El Arte como alimento - Ricardo Ruiz


 Por Ricardo Ruiz

Nuestra civilización progresa de una manera tan vertiginosa como alarmante hacia una sociedad de tecnócratas y gestores del utilitarismo en perjuicio de una sociedad de humanistas. Los intelectuales ya no son los sabios, los pensadores o los filósofos; ahora los intelectuales son los cocineros, los asesores de imagen, los profesionales del shown business y los gestores del glamour. El valor de la cultura se mide por el interés turístico y gastronómico, por las colas en las puertas de los museos y por las ventas millonarias de libros de autoayuda. Los nuevos intelectuales han convertido la divulgación cultural en vulgarización y espectáculo mediático.

 Hoy se confunde la solidaridad con la piedad y el compromiso con la demagogia. No se globalizan la cultura, la educación y las ideas; se globaliza el dolor, la violencia y la estupidez humana. Desaparecida la censura política, existe otra clase de censura, más tenue, aparentemente menos cruel, pero más perversa. Es la censura empresarial. El nuevo “Gran Hermano” que todo lo vigila, lo controla y lo programa tiene un rostro más amable, más sonriente, más glamuroso, pero su objetivo es más cruel y perverso. Los nuevos intelectuales idolatran al afable monstruo porque alimenta su vanidad, su mezquindad y su ego.

¿Dónde quedan entonces aquellos valores, aquellos ideales, aquellas convicciones de quienes defendieron el pensamiento libre, la posibilidad de pensar, de discrepar, de discernir? ¿Dónde están la moral, la justicia, la generosidad, la educación…? El director de cine Ridley Scout alertaba de este peligro en una reciente entrevista. “Me pregunto –decía- cuánta gente con moral queda hoy en día”. Lúcido y contundente se mostraba también el viejo y sabio profesor Emilio Lledó cuando en otra entrevista advertía: “Creo que ya no tiene tanta importancia la libertad de expresión, el poder decir lo que se piensa, porque lo interesante, lo creativo, lo pedagógico es poder pensar lo que se dice, poder pensar; sencillamente, tener la mente suficientemente luminosa”. Es algo parecido a lo que hace años aventuró Machado al decir que “la verdadera libertad no nos la jugamos cuando podemos decir lo que pensamos, sino cuando podemos pensar lo que decimos”.

El problema de fondo de nuestra civilización no es tanto el terrorismo, la violencia, la sumisión a una bandera o el fanatismo religioso, político, territorial o lingüístico (que en el fondo son una consecuencia del problema); el problema es la ignorancia, la pobreza mental, la ausencia de cultura, la falta de educación, de ética y de moral… El empobrecimiento de la cultura, el papanatismo ilustrado, ha establecido un nuevo escenario en el que el mundo parece más oscuro y más mezquino.

¿Hay entonces alguna salida, alguna forma de esperanza que nos salve del desastre? La felicidad no existe, pero existen ráfagas, instantes, momentos de extrema dulzura, que no nos hacen más felices, pero sí menos infelices. Una especie de agridulce esperanza, de trágico vitalismo, de fatalismo luminoso.

Nos alimentamos de pequeños milagros cotidianos y de pasiones aparentemente inútiles, como la poesía por ejemplo. Pero sin ellas la vida es más sucia y más fría. La poesía -no nos engañemos- no puede salvar el mundo, pero lo hace más soportable. Es una forma de conciencia, un ejercicio de rebeldía y de conocimiento.
Quizás nuestro único alimento, nuestro único consuelo, sea una actitud insobornable hacia el arte, hacia el compromiso con la palabra, hacia la independencia creativa, hacia la denuncia de la manipulación para salvarnos del cataclismo. Algo así como el frenesí de la reflexión y el pensamiento.

No podemos abdicar de esos pequeños milagros que nutren nuestros sueños: el arte, la creación, la palabra, la lectura… El arte sirve para vivir porque nos ayuda a sobrevivir. Y podemos sobrevivir gracias a la Educación, la Cultura y un nuevo Humanismo que considere el arte como un alimento. Aunque les pese a los cocineros del pensamiento utilitario y mezquino, nosotros podemos, y debemos, amasar nuestro propio pan para alimentarnos y sobrevivir al naufragio.

Ricardo Ruiz
Madrid. 2 – Abril - 2008

 Ricardo Ruiz (Burgos. 1963). Ha publicado en la colección DEVENIR POESÍA los libros: Kilómetros de nostalgia, Tatuajes y Estación lactante.