Albaro Tato sobre "Manual de literatura" de Javier Huerta Calvo


LEER COMO AVENTURA
SOBRE MANUAL DE LITERATURA DE JAVIER HUERTA CALVO
Álvaro Tato
 
 
No sé si resulta exagerado o pesimista afirmar, como Quijano, que atravesamos una edad de hierro de la cultura, pero quienes vivimos la realidad española desde las trincheras del teatro, la literatura o la enseñanza, asediados por presupuestos exiguos, subvenciones frugales, demoras de pago de instituciones y entidades gestoras de derechos de autor, nepotismos de toda índole, desidia popular, impuestos humillantes y sistemático desdén y ninguneo por parte de los medios de masas, nos sobran motivos para considerarnos herederos remotos de edades de oro y plata, como las Españas que soñó el humanismo, o el 98, o el 14, o el 27, o el largo etcétera de artistas e intelectuales confinados a las sombra abrupta después de arrojar tanta luz sobre un país maravilloso y autodestructivo. 
Menos mal que en nuestros tiempos hipertecnificados, mediatizados por pantallas, vigilados por cámaras, condenados a consumo perpetuo y presos de una banalidad biempensante, homogeneizadora y descafeinada, quedan refugios liberadores donde es posible la complicidad de la inteligencia, el regocijo de compartir la emoción o la sonrisa y la serenidad felizmente antiegótica de la verdadera cultura: la vida vuelta palabras, pensada y vivida desde nuestra lengua madre.
Estos refugios frágiles son aún de papel, no se enchufan ni se quedan sin batería; no los vigilan ni almacenan, espero, grandes multinacionales en sus bases de datos; las pocas palabras que contienen están pensadas, medidas y ritmadas para decir con justeza las verdades del cada uno que somos todos, de boca a oído; las verdades de humanos que se resisten a dejar de ser personas, que se expresan y se conciben desde su juicio y su conciencia.
Aquí tenemos uno de estos breves oasis de papel. Lo ha hecho (y digo hecho, porque la poesía se hace con las manos, con el pulso, sin algoritmos cibernéticos posibles; y así lo indica el propio título, Manual); lo ha hecho, digo, un gran profesor, investigador y maestro, pero no encontrarán en él una gota de jactancia o pedantería, ni una mirada altiva, ni una razón no contrapesada por su fe de vida. Esto hay aquí: vida hecha idioma, hecha crónica cómplice de la sabiduría que dan los años en la frontera nebulosa entre vida leída y lectura vivida.
Así lo dicen sus versos limpios, certeros, bien dichos y bien ritmados, porque solo el agua clara deja ver el hondo fondo: leer como aventura; lo bello/ se resiste a lo exacto,/ lo exacto a lo perfecto;/ tu meta: lo profundo, porque el poeta anda buscando la luz de las palabras que brillan en la página/ y abierta dejan siempre la puerta del misterio.
Más revelador todavía resulta el preciso y precioso final del poema De los siglos oscuros; mientras combate el prejuicio contra el arte medieval, el poeta parece evocarnos el propio destino de nuestros refugios de papel, nuestras precarias negaciones de la muerte: Saborea entonces el decir/ balbuciente, la fe niña, la traza ingenua,/ la imagen primitiva, la admirable certeza/ de que, a pesar del todo, hay en el mundo un sentido. 
Este Manual contiene un tesoro de tiempo detenido, el de las verdades de vivir leyendo y leer viviendo, pero además nos lleva de viaje por literaturas, estéticas, recuerdos de lecturas y maestros, y se aventura en otra gozosa pasión, la del teatro, desde el Carnaval a los últimos cachorros actuales de don Carnal, desde Lope hasta Buero y más acá. La palabra activa sobre el escenario, la inversión de valores, la catarsis del llanto y la carcajada colectiva zapan el nebuloso puente entre el papel y el aire, la tinta y la sangre, el yo y el nosotros. En escena la cultura se hace carne, respira con el espectador y hace explícita la presencia de la verdadera memoria humana, que no reside en registros digitales ni se almacena en dispositivos tecnológicos, sino que habita en la llana, pura, sencilla (que no simple), callejera y viva lengua que nos canta y nos cuenta. Una lengua bronca,/ tramoya de ramos (…)/ todo interpretan/ a sí y a su contrario,/ colectivo goce,/ sentimiento claro,/ sacra ceremonia/ y rito pagano,/comulgan las almas,/ místico espectáculo/ de alegre tristeza:/ eso es el teatro.
De las bibliotecas a los escenarios, de las páginas a las máscaras, pero siempre pasando por la vida. Esta es la senda de un Manual lleno de versos diversos, recuerdos y enseñanzas, que convierte al desocupado lector en un su amigo. El poeta debuta, el actor estrena, pero viene de muy lejos. Nos trae lo que sabe, lo que siente y lo que goza, la pasión del destino de un hombre de cultura, un orfebre forjado a fuego lento en este oficio de amor, sentido y paciencia.
Algunos días, recorriendo en mis giras localidades remotas que aún conserva la España profunda, me acuerdo del camión de la Barraca, de la Institución Libre de Enseñanza, de los nuevos humanistas, de los creadores del 27, de los intelectuales risueños que hace casi un siglo pretendieron fundir los márgenes y ampliar los campos de la investigación, la educación y la cultura, y me pregunto qué hubiera sido de nuestra edad de plata si no la llegan a asesinar. Hasta cuándo y en cuántos artistas, estudiosos y pensadores hubieran prolongado su estela todos los desterrados y muertos. Me siento heredero de un sueño breve e intenso que fue partido, una España que no llegó a ser, que dejó ecos, ruinas,  intersticios clandestinos, voces semiapagadas, olas de lucidez amarga, fines de raza panerianos, mezquindades entre gerifaltes de las capillitas cainitas que convivieron durante años en la poesía española (y que ahora, espero, nuestra nueva gente ha superado).
Imagino una sociedad influida por décadas de proyectos, obras e iniciativas de los hijos, nietos y biznietos intelectuales de aquellos fundadores de la modernidad española. Y estoy seguro de que en esa España Javier Huerta Calvo no sería una rara avis, un hápax, una excepción; sería también uno de esos grandes herederos, un nombre de referencia de mi imaginaria edad de bronce. Estaría, seguro, menos solo. Y su Manual contendría menos trazas de tristeza y nostalgia, pero idéntica convicción en el poder de la palabra para construir, preservar y evocar la vida de la cultura y la cultura de la vida. O, como dice el poeta en plural, refiriéndose a Buero pero también, creo, a esa España improbable que soñamos: Sentimos la añoranza de tu certera voz,/ de tu mirada lúcida que entre tanta tiniebla/ divisar siempre supo paisajes de esperanza.
 

HUERTA EN FLOR

 Como un sabio encantado se despierta
de su sueño de siglos, como un guía
de alta montaña parte solo un día
rumbo a una cima aún no descubierta,
como un moderno Fausto que la oferta
diabólica aceptó con valentía,
vienes a presentar tu poesía,
compañero y maestro Javier Huerta. 

Pues hoy tus bibliotecas y tus clases
truecas por arte lírico y dramático,
darte un consejo, buen amigo, quiero:
no escribas más, no sigas, no te pases,
porque habiendo llegado a catedrático
podrías acabar farandulero.