Diego Jesús Jiménez "Lugar de la palabra" - Juan José Lanz


Ahora que se nos ha ido, empezaremos a darnos cuenta del inmenso hueco
que nos ha dejado Diego Jesús Jiménez.

Por Juan José Lanz

Para mí, Diego era casi más grande amigo que poeta, y ya es decir, porque (y a los premios que recibió en vida me remito) su calidad poética es indiscutible: Diego Jesús Jiménez es, sin duda, uno de los más grandes poetas españoles de los últimos cuarenta años y uno de los que mejor han sabido desentrañar la trabazón ideológica de nuestra sociedad contemporánea desde una estética que no renuncia nunca a la más alta calidad, pero tampoco a la denuncia de la hipocresía, al desvelamiento de los verdaderos motores de nuestro mundo; es más, en su obra (no sólo poética, sino pictórica y crítica), ambos elementos van de la mano, la estética es el modo de denuncia y de transformación utópica de una realidad que sólo cobra sentido cuando es soñada, que sólo se realiza cuando el ojo se desplaza más allá del límite impuesto por la línea (“La mirada / sólo es capaz de contemplar el mundo / cuando abandona el cauce que la línea le ofrece”). Hay una metáfora, casi un símbolo de su obra, que se repite en la poesía de Diego: el color que se transfiere al cuadro, como en la pintura del Greco, en la de Zurbarán o en las cuevas de Altamira, procede de la impregnación de la materia natural en el lienzo o en la pared, que así se transustancia en sueño, en arte, y que revierte en la realidad de la que nace para transformarla. Así, su poesía; así, su obra toda. No hay una línea que separe la realidad del arte: ésta es soñada (de ahí la dimensión utópica de su obra y su conciencia dialéctica de la Historia) en la obra que se transforma y la transforma, para avanzar en un misterio que se expande, cuyo desvelamiento siempre está más allá. Ésa es la gran lección que aprendió del Barroco, del Manierismo: el ojo que se acostumbra a la línea, miente.

 Pero es al amigo y no al poeta al que quiero recordar, porque de éste me quedarán sus versos para siempre. Tampoco había una línea que separara al Diego Jesús Jiménez poeta, del amigo. Diego era, como su poesía, transparente, entregado, cálido e invencible luchador contra la injusticia y la hipocresía. Quien entraba en su casa como quien entraba en su poesía, sabía que era para quedarse: Diego se lo daba todo, se lo entregaba todo, sin ambages, sin reservas. Se podía discutir con él, se podía estar en contra de algunos de sus juicios, de sus opiniones, etc. pero no se podía estar en contra de su sinceridad y de su entrega. Su poesía y su pintura nos lo muestran tal cual era: constante buscador, soñador utópico y evocador casi proustiano de una nostalgia infantil, crítico y desvelador de la hipocresía del mundo, hombre y artista de una sola pieza. En Diego no había poses, como tampoco las hay en su obra; no había máscaras, porque era auténtico, como su escritura.

Me gusta evocar cómo conocí a Diego hace casi veinte años, porque creo que muestra muy bien cómo era. Por entonces, yo era un joven doctorando que preparaba mi tesis sobre la poesía de los años sesenta-setenta y simultaneaba mi investigación con alguna labor crítica aquí y allá. Había descubierto los poemas de Diego Jesús revisando las páginas de la revista leonesa Claraboya, publicada en los años sesenta, y me había quedado sorprendido de que un poeta tan deslumbrante, que había conseguido con menos de treinta años el premio Adonais y el Nacional de Literatura con sus dos primeros libros, La ciudad y Coro de ánimas, hubiera desaparecido prácticamente del mundo poético. En el tráfago de la Transición, había quedado casi oculto su inmenso Fiesta en la oscuridad. Fue una tarde de entonces, cuando volviendo de la Biblioteca Nacional encontré en una librería cerca de la calle Mayor Bajorrelieve, que había obtenido el Premio Juan Ramón Jiménez y acababa de publicarse. Compré y leí de inmediato el libro: Diego Jesús Jiménez no sólo no estaba desaparecido (o muerto, había llegado a pensar en algún momento), sino que era capaz de escribir un libro como aquel. Reseñé el libro en El Urogallo, donde colaboraba por entonces. Al cabo de unas semanas, José Antonio Gabriel y Galán, el director de la revista, me entregó una carta a mi nombre que había llegado hacía unos días a la redacción de la revista: era precisamente del autor de Bajorrelieve. Diego me decía allí que le había gustado mi comentario y me contaba otras cosas sobre sus largos silencios, su lenta escritura, sus depresiones, etc. Creo que le contesté o le llamé por teléfono. Sé que nos vimos y hablamos en Madrid, y luego en Cuenca, y más tarde en Priego y mucho después de nuevo en Madrid, en su casa, en los Vips que frecuentábamos, en la cuesta de Moyano, en Santander, y en Priego y otra vez en Priego y siempre en Priego, verano tras verano, hablando, confesándonos, contándonos cosas que sólo él y yo sabemos, y en tantos sitios…

Recuerdo luego la aparición de Itinerario para náufragos y el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura y la celebración de amigos en su casa de Madrid, con una Társila siempre a su lado, siempre también a nuestro lado. Társila y Társila María, Diego y José Manuel, sus hijos, que casi son de mi quinta, fueron junto con Diego mi segunda familia en Madrid. Creo que eso lo dice todo. Pero también fueron una segunda familia para ese grupo de amigos, bien diversos, que Diego y Társila consiguieron hacer, logrando que las relaciones entre todos nosotros fueran de verdadera fraternidad. No es extraño, pues, que hoy nos sintamos todos huérfanos al haber perdido a ese amigo infinito que fue, es y seguirá siendo Diego Jesús Jiménez.