feliz, sin más./ Ellos,/ de nuevas,/ me lo extienden/ para que me albarde y se me impregne./ Su generosidad me conmueve. Un libro Penumbra en el que no falta el rostro del dolor y su aire de plomo, su desligamiento, ni tampoco los ausentes que nunca cicatrizan dentro de nosotros: La melancolía de los ausentes/ espesa el transcurrir de los años/ y cada vez  soy menos fuerte/ para encararme  a ellos y recordarme/ en qué punto les fallé, en qué instante/ que los callo me convierto en prófugo de la muerte.
No hay brillo en la poesía de Esther Peñas: todo es iluminación interior. Y el ritmo viene dado por los movimientos psíquicos albergados en cada poema, por las ondulaciones de la reflexión. Hay ascetismo en esta poesía, pero no sequedad, al escucharse siempre al fondo una brisa lírica, un tono cordial que envuelve al lector. Esther Peñas  es una voz  singular dentro de la poesía española última, una voz que deja una huella indeleble en el lector  a través de una intraescritura  moral que demuestra  cómo la poesía, si verdadera, es capaz de generar conciencia y un último resplandor de bondad.

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Fernando Escudero
AGRADECIMIENTOS

 

 

 


Buenas tardes, soy Fernando Escudero, antiguo (en muchos sentidos ya) profesor de Lengua y Literatura de Israel García Gómez, y quiero empezar mi participación en este acto agradeciéndole a Israel, al autor, el haberme invitado a la presentación del mismo, lo cual es un placer y un honor, y a Juan Pastor, ilustre editor, el haberlo consentido y facilitado. Comenzaré expresando mi satisfacción por la publicación de este primer libro de poemas de Israel, pues, me consta, es el premio a algo más que una afición literaria, es la expresión del ser humano, doliente (no hay más que mirar nuestro planeta y a nosotros mismos para entender las causas), que se rebela contra un mundo que no le gusta. Quiero considerar “El ardiente lienzo de la ira “ como la tarjeta de presentación de un poeta consistente, poderoso en metáfora y en imaginería poética, sonoro, sensual, que da forma definitiva en el crisol de la palabra a todo aquello que ha constituido su juventud, que es la suma de sí mismo y que debe expresar su propio ser, tal y como nos recuerda el gran poeta Odiseas Elitis:
                                           Así con frecuencia al hablar del sol 
                                            Se me enreda en mi lengua
                                         Una gran rosa de rojo encendido
                                         Pero no me es posible callar.

“El ardiente lienzo de la ira “  es el joven Israel García que navega por los desolados mundos del hombre y experimenta todo el horror y todo el terror que estos contienen, y también, por supuesto, toda la magia, la fantasía, el mundo de los sueños y la inmortalidad de las ideas como compensación a tanta fealdad. Es un libro poderoso, de voz cantarina que revela la gran rosa de rojo encendido que lleva el poeta en la garganta, que debe salir a la vista de todos, que tiene necesidad de expresar, y por eso, hoy, en este otoño frío, estamos aquí.

Semblanza del poeta
                                                                                                        
Además del libro, del que ya ha hablado Juan Pastor, y ahora lo hará en profundidad mi copresentadora de esta tarde, María Antonia Ortega, quisiera decirles algunas palabras sobre el verdadero origen de este libro: sobre el poeta.
 Conocí a Israel García Gómez hará unos siete años, como un alumno de Lengua y Literatura castellanas de 2º de Bachillerato en el IES “Juan Gris” de Móstoles. He de aclarar que me refiero al Bachillerato nocturno, donde los alumnos ya no son adolescentes, sino jóvenes que en muchos casos trabajan, e incluso llevan una vida adulta, completamente independiente. En el curso de 2º de Bachillerato hay mucha literatura, y es normal, como pasó con Israel, que los que sienten inquietudes literarias se acerquen al profesor, comenten algo de los autores vistos o de sus obras, y que, poco a poco, vaya estableciéndose una corriente de confianza que les invita a revelar que ellos también escriben, y que si pueden recibir una opinión sincera sobra la calidad de sus escritos. Esto es, a grandes rasgos, lo que pasó, pero he de decir que Israel me llamó la atención por su educación, por su amabilidad y también por su pasión por la justicia y la poesía. Fueron rasgos muy claros a los que habría que añadir una personalidad generosa que haría suya las palabras de Albert Einstein, un poeta de la ciencia, que dijo: Ante la vida cotidiana no es necesario reflexionar demasiado: estamos para los demás; un “hombre bueno” en el sentido machadiano del término, y así fue muy fácil iniciar una relación creciente a través de la que me llegaron los poemas de Israel, composiciones incipientes donde ya demostraba un buen manejo del vocabulario, un dominio de la metáfora y una persistente insistencia en el buen uso de la rima consonante, a pesar de mis consejos que, con muy buen criterio, jamás han sido tenidos en cuenta, porque ante todo, un poeta debe desarrollar su propia voz, tejer consciente o inconscientemente, su gran “rosa de fuego encendido”, y no cabía duda que Israel la estaba componiendo, nudo a nudo.
 Durante aquel curso y el siguiente, aunque ya no le daba clases, fue creciendo el aprecio mutuo que sentíamos el uno por el otro. No se trataba ya de un buen alumno, como él era en todos los sentidos, sino de un hermano en la fe de las letras que estaba dando sus primeros pasos serios, con exigencia, en la vela de armas de la caballería poética, y en ese proceso apareció, luminosa y pura, una influencia terrenal a la que fui teniendo acceso por nuestra creciente amistad, que en lo personal llenó de ilusiones y tristezas a Israel, pero que en lo poético le proporcionó combustible poético de alta calidad para estimular su producción y su evolución. Esta “gasolina de alto octanaje” literaria tenía y tiene nombre de mujer, y la verdad que era una musa de merecido nombre, bella como un soneto de Garcilaso, siempre juntos, y que le distinguía a nuestro autor con el título de “mejor amigo del mundo” que es esa forma tan cruel que tienen las mujeres de decirnos todo lo que nos aprecian pero, también, de recordarnos que no nos aman en el sentido que nos gustaría. Creo que la mejor muestra de cómo la pasión amorosa estaba construyendo al Israel poeta, es un espléndido soneto que me terminó de convencer de la valía poética de nuestro autor, y de cómo, el desamor le estaba abriendo las puertas de otro jardín secreto: el de la verdadera poesía. He de confesar que aún guardo dicho poema y que lo he leído en alguna ocasión a mis alumnos para demostrarles que ser joven no es sinónimo de imposibilidad de crear buena poesía: la juventud es un mar inmenso donde las palabras y los sentimientos van de la mano.                            
Creo que ahora entenderán la naturaleza del combustible poético al que hacía referencia, y cuya pasión desbordante aún se aprecia en algunas de las imágenes del El ardiente lienzo de la ira, aún cuando estos hechos quedan ya lejanos y la vida ha dado ya más vueltas a las tuercas del destino. Asistí a aquellos amores tristes, porque estaban condenados al fracaso, más como un amigo que como un profesor en labores celestinescas, e intenté animar el proceso creativo que tal hecho producía en Israel que se presentó al concurso poético del Instituto y lo ganó, y que recibió con inteligencia la semilla de la existencia de Juan Pastor y la colección Devenir.  Después vino un camino largo y fecundo a orillas de la facultad de Geografía e Historia, ya en el destierro (algún día lo amará) de Méntrida, en Toledo, y la vida le ha ido conduciendo hacia este lugar y este momento, pero yo todavía recuerdo aquellos años  de relación con una sonrisa amable: me hubiera gustado que Israel consiguiese lo que anhelaba con tanta fuerza, pero también sé que la felicidad se consume en sí misma, y que, a lo mejor, si eso hubiera sucedido, hoy no estábamos aquí y no tendríamos este precioso libro entre las manos.

ORACIÓN, DESPEDIDA Y CIERRE

 Quiero pues, terminar, para que María Antonia  pueda desvelarnos las esencias ocultas o visibles del libro de Israel y no cansarles más con anécdotas que parecen ya de viejo. Tan solo agradecerles su presencia y su paciencia, y renovar mis felicitaciones a Juan Pastor por su espléndida colección, un verdadero lujo en nuestro panorama poético actual, y sobre todo a Israel García Gómez por su magnífico y ardiente lienzo de la ira. Desde la alegría de mi presencia en este acto, y no desde la rabia justiciera que da título al libro celebro este acontecimiento, esta buena nueva de un joven autor que ya en aquellos momentos que les he relatado evolucionó de “alumno” a “amigo”, tal vez el sentido final de la educación, y al que deseo una larga e intensa carrera literaria con toda la bendita pasión, sea ira, sea amor, que le traiga la vida en este extraordinario oficio de tejer las palabras.
                     Buenas tardes y muchas gracias.