"Como trabajar una duna" por Esther Ramón


(Texto de la presentación en Madrid el 29 de mayo de 204)
Por Esther Ramón
 
¿Cómo se trabaja una duna? ¿Con las manos, con la palabra? ¿Cómo arrebatarle su labor, neutralizar al viento? Ese mismo viento que llega de pronto, con el que “vuelan las sábanas” y que “castiga las camisas”. Su arena, muy fina, proviene de la erosión de las rocas, inmóviles y firmes, cuya corteza es miedo y cuya “entraña es inocente”. El viento es persistente, las embiste con diferentes velocidades o ímpetu, día tras día, parece abandonar su empeño y su impulso, en otros, pero prosigue su labor sobre ellas, a veces con rabia, otras con suavidad, otras con silencio. Poco a poco, se desprenden pedazos muy pequeños (tanto como los poemas que hoy nos ocupan) del corazón de cada roca, protegido y duro, tan diminutos que son casi imperceptibles. 
Dividida ahora en arena eólica, la roca se hace dúctil, y es moldeada por las ráfagas caprichosas que cambian con frecuencia de dirección y se acumulan en dunas. Su velocidad de avance depende del tamaño que alcancen, las más pequeñas son más rápidas, más ágiles y alcanzan a las mayores, formando un cuerpo móvil, que se disgrega y cohesiona y se vuelve a disgregar, en continua y temporal metamorfosis. Para defender los cultivos y frenar su avance, los humanos enhebran dunas con plantas sin sed y raíces sutiles. También traen animales pesados, camellos de carga, pacientes y secos, y los cargan con el contorno, con la voluntad de perfil de esa roca que no quiere abrirse, pero que poco a poco va entregando diminutas partículas de su cuerpo.
 
Su devenir no es silencioso. Como si fueran ballenas de superficie, las dunas cantan, y su canto –como los poemas de este libro– es sutil, no se impone, piden una escucha muy atenta. Su canto proviene del choque de las partículas de arena, y se manifiesta como un residuo del silencio, como su defecto o su latido débil pero inconfundible hacia la vida como reverso o pausa de la muerte. “Página / tras página / un murmullo delata / la mano sinuosa: el temblor / de un muerto”.
 
GaleríaLa duna se trabaja también con la ausencia de agua. De lágrimas, de lluvia, de los fluidos que engrasan el cuerpo, de ríos calmos, de cascadas, de torrentes. Su aparición abole el desierto, lo empantana. “Ten fe. / Trabaja todo el día. // Pero si tras la noche / arrecia el vendaval / o llega / la imprevisible lluvia // nada / salvará tu desierto”, dice uno de los poemas de este libro de Esther Lucio que hoy presentamos. Y ese “nada” puede o debe también abrirse al imperativo, equiparándolo al que aparece en el segundo verso: “trabaja”. Un imperativo: “nada”, que ordena, soterradamente, fluir. Asumir lo primitivo, lo originario, lo vivo: el instinto: “Con los pies desnudos en la grava / y el pecho mojado por la lluvia / oriné / sobre la tierra”. Un instinto que revela el inconsciente, a través del sueño (“ha soñado / caer en la hojarasca / encontrar entre el barro el amuleto”), de los elementos y conjuros mágicos: “que los perros ladren el desprecio”.
 
GaleríaTodo puede acaecer, en cualquier momento. “Empieza / un aguacero / sin resguardo / posible. // Tampoco esto es / quietud”. Mares de arena, de barro, de campos de dunas que adelgazan, menguantes. Pero también es este libro una lente de aumento que singulariza cada grano, que lo muestra con su tamaño legible, delante de nuestros ojos y con otro ilegible, que se manifiesta también, más sutilmente. Afilar el lápiz prepara las ganas de escribir, pero de este acto también se desprenden microscópicas motas de grafito y madera, que escriben su desprendimiento en otros mundos, más pequeños, con palabras que no leemos, pero cuyo canto, el de las dunas, va calando, va desprendiendo la corteza.
 
Banquetes de hambre, albaricoques y membrillos al alcance de una boca sin manos, que vierte el ansia y la caricia con la voz, con los ojos. Atravesar el desierto para llegar a la vida, y dejarse empapar por ella, navegarla. Enterrar la palabra, dejarla morir, esconderla, donde callar es un acto asesino, y las palabras verdaderas tienen nervios y tejidos, y respiran, y se asfixian. 
 
¿Cómo se trabaja una duna? ¿Sus trece puñados, sus siete palacios? Dejando, con todas sus ganas, que arrecie la lluvia, que la arrastre el viento.