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Publicaremos en esta sección,  noticias y textos sobre las novedades y libros de las distintas colecciones de DEVENIR. Reseñas, noticias, entrevistas  y todo aquello que nos ayude a conocer mejor a los autores de la colección y su obra.

Contaremos en esta sección con la colaboración de la poeta y periodista
Esther Peñas Domingo,
que realizará una entrevista mensual y alguna que otra colaboración, que en su momento anunciaremos.

 

MANUEL BALLESTEROS
AL OTRO LADO
Número 229 de DEVNIR POESÍA

 EL OTRO LADO. Por Carlos Pujol
Texto de la presentación del libro “Al otro lado” en Barcelona el 26 de Octubre de 2009
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En este libro hablan unos fantasmas, pero hay que apresurarse a decir que no son aparecidos tremebundos, de sábana y cadenas, sino gente espectral por lo común de trato más bien afable. Son huecos de unas sombras, como dice bellamente el autor, pero no quieren asustarnos ni renuncian a expresarse con llaneza y naturalidad; y hasta echan mano de un humor que se agradece, ¿quién dijo que el humor no es poético? Sin él, escribir versos siempre bordea la afectación, como si nos supusiéramos almidonados.
Para quitar importancia a algo solemos decir que no es nada del otro mundo; pues bien, eso son precisamente los protagonistas del libro: gente del otro mundo, gente en cierto modo extraordinaria, y también interesantísima porque sienten y razonan como nosotros. La mirada que les dirige el poeta es irónica, ¡qué muertos más vivos!, parece decir, un después es casi igual que el ahora. Hay que tomárselo cum grano salis, como solía decirse cuando aún existía el latín.


De izquierda a derecha: Enrique Álvarez, Manuel Ballesteros, Carlos Pujol (Foto:Joan Roca

stas presencias bien educadas e inexplicables casi no alzan la voz, no insisten en la muerte que conocieron, al fin y al cabo un trámite más o menos incómodo, no se quejan, no piden venganza como el padre de Hamlet. Si se asoman a estas páginas es para hacernos tímidas y melancólicas confidencias, y así desde el otro mundo evocan lo que fue el ajetreo dulce y amargo de las cosas vividas. “Esto de no ser nada”, deja caer como ingrata constatación uno de los que hablan; claro, añade resignadamente, que tampoco antes éramos nada del otro jueves.
Unos se acuerdan del secreto de su vida, la niñez, para la que parece que no hay desmemoria, otros explican su razón de ser por el fracaso y el olvido, inseparables camaradas que prolongan su compañía hasta el más allá. Aunque ya convertidos en sombras, siguen siendo lo que fueron, como si no pudieran perder su inquieta condición y su fragilidad. A veces lo que ellos mismos juzgan su insignificancia; ¿qué hice mientras viví?, pueden preguntarse. “No importa mucho”, contestan, “vivir, vivir, vivir”, un triple infinitivo que lo resume todo, lo demás son palabras.
Y hay, además, quien reflexiona sobre la fama de que gozó, y que ya es ceniza, en un rincón provinciano (pero desde ultratumba, todos nuestros afanes deben de parecer propios de remotas provincias). Sin olvidar a un espectro femenino “errante y solitario”, según leemos, al que sigue sin prestar atención un fantasma “incorregible y egoísta”  al que continúa queriendo; porque debía de ser muy buen mozo el joven John, que acaba aburrido y siempre insatisfecho, pues ya se sabe que si uno vivió como un malhumorado ególatra, así seguirá siendo después.


De izquierda a derecha: Antonio Gamoneda, Manuel Ballesteros, Juan Pastor y

 Sin moralejas estridentes, riéndose por lo bajini del propio poeta –en esto consiste el humor-, se van sucediendo los endecasílabos en lo que parece un juego de fantasía, aun siendo mucho más. Estos fantasmas que flotan desterrados de las cosas, existen provisionalmente, lo mismo que nosotros, por supuesto, ya saben lo que vale la experiencia humana, están pues muy desengañados, pero conservan raras nostalgias que han sobrevivido a todo, y en ellas, ay, se reconoce el lector. Su estado se define como “crepuscular e incierto”, pero también lúcido, porque les ilumina una luz más alta.
Todos estos fantasmas, incluyendo a algún chuco y a unos árboles, habitan “un estado intermedio”, se nos dice, no son ni de aquí ni de más allá, y tal situación al parecer les desasosiega; con la memoria anclada en el pasado, circunstancia que hace difícil la felicidad, y una vaga existencia entre dos mundos: el de ayer, que recuerdan incurablemente, y un indeciso presente que no se sabe muy bien donde está. Fantasmas o no, eso tiene que ser muy fastidioso.
Lo mismo que nosotros, desde luego, que aún no hemos alcanzado la categoría de sombras, y que a menudo, cuando las cosas van mal, y eso es frecuente, tenemos la molesta impresión de ser almas en pena. Lo familiar y lo tranquilizador se ha evaporado, y lo que se vive es extraño, tal vez no lleve a ninguna parte, o, peor aún, quizá nos lleve a lo ya vivido. Un poema se hace eco de esa sensación en lo que lo fantasmal es algo que pertenece a días de verdad.
 Nos identificamos con este desfile de estantiguas, porque aquí se trata del dolorido sentir de los vivos, y se expresa indirecta, poéticamente, atribuyéndolo a unos seres misteriosos que en realidad no lo son. O sí, en la medida en que hay insondables misterios en uno mismo, que es uno de los grandes temas de la poesía, el estar dividido entre el ser y lo que ya no es, pendientes sobre todo de la esperanza, lo único que puede dar sentido a tantas incertidumbres.
Cualquier fantasmagoría consiste en ver nuestra propia turbación al mirarnos en el espejo de los sueños. Po eso la pregunta que se suele hacer al tratar de esos personajes de ultratumba, ¿existen los fantasmas?, es completamente equivocada e inútil. Lo que hay que preguntarse ante un espectro es: ¿por qué se parece tanto a mí? “El hombre se agita como un fantasma”, dice el salmo treinta y nueve. Hay que ver cómo nos parecemos.
 Los fantasmas son poéticos, también están hechos de aire y emociones temblorosas, de invención nuestra; nos asustan por lo que tienen de más íntimo e inconfesable, más propio. Igualito que los versos. En el libro el poeta da un rodeo sobrenatural, con cierta guasa, para quitar hierro al asunto, que es de una tremenda seriedad. ¿De qué tengo miedo? ¿Qué es lo que me hace sufrir? ¿Cómo se convive con el quiero y no puedo de la condición humana? Los fantasmas somos nosotros ya desenmascarados, sin excusas para seguir viéndonos tan guapos y tan listos como nos empeñamos en parecer, desde luego merecedores de altos destinos.
“Al otro lado”, un buen título que en su sencillez alude a una situación de claridad muy cruda –por así decirlo un simulacro de “la región luciente” de fray Luis-, más allá de nuestros disfraces, tiene mucho de confesión anticipada.  Y aunque la ironía la haga sonrientemente aceptable, no deja de ser una desazón muy nuestra. Desde hace siglos (la acepción figura en el Diccionario de Autoridades del siglo XVIII), fantasma significa también “persona entonada y presuntuosa”. Estas visiones son como una caricatura moral de lo que nos pasa.
El monólogo, que es el molde usado aquí por Manuel Ballesteros, da cercanía, oímos unas palabras que son familiares; y a veces el poeta, urgido por algo que necesita decir, porque le va la vida en ello, se arranca la careta fantasmal y nos habla de lo que le rebosa el corazón, relegando el truco de la voz ajena a una simple imagen metafórica. No creáis, parece decirnos, que eso son fábulas y ensueños, también yo a mi manera soy fantasma.
Para el lector, que también es del oficio, la mejor prueba de su sincera admiración por estos versos es la envidia (dejemos entre paréntesis la duda de si es sana o no). Con palabras sencillas, que son las que tienen recámara, doble fondo, el poeta finge tomar a broma lo que dice, es a la vez claro y misterioso, musical y con un deje de conversación entre amigos; jugando muy bien con los cambios de tono, pasándose al heptasílabo cuando conviene dar un par de golpes secos que toqueen al lector: ¿Quién puede acostumbrarse a esto de estar muerto?, nos interpela, y a continuación sigue como si acabara de hacernos una pregunta retórica que no merece la pena contestar.
La poesía de Manuel Ballesteros abunda en giros que son a un tiempo naturales y sorprendentes, un poco burlones y a la vez dramáticos; como cuando nos habla del desamor, aquel esquivo no querer tomado a sorbos
Porque los buenos versos sorprenden sin causar extrañeza, no los esperábamos pero nos reconocemos en ellos.
 Saludables enseñanzas las de estos fantasmas, diciendo la verdad que rehuimos. Y magnífica expresión del poeta, cálida, brillante y acogedora, con unos toques irónicos tan bien resueltos que acaban profundizando por medio del humor en lo que somos y tal vez nos resistimos a ser. Asomémonos “Al otro lado” de nuestras apariencias, leamos este libro tan humano y tan bello que Manuel Ballesteros publica ahora sobre las máscaras más queridas con las que todo el mundo se suele adornar. Versos los suyos que son como exorcismos contra lo que llevamos en el corazón y nos asusta.   (Subir)►

Carlos Pujol
(Texto de la presentación del libro “Al otro lado” en Barcelona el 26 de Octubre de 2009) 
 


  JACINTA NEGUERUELA
CUERPOS VARADOS
Número 228 de DEVNIR POESÍA 

LA TRANSCENDENCIA DEL SER. Por Javier Lostalé
Presentación del libro “Cuerpos varados” en el Círculo de Bellas artes de Madrid el 20 de noviembrere de 2009
 
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 La  obra poética de Jacinta Negueruela ,está formada por tres libros: Animal marino, La luz de Orión y Cuerpos varados, que esta noche presentamos, obra poética unida a un texto algo más que teórico, Un arte presencial. De Yves Bonnefoy a Miquel Barceló que, en fiel correspondencia con estos dos grandes artistas, el poeta francés y el pintor español , revela su concepción del acto poético como un alumbramiento de existencia a través del lenguaje, hasta el punto de disolverse éste en lo alumbrado. La palabra, tanto en  el autor de Principio y fin de la nieve, como en Jacinta Negueruela , posee el don de la encarnación, está por tanto manchada por la vida, es presencia y alienta esperanza. En la poesía de ambos hay igualmente una religación profunda con la naturaleza ,la práctica desaparición del presente en su aspiración a lo absoluto, una atenta escucha del misterio del ser, la búsqueda de lo primigenio, la consideración de la realidad en toda su sustancia física y espiritual  y la fe en el carácter protector de la creación poética frente a las heridas y abismos del amor, la soledad y la certeza de la muerte. Estas y otras cuestiones se reflejan en la “Poética” que encabeza Cuerpos varados , plenamente justificada si tenemos en cuenta que este libro antecede en su escritura a los otros dos publicados, y si atendemos a los principios fecundadores de toda su obra hasta el momento, que le prestan esa unidad que todo verdadero universo poético-en mi opinión-debe tener. Unidad opuesta en todo caso a uniformidad, que se funda en la función intensificadora y catalizadora de sentimientos y reflexiones desempeñada por las fuerzas de la naturaleza, especialmente marinas, determinante de su mirada cósmica , en su cordón umbilical con los orígenes y en la permanente respiración de fondo de los amantes. Y dicho esto, me sumergiré durante unos pocos minutos en las mareas íntimas de estos Cuerpos varados.


Jacinta Negueruela y Juan Soto en la librería Primado de Valencia

El término varado, unido al de cuerpo, me sugiere, con la tensión simbólica y relampagueante de la poesía,  por un lado la fragilidad de quien se protege de las tempestades y, por otro, la idea del límite, del espacio acotado de una playa o de un banco de arena donde transpira terrenal la vida. Territorio mensurable que está inundado por la presencia inabarcable del mar, por su fuerza deslimitadora capaz de iluminar hasta la médula el pulso de esa vida, llámese amor, muerte, deseo, soledad, infancia u olvido. En prácticamente todos los poemas es el mar el que, en fusión con el ser, transubstanciándose en su cuerpo y en su espíritu, lo habita hasta tornarse conciencia. Y todo el libro está también lleno de la sombra latiente de alguien objeto de amor, se escucha –como antes dije- la respiración de los amantes(con el ritmo del encuentro o la arritmia del abandono).De ahí que su título  sea “cuerpos” en plural, y no “cuerpo varado”. El primer poema alude a la mudez que se produce cuando el mar se encarna en la ausencia sin perder un ápice de su poder, con lo que germina el desamparo hasta el punto de que la poeta no pueda hablar, ni nombrar, actos creadores de presencia. Sintamos el absoluto desamparo en estos versos: Sin ti vuelve el horizonte desmedido,/el viento errante ,la piedra negra./La cueva no es guarida./Mar/ausente. Este poema es una invocación al mar, a su energía conductora del más hondo conocer y sentir para que cumpla su misión desnudadora de la condición humana. Para que actúe. Detengámonos en algunos ejemplos de su actuación: El mar nos impulsa, dentro ya del libro todos participamos como protagonistas, a vivir en un pequeño ámbito o hueco todo un firmamento: el de la voz de la persona amada. A consumarnos allí. Con ese fin la vastedad marina se angosta, se oscurece y hace más táctil el silencio. De nuevo dicen los versos: En la angostura de su voz hallé mi hueco./El mar transcurre confiado en el azul/y frío oscuro de la noche./Transité sus caminos secos en la oscuridad,/agoté los pasos sin cansancio./No necesité antorchas. Tampoco quiero luz./Quiero un silencio de penumbra en este hueco,/diminuto,/e inmenso. El mar se humaniza hasta inclinarse sobre las grietas abiertas por el amor, de tanto como nos habita: Deshabitarte, mar, ya no es posible./Yo, que perdí lugares y frecuenté/tanto el estupor,/pude al fin labrar mi playa./En ella serené mi noche/ y tú, mar generoso, la lamiste/ como perro incansable ante/la herida amada. El mar  se hace temperatura del recuerdo condensándose en una gota de agua que resbala por un cristal. Sucede en París, o en cualquier otro lugar. El cristal es semejante al de otras ventanas, pero en el recuerdo, el agua, sentimos el fantasma del amado, se transforma la realidad.¿Cómo?(…) pintando la cara de olas sesgadas,/dilatando la cara de la gente,/haciéndolas temblar./Así te vi en París, alguna tarde,/persiguiendo una ola del Sena/ que me llevó hasta ti. El mar pierde la memoria después de tocar fondo para que buceemos por el olvido y su sordera, para que sepultemos lo que, creo, sigue respirando, tras desanudar tantas lianas. Otra vez escuchamos a la poeta: ¿Cómo nombrar el cuerpo que me desata, sigiloso, de/ otro cuerpo?/¿ De qué mar desmemoriado de mi invierno,/ de qué asustada grieta submarina se arranca el ancla /huida./Hoy desanudo los mil ratos de desdicha/y la desolación de una llanura se me encalla/y ya no sé por qué hacen falta tantos cuerpos para ocultar/el cadáver de uno sólo. El mar adquiere una plenitud sin memoria y es fecundado por el silencio astral del origen para que renazcamos. Un bellísimo poema lo expresa: Anduve la playa inmensa, recorrida de vientos,/prendí las algas secas del recuerdo,/me cambié la piel,/ y esperé hasta oír la voz primera,/antes de la palabra. / En ella permanezco, /en la presencia. El mar se encierra en su seno y exhala dolor, el de la pérdida convertida en búsqueda por la lunación de las preguntas. Mar que un momento se pliega al cuerpo de una dársena para acoger el cansancio de tanta búsqueda: la escritura lo trasmina: Es invierno/ Yo miraba aturdida la tierra desdeñada,/la ceguera del mar, el brillo de dolor./ Oía mi voz apenas estallarse,/se esparcían los gritos, /abundaba desnuda la vida ensangrentada./¿Dónde estabas entonces, mar?¿Qué mirada detuvo tu marea dichosa?¿Dónde quedó el bálsamo tibio, la brisa alegre,/la arena ensortijada de la orilla?/Tu presencia húmeda, yo la hubiera gritado./ Se quedó mi vida en el hueco pequeño de un desierto/imprevisto./Atardecí,/ y es ahora, en la paz entreabierta,/donde mi voz, al fin, se resbala en la dársena. El mar entra en la tierra y se funde con ella  como se funden los amantes. Alienta primitivo y tiene fiebre: Nada vale/ sino enlazarse./ Y entre ensenadas de dudosa calma enfebrecida,/ trazas el círculo de la caverna, /y yo te mezo/y me abandono,/empequeñezco desdecida/ y nos dormimos,/ dejándonos vivir. Y sin abandonar el misterio que encierra el amor, su velado soplo que nos toma sin su nombre saber, el mar cobra el rostro de lo desconocido: Quisiera entregarme, mar del desconocido,/sin alertas,/no se escribe mi nombre sino en sus pasos,/en los largos paseos de su sombra./ Mar que te acercas lamiendo nuestras voces,/ son palabras secretas, /palabras como pájaros, /palabras arenosas que zozobran,/que sostienen su risa,/que se pierden,/secreto amor.
Este itinerario por la escritura  en pleamar de Jacinta Negueruela termina  sin posibilidad de retorno después de que, tras un acto de desposesión,  el mar amaneciera en su mirada  un horizonte limpio y dulce. En su mirada, porque la poesía de Negueruela está concebida desde ella ,desde una contemplación serena de la existencia que incluye la muerte. Leo el poema “Sin retorno”:Miro el mar, tan andado./ No sé de dónde vine,/quién me trajo./El mar me abrió los ojos, me los limpió/de sal, me los llenó de lluvia dulce/y eché a andar,/tan pobre el mar, tan desprovisto/que me llenó de paz las manos./ Y ahora…regresar, ¿a dónde?
Cuerpos varados es un poemario que posee una gran tensión simbólica, que la emparenta con la obra de Antonio Gamoneda. En él, como en Gamoneda, el símbolo no prescinde nunca de la realidad física que le sirve de base. Y el lenguaje, como en Ives de Bonnefoy, no es representación, sino presencia: “el nombre es la cosa y decir es hacer”. Quedémonos a solas-como diría Rosa Chacel- con estos “cuerpos varados” para descubrir, en comunión con la naturaleza, la trascendencia del ser desde su hondo temblor carnal, para habitar el misterio y el territorio de la revelación.¿No estamos hablando de la verdadera poesía? La de Jacinta Negueruela lo es.         (Subir)►

Javier Lostalé
Texto de la presentación del libro “Cuerpos varados” en el Círculo de Bellas artes de Madrid el 20 de noviembrere de 2009


 

RICARDO RUIZ NEBREDA
EL HOMBRE CREPUSCULAR
Número 227 de DEVENIR POESÍA

VIGILANTES DE LA NADA. Por Pedro Olaya
Sobre "Uun hobre crepuscular" de Ricardo Ruiz Nebreda
Texto de presentaciñon del libro de Ricardo Ruiz "Estación Lactante" en Burgos el día 22 de junio de 2009.
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 Ricardo es mi amigo y escribe poesía. Yo también. Pero Ricardo y yo no somos poetas amigos, si no amigos desde hace más de treinta años que da la casualidad que ambos escribimos, cosa bien distinta.
 
En estos momentos me vienen inmortales recuerdos de nuestra mocedad. Nuestra ilusión de niños ya viejos, nuestro extraño asombro ante todo, nuestro romanticismo puro y simple. Abominábamos de la poesía social y nos lanzamos como desesperados al túnel de la elegía. Ahí vimos la luz, y como decía Eliseo, la luz era la del tren que nos devoró. Si, éramos idealistas, si éramos soñadores, y afortunadamente lo seguimos siendo.

                        
A la derecha Pedro Olaya y en la imagén de la izquierda Ricardo Ruiz y María Antonia Ortega el día 19 de mayo de 2006

Ahora, alzo la mirada, y poco más hay que decir. La mayoría han desaparecido. Quedamos unos pocos. Seguimos escribiendo, tal vez para saber que estamos vivos, para registrar ante un espejo imaginario nuestros sueños y nuestros fracasos.  La batalla sabemos que la hemos perdido. Construimos palabras porque estamos solos, porque queremos hablar con alguien. Volvemos porque nos hemos perdido.
 
Nuestra poesía es diferente porque somos personas distintas, pero hay algo en común, algo elegíaco, fatalista que las une. Por eso cuando Ricardo habla de mis libros parece que hablase yo. Así me sucede a mi ahora mismo, cuando me enfrento a su último libro. El hombre crepuscular. 
 

         
De Izquierda a derecha: Pedro Olaya, Ricardo Ruiz, Juan Pastor y Yolanda Díaz de la Valga. En la imagen de la izquierda acpecto general de la sala el 22 de junio del 2009.

Conocido mi espíritu asocial y mi usura para los cenáculos literarios, me puse a leer hace tiempo el libro ahora presentado y sin quererlo me puse a pensar también en Ricardo y su mínima / máxima forma de escribir. Este es el resultado:
 
El hombre crepuscular es una idea construida con textos, no poemas aislados para que parezcan un libro (cosa harto frecuente y mediocre  en este gremio). Da la sensación que para Ricardo la poesía es la creación mínima de objetos de arte cuya materia es el lenguaje y el silencio. He aquí una obviedad importante.
Es curioso y pertinente matizar como a lo largo de los años la poesía de Ricardo ha ido abandonando palabras, para hacerse prácticamente inasible, sólo permanece un extraño silencio. Construye silencios, y como todos sabemos el silencio es irrevocable.
 
En cuanto a la especie artística, parece claro que se trata de una escritura, de un arte en el tiempo, mejor aún; de un arte en la memoria. Tenemos, pues, temporalización y memoria por datos necesarios de su obra poética.
 
Ricardo parece siempre estar recordando, y perdiendo dulcemente, pero amigos: ¿no es así la vida?

La temporalización le posibilita una conducta musical del lenguaje, es decir, una composición en el tiempo. La composición es sentida por la memoria, es comprendida precisamente por la memoria de los sentidos. De otra manera: el discurso se hace memorable precisamente a causa de esta composición y es la memoria la que posibilita la existencia física del poema.
 
Ricardo se congratula con una puesta en escena mínima. Sus personajes son seres fantasmales pero tiernos. Ricardo siempre está al borde de la extinción, pero les perdona a todos en virtud de su bondad. Su bondad, que no es sino la sombra de una tierna y nerviosa personalidad.
Sí, es cierto Ricardo ha perdido Todos hemos perdido. Ese es el lento engranaje de la vida: la pérdida. Pero Ricardo como otros rentabiliza sus derrotas y se alegra de ellas. Así pues Ciorán tenía razón. 
 
Tiempo y memoria son activos también a la hora de dotar contenido a sus  poemas. Advertimos que, en la creación –o en la lectura– del poema existen siempre, explicitados o no tiempos de referencia (tiempos en los que tenemos memoria de realidad, de experiencia) y ello nos proporciona los asuntos, la materia y la articulación del intelecto. 

         
Ricardo Ruiz y a derecha la portada del libro "Estación lactante"

 No me quiero poner demasiado serio, pero no me ha quedado otro remedio. Vivimos tiempos de decadencia a todos los niveles. Y ahora que todo el mundo escribe, creo que es lícito y ético matizar que es realmente escribir. Escribir no es la trascripción de lo que se habla. Ni siquiera hacer palabras lo que se piensa. Escribir es otra cosa. Es algo mucho más complicado. Es algo que en este momento nos llevaría demasiado tiempo en explicar. Y no es momento ni lugar.
 
Ricardo intuye, parece saber que en la vida hay pocas oportunidades para ser feliz, que cuanto más vives es peor. Este libro supura todo esto, pero sobre todo resume el pensamiento, para hacernos, en este caso hacerme resumir que este libro nos dice algo así como que al final uno se da cuenta que no vivido la vida que ha querido. Si no la que te ha impuesto tu propio miedo.
 
En este libro hay también renglones que nos declaran que toda la actividad literaria de Ricardo Ruiz se deduce de la contemplación de sus actos en el espejo de la muerte. Y cabe una segunda deducción (verificable o no) su poesía y la mía estuvo siempre en la perspectiva de la muerte.
 
 
Ahora me viene a la memoria sus palabras cuando publique Grandes Éxitos y el inauguraba su camino con Kilómetros de Nostalgia. Palabras hermosas, pero sobre todo bien escritas, y es que siempre he pensado que la prosa de Ricardo es excelente, y él se auto impone el verso y sus silencios como cilicios para arrastrar mejor su desconsuelo.
A veces pienso que Ricardo es un gran prosista, pero él sabe que es poeta, y ante tal tesitura no le ha quedado otro camino que andar por la vida así: fiel a si mismo, leal a su verdad, como un místico sin fe. Creo que esto es lo más importante que he dicho esta tarde.
Por eso, por ser poeta, y por ser fiel a su destino: Su lenguaje es básicamente oralidad y la oralidad es física. Sus composiciones poéticas fortalecen esta consistencia física, que por otra parte son inseparables de la significación. Ésta, a veces, clara, enigmática o paradójica, pero siempre contaminada de energía sensible.
 
Este libro, y espero que todos lo entiendan nos regala la excesiva e insólita presencia de dos componentes: arena y sintaxis: los significados se sienten, y la sintaxis poética es una sintaxis para la sensibilidad.
 
La poesía para Ricardo intensifica su vida y él vive en esa intensificación como una forma de placer. Esa intensificación y ese placer son independientes de la significación: la poesía fundamentada en el sufrimiento genera también placer,
 
Por eso aquí estamos Aquí está una vez más Ricardo. Como hombre entregado a una pasión inútil se arroja una vez más a este incendio universal de la palabra impresa y encuadernada.
Disfrutad de sus páginas antes de que os devoren. Todos sabemos que la vida es así. Por eso pretendemos huir. Y, de sobra sabemos, que no sirve de nada.
Para mi caso  y estoy casi seguro que para el de Ricardo y en relación a cuanto antecede, quiero hacer una afirmación, para concluir, que me costara mucho enmendar: La poesía en rigor no refiere ni se refiere a una realidad, a no ser de modo secundario.
 
La poesía –lo diré de una vez– crea una realidad y engendra conocimiento, el conocimiento por ella creada que no se da ni puede ser dicho fuera de ella. Lo que ella dice es lo que no se dice de otro modo. O algo parecido que dijo Suñén. Así que amigos leed este libro e imaginaos de cualquier modo, pero recordad que Ricardo no puede ni quiere decirlo de otro modo.
 
Hace años, y ahora si que es el final, me llamo la obsesión del desierto, desierto que para ser totalmente sincero con vosotros se percibe en todo este libro. Pero el desierto no estaba solo, había también un ideal, había un sueño. El mismo que habita en este libro. Y sin sueños, sin un ideal no somos nada. Nos quedamos aquí para morir, porque tenemos fe. Nos marchamos porque nos desilusionamos. Volvemos porque nos sentimos perdidos. Morimos porque es inevitable.
En definitiva vigilamos la nada muy a gusto. Los seres crepusculares, las industrias y las autopistas de la tristeza. Gracias Ricardo, gracias señor Ruiz. 

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PERDO OLAYA
Texto de presentaciñon del libro de Ricardo Ruiz "Estación Lactante" en Burgos el día 22 de junio de 2009.


 

 GOYA GUTIÉRREZ
ÁNFORAS
Número 225 de DEVENIR POESÍA
 

Santiago López Navia. Presentación
Marga Clak. Presentación
José Luis Morante.Reseña
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En las ilustraciones de la derecha:
Neus Aguado , Alfonso Levy,
Goya Gutiérrez
y un aspecto general de la sala
el día 11 de junio
en La Casa del libro de Barcelona

Santiago López Navia
Presentación de "Ánforas" de Goya Gutiérrez. Librería Blanquerna, Madrid, 10 de noviembre de 200

Que Goya Gutiérrez prologue su poemario con una cita en la que Antonio Gamoneda nos recuerda que “la belleza nos sirve de tormento” es algo especialmente pertinente para tomar el pulso a un ejercicio de creación presidido por la conciencia de los límites y la trascendencia de la palabra poética. No es nuevo afirmar, y Goya nos lo recuerda constantemente en Ánforas, que escribir, crear, es una respuesta a un estímulo múltiple, diverso y permanente que acaba adquiriendo el valor de un reto al que el poeta se enfrenta desde muy diferentes sentimientos e impresiones entre los cuales se alza con especial fuerza la incertidumbre, traducida en el vértigo de no llegar a dar cuenta de la desintegración en el aire de las briznas de las pavesas del lenguaje, parafraseando la tercera sección del primero de los poemas del libro (p. 12), y que acaba guiando los pasos del creador, precisamente, hacia “el libro de lo incierto” (p. 36) que se escribe, como leemos en la cuarta sección del mismo poema citado al principio, trazando “en el papel sendas de posibilidad/sobre el espacio blanco de la duda” (p. 13).


De izquierda a derecha: Marga Clak, Goya Gutierrez, Juan Pastor y Santiago López navia.

Al lado de la incertidumbre, pesa la temida dificultad para captar aquello que se busca al intentar superar el desequilibrio preexistente en la potencialidad connatural de la palabra, tal como nos recuerdan la segunda sección del poema “En su elemento” (p. 14) y la estrofa del séptimo poema de la primera parte del libro en la que ese desequilibrio enfrenta el resultado de lo que el poeta es capaz de ofrecer a los demás con lo que busca en su constante regreso al vacío:
Agasajada como roja granada
me he abierto os he mostrado el resultado
de tanta comprensión y sin embargo:
para mí he de guardar
esa continua regresión a un reto
en el vacío.
 
La mirada poética anhela siempre “cifrar la sustancia huidiza/Absorber la escarpada belleza/que siempre será libre” (poema XVI, p. 56), y por eso el poeta, que vive “Escribiendo lo que huye” (p. 22),  anhela “hallar ese prodigio/que apresar no se deja” (poema XVII, p. 58) consciente de que la palabra trasciende al individuo, vence al olvido y ofrece la materia más granada al avezado artífice capaz de cincelar sus posibilidades:
Palabras vertidas en el mar de todos para ser tomadas (…):
¿Quién algún día las acogerá cribándolas?
¿Quién de qué modo las amasará enhebrándolas?
¿Quién sabrá degustarlas quizás alimentarse
desvelar su semilla volver a cultivarla?
                               (Poema V, p.35)
 El aprendizaje de este proceso dista mucho de ser sencillo, porque a veces las palabras, liberadas por un corazón desprevenido, vuelan exentas elucidando lo que debería permanecer oculto:
 
Y cuándo corazón aprenderás
a no dejar volar como incautos gorriones
las palabras
que habían de velar ese tesoro
Habitante tranquilo
en su urna de cristal cerca de sus entrañas.
                               (Poema XII, p. 50)
  Con todo, como nos dice el último verso del poema VIII (p. 42), la palabra poética aguarda, porque son las palabras poéticas, con su rostro multiforme,
 
Las mismas que te piensan y alimentan tu pulso
Las que atraviesan cada noche mis sueños
Las que interrogan a quien habita en ellos…
                               (Poema XVII, p. 58)
 Y con la palabra, sustancia y materia de la creación, juega la poeta la partida del poema buscando en el fondo del ánfora los motivos y los recursos del acto que la alumbra y vivifica. De ahí que las ánforas del título sean el símbolo seminal del proceso creativo, porque en su vientre habita “la huida/de este rebelde olvido” (p. 19) que entraña el ejercicio mismo de la escritura y su fondo es el “lecho donde albergar el líquido lenguaje” (poema II de “En el regreso”, p. 30) que satisfará la sed constante de la creación poética. No siempre el ánfora, sin embargo, es un recipiente perfecto que garantiza la certeza del hallazgo, porque a veces está horadada y “aún no es capaz de contener el agua/ni convertir en notas la furia de algún viento” (“En el regreso”, poema X, p. 47), pero en la expectativa de la poeta se hace claro que el ánfora encierra en su vientre la potencia de lo que está por escribirse “como una creación/de lo que aún desconozco” (“En el regreso”, poema XVII, p. 59).

       
Goya Gutiérrez y Santiago López Navia  

La creación se sustenta también en la constancia del paso del tiempo salvado en la palabra que alumbra el poema: “Me alimento del tiempo/que habitaba archivado en las estanterías” (“En el poema”, I, p. 11) y asumido en la experiencia de la madurez de la poeta en su tránsito seguro “hacia la serenidad” (“En el regreso”, IX, p. 44), sabedora de que “la muerte nos ensaya en los que nos preceden” (“En el regreso, XI, p. 48).
       Goya Gutiérrez envuelve la respuesta que ofrece Ánforas al reto de la poesía en una escritura estudiadamente despojada de signos de puntuación que invita al lector a la tarea estimulante de releer y recrear para no dejar de entender, regalándonos imágenes tan sugestivas y hermosas como la de los trenes que en la noche adquieren una misteriosa apariencia de animal en fuga:
 
Hay trenes como flechas traspasando mi ensueño
Oigo en la lejanía su aullido dilatado en el aire
en medio de la noche
Y todos sus vagones semejan componentes
de esa vieja manada de los antiguos lobos
Atravesando el furor de los hombres
Viajando así en su huida
hacia estepas que quieran albergarlos.
  
El acierto expresivo del poemario de Goya se resuelve también en el logrado contraste aderezado con juegos verbales que se consigue entre los versos primero y último del tercer poema de “En el regreso”:
El objetivo debiera ser la levedad (…)
Pero cada vez necesitas más llaves de peso.
 
Y en fragmentos sentenciosos, casi lapidarios, que cobran vida propia y valen por una lección de vida próxima a veces a la greguería –“Si la naturaleza fuera sabia/convertirse en pez/sería el paraíso del ahogado” (poema V de “En su elemento”, p. 16); “Las palabras son panes que se amasan de nuevo/con esa levadura del día (“Dar vida cantar su muerte”, p. 20)– o a la reflexión trascendente de rico contenido filosófico: “No hay en el mundo lazos naturales/que puedan asegurar la permanencia” (“En el regreso”, poema XVI, p. 55).

Por eso, volviendo a Gamoneda, la belleza nos causa dolor: porque en esa permanente singladura –imagen recurrente en Ánforas– que es la vida no nos es siempre seguro el puerto de las palabras que convertimos en respuesta a lo que intentamos aprehender, ni el fondo del ánfora siempre atesora las palabras adecuadas para asegurar lo que se nos escapa y porque el poeta, y bien lo sabe Goya, vive y quizá también muere escribiendo lo que huye.        (Subir)►  (Volver)►

Santiago López Navia
Presentación del libro "Ánforas de Goya Gutiérrez. Librería Blanquerna, Madrid, 10 de noviembre de 200


 

 
             
Goya Gutiérrez en la Fundación Hervás Amezcua el  30 de enero de 2001 y al izquierda Marga Clak

MARGA CLARK
Presentación de "Ánforas" de Goya Gutierrez. Librería Blanquerna

Conocí a Goya en una de mis frecuentes incursiones dentro de ese ámbito cálido y, al mismo tiempo, tan activo e intenso que existe en Barcelona de actividades poéticas y literarias.
 Goya, aunque nació en Zaragoza se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona y vive allí desde 1968. Ha estado dedicada durante muchos años a la enseñanza pública, impartiendo Lengua y Literatura castellanas.
 Durante los años 90, perteneció al grupo de poetas editores Bauma Cuadernos de poesía de Barcelona. Sus actividades culturales giran especialmente en torno a la poesía, presentando a poetas y escribiendo sobre ellos, como en sus artículos y comentarios sobre la poesía, por citar algunos,  de Alejandra Pizarnik, Antonio Gamoneda, y Joan Margarit, que obtuvo recientemente el premio Nacional de poesía, y también me tengo que incluir a mí misma en esta selecta lista de poetas. Sus trabajos críticos y poemas han sido publicados y recogidos en distintos diarios especializados y revistas, y en varias antologías como: 25 años de poesía en Catalunya (2005). Desde la Terra (2005), El poder del cuerpo (2009) y también en diversas antologías digitales.
  Hasta ahora Goya tiene publicados 4 poemarios: De mares y espumas (2001), La mirada y el viaje (2004) El cantar de las amantes (2006), y Ánforas, que hoy aquí presentamos, además de la plaquette: Regresar (en 1995). Como inéditos tiene: el poemario: Hacia lo abierto, una novela: Tríadas, y un libro de relatos.

         
Marga Clark y Goya Gutiérrez en la librería Blanquerna de Madrid el 10 de noviembre de 2009.

 Actualmente reside en Castelldefels y es coeditora y directora de la revista literaria, Alga, en versión bilingüe (castellano-catalán), y desde 2007 Goya coordina un interesante ciclo de lecturas y tertulia poéticas en el Café tertulia NOSTROMO.
 Os he trazado un perfil de esta singular poeta a grandes pinceladas, pero os puedo decir que Goya es una incansable trabajadora y una finísima poeta, y así nos lo ha demostrado con este sutil poemario, que desde ahora mismo os recomiendo su lectura, pero antes me gustaría haceros algún comentario sobre el contenido de este poemario, muy brevemente.
 Estas ánforas  -que hoy aquí presentamos- vienen de lejos. Nos llevan a otros tiempos, otras historias, otras memorias. Según comenta Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos: “Lo antiguo es lo auténtico, lo no falsificado, lo verdadero. Lo antiguo es lo que no miente, luego es la misma verdad. Lo antiguo también es lo originario, lo primitivo en la existencia del ser humano, es decir lo que se relaciona con su infancia”. Y aquí llegamos a “la palabra”, la palabra en sus orígenes. Y es que este poemario yo diría que trata sobre la palabra. Palabras que van de la letra a la forma, de la escritura de las ideas invisibles a la forma visible de las cosas. La poeta construye, y cito uno de sus versos: palabras en la lengua del ánfora/Metáfora e imagen en su vientre como hebras/de seda de metal de vidrio opalescente. Los poetas intentan, creo, buscar caminos nuevos para la palabra, pretenden investigar el límite de las palabras, inventar una verdad poética a través de las palabras. José Ángel Valente decía a este respecto: “Los poetas llevan la palabra hasta el límite, allí donde conserva la fascinación por el enigma”. Por eso la poesía, para muchos poetas, es búsqueda porque se convierte en una especie de ánima o esencia que es capaz de traspasar los límites de la conciencia para adentrarnos en el umbral de lo invisible, de los misterios, de todo lo desconocido que debe ser revelado. Y Goya es hábil y persistente en esta búsqueda de la palabra a través de la palabra, y sabe, como dice en este poema:
 
 Edulcorar el sabor agrio de una certeza
 Dadle letras y sílabas
 para romper el cristal que amuralla
 esta danza sin nombre

 Enmascarar su hueco
 Dotarlas de un cuerpo apedazado pero bello
 Limarlas sin descanso

 Ensartarlas en las hebras de vidrio

  La poeta dice: “Llovedme de palabras”, y lo consigue. En este poemario las palabras todavía húmedas se esconden en el poema para transformar “en distintas verdades la mentira”, como sugiere este poema:
 
 Dejadla hacer palabras que transformen
 en distintas verdades la mentira
 Antes que la luz hiera mi incertidumbre
 y vele su materia
 Antes que emerja su inapelable imagen
 y quede desvelada
 Antes de regresar de este rincón opaco
 de tu laboratorio
 Antes que la fugacidad abra su puerta

 Antes que nos invada su niebla inexorable

Las palabras de Goya vuelan como incautos gorriones hacia la serenidad. Las páginas de este libro están entrelazadas por metáforas sutiles y armónicas que se deslizan por un texto sin interrupciones de puntos o comas, donde la lectura la dicta la misma respiración del poema. El escritor Antonio Tello escribió en la revista digital: Jueves, y lo cito: “La economía y la precisión léxica y sintáctica que articulan sus versos abren un rico campo semántico”. He visitado la web de Goya y he leído la nota introductora de su libro, y os cito parte de ella:
 “La autora traza distintas imágenes de la poesía y del hecho poético en general que confluyen en el ánfora, como lecho donde albergar la memoria poética del fluir temporal, ante la conciencia de la muerte”.
 Teniendo este texto en cuenta y después de mi detenida lectura de los poemas, yo veo este poemario más como un viaje iniciático de la palabra, en el que la palabra  primero se adentra en el poema para encontrarse en su propio elemento, consigo misma, lo que le provoca una huída, como ella bien menciona en un poema: de este rebelde olvido, que en realidad es la muerte, para acabar regresando al lecho original donde albergar el líquido lenguaje. La palabra poética regresa entonces más sabia e iluminada al vientre del ánfora, que es el óvulo, la casa materna, los orígenes, completándose así este viaje con retorno. La palabra poética no se pierde en su huída, sino que regresa al poema:
 
 Después de haber aprendido a contemplar
 el misterioso sueño proyectado en las cosas
 Después de haber tocado su límite y principio

 Después de hallar la hebra de seda con que bordar
 la otra mariposa que nunca ha sido
 en esa dulce venda
 de infinitas verdades relativas

 Después de que me lleven al lugar
 donde se nombra donde amanecerá en el espacio
 de la página que te respira en la que aspiro
 crecer dentro de las palabras que como migas
 de hermosa hogaza me harán
 legar a ti

 En el regreso

 Esta es mi interpretación, muy particular, de este poemario que otra vez os recomiendo su lectura, por su frescura, su sinceridad, y como escribió la poeta Teresa Costa Gramunt en la reseña que hizo de este poemario en el Eco de Sitges: “…por la calidad de este conjunto de poemas de alto vuelo metafísico…, …donde fluyen el tiempo y la eternidad…”.
 Y ahora me gustaría acabar leyendo la última parte del poema: De este rebelde olvido: que me ha gustado especialmente:
 
 Pero quién salvará las delicadas sedas
 de las palabras
 Quién dejará flotar los encajes
 del verso
 Qué mano traducirá la desmemoria
 En qué vientre de ánfora
 podrá habitar la huida

 De este rebelde olvido

 
En este poemario sutil y esperanzador, rico en imágenes, me quedo con la palabra.
Muchas gracias.   (Subir)►   (Volver)►

Marga Clark
Presentación del libró "Ánforas" de Goya Gutierrez en la Librería Blanquerna. 10 de noviembre, 2009.


 

 
 
José Luis Morante

HABITAR LA HUIDA
POR JOSÉ LUIS MORANTE
"Ánforas" de Goya Gutiérrez. Devenir, Madrid, 2009

Los antiguos pobladores del mar mediterráneo convirtieron el ánfora en arte, buscando el equilibrio entre su utilidad práctica y su simetría formal y emplearon el recipiente para depositar materias primas. Goya Gutiérrez (Zaragoza, 1954), autora hasta la fecha de cuatro libros de poemas como frutos de un trayecto iniciado en 1995 con Regresar, recurre a un sustantivo de alto valor simbólico para dar título a un poemario que lleva como pórtico citas de Baudelaire, Saint John Perse y Antonio Gamoneda.
 El libro se inicia con una composición metaliteraria sobre la alquimia de las palabras y sobre su capacidad para trenzar significados. El poema es un espacio de posibilidad, un capullo en estado larval que asegura el despliegue de la amariposa.
 Para que encarne el sentido en la palabra el yo poemático desaparece como referente y la escritura se torna reflexión, explora las tierras baldías de los significados para que germinen en ella metáforas e imágenes. De ese modo se justifica, como se ha dicho, el vacío del ánfora; en su oquedad podemos dar cabida a una semántica en la que el sujeto verbal adquiera nueva identidad.
   La fluencia de imágenes confía en lo sugerido; el diálogo con el lector no es descriptivo sino que acumula periodos verbales para que el interlocutor vislumbre los mensajes ocultos, la capacidad para nombrar lo que escapa a los sentidos vigilantes; lo sensorial es sólo una manera de acercarse a la superficie. La palabra aparece como núcleo germinativo de la composición: “Las palabras son panes que se amasan de nuevo/ con esa levadura del día/ Para mostrar las cosas los seres sus carencias/ de mi a tu otro tacto/ Transformándolas al calor que las dore”.
   Otro subtema del poemario es el discurrir, la conciencia de una fugacidad que impregna lo vivido. Cada destino individual completa un itinerario, recorre un fragmento vital que se enmarca entre una estación de salida y un punto de llegada; ese devenir es un modo de habitar la huida porque en todo trayecto son inevitables los virajes y las contradicciones.
   Clausura Ánforas un conjunto de poemas agrupado bajo el epígrafe “En el regreso” que muestra una notable coherencia interna. Algunos referentes culturales recuerdan al Ulises de J. Joyce y a su protagonista, a ese clima de levedad e irracionalismo donde se suman pasos en un laberinto urbano sin desvelar nunca el sencillo secreto de las cosas, grabando imágenes como huellas de un tiempo que debe perdurar en la memoria.
   Los poemas de Goya Gutiérrez tienden a la fragmentación, los versos se despliegan como hebras en las que se van entrelazando variantes significativas que tienen en ocasiones una disposición visual. Los espacios en blanco ralentizan el discurso y pautan el ritmo de cadencia versal. Lo mismo sucede con la puntuación: el punto desaparece como pauta conclusiva y en cambio la mayúscula sugiere un nuevo arranque. Con esa materia verbal Ánforas se define como una propuesta irracionalista que confía en el lenguaje y en su sensibilidad para convocar al otro.    (Subir)►   (Volver)►

JOSÉ LUIS MORANTE


 NOTAS ÀRA LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO
LETRAS ARREBATADAS:
Pesía y química en la transición española.
De Germán Labrador.

Mariano Antolín Rato

Sí. Lo sé de sobra. Voy a empezar con un topicazo. Enseguida intentaré explicar por qué hago eso.
El tópico al que me refiero, y uno se encuentra todo el rato con él, es: “Quien puede contar los años sesenta es que no los ha vivido.”
Esos “años sesenta”, claro, son los del siglo XX. Y más en concreto, designan un ambiente enrarecido, rebelde, joven, que algunos han llamado “contracultura”, y tuvo sus primeras manifestaciones públicas por entonces. Una época que, en Occidente, se prolongó más o menos hasta mediados de 1970, y en España coincidió con el comienzo de lo que suele conocerse como Transición.

La lectura de los documentados trabajos de carácter sociológico sobre ese momento y ese ambiente de Juan Carlos Usó casi siempre me remite a ese tópico. Me pasa lo mismo con las brillantes biografías de Benito Fernández, centradas en Leopoldo Panero y Eduardo Haro, que también retratan el mundo donde vivieron esos dos poetas.
La cosa se acrecentó al leer Letras arrebatadas, de Germán Labrador, el trabajo más completo sobre esa época y esas gentes, si bien la descripción de ambientes y vidas sólo constituya un apoyo para desarrollar una teoría general de carácter literario que completa y amplia hacia otros terrenos, los trabajos de Usó y Benito.
En los tres casos comprendo de inmediato que el tópico tiene validez. Ninguno de ellos, por cuestiones estrictamente cronológicas, puede haber vivido esos años. Y menos que ninguno, Germán Labrador, que nació una década después de ellos. Yo que, por aquello de que la excepción pone en prueba la regla, los he vivido y los recuerdo, tengo que distanciarme de lo que me dice la  memoria —y la tengo tan buena que a veces los elefantes me vienen a consultar—, y disponerme a aceptar, normalmente con una disposición de ánimo un tanto desganada, esas visiones externas y a posteriori de lo que forma parte de mi propia biografía. Es más, de unos años de mi biografía fundamentales porque se corresponden con los de mi juventud, esa época en la que, decía André Malraux, las almas se compran y se venden.
Es más, nunca puedo precisar si ciertos sucesos por los que pasé en aquella época —los primeros viajes de ácido, por ejemplo—me han hecho ser como soy. O si eso le sucede a todo el mundo, y su juventud, con LSD o no, le deja marcado para siempre.

Lo anterior viene a cuento, por tanto, de mi incapacidad para ser objetivo a la hora de opinar sobre unos trabajos en  los que me siento implicado, en los que aparezco y se emiten pareceres sobre mi persona y las novelas, ensayos, artículos y traducciones que he publicado. Con todo, trataré de mantenerme lo más distanciado que sea capaz; que no va a ser mucho, estoy seguro.

Vamos a ver. Letras arrebatas, el estudio de Germán Labrador sobre cierta poesía drogada española de parte de las décadas de 1970 y 1980 es el más completo, documentado, incisivo, riguroso, y también discutible —y he leído prácticamente todo lo que se ha publicado al respecto— sobre el asunto. Cuando empieza, quizá resulte un tanto abrumador el universo conceptual al que recurre. Aparecen Derrida, Deleuze y Guattari. Walter Benjamin, Octavio Paz, Ossip Maldenstan. Y luego, a lo largo de sus páginas, nunca falta la referencia precisa a los autores que, desde más o menos Thomas De Quincey, se han ocupado de la literatura drogada.
Y no exagero. Cualquiera que uno sea capaz de imaginar —y algunos que no—, aparece en el momento apropiado y con la cita oportuna que aclara y amplía lo que se esté tratando. De ese modo, Labrador eleva una teoría disparada desde una plataforma de despegue muy sólida y bien calculada. La órbita que traza su exposición siempre se mantiene firme, sin oscilaciones. La estela que va dejando su escritura resulta brillante e ilumina espacios oscuros —y a bastantes de los que trata el libro jamás los alcanza luz—. Y, en definitiva, consigue que la atención de cualquiera a quien le interesen estas cuestiones  se mantenga centrada en la continuidad del discurso de principio a fin.

Dicho esto, y tras felicitar a su autor por haber sido capaz de construir casi 500 páginas tan apasionantes y precisas, documentadas de modo apabullante, sugerentes como pocas, doy suelta a mi resistencia a aceptar las conclusiones que se siguen de ellas.
Haber conocido y compartido aventuras con algunos de los poetas tratados, en especial con Leopoldo Panero, y sobre todo Eduardo Haro Ibars —que fue uno de mis mejores amigos—, asistir a su lado a la génesis de parte de su obra, despierta en mí una rebeldía, injustificada lo más probable, a verlos como objeto de estudio.
No, Germán Labrador quizá no se equivoca al incluirlos en la categoría de “poetas menores”, y su aplicación a ellos de la teoría desarrollada por Deleuze y Guattari en Kafka, por una literatura menor, resulta sumamente acertada. Sin embargo, hay algo que no he dejado de preguntarme todo el rato: ¿desde qué punto de vista se establece esa categoría en el caso concreto de Leopoldo Panero y Eduardo Haro? —no me puedo pronunciar sobre ninguno de los demás incluidos porque desconozco, o conozco poco, su obra.
Labrador se refiere a un supuesto canon literario, a un discurso dominante acerca de la transición, en donde ellos tienen sólo una cabida marginal. Es más, apunta que quizá terminen por ser olvidados.  Y en la frase final del libro desea que pueda ser posible que la disidencia no acabe necesariamente en el abismo.
Yo no encuentro que la disidencia de los poetas que trata —bueno, de dos de ellos, como dije—  haya terminado en el abismo. Que sus vidas vistas desde la distancia, y conociendo el final, se han despeñado —como, por otra parte, la de tantísimos otros que nunca jugaron tan fuerte—, dada mi implicación, parcial, desde luego, en sus proyectos literarios, me resisto a aceptarlo. Y no se trata sólo de que, como apunta Labrador, algunos valoremos su calidad de pioneros, su postura en la vanguardia. Es que bastantes de las cosas que dejaron escritas, con su mezcla de alta cultura y cultura de la calle, por muy fuera que queden de los que establecen el discurso literario dominante, continúan desempeñando la función de experimento no asumido. Y resistiéndose, como hicieron desde el principio, a que se las incluya dentro del esquema de valores de los que “transicionan pero transigen” —y cito textualmente—. Probablemente apunten a caminos sin salida, se enreden en situaciones insolubles, respondan a un deseo infantil de “quiero de lo que no hay”.
Y sin embargo, pertenecen a una tradición literaria, la que algunos llaman “el malditismo”, de la que son antecedentes y que cuenta con seguidores. Una tradición de la que ellos fueron muy conscientes y que, en sí misma, exigía unos sacrificios, unas ordalías, en las que se ofrecieron como chivos expiatorios. Conocer el trágico resultado de su actitud no supuso una desatención a las consecuencias, sabidas de sobra, que supone asumir ese papel. Lo que pasa es que jugar en serio arrastra, lo sabían, a un final donde sólo cabe dar el siguiente paso hacia el vacío del abismo.
Por otra parte, ellos aspiraron a imponer sus criterios a la ideología dominante —de derechas o de izquierdas—. Es más, en algún momento creyeron que conseguirían ser juzgados según las reglas del juego de los que afirman que la literatura no es sólo algo para conciliar el sueño, sino un instrumento para despertar.

Pero creo que me he extendido demasiado poniendo pegas a la interpretación de Labrador, impecable en todo lo demás. Lo que pasa es que me resisto a considerar unas actitudes vitales en las que la literatura desempeña el papel de droga, similares a las de quienes se empeñan en llevar a cabo una literatura reconocida, lo que levanta de inmediato el tufo a entronización en la Academia y subvenciones de organismos oficiales.
Buscaron el reconocimiento, por supuesto, pero dentro de unas reglas ajenas a las del mundillo literario que establece las clasificaciones y las listas de admitidos o no, y determina según criterios que a lo mejor permiten el consenso, pero que son insatisfactorios para quienes, como escribió Joyce, “tratan de despertar a esta pesadilla que se llama historia.”
En cualquier caso, el interés que demuestra por su obra un libro tan deslumbrante como Letras arrebatadas, parece apuntar a que los baremos fijados por el poder literario podrían tambalearse. O en cualquier caso, cuentan con las suficientes tragaderas para asumir cualquier cosa, incluso las que los niegan.
En lo que se refiere a la presentación y análisis del ambiente donde se dieron esas obras, esos poetas, esas personas afines a ellos, sólo cabe aceptar que es perfecto. En la documentación raramente falta el dato revelador, la base de una opinión aparentemente descabellada. Quizá eche de menos —ya se sabe, yo viví aquellos años y los recuerdo— el sentido del humor perenne que acompañaba a las mayores barbaridades y actos desquiciados, desde ahora, pero que entonces resultaban el modo natural de un vivir desmesurado.
Un par de apuntes al respecto. Me ha divertido mucho que Labrador utilice el término “poética ibarsiana”. Alguna vez Eduardo Haro deliró conmigo que llegarían a decir que su estilo era “hariano”. A lo que enseguida reaccionó negativamente, porque le sonaba a “harinoso”, o, como le apunté yo, a “ario”, de los nazis.
Y hablando de “grandes pruebas del espíritu” a veces tan tratadas en la poesía de Panero, recuerdo una ocasión en que estaba con él en una cosa donde yo vivía entonces que tenía un pasillo muy largo y oscuro que llevaba a la puerta de salida. A medio camino, Leopoldo se sentó en el suelo y dijo, con esa sonrisa suya que puede helar la sangre en las venas, que no sabía si estaba preparado para afrontar la prueba espiritual que suponía recorrer los metros que faltaban para alcanzar el descansillo. Yo le convencí, porque si no me arriesgaba a que se asentase en mi casa, que un hombre como él sería capaz de eso y de mucho más. Y allí, sobre la marcha, compuso unas frases en las que exponía la dificultad de llegar al final de algo que, en definitiva, no era nada.

Me alegra, como se comprenderé, haber podido sobrevivir a aquella vorágine y ser testigo de la aparición de libros como Letras arrebatadas. Trasladan, desde fuera, claro, a un mundo que se resiste a desaparecer aunque a la mayoría de quienes lo desarmaron se lo haya tragado el basurero de la historia.
Gracias, Germán Labrador, por tu inteligencia y tu cuidado al tratar unas cuestiones que remiten a un pasado, donde, igual que ahora, la capacidad de terminar con los proyectos osados se ve machacada. Las excepciones como la tuya, ponen en prueba esa regla, y proporcionan atisbos de que no todo está perdido para siempre.
También gracias a ustedes por su atención.   (Subir)►

MARIANO  ANTOLÍN