Cuando todo se vuelve diferente - Ángel Luis Luján


Por Ángel Luis Luján

Acostumbrados como estamos a despedir a todos por igual y hacer tabla rasa ante la inmensidad de la muerte, se nos olvida que hay diferencias. Que no es lo mismo. Que hay quien lega al porvenir memoria de su tiempo y de su ser, y eleva la existencia de los demás a un grado mayor de sentido con la más alta generosidad. Diego Jesús Jiménez lo hizo a través de la poesía principalmente, pero también de la pintura; y a los que tuvimos la fortuna de conocerlo, nos infundió,

por arte de su palabra viva y de su vivificadora cercanía, esos sueños suyos de una dignidad más alta del hombre.
En un tiempo lleno de buenos poetas y de gran altura lírica en nuestro país como fue la década de los 60, que le vio nacer a la poesía, Diego Jesús abrió un espacio propio, su sitio personal. La ciudad fue un libro revelador que encajaba en aquel panorama que buscaba una salida al realismo romo en el verso; pero el libro iba un poco más allá, se salía de sus coordenadas, y no sólo porque optara por una visión legendaria de la existencia, sino porque había sabido plasmar lo que de trascendente tiene cualquier vida cotidiana, que hay historia, pero que hay algo más hondo debajo de la historia que le sirve de latido.
La poesía de Diego Jesús Jiménez ha ido siempre en ese camino. El lector la reconoce como de su tiempo, familiar hasta hacerla suya, pero continuamente le sorprende porque anuncia siempre algo más allá, algo que se cumple solo cada vez que se lee el poema y a la vez sigue quedando en la distancia de lo inalcanzable, por demasiado hermoso. Por eso Diego Jesús repetía que la poesía es anticipación. Su poesía es una leyenda hacia adelante. Su palabra tiene el poder de despertar lo que de más visionario tiene cada uno, gracias a su lenguaje deslumbrante, irracional pero arraigado, barroco pero directo. Ha sido capaz como pocos de pisar la tierra mientras el cielo le ofrecía reflejos de otras posibles formas de ser.
Si nos situamos en el otro extremo, en medio de un tiempo ramplón como el que nos está tocando vivir (y no sólo en literatura), Diego Jesús ha sostenido la poesía como cobijo contra la intemperie del sinsentido, contra el frío y la estupidez exterior, aunque muchos no hayan querido oir. Y es que pocos son capaces de soportar una voz auténtica, principalmente si no es la propia.

 

Cuando un hombre muere deja un espacio inhabitable, un lugar del que solo él había marcado las coordenadas. Cuando un poeta auténtico muere deja un lenguaje inhabitable, pero transitable para todos los que aman la poesía, la palabra y la belleza. Como en un bosque nocturno, cual esos personajes inquietantes de sus poemas, nosotros lectores atravesamos su obra iluminándonos con sus imágenes ciertas, que dan un conocimiento más seguro que el de los mapas y el de los conceptos.

 

Y es que cuando un poeta ha dicho lo definitivo, todo se nutre de la diferencia que ha descubierto entre lo que vemos y lo que es. Por ejemplo, a los que amamos los ríos, como los amaba Diego (su vida transitada por los nombres de tantos de ellos), nos ha dejado formas de ver sus aguas que ya nunca serán las de antes. Ahora el río que miramos ya no tiene límites: “sin orillas, sin fondo / verdadero”. Ahora hay ríos que son arquitecturas góticas, con criptas, y su rumor es gregoriano antiguo resonando por arcos y bóvedas de agua “que iluminan el tiempo”. Ahora es imposible pararse en mitad del puente de San Antón en Cuenca y no ver, en sus aguas verdes, el reflejo de la ciudad alta, con la catedral en primer plano, como la expresión de un verso de Diego. Se diría que la naturaleza lo ha venido a copiar, para hacerse más exacta. Y ese mismo río que parece tan parado en sus aguas iguales, tan impenetrablemente fiel a sí mismo, ahora sabemos por su palabra que “lo ha estado haciendo el tiempo”. Diego Jesús nos ha enseñado que hasta lo más elemental tiene una historia que ha de ser desvelada, puesta en claro. Todo lo hace y lo deshace el tiempo, y la poesía tiene que contar su historia verdadera, no la que falsean las crónicas, los periódicos, los narradores interesados.

 

Por eso el tiempo de su poesía, como el de su vida, es un tiempo humano, y la historia que nos rescatan sus versos es una historia profundamente humana, en todos los sentidos posibles. Es memoria de la humanidad que sufre y se somete, pero de una humanidad esencial que cree en la redención por la belleza y por la verdad. Y es también memoria personal que no se puede confundir con esa otra gran memoria de la historia, pues la funda. Diego Jesús nos ha hecho ver que si existe la Historia es porque cada uno de nosotros tiene un tiempo propio y una historia inalienablemente humana.
Nos han dicho mucho que no hay que confundir los sentimientos que expresa la poesía con los sentimientos reales del autor, pero cuando damos con un poeta de la talla de Diego Jesús los lectores nos negamos a pensar que el grado de humanidad que se transmite a los poemas no sea correlativo al grado de humanidad con que vive el poeta. Los que lo hemos conocido, además, lo certificamos. Su palabra es como el espejo, o el disfraz revelador de una sensibilidad en silencio, subterránea y poderosa, que encuentra su forma de comunicarse en ellos: en los reflejos, en los rasgos del antifaz, pero no la agotan.
Los poetas verdaderos nos dejan, al marchar, el consuelo de que podemos seguir conversando con ellos ya sin tiempo, sin limitaciones y sin prisas. Abrir un libro suyo, leer un poema es como volver a tener a Diego Jesús a nuestro lado. Los poetas no se van del todo, se esconden en el tiempo, para despistarnos, para dirigirnos un susurro de vez en cuando, como esos niños traviesos que se ocultan y nos dejan oír su voz o su risa para que sepamos que andan por ahí cerca, que simplemente están esperando que los encontremos y nos reunamos con su sencilla alegría