Sobre "La ruta de la sed." Texto de Javier Lostalé


AutoresLA VIDA O SU SED INAGOTABLE
 
Texto de presentación en el Ateneo de Madrid
Día 7 de junio en el cuclo: "Los viernes de La cacharrería
Por Javier Lostalé

PortadasLa presentación de un libro de poemas-así lo creo- nunca debe convertirse  en una fría disección de su contenido ni en un resbalar por su lenguaje atendiendo más a su brillo que a su pulso hondo, debe- lo entiendo así- ser un intento de transmitirles la conmoción  anímica que su lectura me ha producido, traducida a una serie de reflexiones teñidas por la emoción que provoquen en ustedes la necesidad vital, más que literaria, de quedarse a solas con el libro presentado.
Intento que debe estar acompañado por el propósito de no solo centrar la atención en la última obra publicada, y hoy bautizada, sino de, sobre todo cuando la creación es extensa, verla en su conjunto, pues en los verdaderos poetas siempre hay un desarrollo orgánico que, precisamente por ser orgánico, por proceder de un mismo ser, tiene una estructura genética reconocible en todo momento. A esa estructura genética, con su componente informativo, voy a referirme en primer lugar, antes de abrir las páginas de La ruta de la sed, poemario publicado por Devenir que hoy nos reúne aquí.
AutoresCésar  Ibáñez París nació en Zaragoza en 1963, es filólogo y profesor de Enseñanza Secundaria en Soria desde 1990. Su obra poética está formada por los siguientes libros: La máscara blanca; Intemperies; Cántaro y otros límites; Églogas invernales; Invierno o luz y La ruta de la sed. Cada uno de sus libros ha merecido un premio. Como ejemplo citaré tres: el “Gerardo Diego de la Diputación de Soria, el “Alonso de Ercilla” y el “Premio de Poesía Blas de Otero Villa de Bilbao obtenido precisamente por La ruta de la sed.  César Ibáñez París  es autor asimismo de dos novelas: Los frutos caídos y La cueva de los diez acertijos, y su traducción del Tartufo de Moliere  fue reconocida por el “I Premio de Adaptación Literaria Biblioteca Teide 2010. Datos informativos tras los cuales me fijo en esa estructura genética de su poesía antes aludida, empezando por algunas consideraciones sobre el proceso  de creación hechas por el propio poeta, indesligables de su obra. “ Un poema-dice- es una puerta de entrada al misterio del mundo,  y en él caben todo lo humano, lo divino y lo diabólico. Y también lo infrahumano y lo sobrehumano. La poesía-afirma- es algo protéico, aglutinador, con vasos comunicantes , por ejemplo, entre Jorge Manrique y Rimbaud, y el poema, siguiendo a Juan Ramón Jiménez, es semilla más que fruto, alma secreta de una vida cualquiera. El poeta-continúo parafraseando a César Ibáñez París-es un paseante que trata de sacarle punta a lo mirado, y de darle a lo que escribe el ritmo de los pasos, la cadencia de piernas y pies avanzando al compás de la respiración, el bamboleo leve de los brazos que-piensa-  es el que mejor se ajusta a su lenguaje ideal, a sus expectativas y a su manera de sujetar el bolígrafo. Y, tal vez, también a sus latidos. En cuanto a las palabras, en ellas está el mérito real de lo que concibe y construye”. Consideraciones sobre el acto de creación que no son banales a la hora de habitar su obra en general, y en particular  La ruta de la sed. Sobre su obra en general les transmito mis impresiones de lector: Hay en sus poemas una interiorización de lo más común. Todo pasa por el cedazo del corazón, sin excluir una línea clara de pensamiento, un pensamiento sintiente( como diría Unamuno), una reflexión emocional y emocionante sobre la existencia, una celebración de ella y del amor en fusión con la naturaleza, porque romper los lazos con la naturaleza es exiliarse. De ahí  que contraponga lo natural a nuestra concepción artificial de la vida, hasta en lo más cotidiano. Sentimos la luz, el aire, siempre en correspondencia con el ser . La poesía de César Ibáñez París nos crea también conciencia del paso del tiempo, y hay una rotunda visión crítica que no permite la nostalgia y un compromiso con la justicia y la verdad que nos une a los otros. No es nada solipsista sino  muy solidaria la obra de César, en donde la materia respira, crece, tiene circulación sanguínea y la tinta (pensamos en la creación) es engendradora  “de  dolor, de calma o de prodigio. No deja tampoco de estar presente la muerte simbolizada a través de una laguna y de “la llegada a la otra orilla, tras la bruma”, ni la música, sonido del alma, ni el arte en general que dota a lo mínimo de eternidad. Poesía que pretende en todo desvelar lo esencial  e indaga en el misterio de los momentos de felicidad. Hay finalmente en ella una necesidad de renacer, de volver al orígen, una voluntad de comunicación desde la raíz y un acendrado convencimiento de sentirse parte de la infinita cadena de palabras hechas vida por nuestros grandes autores a través de los siglos. Y añado dos  datos genéticos más de la creación de nuestro autor: la transparencia del lenguaje y la ironía.                         
 
Tras  esta enumeración, incompleta, de las características de los libros de poemas de César Ibáñez  París, me detengo en La ruta de la sed, poemario encabezado por una cita de Ángel González, muy reveladora, que reza así: Esto es un poema./Mantén sucia la estrofa./Escupe dentro. El libro consta de tres partes: POZO, LOS CIMIENTOS DEL FRÍO y  CÍRCULO DE LUZ. Vamos a habitarlas juntos. En el primer poema de POZO, “Lechugas”, de acuerdo con la cita de Ángel González aboga por una poesía manchada por la realidad y no refugiada en un alto reino como pretenden los puristas: Los puristas se enfadan/ de que los libros yazgan/cerca de las lechugas. Arrugan la nariz/como si páginas y tinta fuesen/cosas inmaculadas que pudieran/ mancillarse de verde reluciente,/contagiarse de voz de verdulera/ u oler a huerto fresco. En esta primera parte se nos invita a saber mirar lo que nos rodea yendo más allá de lo que se ve, y a reflexionar sobre el verdadero ser de aquello con lo que nos relacionamos, a comprender, de un modo poético, es decir un comprender encarnado, cómo belleza y daño pueden unirse. Utiliza la imagen de un viaje en tren para bucear en lo más hondo de la existencia sin apartarse de lo que la realidad  humana y ambiental supura. Y en el poema que da título al libro, La ruta de la sed, traza un mapa  de “la sed inagotable que es la vida, no separada de la muerte”, mediante la puesta en relación de lo interior del ser humano y lo exterior, un mapa que nos señala cómo en todo se encierra la semilla de un amanecer (…) En la arena el recuerdo de lo verde/remoto vive, surtidor de aurora./ ¿Selección natural? En la corteza/ del corazón el cántico se pierde,/ mas lo común, a veces, da fruto y nos mejora: /Unicef hace un pozo y es belleza. Este final sorpresivo y condensador en algún modo del significado de poema no es único en la poesía de César. La aparición de lo concreto, esencial dentro de sus límites  , con dimensión metafísica, aparece más de un vez, de pronto, en un verso. En esta primera parte –proseguimos nuestra habitación- unas pisadas en la arena  nos muestran la pequeñez humana y el borrarse de todo aquello que hacemos, y aparece la memoria, memoria colectiva, para salvar los momentos vividos, y desde la conciencia de lo que dejamos retornar a ello en una red de sangre y sueños, escribe el poeta. Heráclito y Jorge Manrique  están también presentes  en este primer grupo de poemas, en concreto en el titulado “Lo que fluye” Nosotros fluimos en lo que fluye: ese es el sentido de la vida, nos dice el autor. Y dentro de ese fluir podemos vivir momentos intensos, momentos 
 porque somos conscientes de su breve duración. Heráclito y Jorge  Manrique(…) Nuestras vidas son los ríos… Vida y muerte , por tanto, no separadas en esta Ruta de la sed, muerte contra la que nada podemos cuando dice “amén”, así sea, desde la que trata de la dignidad y la indignidad humanas: canta  a las víctimas y señala la indignidad de los asesinos, y  lo hace desde los “huesos” , como se titula el poema al que ahora me refiero(…) Poned placas de bronce/ y esculturas de mármol donde yacen, / y dejadlos en paz/. La indignidad está en los asesinos,/en los que vierten sangre estremecida./Las víctimas son dueñas, para siempre jamás,/ de la altura mejor, el sacrificio. Por cierto,  César que critica todo el ceremonial que acompaña a la muerte, nos dice en otro poema que no le gustaría ser enterrado, sino fundirse con la naturaleza, ser alimento de hermosos animales o ceniza entre las encinas. La segunda parte se intitula, como apuntamos, LOS CIMIENTOS DEL FRÍO, y la huella que todavía está actuando dentro de nosotros es la siguiente: sentir la mentira como un camino de salvación, pues la verdad, las verdades, afirma en un poema durísimo titulado así, “La mentira”, pueden ser-no estoy citando textualmente- sinónimo de muerte. Mentira que nos permite  huir de quienes realmente somos y de este modo vivir (aunque –pienso-dentro de un espejismo.) Respecto a la mirada, así lo compartimos  durante la lectura de otros versos, entraña rebelión y es también un medio de defensa contra tanta confusión como encontramos dentro y fuera de nosotros si queremos ver (…) Vacunamos a niños a millones/ para que mueran de hambre a los seis años/,¿no entendéis a mis ojos?  /Proclamamos la paz universal/ desde un punto de mira telescópico,/ ¿No veis lo que yo vi?  Ver asimismo el mundo, la vida, como un arder donde se nos revela lo invisible: el miedo, el olvido la inmovilidad que nos provoca una lágrima. Ver hasta tocar la quemadura de lo visto. Arder encarnado en algo o en alguien(…)  He visto arder el mudo moratón/en el ojo humillado./He visto arder las lágrimas de sangre/del hundido en el duelo. Los poemas de esta segunda parte tienen un gran contenido social, e incluso político, y poseen una fuerte carga crítica, por ejemplo  de aquellos cuyo único afán es subir y conquistar, pero sin anhelar horizonte con su acción. Subir y conquistar como una forma solo de dominio. Aquí de nuevo utiliza César la naturaleza como símbolo de lo que quiere expresar: dice al principio del poema “Maneras de subir”: ¿ Por qué  tanta gente desea/ subir a las  grandes, hermosas montañas,/hollarlas con sus cuerpos elásticos,/ pisotearlas con sus botas/ especialmente diseñadas para/ pisotear,/ dejar allí su mierda/ y bajar satisfechos de haber estado arriba?  Y el poema termina: Mientras tanto, nadie sube a la humilde colina/ del tomillo y la jara,/ el cerro crujiente por la corteza del estío/ o por la escarcha de enero./ Tan solo, alguna  vez, algún Machado. En esta segunda parte de La ruta de la sed el poeta nos inculca el cansancio profundo en el que le sumerge su visión del mundo y se refugia en los sueños donde aparecen desnudas todas las pulsaciones. Finalmente en la tercera parte, CÍRCULO DE LUZ, nos sitúa el poeta en el lugar del corazón que, incansable,  nos ayuda a asumir la vida con todas sus luces y sombras  primero, y luego a sacarle el jugo, las entrañas y la médula. Nos impulsa asimismo  a que no nos hagamos muchas preguntas, sino a dejarnos prender por lo que la naturaleza nos ofrece. Basta, parece que nos dice, con que todo el cuerpo esté a punto de concebir. Basta- ahora habla el poeta- con que los labios/ se pongan a la altura del deseo. Y entre los últimos poemas del libro hay dos en los que César Ibáñez París se encarna en D, Quijote y en Sancho Panza para, desde  su piel y espíritu, mostrarnos su actitud vital que es , como la de  D. Quijote, regresar a su casa sin arrepentimiento por lo hecho(…) Vuelvo a mi casa, y aunque voy sabiendo/ que todo ha sido sombras y locura,/ no me arrepiento de nuestra andadura. O como la de Sancho, no perder nunca la fe en la imaginación, ni en que sea dentro de nosotros aurora.  Y poseer el don de amanecer doncellas muy hermosas.  El papel donde ha escrito César su libro no es solo soporte, sino el lugar donde sucede todo, es –cito-Campo de nieve donde componer,/ con las huellas descalzas de la vida,/ un paisaje de sal y nubes lentas(…) Quien se atreva a manchar( la hoja en blanco claro) se asomará/ a los mundos que habitan este mundo. La lectura de La ruta de la sed nos permitirá asomarmos  a los mundos que habitan este mundo, y a hacerlo inmersos en una realidad cuyo rostro verdadero está siempre más allá de la apariencia. Si a eso lo llamamos tocar lo esencial, es lo que consigue  César Ibáñez París. Es lo  que caracteriza a la verdadera poesía.