La Poesía Ascensional de Álvarez Ortega - José A Sáez


 Por José Antonio Sáez

  El poeta Manuel Álvarez Ortega (Córdoba, 1923) ha publicado en la colección de poesía “Devenir”, que desde hace años dirige con tanto acierto y con tan buen criterio el editor Juan Pastor, un nuevo libro de poemas en prosa titulado Cenizas son los días. No es ésta la primera ocasión en que el magisterio lírico del cordobés ve la luz en la mencionada colección, pues varios son los títulos suyos que han sido editados en ella. Quien en sus inicios fundara y dirigiera la revista “Aglae” (1949-1953), ha sido también traductor y editor de la mejor poesía en lengua francesa, si bien la nómina de sus títulos resultaría demasiado extensa para el reducido espacio de una reseña. Baste decir que estamos ante un poeta mayor, aunque reconocido, nunca suficientemente valorado, a mi juicio; y ello por la calidad difícilmente superable de su obra, por cuyos méritos ha sido propuesto en dos ocasiones al premio Nobel de Literatura.

El poemario en cuestión está estructurado en tres partes que contienen diez poemas cada una y el volumen concluye con una Bibliografía Sumaria, útil siempre para el lector que desea profundizar en una obra que abarca toda una vida de entrega a la poesía con mayúsculas.
Ubicado en un presente que lo enfrenta a la senectud, los textos de este volumen nos confirman en el naufragio que toda vida supone. Herido por el tiempo y sabedor de que éste es limitado para toda criatura viviente, el vate cordobés, dueño de sí mismo y de una serenidad interior que en verdad emociona, sitúa al lector frente al declive que supone la senectud y la conciencia intuitiva del final cercano. Con un tono a veces elegíaco, a veces existencial, y con un armazón de metáforas identificable en su significación más nítida, desde el regreso y la nostalgia, la memoria y el olvido, las heridas cauterizadas y las que no han de cerrarse; el lector camina con estremecimiento ante la belleza que deviene en ceniza. Ceniza ardiente que se desvanece entre los dedos es la belleza que contienen sus palabras. También la belleza de lo creado se desmorona en el devenir del tiempo. No hay, pues, eternidad posible. Todo parece convocar al cierre del círculo. Todo está cumplido, pero la palabra adquiere el brillo prístino del diamante cegador. La lucidez aflora en las palabras con el acierto del bienaventurado. Juzgue así quien leyere: “FIEL a otra imagen, luego de un largo peregrinar,/ tal un alma errante, regresó a la casa, el redil de pobre/ za, su última heredad./ Evocaba un tiempo perdido, cuando en el ayer/ del sur, hora en penumbra, en su ausencia, lloraba la nostalgia por la tierra./ Fuera entonces como un caudal de sueños que/ el olvido abrasara, como si la queja de los años no/ hubiera en su corazón nacido./ Y así renace ahora que acaba el día, un ser que se/ acoge a la paz que nunca fue, la miseria que resume/ su continuo naufragio” (p. 15).
Avezados críticos se han referido a lo que ellos califican de “poesía de senectud” en significados poetas del pasado siglo. Yo no creo que este libro pueda calificarse de tal, sino que se trata más bien de magnífica poesía escrita en la senectud. La madurez y luminosidad que de ella emanan en modo alguno pueden considerarse como signos de decadencia. Qué fibra sensible hay que no toquen con delicadeza y dolorido sentir los versos del eximio poeta cordobés que envuelto en claridad se nos hace transparente.
Álvarez Ortega despliega el tono sosegado y armónico de los clásicos en un decir solemne por su gravedad y quizás en algo, sentencioso. No cabe pedir mayor ensamblaje a los textos ni tampoco mayor coherencia a los mismos, pues el libro se lee como una elegía continuada, erigida sobre los rescoldos de la memoria que la sostiene, en la constatación de lo inevitable. Por tan solemne prosa poética avanzan ondulantes las palabras en metáforas aposicionales y parentéticas aclaraciones no menos metafóricas, como avanza el oleaje entregado hacia la playa que lo recibe con la beatitud sublime de la más excelsa sinfonía. Tocado por la gracia del instante, abunda en las metáforas encadenadas, enlazadas como manos dispuestas a cerrar las pupilas que ardieron tras contemplar la hermosura y gozar la belleza de lo creado. Y cae en el más dulce y loco delirio, deambulando, dando vueltas, circundando la claridad que lo envuelve, como ebrio a quien se hace insoportable su propia lucidez.
Con el canto del cisne y la melodía de los violines, así el poeta se adentra en el territorio último de la más clara y lúcida visión a que se ve abocada la criatura humana, asumiendo su destino, constatando el desenlace, haciendo balance del desvalimiento y el desamparo humanos, vibrando en la memoria, tiritando en ella y temblando en la pasión que supuso existir. En medio de las cenizas, algunas brasas proporcionan aún un poco de calor al desahuciado, al desposeído de casa, hacienda y memoria. Pasan éstas como estrellas fugaces, cuyo brillo fascina.
Una obra como la de Manuel Álvarez Ortega justifica una vida. Y un libro como éste del poeta cordobés bien podría devolvernos la confianza en lo que de sublime, a pesar del desencanto que nos atenaza, hay en el alma humana. Versos donde se despliega la misericordia como una blanca sábana que se torna sudario. Palabras que acunan el desamparo, esa justificable benevolencia que el poeta despliega para consigo mismo, como el perrillo que lame sus heridas y se abandona al devenir fugaz en las cenizas que el viento dispersa por la nada.
Así el ungido. El convocado. El lleno de gracia. El que se radiografía a sí mismo hasta transparentarse. El que se enseñorea en el reino del verbo palpitante.
José Antonio SÁEZ.